8.12.06

ELLOS : La cámara es la que tiene miedo; no el espectador



















De entrada, Ellos es una película de miedo: todo está pensado para producir miedo. La baza consiste en ocultar durante casi el completo metraje la naturaleza del mal: no sabemos hasta los últimos minutos qué amenaza persigue a la pareja protagonista. Mejor hubiera sido no saberlo nunca: o saberlo desde el principio no ya para habernos ahorrado los ochenta minutos de cinta sino para no aburrirnos tanto.


Ellos aburre. La película se enfanga en unas pretensiones artísticas que no merecen crítica desfavorable alguna. Todo está bien escrito: las imágenes, el crescendo en el miedo, el clímax final. La historia convence visualmente, pero esa escritura fílmica notable no está sustentada por un guión que verdaderamente atraiga.






Se está deseando de que la cosa concluya: saber qué hay detrás de los ruidos, de los silencios. Y al final, cuando lo sabemos, consentimos la idea de que no ha merecido la pena montar tanto fuego artificial para una traca final tan leve.

Sin ánimo de destripar esa traca, leve, ya digo, el amable lector debe, no obstante, dedicarle esos ochenta minutos. Se aburrirá soberanamente, sentirá que a lo mejor al final todo es una tomadura enorme de pelo, creerá que afuera, en la calle, llueve o hace sol o los coches hacen una sinfonía con los cláxons o que una rubia calón monta un pollo porque su novio le acaba de confesar que está con otra, más rubia y más cañón. Todo eso se le puede pasar por la cabeza, pero hay que darle una oportunidad, aunque sea para acelerarnos con ese sprint que toman los protagonistas, la pareja súbitamente despertada en su casa, una casa enorme, insólita, increíble, es decir, no creíble, por unos ruidos que acaban llevándolos literalmente al horror absoluto.

Diríase que los directores han hecho un inventario rápido de clichés del género y los han metido en una tourmix: el batido resultante es Ellos y tiene sabores apreciables, aunque el regusto final es áspero, soso, pobre. No han pasado diez minutos y ya no tenemos los taninos golosos, la boca aromatizada por tanta emoción malograda.

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