9.2.10

El gris


Igual hay que volver a los cromos del desarrollismo de posguerra como los de Larsen, dar al público, al alicaído, placebos, pastillitas que distraen, fast food cultural: la vida en alta definición, aunque no sepamos qué estamos viendo. Antes se acudía a estas estampas de lo cotidiano para vender la evidencia de que todo iba bien, de que todo podía (incluso) mejorar con la debida injerencia del tiempo.
Espantan esas estampas puras, sin artificio, pilladas en el semillero donde la esencia del pueblo abreva, en el folclor, en el niño que va a por agua a la fuente, en el marinero que corteja a la criada con carrito en un parque de Madrid, es decir, todos esos iconos del franquismo pictórico, atesorado en la memoria de los que lo vivieron y aprendido, a golpe de clic, de exposición memorialística, por quienes nacimos después.
Pero la realidad sale luego a batallar y nos ofrece su lado tenebroso, la tristeza cotidiana de no vivir en un buen mundo, el recado visible de que nos vamos a morir sin que veamos solucionadas algunas pandemias que ya, de vistas, no nos asombran. Como decía Cortázar, al final de los relojes está la muerte. Un remedo viable de la muerte es la ruina en vida, la certidumbre de que vamos siempre tirando, sufriendo. Miguel Hernández, perdonadme la tristeza de hoy, lo escribió más bonito: "Tanto penar para morirse uno"
La rutina amodorra los sentidos y los debilita. A fuerza de ver mujeres sacrificadas por los cafres de quienes las amaron (menos mal que hubo amor) notamos una fina película de anuencia que nos protege la vista de espectáculos excesivamente dolorosos. Vamos a tientas por los titulares y oímos la metralla de la actualidad sin que bajemos a la arena pública de lo solidario. Decimos que vivimos en el mejor de los mundos posibles, que la democracia todo lo empapa y que hay quienes velan porque se cumplan las leyes que nos permiten dormir con la conciencia limpia y el estómago colmado, trae la cultura pobretona de la cartilla de racionamiento y del miedo en todos aquellos intelectuales que disentía del régimen y plantaban cara (como podían) a ese latifundio ejecutivo, pero un dibujo como el de Larsen nos trae también la felicidad mentida, la alegría sin artificios de un pueblo más pendiente de ir echándose algo a la boca que de ir echándose algo cerebro. Puestos a elegir, el estómago manda siempre. Eran códigos de distracción que con frecuencia se gestan en los despachos del Poder para que el pueblo llano no se percate en exceso del derrumbe del sistema.
Lo vimos aquí durante demasiados años y ahora hay voces tenebrosas que propagan la ficción de que a lo mejor (todo muy vago, todo muy cogido con la punta de muy pocos dedos) volvemos otra vez al gris, al tono cenizo en el que se dibujaba la vida cuando ni la justicia ni la educación buscaban una sociedad mejor sino una sociedad inmutable. El apocalipsis. Cuentan en las tertulias nocturnas en la radio que vamos a pique. Lo cuentan sin alboroto, como si se tratase de una ficción y ellos la novelaran, desmenuzaran la trama, la hicieran asequible al que no entiende. A fuerza de palos vamos entendiendo todos: oímos las noticias con el corazón encogido, pillamos la prensa y no sabemos en qué titular van a contarnos el fin previsible. Ya mismo van a tirar octavillas con el dibujo de Larsen. Para ir acostumbrándonos a la tristeza.

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2 comentarios:

Rafa dijo...

Nos tratan mal estos políticos y nos pueden tratar peor. Encima nosotros los elegimos, los votamos. Está el mundo cabeza abajo y nosotros más cabeza abajo todavía, Emilio, estamos peor que nunca y tiene esto visos de ir a peor más todavía. Yo tengo trabajo y parece que puedo seguir teniendo. Seguridad no tengo, ¿quién tiene? En fin, esto es una cosa triste como dices. Desarrollismo en la época franquista, vuelta a las estampitas, no sé... no sé.... Pero nos acercamos a ese modelo, tenlo seguro... Tiempo al tiempo....

Ramón Besonías dijo...

Creo que la cita es de Chateaubriand y dice algo así (mi memoria es, como se dice ahora, "hipertextual"): quien tuviera la posibilidad de conocer todas las verdades de la vida, se estaría al borde del camino y lloraría amargamente.

Quizá por ello es mejor que la publicidad imagine para nosotros un mundo feliz, del que sabemos su farsa pero sin importarnos.

Yo también tengo días de esos, Emilio en los que dejo de ver anuncios y me entra la congoja. Y va la TVE y los quita. Pronto hasta el fútbol, ya verás.