31.3.17
Una fotografía de Kafka antes de que le perturbara Samsa
1
Andan los días persiguiéndose, implacables. Se oye un latir de algas a lo lejos. Afuera está la noche como una fuente honda y sin dueño. Dan ganas de buscar a Dios en las avenidas, en la periferia de la ciudad, en las afueras. Oigo la sangre con una ternura infinita. La oigo adentro circular como si buscase algo y no encontrase el rumbo preciso. Me busco en las palabras y lo que encuentro es vértigo. Vengo sin brida. Alegre, abierto, invisible vengo. Tendré que pararme a pensar y festejar la soledad y perderme.
2
Todos los niños de Londres aman a Peter Pan. No es algo que se advierta siempre, ni sucede con la fiereza con la que el amor se manifiesta en otros episodios suyos, pero es una verdad inamovible. Lo aman sin saber que esa entrega existe. Están fascinados sin conciencia del hechizo. Se esmeran en su embrujo.
3
Duelen, resaca adentro, los años.
4
Procura el amor alminares, una fotografía de Kafka antes de que le perturbara Samsa, báculos, un poema de Charles Bukowski sobre vino pendenciero y Plymouths del cincuenta y siete, una fotografía en blanco y negro de cuando niños perdiendo el tiempo en una playa con mi abuela de fondo.
5
Descienden, muy secretos, al centro de la palabra. Rescatan la semilla, la izan, la exhiben. Es el fugaz numen de todas las cosas lo que se está ofreciendo, la dura comisión de la sangre, la mecánica sencilla del cosmos.
30.3.17
El peso del mundo es amor
1
Puse anoche a Scarlatti en la cena y a mi hija le sentó mal la tortilla francesa. Scarlatti suena a gaseosa ida, me confesó en los postres.
2
Algunos grumos del poema siguen conduciendo a Dios.
3
La luz fluye desde la respiración primera. La luz mordida. La luz sin pulso.
4
Jadear en conciencia pétalos y endecasílabos mientras escucho a Chet Baker antes de que le rompieran la boca.
5
El amor percute el aire. El mundo entero es aire percutido por el amor. Todo el peso del mundo es amor. Lo han dicho todos los poetas, pero hay que repetirlo y hacer que los poetas nuevos lo aprendan y lo digan nada más abran su boca.
Puse anoche a Scarlatti en la cena y a mi hija le sentó mal la tortilla francesa. Scarlatti suena a gaseosa ida, me confesó en los postres.
2
Algunos grumos del poema siguen conduciendo a Dios.
3
La luz fluye desde la respiración primera. La luz mordida. La luz sin pulso.
4
Jadear en conciencia pétalos y endecasílabos mientras escucho a Chet Baker antes de que le rompieran la boca.
5
El amor percute el aire. El mundo entero es aire percutido por el amor. Todo el peso del mundo es amor. Lo han dicho todos los poetas, pero hay que repetirlo y hacer que los poetas nuevos lo aprendan y lo digan nada más abran su boca.
26.3.17
25.3.17
Una pequeña historia de la literatura
K. cuenta cómo empezó a enviciarse con los cuentos. No había noche en que no le contaran uno. A veces, el mismo cuento, por falta de cuentos a mano. Lo mejor era (dice) cómo cambiaba conforme iba siendo contado. En uno, la luna era amable y tierna; en el mismo, narrado la noche siguiente, la luna era roja, pendenciera, canalla. En lo que se le contaba había seres terribles con aspecto maléfico y también seres de aspecto bondadoso, pero intenciones oscuras. Nada aseguraba que la historia se repitiese; incluso le molestaba el hecho de que acabara siempre de la misma predecible manera. Prefería la varianza, cierta movilidad de los hechos. Donde el lobo, ahora una oveja. A mí (razono ahora) me sucede algo parecido. No me gusta releer al modo en que lo hacía antes. Ansío material nuevo. Prefiero que el asombro llegue limpio, no manejado, no rehecho. Quiero leer lo que no conozco. Me dolerá no volver a Stevenson o a Kafka o a Amis (ayer acabé la segunda lectura de El libro de Rachel, su novela fundacional y luminosa) o a Borges o a Lovecraft (cuatro de los grandes), pero transigiré, adquiriré la suficiente firmeza como para compensar el vicio antiguo de volver a ellos con el vicio nuevo de ampliar escritores. No he leído tantos, ahora que lo pienso. No sé. Será cosa de hacer una lista y ver cuántos me han acompañado, con cuántos he salido y viajado y gozado y sufrido. Por otro lado, qué necesidad habría de leer una sola línea nueva, a qué dirigir la atención, cuál dejar que penetre, con qué ardor abrazarlo cuando ya hemos sido bendecidos por historias deslumbrantes, iluminados con la más nutritiva de las luces. Así miro a veces con desconfianza los catálogos de novedades, la oferta apetecible, esa lujuria al alcance que supone abrir un libro sin saber qué nos hará. De los libros no se sale indemne. No hay puerta que abrir, por la que salir y enfilar los pasos a otro lugar. Ahora K. me consuela a mí. Vamos los dos hacia adelante. Me pide que no escriba para el blog en el iPhone. Dice que es mala costumbre. Ahora me distrae pensar en que no importa dónde escriba uno. Con tal de escribir. Con tal de no flaquear. Este marzo está flojo en escrituras. Vale cualquier acometida. En cualquier cuaderno.
24.3.17
La persistencia de la memoria
En su acepción más pedestre, la que menos incita a pensamientos profundos o a consideraciones de más enjundia, la felicidad es una especie de alegría mantenida en el tiempo, de la que se puede hablar con la confianza de algo conocido, de lo que poseemos una propiedad o a la que concedemos la máxima de las preocupaciones. Queremos ser felices, nos importuna que exista una evidencia de que en realidad no lo seamos, no deseamos en modo alguno que avancen los años y esa felicidad a la que anhelamos se escape, no se nos impregne, apenas dure su estancia. En cambio, adoramos la alegría. Es una batalla que se gana con más facilidad, no requiere que permanezca y se tiene la idea de que va y viene a su antojo, de modo que su ausencia no preocupa. Hoy estuve alegre, pienso ahora. Hubo un tramo de la mañana en que sentí esa zozobra gozosa en la que el mundo de pronto cobra un sentido que poco antes no poseía. Las endorfinas, las serotoninas y todos las demás sustancias narcóticas tiraron de oficio. No sabe uno bien los motivos de toda esa felicidad sobrevenida, cree razonar cuáles puedan ser, pero desecha cualquier convicción. Lo que hoy procura placer no lo dio ayer o entra en lo posible que no lo entregue mañana. Hay, sin embargo, cosas que son invariablemente útiles. No existe nada que sostenga esa eficacia, no podemos desmenuzar la emoción, no se la puede compartimentar, convertir en una mercancía sentimental. Hoy bastó con andar unas calles que eran familiares hace unos años. Calles que amé, no se me ocurre pensar otra cosa o rebajar mi filiación con ellas. La memoria hizo el resto. Me condujo al pasado o una parte gloriosa de él. Canceló cualquier asomo de mediocridad y remarcó (sin sutilezas, abruptamente, como cuando irrumpe agua fresca en la garganta y refresca de inmediato) los recuerdos de entonces. No sé si se habrían perdido (como lagrimas en la lluvia) o si ahora, habiéndolos recuperado, cobrarán una pujanza nueva y encontraré matices que tenía enteramente olvidados. Creo que será así. Que vendrán en tropel y los disfrutaré de nuevo. No es nada que sea un privilegio mío, uno que no esté al alcance de cualquiera. Lo que me fascina es la insistencia de esos recuerdos, la forma en que permanecen. Me intriga que ahora sean tan vigorosos y antes, cuando no había recorrido otra vez esas calles, apenas se vislumbraran, no estuvieran, pareciera que nunca hubiesen estado. Siempre se puede volver a esas calles. Traen abrazos, afectos, conversaciones largas, gente que no he vuelto a ver o a la que veo menos, pero que no han desaparecido de mi memoria. Nadie que haya estado desaparece del todo. Puedo provocar el regreso, hacer que dure más de lo que duró ayer (nada apenas), pero no sabré si me volverá a sacudir la satisfacción o volverá la memoria a desempaquetar su (en ocasiones) preciado cargamento. De fondo, sin que sonara, escuchaba a Jimi Hendrix o a B.B. King. Como antaño.
19.3.17
Dios en alta definición / La misa de los domingos
No tengo creencias religiosas, pero sospecho que podría haberlas tenido sin más problema. Ninguna de las historias bíblicas que escuché de pequeño cautivaron mi alma. Ninguna de las que me contaron de mayor me influyó lo más mínimo. Percibo la belleza de las creencias, pero no hubo nunca ese enamoramiento desde el que construir una vida de fe. La distancia que existe entre creer y no hacerlo es muy leve, no tiene consistencia. Igual que el creyente tiene crisis de fe y se cuestiona la naturaleza de su inclinación espiritual, los que no creemos también caemos en limbo en el que Dios aparece y desaparece, nos convida a pensar en su presencia o le excluimos con firmeza. Hay días en que Dios me ocupa más tiempo del que podría esperarse de una persona que se dice incrédula (no me gustan las palabras ateo o agnóstico, no creo que ninguna de ellas se ajuste a mi manera de entender todos estos sucesos trascendentes). Otros, sin embargo, echo atrás o me vengo arriba, según se mire, y me agrada ese descreimiento mío. Me siento bien (por decirlo de alguna forma) en las dos orillas de este imaginario río de las creencias. Lo que no veo es el daño que hace poner una misa en el segundo canal de la televisión pública. No es nada que hiera a quien no tiene la voluntad de entrar en el templo y dejarse impregnar por la liturgia del párroco o el que desee pulsar un botón de su mando en lugar de otro. Además, en estos tiempos modernos, escuchar una misa por la radio no tiene la vistosidad de verla por televisión. Ser laicos (en mi opinión) no tiene nada que ver con ser hostil. La tendencia reciente consiste en zarandearnos los unos a los otros, en buscar qué nos separa y enarbolarlo fieramente, como si el mundo entero (con lo revuelto que está y la de tiempo que precisa su ensamblaje) girara en torno a la decisión de unos de sentarse en el salón de su casa y, en lugar de ver las reediciones de los programas bastardos de las noches, seguir las enseñanzas de las Escrituras. En el instante en que unos escuchan la lectura del Santo Evangelio según San Juan, otros cancanean por el pueblo, buscando donde hocicar el morro y meterse la primera cerveza de la mañana o leen El capital del barbudo Marx o mandan chistes por whatsapp o adecentan su casa para que esté presentable hasta el domingo siguiente. Lo que hace una parte de la gente cuando la otra se le pone levantisca es afianzarse en sus credos, nunca mejor dicho. De ahí que la misa de marras, la de La 2 de TVE, haya conseguido cotas de audiencia inéditas. En la adversidad, gana siempre el débil. Es el que recibe la puya quien se granjea la adhesión del graderío, quien confirma con más vehemencia su orientación o su aplauso. La diatriba de la misa televisada de los domingos es una pequeña maniobra de distracción, una de tantas. Cuando el demonio no tiene nada que hacer, mata moscas con el rabo. Tampoco es cosa de demonizar (por seguir con el símil diabólico) a los ocurrentes ideólogos de las hordas paganas. Se pierde a veces una visión en perspectiva y no se afina en las prioridades, en poner lo importante al frente y dejar lo secundario, lo que no es primordial, en la reserva, por si un día, una vez despejado el horizonte, se puede acometer.
Los poderes públicos tienen la exigencia de la neutralidad, que no quiere decir el apartamiento. De hecho se siguen sacando los pasos en las calles en Semana Santa y la ciudad entera (los que devotamente los siguen y los que no) se mueve con ellos. Imagino que la fobia hacia lo cristiano (que irrita con razón al que profesa esa fe), llevada al extremo, borrará una parte de la Historia, y no necesariamente limpia ni luminosa, porque la Iglesia, la que detenta el mensaje de Cristo, es una organización falible (como cualquiera o más dolorosamente ésta si concurre en su juicio la voluntad de bondad que la anima) y una parte de esa Historia está emborronada (o enfangada o entenebrecida) por su roce. Si nos obstinamos en esta pequeña guerra fría entre cristianos (o musulmanes o judíos o budistas) y descreídos, terminaremos apartándonos unos de otros, confundidos entre el afecto que nos profesamos y las ideas que tenemos. La libertad religiosa es un hecho fundamental en el progreso de las sociedades. Lo contrario, la batalla campal entre estandartes y tronos, ha llevado al mundo con frecuencia al desorden y a la sangre. No son los dioses los que alientan las guerras, no pueden serlo de ninguna manera. Es el hombre, el que los adora, el que se inclina y los busca en la oscuridad para que lo guíen. A Dios (imagino) le parecerá un desatino esta costumbre nuestra de darnos de palos en su nombre. Las guerras no acabarán nunca. Da igual qué dioses las crucen o se aparten. Siguenpasando, si uno aprecia con detalle lo que le van informando. Es un problema irrelevante lo de las misas dominicales en televisión. Mi abuela las vería, si estuviera por aquí. No sé si acudir a la ternura de que los mayores y los impedidos, que otra parte también pagan religiosamente sus tributos al apóstol Cristobal , dependen de esa hora de los domingos por la mañana para estar en paz con Dios y con su alma. Cada uno hace esas cosas a su modo. Algunos recitan sus oraciones y se persignan. Otros buscamos encontrar nuestro lugar en el mundo con otros instrumentos. El final de la historia es que, cuando conciliemos el bendito sueño, estemos en armonía con nosotros mismos y no hayamos hecho daño a nadie y sintamos agradecimiento por estar en el mundo. Tenga la culpa de eso el que la tenga. Lo que sea. No está la cosa a esta hora de la tarde para meterse en honduras de más fuste. El principio de concordia sobre el que se levanta la sociedad no puede desanudar los hilos de las religiones. No debe desmontar esa cohesión que las creencias conforman y hacen que el pueblo se eche a la calle y sea devoto de sus santos y les llore o les ría como se le antoje.
Caso distinto, ah la diferencia sobrevenida, es que la iglesia católica arremeta como a veces hace contra los que no piensan a su muy respetable manera, no vea enemigos por doquier, no se sienta la víctima de los tiempos, salvo que de verdad lo sea y haya pruebas fehacientes que lo confirmen, pero no es eso lo aquí hoy retratad: es lo de las eucaristías cristianas en televisión. Que también hay espacios religiosos para otras confesiones (evangélicos, musulmanes, judíos...) Todavía no ha salido el tema capital de esta conversación entre lo divino y lo humano, que luego se catapulta a la calle: la presencia de la asignatura de Religión en la escuela pública. En breve, cuando la circunstancia lo precise, se pondrá en circulación (se visibilizará, dicen ahora los modernos) la extracción a la francesa de la materia religiosa de las aulas. A falta de que ese incendio invisible (pero ardiente) prorrumpa en la sociedad, nos quedamos con estas menudencias mediáticas. Para que no se extinga la llama y siempre se pueda avivar a beneficio de ociosos o de agitadores. Lo mejor es no entrar donde no se desea o no irritarse por lo que no nos atañe. Hay ocasiones en que esa coherencia cívica sobre la que reposa el respeto a lo ajeno y la tolerancia por lo diferente se envalentona, se irrita también y volvemos a donde ya estuvimos antes, a ese lugar del que (al parecer) todavía no hemos salido, el de evitar la confrontación por todos los medios, el de no inventar un problema para ejercitar la mente (aburrida a veces) en busca de una solución. Que un periódico de tirada nacional (el ABC hoy) dedique su portada completa a mostrar qué personajes públicos van a misa (no tiene más importancia) tampoco informa del país en que vivimos. No es ése, no es el de yo voy a misa, yo no voy, pero ya se sabe que, si no es un autobús en las calles con un mensaje controvertido (se hacen oír, pero no es un texto constructivo el que mostraban, por cierto), es una declaración machista de un obispo o una virgen investida como hija predilecta de algún pueblo de la España Profunda. A veces el creyente no tiene culpa de estos dislates, desde luego que no. Bastante tiene con intentar no errar en el camino y escuchar con el corazón limpio las historias que una vez decidió harían de su vida una mejor.
16.3.17
Cocodrilo blues
La muerte de la novela
Uno al que se le supone cierto conocimiento de lo que hablo refiere que las novelas son aburridas. Imagino que se refieren a novelas que él ha leído recientemente o que leyó en el pasado y de las que guardo ese recuerdo. La novela ha dejado de pasearse por el cementerio, ya no se la da por muerta: ahora está en la convalecencia, en el aburrimiento, en un balneario gris de un cantón suizo, en una tarde de domingo en la que no sucede nada, pero incluso no sucediendo nada, cuando parece que no se mueve la maquinaria de la trama, pasan cosas, pasa la vida con su aburrimiento incluido en el pack. Porque la vida, en ocasiones, aburre, y la novela solo transvasa lo que observa a su interior. La novela no es aburrida, las novelas no son aburridas. Y si lo fueran, caso de que llevase el buen hombre, la razón que cree asistirle, serían formidables también. Novelas aburridas para una vida aburrida. Pronto habrá un patrocinador triste y apesadumbrado que invierta en el gris como color favorito de las estanterías.
Bipolar
No hay día en que no tenga uno esa bipolaridad dulce de querer ser un irresponsable y, al mismo tiempo, querer poner la mejor sonrisa y pisar el día con el entusiasmo más completo. No sé en qué momento vence una de las dos, y a veces no sé cuál de las dos vence. Los momentos en que la cabeza no funciona como se espera y la voluntad prefiere el caos son los momentos propicios para la creación literaria. En los días mansos, en los buenos, en todos esos días en los que no hay quemazón dentro, no escribo, pero siempre llega el vértigo, acude juntamente con la fiebre; ahí están los dos, mirando cómo intentas zafarte de ellos con las manos, con gestos grandilocuentes, con frases que has estado ensayando para que convenzan a la primera, sin extensiones sintácticas indeseables. No te zafas, no hay posibilidad de que el maelstrom no te engulla. Y entonces escribes. Escribir es un maelstrom.
28.2.17
Hacer un warrenbeatty
No sabe uno bien las cosas, no tiene la propiedad de su buen uso, pero deja que lo ocupen y trasiega con ellas lo mejor que puede. Hoy me levanté pensando en el error, en la idea primaria del error, en cómo nos equivocamos, en la manera en que uno no hace lo que se espera que haga o incluso en la posibilidad de que el error no tenga esa mala prensa y tenga sus adeptos. No he visto tal cosa. Digo un club de gente que ha fracasado en algo o algo así. Cosa de ese pensamiento de primera hora de la mañana, al sentarme ahora y poner la contraseña en el ordenador he pulsado las teclas equivocadas. Hace que no me pasa. Luego he puesto el lavavajillas y le he dado a un programa que no convenía. Quizá la culpa la tenga Warren Beatty y el marrón del papel del Óscar a la mejor película de la noche del domingo, pero ha sido un error productivo. Todos lo son. Basta meter la pata para que la noticia se difunda con rapidez. El trabajo bien hecho (que Warren Beatty o Faye Dunaway, la pobre, hubiesen leído como Dios manda la tarjeta) no es noticia nunca. Andamos pendiente de que alguien cometa un desliz. Estoy pasando un bache, un revés, un agujero, un no sé qué me pasa, que ni yo mismo me entiendo, cantaba Aute. La creatividad nace del error y de la sustitución del error. Los mediocres no se equivocan nunca. Ahora voy a ver si preparo unas cosas para el trabajo sin que me tiemble el pulso o se me vaya el santo al cielo y haga un warrenbeatty.
26.2.17
La última estación / Reseña del segundo disco de Xavi Nuez
Hace tiempo aprendí que de poco sirve llorar
(Sólo para verte una vez más)
Hay muchas cosas que Xavi Nuez no hace. Sigue sin ser Bob Dylan ni Neil Young. Tampoco entra en sus planes continuar la senda que abrieron otros que tocan sus palos (Loquillo, Barricada, los más cercanos). Se aprecia que ha madurado, se le ven tablas, ha adquirido maneras de rocker, por decirlo de alguna forma. Como dice en una de sus letras, no sigue al rebaño. Con lo difícil que es tener una voz propia en el panorama discográfico español, hacer un disco de rock es una temeridad, una osadía, un salto al vacío o todo juntamente. Xavi Nuez es consciente de que no ha inventado nada, lo cual no quiere decir que el rodaje y la experiencia le abran nuevas vías en las que la música que reconoce como suya le envíe a territorios nuevos. Se vale de una voz muy personal. En mi opinión, su mayor valía, el hecho diferencial, el rasgo que hará que su propuesta puje y alcance los circuitos de difusión habituales, los que hacen que te programen en radio fórmulas o los ayuntamientos te contraten para hacer rulos. La parte que me falta para comprender de manera global la trascendencia de Xavi Nuez es su puesta en escena, si la rendición en vivo estará a la altura del disco, que está muy bien grabado y suena rotundo. Lo evidente de La última estación es que es un disco de rock, aunque también uno de rock and roll o de punk. La última estación (Rock CD Records, 2017) es una apuesta ambiciosa en la que ya no está la inocencia lógica de Historias varias, su anterior disco. Hay un avance, una producción más serena, un sonido más directo. Abundan las piezas pegadizas (Coleccionista de problemas, Un millón de cartas, Ay Diana...) y las que requieren una escucha más honda (Amigo Pedrún, una de mis favoritas; La canción que prometí, que viene de la producción anterior) para que se impregne el mensaje (no sólo la melodía tarareable, que hay muchas, o la letra sencilla, en apariencia).
La honestidad del rock es una de sus cualidades más apreciables. Nuez es honesto, no se enreda en lo que no sabe hacer o en lo que no comulga. Malhablado si se precisa (Esto no es el CSI) o lírico hasta parecer un trovador que carraspea sus primeras letras (Sólo para verte una vez más o Un millón de cartas), el rockero se amarra a la que tiene a mano para que el mensaje fluya: guitarras enérgicas (Ay Diana es una declaración de intenciones, una de esas canciones que entran a la primera) o suaves (el magnífico comienzo de Espina de sardina, una de las mejores canciones del disco), teclados que no apabullan, pero llenan la escena sonora (Amigo Pedrún, La canción que prometí) o baterías sin prejuicios, baterías musculadas que marcan el tempo de casi todos los temas, creando la sensación de que el rock tiene mucho que decir todavía, aunque siga vistiéndose con las mismas ropas y no se arriesgue a enredarse en probar otras. La última estación gana según se le concedan escuchas. No es un catálogo aleatorio de canciones: guarda un sentido, explica una manera de vivir, narra el pulso de la ciudad. Ahí están Barcelona, Madrid, todas las ciudades con todos sus avenidas y todos sus bares, pero también la ciudad que uno crea en su cabeza, la que hace suya y con la que convive.
El rock es un lenguaje de la ciudad, nació con ella y no hay otro instrumento que la cuente mejor que él. Por eso no flaquea, por eso perdura. Y es ésa la razón por la que el rock de Xavi es la expresión diáfana de la libertad en estos tiempos de zozobra. Y es precisamente ahí, en la contienda, en las trincheras, donde el mensaje del rock prospera. No hay una intención social fundamental en las letras de Xavi Nuez: su prioridad es el amor o su añoranza o su pérdida. En adelante, en cuanto se decante con más hondura la inspiración en su manera de componer, depurará las letras, las hará menos pendientes de la música, creará una especie de poesía urbana en la que siga contando lo mismo y en donde el texto pueda ser leído sin que se precise el concurso de la melodía, sin que se eche en falta el colchón sonoro sobre el que él construye sus canciones. No es cosa que urja, no hay que exigirle lo que quizá no haga falta todavía: manda el conjunto, es la pieza entera la que requiere atención, no la mirada fragmentada a sus partes. La contracultura que parió el punk no está presente, incluso no conviene que aparezca. Lo que sí se agradece es el rescoldo del incendio que creó. De él, de ese bagaje cultural, Xavi coge lo que le interesa, indaga aquí y allá, coge lo útil, prescinde de las partes bastardas. La suya no es una batalla en la periferia de la ciudad: un disco como La última estación se defiende bien en los grandes escenarios, en los clubs o en la intimidad. De hecho, eché el disco al iPhone y paseé el pueblo como si las letras de Xavi me lo contaran de nuevo. Es una colección de canciones urbanas, arrebatadoramente urbanas, sí, pero también tiene vocación doméstica. La inclusión de un par de tiempos menos adrenalíticos le dan la pausa que precisa para que no sea un subidón enérgico de pies a cabeza, del corte primero (un disparo con todas las de la ley) al último (Pensa en mí, una versión más que decente del clásico de Oasis, Stand by me). El trabajo de Wences Sánchez, que co-produce, toca batería y bajo, y el de Xavi, con guitarras y voces es impecable. Además el disco suena muy bien.
Espero también que la estupenda voz de Xavi (personal, de inmediato asiento en la memoria) se pula y dramatice con más intensidad. A Neil Young, por citar otra vez un grande del rock, se le afinó esa carencia cuando ya había hecho discos enormes. Fue capaz de registrar inflexiones nuevas, matices que no están en unas canciones y, en cambio, se hacen obligatorios en otras. Hay muchas voces dentro de la voz de un cantante, sea de rock o de boleros. Así que Xavi, que tiene una manera de cantar muy específica, aceptará de buen grado que es ése uno de sus trabajos. Lo acometerá bien, no tengo duda en ese aspecto.
Entiendo poco de cómo funciona el negocio de la música para saber cuál es el siguiente paso. Sé que Xavi las tiene todas consigo. Posee la vitalidad y la ilusión, una voz contundente y unas ganas enormes de correr por el mundo, pero no le falta el talento. Hay mucho en La última estación y lo hubo en Historias varias. El que falta se aposentará con el tiempo, conforme escuche más música y crezca como intérprete y como persona. Hace bien en aprovechar la juventud y tocar casi con toda probabilidad la única música que responde a todas las preguntas que la juventud suele hacerse. Tal vez no sean respuestas lo que hay en el disco, sino más interrogantes, más dudas en todo caso. Hace muy bien en confiar en las redes sociales, en los videos en youtube (Ay Diana es una pequeña obra maestra) o en salir a la calle con el disco en los dientes y venderlo a cara de perro. Porque son malos tiempos y no hay mejor aval que uno mismo, exhibido, ofrecido como él lo hace, con humildad (aseguro que en lo que le conozco es un tipo sencillo y asentado en la tierra) y con la certidumbre de que su trabajo es el mejor que ha podido facturar. A mí me ha correspondido recibirlo en casa (lo cual fue un verdadero honor) y escucharlo con calma para que todo lo que aquí he reseñado no reste ningún mérito ni deje en el olvido ninguna falta. Ya comenté Historias varias por aquí. Cuando saque el tercer disco, espero que no se haga esperar, estaré encantado de volver a dejar unas notas. Que dé muchos conciertos, que venda mucho, que se vea a Xavi por todos lados.
Ah, una última cosa: la portada de La última estación gana por goleada a la de Historias varias. Claro, todo son apreciaciones, formas de ver las cosas. A él le toca (una suerte) el trabajo grande de hacer un disco y a mí el recado suyo de que le haga una reseña. Espero que la reciba con una sonrisa. Yo sigo agradecido por la confianza.
Si alguien desea escuchar y tener La última estación aquí lo tiene fácil.
Página web: www.xavinuez.com
Amazon / iTunes
Entiendo poco de cómo funciona el negocio de la música para saber cuál es el siguiente paso. Sé que Xavi las tiene todas consigo. Posee la vitalidad y la ilusión, una voz contundente y unas ganas enormes de correr por el mundo, pero no le falta el talento. Hay mucho en La última estación y lo hubo en Historias varias. El que falta se aposentará con el tiempo, conforme escuche más música y crezca como intérprete y como persona. Hace bien en aprovechar la juventud y tocar casi con toda probabilidad la única música que responde a todas las preguntas que la juventud suele hacerse. Tal vez no sean respuestas lo que hay en el disco, sino más interrogantes, más dudas en todo caso. Hace muy bien en confiar en las redes sociales, en los videos en youtube (Ay Diana es una pequeña obra maestra) o en salir a la calle con el disco en los dientes y venderlo a cara de perro. Porque son malos tiempos y no hay mejor aval que uno mismo, exhibido, ofrecido como él lo hace, con humildad (aseguro que en lo que le conozco es un tipo sencillo y asentado en la tierra) y con la certidumbre de que su trabajo es el mejor que ha podido facturar. A mí me ha correspondido recibirlo en casa (lo cual fue un verdadero honor) y escucharlo con calma para que todo lo que aquí he reseñado no reste ningún mérito ni deje en el olvido ninguna falta. Ya comenté Historias varias por aquí. Cuando saque el tercer disco, espero que no se haga esperar, estaré encantado de volver a dejar unas notas. Que dé muchos conciertos, que venda mucho, que se vea a Xavi por todos lados.
Ah, una última cosa: la portada de La última estación gana por goleada a la de Historias varias. Claro, todo son apreciaciones, formas de ver las cosas. A él le toca (una suerte) el trabajo grande de hacer un disco y a mí el recado suyo de que le haga una reseña. Espero que la reciba con una sonrisa. Yo sigo agradecido por la confianza.
Si alguien desea escuchar y tener La última estación aquí lo tiene fácil.
Página web: www.xavinuez.com
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21.2.17
Hay que abrir los ojos
Me tengo por educado y aprecio la educación ajena. Doy los buenos días y me agrada que me los den. Sonrío a quien me cruzo si no hay nada que decir y me siento bien si me sonríen si no tienen nada que decirme. A veces bastan esas mínimas reglas del protocolo para que salir a la calle no te irrite más de la cuenta o para que no regreses a casa con deseos de no salir nunca más. No es posible tal cosa, hay que salir, no conviene agriarse, ponerse en ese punto peligroso en el que se está mejor en soledad que acompañado. Tengo mis días grises y, en correspondencia, comprendo los días grises de los demás. Siendo sociable, como creo que soy, sigo disfrutando con el trato humano. No me imagino sin escuchar o sin que me escuchen. Todas las historias ajenas que por una u otra razón se me confían me producen un placer similar al que me producen las ficticias, las literarias, las que busco en los libros o en las películas. Esa literatura portátil tiene, en ocasiones, más verdad y más hondura que la leída. No porque uno tenga amigos o conocidos con el talento de los grandes escritores sino porque hablar y escuchar involucra en la trama y deshace la distancia que siempre imponen los libros o las pantallas. Lo real engancha. Todo lo que la gran literatura con la que uno ha crecido y de la que se ha abastecido, ese goce único y sublime, no compite en igualdad de condiciones con los trasuntos de la realidad, con el devenir de las pequeñas y las enormes historias que concurren a nuestro paso a diario. Sólo se precisa estar alerta. Hay que abrir los ojos, saber ver y escuchar. No es únicamente que la ficción flaquee expuesta a la realidad: es también el campo hipertextual, por decirlo en palabras modernas, esa cosa de los vínculos que hacen que un asunto lleve a otro y se abra inconmensurablemente la narrativa de modo que lo abarca todo y a todo se amarra y todo le incumbe.
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