Lo malo de que la muerte nos conduzca al cielo es que desde allí el cielo no se ve. La idea (no su volcado, que yo he calzado como he podido al texto) es de Monterroso. El cielo es un paraíso prometido, pero hay que tener cuidado en desearlo mucho y en afanarse por acceder a él, no vaya a ser que una vez hayamos ingresado en él no nos cuadre algo y echemos en falta el viaje. Aquí se acuerda uno de Kavafis y el verso repetido hasta casi retirarle significado alguno, el de pedir que el camino sea largo. Lo bueno de no creer que tras la muerte haya cielo alguno que nos aguarde es que podemos concedernos la posibilidad de que estemos equivocados y darnos de bruces con él cuando nos abrace la aplazada Parva. No lo hemos buscado, pero nos aguardaba. No sabemos nada, quizá haya cosas de las que debamos no saber. Por la intriga. Por no rebajar el asombro o retirarle nuestra confianza.
12.10.20
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