2.5.20

La belleza está en el interior



No hace falta que ningún espejo nos diga que lucimos bien y la edad no ha hecho estragos todavía. Los que haya producido se manejan como cada uno antojadizamente puede, según le cuadre fustigarse o dejar correr la evidencia, sin hacer residencia en su respuesta sincera. Los espejos son abominables, sentenció Borges: duplican la realidad, que no es materia que precise repetirse. La rosa es así, no se la debe tocar, como escribió Juan Ramón Jiménez en (creo) su poema más corto, uno ded los más hermosos también. De ahí que los espejos sean una redundancia, una especie de concesión a la vanidad o al desconsuelo. El espejo ausente está tomado por una frase de una simplicidad absoluta: "Eres bonito". Lo somos a ciegas, sin que se nos confirme, no siempre esa confidencia (la de que somos bonitos) es franca. Narciso, antes de que se amara al ver su imagen reflejada en una fuente, era un petulante de mucho cuidado, un engreído, un pagado de sí mismo (expresión que escuché no hace mucho en una película de acción, qué barbaridad). La pobre Eco, rechazada por Narciso el hermoso, languideció en una cueva hasta que sólo quedó su voz. Recuerdo que escuché esta historia en un cursillo sobre el arte y cómo hacer que ocupara su lugar en la escuela. El ponente (no recuerdo quién, hace muchos años, la verdad) refirió de continuo la narración mitológica, cosiéndola de un modo asombroso a la cotidianidad. No puedo llegar a si los espejos fueron una parte de su charla o es ahora cuando yo los traigo a la mía (escrita, pero no deja de ser una charla que se me ocurre daros, por si alguien responde o por si soy yo el interpelado. Claro que somos bonitos. Lo de que la belleza está en el interior, pese a que es ceniza de una frase probablemente novedosa y maravillosa cuando fue acuñada, ya no conduce a nada. Leí ayer (en el diario de hace unos días, va uno con escandaloso retraso) que nos estaban robando las palabras. Más que un robo, es una especie de ensuciado. Están las mismas que antes, pero poseen una turbiedad nueva. Hay algunas que suenan con insistencia, cuando antes no eran del léxico frecuente, esas miles de palabras que tenemos en la boca a diario y a las que acudimos y en las que confiamos para contar cuanto se nos ocurre. Confinar es una de ellas. Será el verbo del año, cuando hagan recuento de ese vocabulario sobrevenido. Sucede que el uso desgasta los materiales. Los verbales no son una excepción. Las palabras son espejos también. Devuelven lo que creemos que somos, restituyen un doble nuestro, un doble fonético y semántico, una especie de organismo verbal. Una cosa muy rara, lo admito. La ocurrencia de quien decidió sacrificar el espejo por las palabras es maravillosa. No haré eso yo en casa. Los espejos que hay (cuartos de baño, entrada, salón, dormitorio) hacen su función, la encomendada, la de duplicar la realidad, que es lo único que tenemos. No sé el porqué de evitar que haya una a la que podamos acudir, por si la otra no cumple las expectativas. Las de ahora son duras. No es que no se le vaya a uno de la cabeza el devastado paisaje que está dejando el jodido Covid 19, pero habrá que hacer algo para que no tengamos que buscar otras palabras y podamos usar las habituales. Al final, no hay discusión, todo lo que está lo suficientemente visto no asombra. Eso es de Vicente Aleixandre. Él hubiera pasado la mar de bien la pandemia. No se habría levantado, hubiese seguido acostado. Cuando ganó el Nobel de Literatura, una tele sueca quiso entrevistarlo, lo cual era excesivo, más de lo que su humildad consentía. Queremos ver el lugar en donde escribe, dijeron. Rehusó esa fama, no permitió que las cámaras entraran en su casa. "Escribo en la cama, sabrán disculpar que no pueda atenderles".


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