7.2.10

La plegaria de Zapatero


No tengo duda alguna acerca de la importancia de la religión en la Historia de las civilizaciones. Tengo claro que a cargo de sus símbolos se escribió esa Historia y todavía a día de hoy, en este vértigo digital, en este relativismo grosero que los jerifaltes de la fe han señalado como uno de los males de este mundo, la religión sigue siendo un pilar sólido sobre el que millones de personas fundamentan su existencia. Una de las cosas que he aprendido en todos estos años de dudas teológicas y de inflexiones del apetito metafísico que todos llevamos dentro es que hay que ser consecuente con lo uno piensa y en lo que uno cree. Así que admiro al feligrés que razona sus creencias y también admiro al descreído que no ve en ningún lado esa fe que razonan los demás. Tengo buenos amigos creyentes y buenos amigos que no creen. Tengo en esa bendita disparidad de criterios lugares fantásticos en donde ejercer uno de mis vicios elementales que consiste en dar rienda suelta a la cháchara, a la tertulia pura y dura. Por eso suelo enfrascarme con algunos en esas diatribas lúcidas o poco lúcidas, pero enriquecedoras. Supongo que donde otros amenizan las tardes de café en los bares con crónicas políticas, futbolísticas o cinéfilas nosotros caemos en la arena metafísica. No quiere eso decir que no le demos cuartelillo a Messi ni que hagamos ascos al talento de Pe, a las nuevas golosinas tecnológicas o al desastre financiero que nos asfixia a casi todos. De esas acometidas semánticas en terrenos tan delicados salimos robustecidos, no lo duden. Mi amigo J.C., con el que difiero en afinidades eclesiásticas pero al que respeto y profeso sincero afecto, suele buscarme en esos terrenos y nos encontramos sin dificultad. Vaciamos unos cuantas cañas de cerveza y ponemos al día el jeroglífico nacional. Vamos de ZP a Rouco Varela y terminamos en exquisistas disquiciones sobre la conveniencia de bajar tal o cual programa que hará más felices nuestros vicios informáticos. Así vamos los dos levantando el casi siempre difícil chasis de la amistad. Falta que echemos el resto el próximo día a propósito de la puesta en escena de ZP en Washington en eso que los americanos llaman el Desayuno de Oración.
Aquí en España carecemos de esas frivolidades. Aquí somos católicos por el sacrosanto peso de la Historia y laicos por el legítimo peso de las leyes. Parece que colisionan esos dos frentes: la Historia y la Constitución, el cristianismo fajado en guerras y construído durante siglos por generaciones enteras de buenas y nobles personas y este laicismo orquestado por los progres que se obstina en socavar los cimientos de la sociedad creyente. No sé si este fragor cainita entre unos y otros va a durar mucho. A la hora de la verdad, puestos a defender los intereses de la patria o los hábitos de los pueblos, los políticos son capaces de rezar (ZP a su manera, no crean) o de desfilar en Semana Santa delante del santo de turno y con la cara contrita por la pena y por el dolor supremo. Lo de ZP ha estado sublime: ir a la casa de Dios en la tierra y hablar en castellano, consciente de estar lidiando en casa ajena, pero íntimamente convencido de que el mensaje, en el fondo, es el mismo. Paz y amor, que diría un hippie flipado de anfetas. A Obama no le ha disgustado el discurso. No esperaba que su amigo Zapatero cayese en la impostura de nombrar a Dios y de abrirse el corazón a golpe de salmo. Eso de la oración es un acto doméstico, privado. Yo, que la he ejercido durante años, jamás entendí en qué consistía: la recitaba monocordemente, sin hacer música de sus frases, sin sentir dentro del pecho ninguna luz iluminando ninguna alma, pero a mí no me llaman al púlpito los domingos para que les cuente a los feligreses la parábola de mi descreimiento. Suelo de vez en cuando aventurarme a contarla aquí. Ésta sí que es mi casa y por tanto el lugar en donde es legítimo que me exprese a mis anchas, sin temor a molestar porque no creo estar ofendiendo a nadie con lo que pienso. De todo eso (creo) habló Zapatero en Washington: les dijo que la muy democrática y señora nación de los Estados Unidos abolió la esclavitud, proscribió la discriminación, dio alas al pluralismo y garantizó el absoluto compromiso con la libertad religiosa de sus ciudadanos. Luego les coló la coda socialista, el texto camuflado de sus logros sociales y les dijo que cada ciudadano era libre de creer a su modo, amar a su antojo y abanderar con su esfuerzo su participación en la conquista de un mejor estado del Bienestar y que para eso no hacía falta creer en Dios en las alturas. De hecho nunca nombró explícitamente a Dios sino que limitó (muy bien trabajado el discurso) a decir en los cielos. Ahí, en eso de los cielos, cabe todo: desde un milagro de Cristo a un parte de Manuel Toharia. Su rezo, además, no era tal: era plegaria. En el bendito lenguaje podemos sentirnos protegido: sólo depende del grado de conocimiento que tengamos de él. A Zapatero le benefició el mimo con el que buscó el vocabulario. Sin ofender, sin caer en la afrenta, no se rebajó: no se sintió vendido, él, tan agnóstico. Se vio a un político despojado de políticas y hablando a políticos despojados de políticas de asuntos humanos que la política no debería tocar. La fe es un asunto tan privado que debería ser obviado por todo Estado moderno. Allá cada cual en su vida privada: en ese reducto doméstico uno puede rezar o dejar de hacerlo, puede pedir a Dios que llueva o enchufarse a la página oficial del Instituto de Meteorología para saber si va a sacar mañana el paraguas o no.
Al cura de pueblo que le pidieron los fieles que intercediera ante Dios para que cayesen las lluvias, harto ya de cumplir con los feligreses, de rezar a destajo y de no ver cómo caía gota alguna se le ocurrió cortar por lo sano y decirles, a pie de altar, en plan confesión casi: "Yo rezo lo que vosotros me digáis, pero sabed que de llover no está..."

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5 comentarios:

Maria Jesús Casas dijo...

Como no es ZP de mi agrado me sentí mal porque ese español, y no otro, estuviese en ese lugar tan especial. Soy católica
a y aprecio tu escrito y lo considero muy responsable y muy respetuoso. No he léido el de Zapatero en Washington en presencia de Obama, el presidente de los americanos, pero algo sé de lo que he leido en la prensa y viene a ser lo que tú dices, que tiró para casa, que nadó y guardó la ropa, que se acercó a la boca de la bestia y ni siquiera salió con un bocado bien dado. No me cae bien el hombre, no. Tengo gente alrededor que lo pasa mal con su política y gente que no conozco que veo por todos lados que lo pasan igual de mal y pienso que debería irse, con elecciones anticipadas o con lo que sea, pero que se vaya por favor, que venga otro, que igual es verdad que lo hace mal hasta hartarnos, pero que venga otro, y que vaya a casa de Obama y reze si hace falta, pero que deje la casa de aquí limpia y presentable y luego se vaya de turismo y haga lo que quiere en donde quiera. Perdona que me haya extendido tanto.

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Da igual ser católico o no; hacía su trabajo como Presidente. El problema consistía en convertirlo en algo profesional y evitar, en lo posible, lo humano, lo íntimo. Rajoy hubiese estado más en su salsa. Sin duda. Gajes del oficio. Bien resueltos, diría yo, María Jesús

Rafa dijo...

A mí me cansa ya Zapatero y sus zapataradas. Me tiene "jartico" y eso que yo fui uno de los que le dio trabajo con mi voto, así que imagino cómo tienen que estar los otros, los que no le votaron. Es un desastre esta España pero no sé si con el otro sería lo mismo, a lo mejor sí y estamos dándole la "matraca" al bueno de la película. De verdad que no sé nada.

Ramón Besonías dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Ramón Besonías dijo...

A los ciudadanos parece en principio importarnos más bien poco la verdad de los personajes públicos. Nos fascina sin embargo la pueril estética que los envuelve, el folletín dominical de agravios, insultos, chismorreos y dimediretes que los acompañan cada día.

Por supuesto que nos cansaremos, despotricaremos, alabaremos sin mediar reflexión o malcediremos su presencia impúdica en los medios, pero hay que reconocerlo: qué importa la fría verdad al lado de la chispeante mirada del cuché berbellón.