20.12.21

Kafka de lunes

 


Escribe Kafka en sus diarios que se hizo cortar el pelo o que se pasaba días enteros en la cama o que ocupaba las tardes mirando el campo desde la ventana o que está diez días sin que un pequeño arrimo de inspiración le dicte una página o que paseaba con las manos en los bolsillos y apretaba adentro los puños hasta que le dolía el brazo. De Kafka he tenido siempre una opinión literaria favorable, pero me ha fascinado mucho más la persona, lo que se deja ver si uno escudriña en sus diarios, no en las novelas o en los cuentos, donde todo está muy aliñado de literatura, por decirlo de alguna manera, donde cabe la tragedia como recurso, aunque no venga limpia de biografía, qué voy a decir yo sobre eso. En los diarios se transluce una vida interior que únicamente obedece al instinto primario de escribir. La literatura es una casa ya amueblada, en la que se han colocado con esmero los enseres y se ha cuidado al detalle lo que la visita puede observar sin que parezcan curiosos. Otra cosa, otra bien distinta, quizá de una intimidad más respetable, es el hecho de escribir sin la obediencia de las formas, sin que exista en modo alguna la evaluación de un lector externo, distinto al que se aplica a la escritura misma, a su yo sin escindir todavía. Como si el Kafka lector fuese el único inquilino de la escritura, aparte del Kafka escritor. Todos los escritores debieran escribir en esa privacidad idílica. También he apreciado esa credibilidad absoluta en los diarios de Canetti o de Pessoa. Porque el Libro del desasosiego, enmascarado en las máscaras oportunamente interpuestas, es un diario enorme, uno de los que más pueden afectar al que lee, si bien he tenido mis aplazamientos con él, tal vez por excesivo apego o por dar descanso a la fascinación, que a veces no es conveniente. Digo afectar en su sentido trágico. La literatura, la buena, es siempre trágica. Incluso la feliz, la que irradia armonía, cela fragmentos terribles. Basta hurgar, dar de uno lo que no se suele, ahondar, saber ver, encontrar el sentido, una vez que se han creído encontrar los argumentos. La vida es un poco así. Se matrimonia la risa con el llanto, se ve la coyunda paradójica de la luz y de la sombra. Kafka es el mejor en esa difícil travesía. Nadie como él ha explicado mejor la imposibilidad de salir airoso de este viaje. Me falta leer mil libros más para afirmar eso con más rotundidad. Incluso si los leo, no podré ser tajante de ninguna manera. Hay Kafkas por ahí perdidos, muchos, imagino, pero no han tenido difusión, quedan en literatura doméstica, en escritos que se pasan los amigos, en entradas tristes en un blog al que casi nadie entra. Ahora que acabo los diarios, vueltos a leer tantos años más tarde, me siento más vulnerable que antes, menos firme en muchas cosas que antes creía sólidas. Por otra parte, también me ocupa el pecho una especie de temblor divino: el de la creencia de que todo lo que me ocurre tiene la importancia que yo desee darle. Kafka (incluso el Kafka apático, el triste, el que llevaba a cuestas el sello de la incomprensión, el que se hizo cortar el pelo o echaba días enteros en la cama o apretaba las manos en los bolsillos) era un fantástico observador de la vida. Da gusto leer cómo extrae sustancia de donde no parece haberla. De Kafka (ya acabo, me tengo que vestir, me voy a trabajar) se posee una imagen deteriorada, la que se ha ido construyendo sin pensar mucho, sin leer mucho tampoco.

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