3.5.11

Apocalípticos e integrados




 I
Está siendo un mes intenso para los apocalípticos. Los integrados, en cambio, vivimos la mar de felices. A los que custodiamos el bienestar público nos corteja la suerte. No hemos salido todavía de un proceso de beatificación de un Papa cuando se nos casan dos pimpollos británicos a mayor gloria de la música acuática de Handel. O primero fue la boda y luego la cosa pía. No puedo tenerlo claro porque vivo en un alborozo continuo. Me despierto sintonizando el mal en la radio y termino escuchando el último disco de Enrique Iglesias, lo cual demuestra que Dios existe y está al tanto de los quebrantos morales de sus hijos y los mima y les cubre de carantoñas espirituales. El apocalíptico, sin embargo, sintoniza un dial, oye rumbas catalanas y copla, pero en realidad él cree estar escuchando voces del más allá que le confían al oído los términos narrativos del fin del mundo.

II
Hay quien festeja lo que no entiende y duerme sin quebrantos ni fracturas. Quien sencillamente colecciona alegrías y dispone que la suya propia depende de lo intensas y abundantes que sean las ajenas. Quien maneja sin alboroto el drama y escurre la metafísica. Quien se deja vivir y deja que los demás vivan a su antojo. Quien no se solivianta porque Messi esta noche le haga cinco a Casillas ni se inmuta porque Bildu no haya sido bendecida por los jueces o a Bin Laden le hayan borrado de cuajo, en plan comando de play, la condición de fantasma. Quien no ha visto replicantes en una sala oscura ni ha leído versos de Góngora en un risco en el campo. Quien no ha escuchado a Ella Fitzgerald cantar por Porter. Quien ve a Obama y cree estar viendo a un pastor de almas. La mía se descarrió en un verso de Bukowski o en un pub inglés descubriendo a Dios en el fondo de un whisky. Se descarrían las almas como se despeñan los cuerpos. Se cree uno que todo es para siempre, pero llegan los soldados americanos y filman en alta definición la batalla de las batallas, el roto en el corazón de las tinieblas. Sospecho (finalmente) que soy un apocalíptico amateur. Que en cierto modo lo somos todos. Me veo a veces integrado. Pagando facturas. Yendo a la Oficina Tributaria a hacer números. Escuchando las ofertas de ADSL por teléfono hace escasa media hora. Pienso que está bien la incertidumbre. No saber si esta noche será Canaletas o las Cibeles el lugar en donde el pueblo no precisará de un pastor que lo conduzca y abrevará en el agua de la vida por obra de una pelota de cuero que se aloja (a veces absurdamente) en una portería de fútbol.

2 comentarios:

Ramón Besonías dijo...

Una crónica abultada, Emilio. Mañana desconecta la antena, sal a la calle y ve pasar coches y parejas. Ni leer ni corregir. Te lo prescribo facultativamente. Desintégrate.

Miguel Cobo dijo...

Tú no eres apocalíptico. Ésos tiene muy mala leche. Abominan, maldicen, pontifican, calumnian, demonizan...Y luego se ponen tibios de gambas, mientras sus acólitos echan espumarajos por la boca.