24.12.21

 Me fugué con mi corrector de estilo. Duramos tres textos. 

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La verdad, al adornarse, torna ficción. 

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Balzac se resistía a escribir aforismos. Uno que le agradó lo guardó para titular una novela. 

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Hay una elocuencia en el silencio a la que no alcanza el esplendor de la semántica. 

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Vivir a veces es no ir ni a ciegas siquiera. 

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El canto del pájaro en su limpia fronda elogia la bondad del paisaje. 

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El croar de las ranas en la charca tiene insistencia de salmo. 

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Precaverse contra uno mismo es la única manera de no contrariarse en demasía. 

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Vivir es un juego de azar al que el Estado aún no ha legislado tributos. 

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Al fuego se le da a veces la consideración más resolutiva, pero luego hacemos religión de la ceniza. 

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También el amor es una debilidad. 

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La buena literatura causa un tumulto interior. La mala, una incontinencia aerofágica. 

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Llegar a la edad en que las novedades son recuerdos. 

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Hacerse viejo y no haber roto un plato. 

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Todo el arte es un plagio. Todo la vida, un bucle.

22.12.21

Elogio de la perseverancia


                                                              Fotografía: Fernando Oliva


Hay palabras que deberían tener más relevancia de la que tienen, ocuparse en asuntos de los que de verdad importan. Una es perseverancia. Ya no quedan perseverantes, no se les prestigia, no se le da a la perseverancia el bombo de antes, ni siquiera en las escuelas se escucha a los maestros recomendarla, depositar en ella la semilla misma del éxito, esa palabra confusa con la que trasegamos con más o menos fortuna. Siendo constancia palabra canjeable, no me parece del mismo rango, no posee la firmeza fonética necesaria. Yo creo que el mundo es de los perseverantes. Es de ellos la extensión entera del futuro. Ellos hicieron que avanzáramos y llegáramos al lugar en donde estamos, sea cual sea, que tampoco sabemos si habría otro mejor o el que tenemos basta y conforma. Hubo algún perseverante que no cejó en el empeño hasta que hizo que la llama prendiera para cobijarse del frío o alejar las bestias de la comarca. No sabemos quién fue, no hay un nombre, no se registran a veces, sino que sólo se constata el hecho prodigioso, no la autoría. Otro se obstinó sin que el cansancio le arredrara. No desfalleció, ni perdió la fe en la consecución de su deseo: fue tenaz, le bastó la confianza en su lento desempeño. Confianza es otra palabra hermosa. Confiar y perseverar en la confianza. Como una especie de fe. El que persevera esgrime esa confianza, la enarbola, cree que no precisa otro instrumento para la prosecución de su fin. A poco que se fija uno, advierte la trampa del lenguaje: hemos dicho fin, es el fin el que está en la cúspide, cuando se ha logrado el ideal. El fin es el cese brusco de la perseverancia, podríamos pensar. El caracol ha llegado a la cima, no importa el tiempo que le ocupó, no es el tiempo nada de lo que haya preocuparse. De hecho el caracol es un enemigo del tiempo. El tesón que exhibe parece decirnos que no hay prisa. Hay que llegar, debe zanjarse la distancia, pero nadie dirá cuándo comenzó la tarea, ni si hubo flaqueza o decaimiento. Contará la presencia del caracol ahí arriba. Suya es la perseverancia, la tenacidad es suya también. Es posible que más que tenaz sea tozudo. Se acepta ese giro semántico. Pediremos que el camino sea largo, como en el viejo poema de Kavafis, ese tan hermoso en el que te enfrentas al colérico Poseidón y a los cíclopes y les muestras tu alma valiente, la que no conoce el miedo y sólo desea avanzar, conocer lo nuevo, consolidar después su peso en la memoria y llegar a Ítaca, a una de ellas, hay muchas, viejo, sabio, rico en historias y en recuerdos, no habiendo apresurado el viaje, dejando que llegara la vida a su aire, libre y dulce y armónica. El viaje es del que persevera, de quien galopa. Somos jinetes también, invisibles y tercos jinetes hacia el desenlace previsto.



21.12.21

el advenimiento

 ahora estoy aquí sentado en la enfermedad de las palabras, me explotan cien alejandrinos en el pecho, el pánico asoma su boscoso lenguaje de trampas y de leche agria por la ventana, patrullas de agentes lingüísticos escoltan un desatino de nínfulas sin himen, siempre tuvo éxito el pecado, le pese a quien le pese, uno de esos agentes del orden semántico ha hocicado su ojo hebreo por la hoja en blanco, temo que la burda canción que entono devenga tragedia y vasallaje, la tarde con su coro arcangélico de pequeñas hostias musicadas duele todavía, siempre tuve éxito siendo clandestino, ángeles de discreto aspecto victoriano fatigan aceras, cazan algún niño con anginas o alguna princesa convocada para la ceremonia de la lluvia, ahora mismo chet baker proclama con sordina la vigencia de las anfetas, a chet baker le partieron la boca en amsterdam , luego recompuso el sex-appeal y el dandy sacó discos con gente amateur de la vieja europa, el dios de la cosecha mordisquea sin estridencias un salmo recatado y puro, vírgenes coreanas encieden incómodos verbos copulativos, mi madre que ha aparecido de improviso viste un kimono rosa en donde puede leerse un verso de mallarmé en vasco, un verso de celaya en turco, un verso de keats en esperanto, los versos de keats bailan sobre el kimono roso de mi madre aparecida de improviso y yo soy el actor perplejo explorando el azar y la causa de las cosas, soy el que se admira de lo prolijo y de lo falso, lo dijo el poeta, yo solo he venido a poner en orden los registros

20.12.21

Kafka de lunes

 


Escribe Kafka en sus diarios que se hizo cortar el pelo o que se pasaba días enteros en la cama o que ocupaba las tardes mirando el campo desde la ventana o que está diez días sin que un pequeño arrimo de inspiración le dicte una página o que paseaba con las manos en los bolsillos y apretaba adentro los puños hasta que le dolía el brazo. De Kafka he tenido siempre una opinión literaria favorable, pero me ha fascinado mucho más la persona, lo que se deja ver si uno escudriña en sus diarios, no en las novelas o en los cuentos, donde todo está muy aliñado de literatura, por decirlo de alguna manera, donde cabe la tragedia como recurso, aunque no venga limpia de biografía, qué voy a decir yo sobre eso. En los diarios se transluce una vida interior que únicamente obedece al instinto primario de escribir. La literatura es una casa ya amueblada, en la que se han colocado con esmero los enseres y se ha cuidado al detalle lo que la visita puede observar sin que parezcan curiosos. Otra cosa, otra bien distinta, quizá de una intimidad más respetable, es el hecho de escribir sin la obediencia de las formas, sin que exista en modo alguna la evaluación de un lector externo, distinto al que se aplica a la escritura misma, a su yo sin escindir todavía. Como si el Kafka lector fuese el único inquilino de la escritura, aparte del Kafka escritor. Todos los escritores debieran escribir en esa privacidad idílica. También he apreciado esa credibilidad absoluta en los diarios de Canetti o de Pessoa. Porque el Libro del desasosiego, enmascarado en las máscaras oportunamente interpuestas, es un diario enorme, uno de los que más pueden afectar al que lee, si bien he tenido mis aplazamientos con él, tal vez por excesivo apego o por dar descanso a la fascinación, que a veces no es conveniente. Digo afectar en su sentido trágico. La literatura, la buena, es siempre trágica. Incluso la feliz, la que irradia armonía, cela fragmentos terribles. Basta hurgar, dar de uno lo que no se suele, ahondar, saber ver, encontrar el sentido, una vez que se han creído encontrar los argumentos. La vida es un poco así. Se matrimonia la risa con el llanto, se ve la coyunda paradójica de la luz y de la sombra. Kafka es el mejor en esa difícil travesía. Nadie como él ha explicado mejor la imposibilidad de salir airoso de este viaje. Me falta leer mil libros más para afirmar eso con más rotundidad. Incluso si los leo, no podré ser tajante de ninguna manera. Hay Kafkas por ahí perdidos, muchos, imagino, pero no han tenido difusión, quedan en literatura doméstica, en escritos que se pasan los amigos, en entradas tristes en un blog al que casi nadie entra. Ahora que acabo los diarios, vueltos a leer tantos años más tarde, me siento más vulnerable que antes, menos firme en muchas cosas que antes creía sólidas. Por otra parte, también me ocupa el pecho una especie de temblor divino: el de la creencia de que todo lo que me ocurre tiene la importancia que yo desee darle. Kafka (incluso el Kafka apático, el triste, el que llevaba a cuestas el sello de la incomprensión, el que se hizo cortar el pelo o echaba días enteros en la cama o apretaba las manos en los bolsillos) era un fantástico observador de la vida. Da gusto leer cómo extrae sustancia de donde no parece haberla. De Kafka (ya acabo, me tengo que vestir, me voy a trabajar) se posee una imagen deteriorada, la que se ha ido construyendo sin pensar mucho, sin leer mucho tampoco.

17.12.21

Dietario 218

 Al autor se le concede en ocasiones la contemplación pausada de su obra. La mira sin reconocerla suya, comprende los rasgos, aprecia ciertos hallazgos, pero no siempre atisba su impronta, la huella perceptible. Entre el creador y lo creado hay páramos no recorridos todavía, una suerte de contradicciones y de paradojas que hacen más fortuito el producto final. No es fácil crear, más aún si lo arrojado a la realidad es un organismo vivo, una criatura hecha a su imagen o a la semejanza, no tengo claro cuál es más influyente o si ninguna se adhiere ni manifiesta. Traer libros al mundo es una bendición pero contrae una responsabilidad enorme, una a la que no se le da la consideración que precisa. Lo hacemos a lo loco, no tenemos conciencia, vamos a ciegas. Escribir es una especie de paternidad procaz y febril. Se impone a la realidad lo que antes no existía. El hijo sobrevenido desobedece luego al creador y se ofrece a quien lo abraza. Escribir es multiplicarse. Dios es un hacedor infinito. Esa es la perspectiva que más me agrada de la falible divinidad. Dios es Darwin en un retrato en un museo y es el mono que lo mira entre la perplejidad y la fascinación. Dios es también el observador que se coloca en una posición favorable desde la que registra el milagro de la escena. Todas son milagrosas. Hay un destello extraordinario en cada detalle de la trama. El sol que ahora ilumina los árboles contiene a Dios en esa rendición prodigiosa de luz. Luego se ofrecerá la oscuridad. En lo oscuro el latido es más reconocible. Cierras los ojos y piensas si estás leyendo o escribiendo y concluyes con la idea de que concurren ambas cosas. Eres Darwin y eres el mono. La luz. La sombra. Dios. Eres Dios. 

16.12.21

Billie con alma



El artista atrincherado en su decadencia rinde más. Al arte se accede desde el dolor con más que providencia y lírico estímulo que cuando se arrima el júbilo o nos abraza la alegría. Lo tuvo con creces Billie Holiday. Dolor sin tregua, atenuadas (es un decir) con las muchas adicciones, que la hacían lúcida y torpe, en una dramática espiral de destrucción. La imagino cantando en el Royal Albert Hall en Londres. Creo que no la sobrecogería el marco imponente, la suntuosa sofisticación victoriana, todo ese selecto y estirado público de la City poco acostumbrado al swing, esa fiebre negra que causaba furor en la otra orilla. Billie iba a lo suyo. Se estaba mejor ahí arriba, mirando desde esa cima, altiva, imponente, que en el Reformatorio de Mujeres o en alguna apestosa clínica de desintoxicación o en la cárcel, acusada de tenencia y consumo de estupefacientes. En cualquier sitio mejor que encerrada. Mejor en el Carnegie Hall. En la calle 52. En algún tugurio de comarcal. En la barra de un bar. En la cama de algún músico recién llegado a la orquesta. Cada uno elige la forma de irse de esta vida. Algunos se dejan llevar y sobrellevan como pueden que sea el azar o el cansancio de los años los que les aparten. Otros se empecinan el elegir las armas del duelo. Prefieren excederse, confirmar eso de que vivir es siempre algo accidental y gris. El alma sensible confirma todos los pronósticos más extremistas. Al alma arponeada por los vicios más grandiosos se le fuga el numen, se pierde más aceleradamente, termina arrumbada en un callejón, expuesto el cuerpo que la cobija como un fardo andrajoso. Como Poe. Como Baudelaire. Como todos los grandes poetas y los grandes músicos que sacrificaron el equilibrio (qué importa el equilibrio) para pasearse como funambulistas por el alambre resbaladizo de las horas. Billie Holiday, caída en pura desgracia, graba en 1.958 con esa pinta de absoluto abandono. Fondona, rebajada físicamente, moriría un año más tarde, mermada en registros, quemada por dentro y por fuera, entre la indigencia y el fatalismo. Billie Holiday, en estas fotografías, es la dama venida a menos, sí, pero exhibe una nobleza visible. La he visto en Chavela Vargas. No en Amy Winehouse, que se desquició antes de que su talento descollara como se preveía y se le diera la aureola de diva. Billie Holiday era la gran señora del jazz, con permiso de Ella Fitzgerald. Su vida, sin embargo, se distanció de lo que hubiese querido la abnegada parroquia de adictos a su voz quebradísima, frágil, elocuente en dondla versatilidad (el fluir armónico, el roto por debajo de la armonía) narra cosas y las narra hinchadas de tragedia y de verdad. En la voz de Billie Holiday hay mucha verdad. Está el destrozo de un pueblo, el negro, el suyo, y está el blues o el jazz o ambos como expresión de ese sentir. Sale uno aseado y feliz de estas travesías por la bellleza. Le queda la secreta impresión de que quien nos invitó al viaje se perdió en los preparativos, se sacrificó para que nosotros pudiéramos comprenderlos. El arte entero es un ejercicio de sacrificio. Alguien se vacía para que otro, ajeno, invisible, se llene. Rilke lo dejó escrito con más atino: "Todo a lo que me entrego se hace rico, dejándome a mí pobre". 

15.12.21

Swingin'

                            Frank Sinatra en el estudio A de Capitol en las tomas de Swingin' Sessions (1961)

 Hay fotografías que registran todo el esplendor del modelo que las ocupa: captan una esencia, el magisterio de su oficio, cierta voluta invisible de rara perfección que incluso ellos mismos desconocen y que la cámara roba. Hay quienes, gozando de genio, no han sido pillados en un momento de esta vehemencia estética y quienes, no abundando en carisma ni en talento, tienen la bendita suerte de que un fotógrafo, tocado por el numen infinito, los salva del olvido y los eleva, merced a quien sabe qué inargumentables premisas, al olimpo mismo. Esta fotografía de Frank Sinatra, en el antológico estudio de Capitol, donde grabó sus discos clásicos, cantando tal vez It's only a papermoon o When you´re smiling  (que era una de sus favoritas) o I've got you under my skin (una de las mías) pertenece al muy escaso inventario de obras maestras en las que se matrimonian todos esos elementos infinitesimales y mágicos que procuran, al final, todos ya hilvanados y en armonía, la perfección misma. Yo no me canso de verla. Además sé que detrás de la foto está la música: la que me ha hecho feliz y me ha entristecido, la que me ha zarandeado y me ha abandonado después sin atenciones, la que me ha dado más que mucha gente con la que comparto conversaciones y gestos. La música es la elocuencia a la que en ocasiones no alcanza la palabra o el gesto. Eso tiene Frank Sinatra, eso da su voz. Ninguna que yo recuerde, ni siquiera la de Billie Holiday, lograba transmitir la complejidad del alma humana como la que impostaba Frank. Si alguien desea rebatirme, proceda. No tendré objeción si quien elija me produce la misma turbación, idéntico estado de absoluta felicidad. 




13.12.21

Algunas vidas improbables

 


Tiene uno a veces la ocurrencia de hacerse pasar por otro y, en ese fingir creativo, ver qué tal se anda en zapatos ajenos, como dicen los ingleses. Esas licencias no siempre salen airosas. Hay trabas, pequeñas o grandes objeciones que malogran la prosperidad del empeño. No sucede eso con la literatura, con la ficción que hace real lo que no lo era, con la más genuina esencia de una divinidad caprichosa que en un arrebato de tedio manuscribiera su relato. Tengo en la memoria libros memorables de Felipe Benítez Reyes en novela y en poesía. Los vanos mundos (título impecable) fue el primero que leí, hace de eso no sé cuántos años. Por ahí debe andar, es cosa de poner en orden la biblioteca. Luego recuerdo, en novela, El novio del mundo o El azar y viceversa. Hasta leí, cogido de una biblioteca, Bazar de ingenios, una colección de entregas periodísticas. Con todo, le tengo un cariño especial a Vidas improbables, una especie de probatura poética en la que el autor se hace pasar por poetas a los que, de modo menos velado de lo que parece, rinde entusiasta homenaje en un palimpsesto alegre y también severo, confiado a que el lector hurgue y dé con la clave velada, la del fragor lírico del autor mencionado. Me lo recomendó J.A., un amigo gaditano, cómo no, en la idea de que, por lo hablado en un café, me agradaría. Así fue. El libro ha estado presente en mi memoria y ha estado ausente, quién podría saber cómo funciona esa cualidad de fantasma de los recuerdos. Es curioso que piense, más que en otros poemas de ese libro, en el que dedicó a Borges y que, probando aquí y allá, me ha entregado algún algoritmo también fantasmal del glorioso google. El juego que hace Benítez Reyes sería del agrado del mismo Borges, igual de conjetural y de atrevido en los recorridos y en los meandros de la literatura. Qué atrevimiento mayor que el de Pierre Menard, autor del Quijote, pienso ahora. También tiene uno la ocurrencia de ejercer de antólogo privado y, de hecho, no hace otra cosa cuando rastrea su biblioteca y escoge un libro de entre tantos o recorre un volumen de poemas y, leyendo uno, cae en la cuenta de que otro le está reclamando, aunque sea en otro libro, en otro autor. Va así la lectura ejerciendo su secreta función de vuelo o de inquieto juguete del que se extrae, cuando concluye su representación, la invitación a continuar leyendo, a no decaer en el ánimo de que lo leído nos traspase y aloje adentro. Ahí, en ese interior no siempre presente, estaría Platón, el poema en el que se hace tributo a Borges y que, leído como merece, contiene a Borges inapelablemente. Poetas apócrifos, uníos, acudid al antólogo que os encuaderne y publique. Cuántos poetas habrá dentro de un poeta, leí una vez. En este libro hay un buen puñado y todos nos dicen que no son de verdad. Ni tal vez el urdidor primero lo sea y por su voz emerjan todos los poetas que lo han poblado. Así la literatura o así la vida. Somos, entre las sombras, otra sombra. Las nuestras no serán vidas del todo improbables, pero son frágiles y se pierde el sentido que las empuja, la naturaleza de su empeño. 


PLATÓN

Jorge Luis Borges

Desde su sueño en vilo un hombre urde / la leyenda del alma y la caverna, /de los dos que son uno y de esa eterna / abstracción del amor. Nada le aturde: / su épica es la busca laboriosa / de un espejo perfecto que deforme / la imperfección de sombra de la informe / figuración del ser, que a cada cosa / otorga una apariencia engañadora. / Sabe que el universo es una puerta / que abre otro laberinto. Está desierta / la noche sin su luna. Ve la aurora / a un griego que divaga y que se asombra / de ser entre las sombras otra sombra. 


12.12.21

Principio y fin

 Abundan las historias en las que se engrandece el comienzo. Se les da un tono épico o bíblico o fundacional. Cosas del tipo: Al principio era la oscuridad y la luz se fue haciendo paso hasta que la cubrió. Todo expresado así, con contundencia, dando aviso de que se está asistiendo al inicio de algo extraordinario, mayor y más hondo que nuestra presencia accidental, razonablemente accesoria, poniendo el esmero y el énfasis en sublimar, en dar empaque mitológico, en registrar la épica, que es la naturaleza más íntimo de cualquier relato histórico. Lo que no ha alcanzado esa obstinación literaria, esa especie de género en sí mismo, es el fin. El comienzo siempre ha sido sobrevalorado. Se puede decir que los adeptos de conocer el origen ganan a quienes desean conocer el destino o el futuro o el porvenir. Queremos saber qué hubo antes, el lugar de donde proceden las narraciones. El final, la conclusión, interesa de un modo accesorio. Siempre se puede urdir una propia, pero es el arranque el que entusiasma, el que atrapa y fideliza. En literatura, en la rendición de la novela, la clásica, la actual, hay una inclinación a que todo fluya y nada desentone, a que el comienzo, el nudo y el desenlace vayan bien hilados, convertidos en un todo limpio.

Todos recordamos grandes principios novelísticos. Sabemos cómo empieza el Moby Dick de Melville o Historia de dos ciudades de Dickens (uno de los favoritos que yo conozco) o Cien años de soledad de García Márquez. Se nos escapa (no hemos querido poner la suficiente atención) el final de todas esas narrativas. La manera en que acaba es secundaria, aunque parezca que reclama un lugar de privilegio y todo conduzca a ella. Los finales, por necesarios que sean, no tienen el peso metafísico de sus progenitores, los inicios rotundos, esas frases que se te impregnan y de las que ya no sales. Del fin, el fin considerado como un cierre, interesa la posibilidad de que contenga alguna vía por la que penetre el aire e insufle de vida al cuerpo recién fallecido. Queremos continuar, darle un cuerpo nuevo al cuerpo recién sacrificado.

Queremos que Lolita no acepte a Humbert Humbert, pero tampoco nos satisface que viva esa vida mediocre, con un marido insulso, sin sustancia, que sólo ha sabido dejarla embarazada. Cuando Nabokov cierra su novela lo que el lector desea es que no acabe. Yo he inventado finales que me agradaban más que el estipulado por el autor. El final es una trampa, el fin es un pacto que no ha sido consensuado por las dos partes, el fin es cualquier cosa menos una liberación. Las novelas tienen dos autores: el que levanta acta con las palabras y el que, leyendo, arguye caminos nuevos, vías por las que la trama puede avanzar. Los cuentos no acaban nunca. Tienen un arranque, pero no precisan un finiquito. La vida es una trama novelística más. La literatura lo acapara todo, no hay nada que no sea capaz de succionar, no existe ninguna otra consideración. La singularidad irrepetible del comienzo del cosmos (ese latido primero, ese ruido iniciático, esa explosión lírica y cruel) es lo que de verdad nos importa. Tiene también intriga entender cómo se expande o si ese ahondar en el espacio y en el tiempo tendrá un latido postrero o un ruido póstumo. Tiene morbo comprender esa inercia que indagar en el tímido arranque. Quienes siempre supieron esto son las religiones. No se preocupan del infinito pasado, sino del infinito futuro. Queremos saber si Lolita llegará a vieja. Si al final el capitán Ahab se reconcilia con la naturaleza y con el destino y entiende que la ballena blanca y él son la misma extraordinaria cosa y que uno y otro poseen idéntico hálito, que hay un pulso de vida o de muerte (qué más da) que los propulsa y guía y justifica.

11.12.21

El don de la belleza


 Fotografía: Rafael Padillo

Con qué profana elocuencia la naturaleza nos perturba, qué secreto rumor la ocupa, cuánta verdad cela y cómo declina que se la piense y tase. Tan sólo reclama la humildad del brote limpio de luz donde el tiempo desquicia su solemne perseverancia de cuerda sin porqué. Agua breve con vocación de trama antigua. Tenue, liviana gota con la obediencia de su brevedad. 





Jazz / 19 / Tete Montoliú

Solía decir que cuando se miraba al espejo veía un pianista negro. También que prefería un músico con el que tocara del que supiera que era ...