30.5.20

No hemos aprendido nada

Acabo de volver de hacer el paseo periférico a mi pueblo. No por conocido deja de cautivarme su esplendor, su abrazo tutelar y limpio, pero no traigo conmigo una alegría redonda: la han reducido todos los irresponsables que caminan sin la protección debida. No hacia ellos, sino hacia todos los transeúntes con los que se tropiezan. Como los caminos son los mismos, los peligros están socializados. No sé qué hace falta para que entremos en razón. Ya que la posibilidad de enfermar (o de hacer enfermar a otros) no les asusta, tendrá que ser aplicada una sanción que les incomode con más fiereza. Una vez se les multe, saldrán embozados, o no saldrán. Ambas cosas me satisfacen a partes iguales. Duele esa indiferencia. Porque el ignorante tiene una coartada intelectual, pero el apático, el anárquico, el que pasa por el placer de señalar su desidia, merece la aplicación estricta de la ley. Añadir que no hay policía pandémica hará que la conversación se disuelva en este punto y pierda toda posibilidad de avance y resolución. Pena y vacío traigo. Creemos que ya hemos vencido, pero no hay victoria de la que alardear, todo está por hacer, la guerra no ha hecho nada más que dar sus primeros escarceos. Vamos al medio millón de muertos y parece que es una ficción que programe Netflix en horario nocturno. Septuagésimo séptimo día de caos y de fiebre y de vértigo. No hemos aprendido nada. Estamos como al principio o incluso estamos peor, porque ya hemos visto la función teatral y sabemos la dinámica de la trama, su apariencia de irrealidad, su condición invisible y letal.

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