No soy un lector infatigable. Lo primero en que pienso cuando últimamente compro un libro es si excede las quinientas páginas, digamos. Quinientas es un número de páginas considerable. Luego observo sin prisa la letra. Si no está arracimada y embebecida y va de la hoja a mi ojo en un plisplás o si, oh cielos con albornoz, oh gran secreto de las dulces nínfas, la letra se ofrece escuálida, poco ampulosa, jibarizada y pobre. Tiene ya uno sus años y el asunto óptico no es el que era, y hasta ahí puedo contar.
Me emperro con frecuencia con un género y me siento como en casa. Soy capaz de hacer de la tundra ártica un refugio cálido para las noches de invierno, bien arropado en la cama, a la luz cómplice de un flexo estupendo que me agencié hace poco en Ikea. Es más: leyendo esas tramas de
Mankell o de
Nesbo especulo con la posibilidad de que haya una conexión entre el flexo, inadvertido artilugio que hace su trabajo con esmero y no me falla en mitad de un capítulo, y la propia esencia del relato. Si el hecho incontrovertible de que lo sueco, es decir, algún tipo de contenido molecular impepinablemente sueco, tutele mi ingreso en el sueño noche a noche podría crear en mi alma una especial simpatía hacia el país nórdico al modo en que, después de leer a
Dickens o a
Austen, dos de mis favoritos, en un sillón de orejas, cerca de una chimenea, uno cree que lo inglés, lo más acendradamente anglófilo, se las ha apañado para penetrar en la corriente sanguínea, accedido al pasmado cerebro e instalado allí, a sus anchas, entre saltos sinápticos y neuronas torpedeadas por imágenes de
Bin Laden, de la señora que compra el pan en bata todas las mañanas en mi calle y la beatificación, oh ríos hechos de horas, oh dardos con los que el tiempo nos derriba, del prelado polaco.
La minoría de libros que últimamente me atrae suelen ser prontuarios de moral, recopilaciones de aforismos, toda esa literatura de consumo instantáneo que termina en un anaquel muy alto y a la que se vuelve muy de tarde en tarde o en la casi siempre desagradable tarea de meter libros en una caja, cerrarla con un buen rollo y subirla al trastero. A la penosa circunstancia de que me esté alejando del noble placer de la lectura se añade una de orden logístico: no cabe un libro más en casa. Se acumulan todavía con cierto orden, pero amenazan con desbordar la rutina cartesiana en la que reposan y caer de bruces al suelo o comerle sitio al mobiliario. Leí una vez que un escritor (
Javier Marías quizá) poseía un piso que hacía las veces de picadero culto. Allí atesoraba montañas de libros. Habitaciones repletas de muebles con lustrosas baldas. Libros apilados en el suelo, atados con cuerdas, expuestos y vivos, convertidos en emperadores domésticos. Como mis finanzas no permiten que posea más piso del que tengo, contemplo ese alarde libresco como una excentricidad para amenizar la charla en un bar de copas con amigos cofrades de este vicio mío.
Alguien me dijo el otro día: Emilio, tienes que leer
La catedral del mar. Consentí dar por buena la recomendación, pero no exhibí el entusiasmo que suelo. Pensé, al hilo del exitoso tocho, todo lo que no he leído todavía y debiera. Pensé en
Pynchon, que ayer mismo volvió a lanzarme una mirada lastimosa desde la mesa de novedades de la librería de
El Corte Inglés.
Ven, cómprame, dame una oportunidad. Pensé en
Ian McEwan (mi amigo
Miguel me cambió su McEwan por mi
McCarthy: todo muy escocés) y en
Martin Amis, en la última novela de
Rafael Reig y en
El Quijote. Y entonces se reveló la verdad. Supongo que las ideas importantes, las que uno cree válidas y de las que se vale para comportarse con los otros y ser bueno y noble y digno en este mundo, se producen a modo de chispazos. No se elaboran metódicamente. Yo, que soy caótico en casi todo y no puedo estar quieto más de horas en un sitio, me debo a esos voluntos del alma y en base a esas revelaciones actúo. Como si fuese la magdalena de
Proust, pensar en La catedral del mar y en mi aversión a leerlo (sin base teórica fiable, no tengo interés alguno en meterle mano) me condujo a
Alonso Quijano y a su
Sancho. ¿Cómo voy a leer una intriga catedralicia, un best seller absoluto, uno de esos libros que regalan en el BBVA cuando dejas treinta mil euros a plazo fijo o domicilias allí la nómina, cuando todavía no he leído de cabo a rabo, voluntaria y gozosamente el libro de los libros, el sublime Quijote de
Miguel de Cervantes?
Y llevo desde anoche con el libro en la cabeza. Instalado en la fibra más oculta. Anulando de cuajo otras inclinaciones de mi yo ocioso. Estaré esta tarde viendo a
Fernando Alonso, quinto en Turquía, qué rutina, y una parte de mi cabeza estará pensando en Cervantes, en los libros de caballerías, en Dulcinea y en los molinos que no eran gigantes. Veré después a
Nadal medirse con
Djokovic (una tarde deportiva a lo visto) y esa misma parte de la cabeza continuará sintiendo con dureza la falta grave de mi apetito lector, la mancha de mi cultura clásica, el pecado impronunciable, el delito mayor de quien se jacta de haber sido lector voraz, bulímico y pantagruélico hasta el desmayo óptico. Sí, el hombre con su flexo de Ikea a la vera de la cama. El que ha dedicado más horas a leer y releer a
Borges, a
Poe y a
Cortázar que a hacer footing por la periferia de las ciudades en las que ha vivido o a hacer de manitas en un sótano, haciendo bricolage amateur para que mi señora presuma de marido.Tendré que comprar un flexo manchego a ver si me inocula el amor al Quijote. (Conste que he escrito flexo. El queso ya está endiosado en mi memoria gustativa.) Estará ahí, en ese fluído místico de luz, en esa extensión voltaica, el hechizo, el ardor repentino, el deslumbramiento que preciso para dejar de buscar cadáveres en la tundra nórdica y perderme con el caballero de la triste figura por los campos de Criptana.
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