1.8.08

Espuma de agosto, uno

I Is there life on Mars?
Hay que decírselo a David Bowie: a falta de vida en Marte, hay agua. Incluso a juicio de uno de los obreros de este prodigio sideral, agua potable. Tal vez el duque blanco duerma esta noche con la certidumbre del trabajo bien hecho. Julio Verne, de estar vivo, dormiría así todas las noches. Pero no podemos asegurar nada. A lo visto, a lo leído, la NASA ha metido las pinzas de sus máquinas cinco centímetros en el suelo de Marte y allí, rutilante, tesoro de ociosos, la capa primordial de hielo marciano. Yo creo que todo es un bluff veraniego, una de esas noticias que equidistan entre lo fascinante (vida extraterrestre, oh my God) y lo mitológico. Se cruza en el agosto terrestre la épica de la ciencia-ficción, tan alicaída desde que la realidad se la come a golpe de nanotecnología pura y dura, con la maquinaria fabulosa de la imaginación, que es capaz de anular el dolor y sacar del rastro que deja una serpentina de colores. A nivel de calle, Marte queda siempre excesivamente lejos. No hay forma de que ninguna noticia del planeta rojo alcance la relevancia de algunas de las que manejamos en la madre tierra. De Juana Chaos, confinado en Marte, habida cuenta del apaño del agua, podría ser la noticia del verano. Además allí no tiene vecinos y no tendrá que sufrir el mal rato de toparse con la madre de uno de sus ajusticiados. Eso que gana. Aunque sale mañana. He aquí uno de los resquicios (hay muchos) del Estado del Bienestar y de la fiabilidad de sus Instituciones. Una especie de hueco legal por el que es fácil que, al reptar, quepa un cuerpo. Más si está en huelga de hambre. Lo de la huelga confirma que Marte es un destino óptimo. Allí no hay tentaciones con las que traicionar tus propósitos.
II Butifarra entre nubes
Entra en lo razonable que un avión alemán (Air Berlin) que aterrice en Barcelona procure que su personal de a bordo domine el idioma de sus clientes. En Cataluña, un avión alemán debe, además, incluir el catalán. Este expolio de la razón, este pequeño resquicio de la inteligencia (emocional o disquisitiva o sensorial) no lo es tal para los directivos del Barcelona, que han cancelado su vuelo de Pisa a Chicago con esa línea por este asuntillo lingüístico. Será que la empresa es de éas de bajo coste y entonces se acepta que el encaje de las cuentas no consiente clases de catalán o de vasco o de cualquier lengua cooficial de la reinante en los países con los que se trabaja. Ha sido de tan enorme y sentido calibre que hasta han renunciado a recuperar el dinero invertido en el viaje o, al menos, un cincuenta por ciento del mismo. Lo anómalo es que quienes dieron luz a esta manifestación del enamoriscamiento patrio quieran ir a los Estados Unidos a hacer unos bolos. Allí, que se sepa, desconocen el catalán. Por desconocer, el grueso de la gleba yankee desconoce incluso la existencia de una cosa llamada Cataluña. Llevado el argumento al extremo, que es una de las ventajas de escribir a vuelatecla en una tórrida tarde de agosto después de haber dado una cabezadita en el sillón, me pregunto cómo es posible que a estos embajadores plenipotenciarios de lo suyo se les ocurra el absurdo de jugar con el Huelva o con el Gijón, recién ascendido. O con la Juventus en la Liga de Campeones, en la que todavía (de facto) no están. Serán ajustes de caja, pequeñas cesiones para que las discrepancias con la honorable vecindad nunca exceda ciertos límites plenamente asumidos en el protocolo, en ciertas reglas del juego que casi siempre (he ahí el avión alemán para evidenciarlo) se cumplen a beneficio de la idílica globalidad. De ahí a que Laporta cree su propia aerolínea hay un trecho oceánico, nunca mejor dicho. Caso de que la bienaventuranza pecuniaria, los triunfos del balón y los arrestos nacionalistas así lo dictaminen, butifarra a cinco mil metros de altura, folclor en el hilo musical y TV3 en la pantalla del pasillo central.
III Tres personajes
Zapatero le pide a Rouco Varela que amarre a Losantos, pero el obispo hertziano, el que le da vuelos semánticos y desoye la admonición de todos los augures, sonríe con ese estiramiento de emocionalidad nula que acostumbra ante las cámaras. La curia domina los modos televisivos. Mi amigo K. sostiene que gente criada entre libros, intelectuales de lo suyo, hecha a capear dos milenios de zarandeos, cruzadas, milagros y persecuciones de toda condición no se amedra ante una cámara, ante un micrófono. Es más: ahí se aúpan y exhiben sus destrezas más laureadas, aquéllas que les han conferido el status del que gozan y del que ningún gobierno, por socialista, laico y de progreso que sea, les va a quitar. De eso se trata, al cabo: de buscar los flecos de la concordia entre los rizos del enjundioso sol de agosto. A ver si el verano, época de placidez mental y de esparcimiento de lo lúdico, esparce sus rayos salutíferos por el orbe y algo les pilla a estos dos prebostes de la sociedad. Lo de Losantos se escapa a mi torpe forma de hilvanar argumentos. Me veo en la obligación moral de colar alguna reflexión (me explotan cien en el pecho, otras cien la cabeza y todas me parecen espuma, aire leve de estío frente al monstruo deslenguado que las alienta) pero no voy a dejar escapar ninguna. No es día. Es hora de remansar los ánimos. Lo exige la epidermis, azotada por la canícula. Lo pide la delgadez antológica de los periódicos en estos días. Se devoran en tan escaso rato que hace falta comprar dos o tres para ocupar lo que antes te daba, amplificado, uno. A pesar del esfuerzo, no sé conciliar mi incontinencia sintáctica y mis iras ideológicas. Por eso cierro capítulo y me voy al cine a ver con la familia La momia 3. Un clásico del verano, no crean.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Hay, Emilio, muchas cosas en esta vida de dificil conciliación. Los que trajinan para escalafonar continuamente y los que no quieren perder el lugar al que han llegado después de mucho tiempo y mucho esfuerzo. El obispo Rouco es uno de los dos. No estamos de acuerdo? Tu escrito es esclarecedor, pero le falta el punto de resolución en el que pueda identificarme. No obstante, aplaudo sinceramente el tono festivo, entre lo trágico y lo miserable. Gracias por el blog. Es cosa de entrar más veces. Fernando.