30.6.16
Como en Roma
Hoy he leído que en la Antigua Roma los dioses eran verdaderos para la plebe, falsos para el filósofo y útiles para el político. No creo que hoy podamos pensar en dioses como los romanos. Sin embargo, nada o muy poco ha cambiado dos mil años más tarde. Sólo el plural adjudicado a la divinidad. Se venera un solo dios verdadero, da igual de qué religión sea. En lo demás, en lo que piensa el pueblo (la plebe es una acuñación semántica de rudo trasfondo; tampoco cuadra grey, que es una acepción de más fuste literario o de homilia) o los filósofos o los políticos, no se advierte que haya mudanza. Los políticos (ay) continúan amañando adhesiones, pactando acuerdos (menos aquí, menos ahora) o haciendo pragmática pura (demagogia, no podemos cambiar nada). Los romanos de antaño no han perdido actualidad. No se apuñala a nadie por la espalda, pero las puñaladas son los titulares de la prensa diaria. Los filósofos están, los pobres, desprestigiados. Son los políticos los que los apartan, quienes ven qué peligro tienen sus discursos en las aulas, con qué poca y hermosa mecha se puede prender el fuego de la inteligencia en el pueblo. No sé si quedan teólogos. Creo que hay uno por persona. Todos somos teólogos, aunque no lo sepamos. Hablamos a favor o en contra de la divinidad, pero no hay quien la soslaye, quien la aparte. Creo también que estamos todavía en la Antigua Roma. Nada ha pasado en dos mil años. Todo es un paradójico bucle.
22.6.16
La escritura de los sueños
En lo que sueño abundan los lobos. Hace pocas noches volví a soñar con ellos. Uno fatigaba un bosque castigado por un sol absoluto. Otro, liberado de las obligaciones de la sangre, parecía una especie de patriarca, una especie de rey lobo al que acudir para solicitar consejo. No sabría explicar los motivos de ese lobo, los motivo de ninguno que ocupara mis sueño. De hecho, en los sueños, aprecio su voluntad novelística, su firme gesto creativo. Los sueños que recordamos son como el último sabor de una pieza de carne en la boca. Luego es el tiempo o la contaminación de otros sabores lo que malogran la restitución fiable de lo soñado. Y ahora el lobo, convertido en un texto, no me dice nada. No tiene sentido ninguno que yo lo recobre aquí y lo haga perdurar. Quizá la literatura sirva únicamente para hacer que perduren las cosas. Como un registro que aspira a trascender sobre otros registros. Como si el lobo, al eludir la manada, hubiese pedido, en el limbo mágico del sueño, que lo rescatara de su condición de bestia y le brindase otra de más fuste, la de palabra. En el fondo, somos símbolos, indicios de otra cosa que no sabemos nombrar. Hay una teología en los sueños, un limpio deseo de alcanzar un estado de las cosas infinitamente más lustroso y durable que éste. Trenzado los sueños, ajustado al puzzle arcano que prefiguran, se dibuja una trama personal, una íntima, la única que quizá nos represente, por encima de lo que hacemos en el tráfago del día. Valen más las noches, lo que la noche escribe cuando dormimos, que todo lo que hacemos durante el laberíntico día.
19.6.16
La cerilla de la escritura
Nunca tuve fotogenia, no se me ve bien en fotografías, no me reconozco, si me apuran. Advierto parecido con quien observo a diario en el espejo, pero hay algo impostado, una especie de falsedad consensuada, consentida a fuerza de ser tan abrumadoramente lógica. No sé los demás. Si también se ven con escepticismo, calibrando si aceptarse o no. Ayer vi unas fotografías en las que luzco con diez años menos en las que no hubo nada que me hiciera admitir que era yo el representado, el protagonista. Mi relación con la fotografía es visceral, me tomo a broma, no me reconozco. Es como si fuese otro, y en ocasiones es otro, no el que piensa y se reconoce a sí mismo en lo pensado. Anoche, volcando fotos de un disco duro a otro, ordenando un poco el caos, pensé que prefiero ejercer de fotógrafo. De hecho, en la mayoría de las fotos que ordené (cientos de ellas) no aparezco. Sucede así también en las fiestas a las que he ido. Si hay oportunidad (suele haberla) yo soy el que pone los discos, quien escucha las peticiones y maneja la mesa de mezclas. Lo hice de joven y ahora, en esta edad difícil, ni corta ni todavía muy provecta, procuro llevar la música y elegir cuándo hacer que suene una u otra. Así lo que evito es ponerme en la pista de baile y hacer lo que no sé o lo que menos me atrae. Escribir es otra cosa. Aquí pido la palabra. Siempre la consideré mía, siempre tuve con ella esa intimidad. Quizá todo sean consideraciones banales, de las que ocupan un rato en la cabeza y después, a poco de pensadas, se desvanecen, no ocupan el tiempo que se emplearía en asuntos de más fuste. A mi amigo K. le fascina que haya posibilidad de escribir de todo y que a todo se le arrime la cerilla de la escritura. Pero al final (le digo) lo que cuento es que lo narrado acaba ardiendo, no perdura, se fija en la atención de quien lee y después desaparece poco a poco o tal vez con más brusca evidencia. Otro amigo, J.A., decía ayer preferirse anónimo, sin casi hacerse ver, como si le guiara la timidez, cuando no es así. Que esa voluntad suya provenía de la experiencia que dan los años (cincuenta y poco los suyos) y que se sentía feliz entendiéndose a sí mismo. Yo me entiendo a ratos, por días. Carezco (creo que felizmente) de la facultad de saber las razones por las que ando y la certeza de saber al lugar al que voy. Sé (me conformo con eso) que procuro recorrer el trayecto con honestidad conmigo mismo, intentando (en lo posible) no herir a nadie y, de camino, granjeando cierto afecto de quienes me cruzo. Escribir es buscar también que se le quiera a uno o que uno, al escribir, se quiera y se sienta hospitalario con lo que va contando.
2.6.16
un hombre en la oscuridad
hoy he visto al hombre del saco, al gran hombre de las pesadillas de los niños, al jefe de los atormentados y de los crédulos, he visto la luz tambalearse en la sombra, he visto el verdadero rostro del tiempo, estaba esculpido en un rostro baladí, en uno sin atributos remarcables, incluso en uno neutro, de una atonía ejemplar, pero era posible ir más adentro, penetrar en lo que registraba el ojo y pasearse por el origen del universo, por el mismísimo big bang, con su pedo cósmico, con su gran arcada plenipotenciaria, cuando el dios rudimentario, el caprichoso, contempló el vacío y lo contempló otra vez y decidió crear a oscar wilde y a las aves palmípedas, porque ahí estaba ya todo pensado, es imposible que yo no estuviera previsto cuando se produjo el chasquido fundacional, no es posible que dios no supiese ya todo lo que vendría después, supiese del hueso trascendental con el que los hombres primeros descubrieron el arma fundacional, supiese las palabras que le dijo Julio César a Bruto, supiese de los crímenes de Whitechapel, supiese de los indignados tomando las plazas de las ciudades, miradme recorrer la oscuridad absoluta, buscando la luz, no hemos dejado de buscarla, da igual que esté lejos, no importa que la luz sea un veneno y nos abrase su dulzor en la boca, no habrá palabras que podamos decir, ni gestos que hacer, no habrá un poeta que sepa contar la trama celeste, ninguno que sirva de modelo, ni siquiera todos los poetas del mundo, puestos boca abajo, zarandeados, abiertas sus cabezas, derramada toda la sangre que circula por sus cuerpos, podrán afinar lo suficiente como para bosquejar un principio y avanzar, a tientas si hace falta, por la senda intuida, la de las baldosas amarillas y la de los cráteres, la de la verdad infame y la de las mentiras maravillosas, hoy he visto al hombre del saco, al gran hombre de las palabras trágicas, porque no había otra cosa que una tragedia en las palabras que iba diciendo, una tragedia antiquísima, quizá no ha habido otra cosa sino tragedia, y el hombre de hoy ha venido a contarnos el episodio cercano, el que nuestras pobres cabezas pueden entender, la mía entiende lo justo y lo entiende de un modo precario, he visto cabezas que parecen entenderlo todo, ves la cabeza y entonces comprendes que ahí dentro está dios, dios gramatical, dios seminal, el gran dios de los discursos del panteísmo y de la revolución industrial, el dios de san juan de la cruz y de janis joplin, ay, hombre terrible, qué nos has contado, qué bonita paradoja la tuya, la nuestra, en el fondo, bien mirado, bien pensado, mirar y pensar juntamente, somos la misma paradójica cosa, sí, estamos hechos de la misma oscura sustancia, somos el que lee y el que escribe, el catón y el libertino, llevamos dentro la semilla del bien y la del mal, llevamos dentro al mismo incómodo inquilino, un bicho cabrón, señor, eso anda ahí, está la noche echándose encima y crosby, still, nash and young me cuentan historias rurales, ninguna que yo no conozca, la sustancia repartiéndose por el mundo, llegando a todos los rincones, dios mío, dios mío, dios más mío que de nadie, qué delirio, qué vértigo, qué fiebre, al gran hombre de la luz le diré, si lo veo otra vez, que me instruya y me guíe, que me aleccione o que me conforte, hace falta alivio, una mano en la espalda, un abrazo sincero, uno largo, a mí me gustan los abrazos, a mí me gustan los besos, no hay día en que no piense si ha habido algún abrazo, si alguien me besó o si yo, llevado por mi afecto limpio, he besado a alguien, si besáramos más, ay, el mundo giraría mejor, hay que darle al beso la importancia que merece, porque besamos sin entender lo que hacemos, se besa sin comprender el alcance de ese gesto, a ver si hay camino de vuelta y no estoy descarriado del todo, si hay todavía posibilidad de que me atraviese la inocencia, no hay día en que no la busque, pero está el big bang y están los coches de choque en la línea primera del poema, está mi amor de los quince años con sus pezones violentando la tela del bañador azul, está el libro que me hizo amar a todos los demás libros, en la literatura está el origen del bien y del mal, la historia del hombre está registrado en los libros, anoche me dormí con uno de paul auster, trata de alguien que fabula, adoro fabular, me parece que no hay oficio más entretenido, ninguno que lo iguale en eso, en entretenimiento, la literatura entera es una voluntad firme por no aburrir, por hacer que el tiempo no transcurra como suele o que la realidad no fluya como suele
los ruidos blancos
de lo que no me conforta, de lo que me excluye, de las mesas sin recoger, en una terraza de un bar, de las palabras a medio decir, en un sueño, de los golpes que no suenan nunca y que aplazan la felicidad y dan al día el tono gris, el tono gris de los poemas tristes, el día en que uno escribe un poema triste ya no sabe cómo levantarlo, se aplica, se esmera y se esmera mucho, pero no se le van de la cabeza las palabras y el poema ronronea en la cabeza, que es donde están al final todos los poemas, yo tengo en mi cabeza todos los poemas que he escrito, los tristes son los que más duran, los que menos se dejan intimidar por mi voluntad de ser alegre y de poner la alegría en la ventana mientras suena una melodía pop, si no fuese por las melodías pop mi humor sería gris o no tendría humor, suenan en mi cabeza de poeta de jueves una pieza de the cure, un himno, el humor es siempre un humor de circunstancias, como una mosca que de pronto se para en el brazo y la violentas con un gesto, la mosca siempre huye, no hay quien la convierta en una mosca muerta o una mosca moribunda o una mosca a la que importunas, la vida está llena de moscas que huyen, la vida está llena de manos que bailan en el aire, a la caza de la mosca atrevida, me dan lo mismo las moscas, lo que me importa es ir avanzando y no sentir que me distrae una mosca, una mesa sin recoger en una terraza de un bar o un pobre en la puerta del mercadona clamando justicia, pidiendo un mendrugo de hacendado, pero el pobre sigue ahí, a dos calles de aquí, y yo estoy escuchando pop, escribiendo en plan disperso, muy temprano, que es cuando la cabeza todavía está en el sueño y las palabras no nos pertenecen del todo, porque son propiedad del sueño, no sé si alguna vez me concentraré y escribiré con más hondura, sabiendo de donde parto y mirando al lugar a donde acudo, no va a ser posible, al menos no de momento, me voy a conformar con ir cerrando el post, con ir pensando en qué ponerme, porque hoy va a ser un día largo y mi cabeza necesita desconectar, perderse, no sé qué hace mi cabeza cuando yo no la administro, si me traiciona, si es la cabeza crápula o la admirable y entera, la que no se mete en problemas, la que se deja acariciar, la que lee a keats y escucha a shostakovich, la que se mete tres episodios seguidos de bates motel o la que escucha el ruido que hace la lluvia en las persianas, si supiéramos qué hacer con los ruidos tendríamos un poema, quizá haya uno alojado en los huecos que van dejando los ruidos cuando no suenan, debe ser eso, al ruido se le concede siempre la mayor importancia, pero hay ruidos inocuos, ruidos de una trascendencia muy poco representativa, ruidos que apenas distraen, aunque a la larga, si se piensa bien el asunto, ese acopio de ruidos logra su objetivo y termina por malograr tu equilibrio, te levantas pensando en todos esos ruidos pequeños que has ido acumulando, los ruidos, al igual que los poemas, están alojados en tu cabeza, no se han ido, persisten, valoran la posibilidad de no irse nunca y aflorar cuando menos lo esperas, te dan un sobresalto, suenan sin que estén, aparecen cuando no hay evidencia alguna de que deban estar ahí, no sé, uno puede seguir escribiendo así hasta la hora de comer, pero no es nunca posible, siempre están las obligaciones, que son más trascendentes que los ruidos blancos, los que no están y, sin embargo, acuden, dan resaca después, la resaca de la incertidumbre, de ese no saber nunca a qué atenerse, si a la realidad o a su reverso, si al silencio o al ruido, si a los gestos o a las palabras, no tenemos casi nunca las dos mitades, nos falta adiestramiento para ser frida kahlo y pintar en la cama mientras la vida fluye y ocupa la luz en la ventana y todo se impregna de dios, será que dios es también un ruido, uno que se incrusta después en la cabeza y no la abandona, no se plantea salir, decide hacer ahí casa, convertirse en inquilino insobornable
1.6.16
Días limpios, días tóxicos, días a lo Tom Waits
A la vida la manejan mil dolores pequeños. Se va uno haciendo a capear lo adverso o a intimar con lo que nos rebaja, con todo lo que hiere, Hay días a los que los salva una brizna de luz, un solo de Chet Baker, una línea en un poema de José Hierro. Días también que se escapan sin que haya nada que podamos considerar enteramente nuestro. Se me ocurre ahora que a todo le concedemos la importancia que no tiene. Incluso las cosas que trascienden, las que de verdad parece que están ahí para perdurar, acaban exhibiendo su flaqueza, esa debilidad que se aprecia a poco que se las mira con detalle. Hasta lo malo, lo que no parece que tenga nada beneficioso, nada que nos convenga o nos conforte, posee su lado positivo. Hoy (un día altamente tóxico por unas u otras razones, un día altamente inflamable) he comprendido (quizá lo he comprendido otra vez, porque era algo que ya sabía de alguna manera) que al final todo amaina, todo se acaba depurando. Lo que no he hecho es escribir. Sólo este rato, este rato pequeño. Hay que escribir a diario, hay que dejar constancia de las cosas, hay que contar lo que se ha visto o lo que se ha escuchado. Sólo así se entiende. Y en ocasiones ni aún así. También hay días crípticos, con inclinación a no tomarnos en serio. Días de Tom Waits en la barra del bar, esperando a que se le dispense otra cerveza. Mañana más y mañana mejor. Hoy, a ratos, ha sido todo muy duro.
12.5.16
Hay que ponerse a leer, hay que ponerse a escribir
Arreglando papeles, en uno de esos
ratos en los que crees que ordenar las cosas harán que no se vuelvan
a desordenar nunca, di con unos folios grapados que me ilusionaron
mucho. No los tuve en consideración desde que los escribí.
Sirvieron como guía con la que acudir mientras hablaba sobre libros y
sobre escritores. En los años en que se me invitó para animar a la
lectura a jóvenes de instituto nunca usé el mismo texto. Me parecía
una falta de respeto. Me preocupaba hablar de libros y repetir lo
contado el año anterior. Distinto lugar, distintos alumnos, distinto
texto, sólo yo era el mismo, y ni siquiera estoy absolutamente
conforme con esa afirmación. Lo que encontré. Lo que ahora
transcribo aquí, supongo que fue una ayuda, pero rehusé leer. Aún
a riesgo de que el acto se extendiera más de la cuenta (era una hora
y media de cháchara, incluyendo la parte más nutritiva, la de foro
o debate) decidí pillar una idea y explayarme sobre ella. Es un
método estupendo o al menos a mí, visto ahora, me lo parece.
Permite eludir el recitado o la confianza en que el tema se domina.
Tengo la convicción de que es más el interés o la fascinación por
los libros (el amor que se le profesan) que esa pedagogía que se
presumía que yo poseía. Fue un placer tener un público tan
volcado. Ellos tenían un orador novicio, prendado por el cometido
encargado, y yo tenía un público entregado. No siempre se encuentra
uno que la hora de Matemáticas ha sido reemplazada por una especie
de conferenciante, imagino que dirían.
Quise hablar de lo malo con la misma
voluntad que de lo bueno. Era mi intención ponerme del lado en que
aparentemente estaban, en el de los no-lectores, en los que priman la
propiedad de un videojuego a la de un libro, el lado (en definitiva)
perverso, el que hay que batallar y contra el que (en muchos casos)
perdemos. Leer es un acto peligroso, he recordado hoy, justamente con
otros alumnos. Te puede hacer caer en un vicio irrenunciable. Les
decía hoy que leer es una actividad de una intimidad absoluta. Hay
muy pocas que posean ese rango de privacidad. Uno lee solo. Leer es
un acto deliberado de soledad. No se precisa otro concurso, no se lee
mejor por compartir lo leído. Se entra solo en la lectura, aunque se
sale reconfortado, acompañado, robustecido.
El lugar del ofertorio libresco fue una biblioteca de instituto, de las bibliotecas que explican el amor de sus cuidadores y el desamor de sus dueños, los que dicen qué partidas van a esto y cuáles a lo otro. Las bibliotecas son lo otro, lo aplazado, lo que ahora no conviene tener al día porque hay asuntos de más calado. Es fácil pensar como piensa un político, pero no era éste el asunto, ni debe serlo. Es un texto feliz como feliz fue la mañana de marras, escuchado por un ciento largo de jóvenes a los que les habían birlado las Mates o el Inglés para escuchar a un charlatán. Es cierto. No paré de hablar, no dejaron de preguntarme tampoco. He ahí la belleza de este negocio nuestro.
30.4.16
Tutela y martillo / Apuntes de taberna
Sé bien adónde conduce este vértigo. Volveré a los versos tristes, anotaré lo que se me vaya impregnando. Uno se deja abrazar, acepta el afecto, lo celebra a veces, intima con lo ajeno, fornica con las horas. Ahora, en este bar, hago que el móvil sea mi voz y la difundo y me quedo quieto, fumando con calma, bebiendo a sabiendas de que el vértigo cobra su peaje y la fiebre regresa y yo, extenuado, pienso en qué ocupar el vacío entre un maniobra y otra. Nada que no limpie el sueño. Nada a lo que yo dé mucha importancia. Las horas, persiguiéndose. Yo, tutela y martillo, registrándolas. Vivir es avanzar, aunque no progrese el paso. Vivir es dejarse ir, apreciar la mecida del aire, el pulso del aire, la voz misma del aire en la confianza de que lo escuchamos. Porque el aire cuenta su historia. La tiene. Es el mismo aire que batió las banderas de los ejércitos romanos. El que ahora despeina a la novia en la puerta de la iglesia. El que justo ahora mismo (en este instante en que lees) hace que haga frío afuera. El frío vuelve, la noche lo acoge.
27.4.16
Ópera, circo y alta cocina
El toro se llama Easy Rider y pesa mil quinientos kilos. Lo han contratado para que haga de becerro de oro en una ópera de Schoenberg (Moisés y Aarón) que ha circulado éxitosamente por Europa y ahora recala en el Teatro Real de Madrid. Impone el badajo del bicho. No creo que lo use mucho. Easy Rider ha pasado de semental de ferias de ganado a figurante hipertrófico de los espectáculos líricos. A King Kong también le ficharon para un menester parecido. En Isla Calavera era un dios a ojos de los temerosos nativos, En Nueva York era una atracción de circo, una de las que hace mucha caja. El toro, que aparece quince minutos en escena, manso y profesional, a decir de la prensa, proporciona a sus dueños cinco mil euros por sesión. Lo fascinante del asunto es que la ópera haya cobrado el interés que, sin toro, no obtendría. Lo admirable es que los productores se hayan rebanado la sesera hasta dar con el semental. Debe imponer la escena. El animal arriba y abajo. Como un dios en su reino. Que lo droguen o no, dentro de que no es ético esa pequeña manipulación de su naturaleza libre o salvaje, debería ser un asunto secundario. Tampoco es relevante que sea una ópera inacabada de Schoenberg (del que no he escuchado nada) o que una mujer desnuda se exhiba junto al monstruo en las imágenes difundidas para publicitar la función. Lo que trasciende es el feliz apareamiento de géneros en apariencia dispares. La ópera tiene un poco de circo en lo de ir un poco más allá en cada representación. Tiene ese matiz de exceso que agradecen poco los puristas y ven con felicidad no disimulada los novicios que se acercan al coliseo madrileño (o al de París o al de Berlín) para escuchar la tragedia operística y recrear la vista en lo posible, hasta donde alcance el dinero invertido en la tramoya y en el atrezzo, Se trata de hacer que congenie lo que David Bowie llamaba austeramente Sound + Vision. Hacer que no sea posible separar el fondo de la forma, la esencia del repertorio (su intimidad o su épica gozosas). Que cuando uno escuche en casa, en el mejor equipo del que se disponga, la ópera de Schoenberg acuda el toro, el semental antológico o la mujer desnuda, lo que será a ojos de algunos una evidencia más del servilismo icónico de algunos objetos, guiados todos alrededor del sexo. Al King Kong clásico le arrimaban una rubia (adorable Jessica Lange en la versión menor de John Milius, aburrida Naomi Watts en la hueca rendición que hizo Peter Jackson entre la trilogía de los Anillos y la de los Hobbits) para encelar a la criatura y al espectador. No han cambiado mucho las cosas.
Hay que buscar que se doblegue el bolsillo con trucos de feria. A falta de hombres bala, mujeres barbudas o enanos deformes, el mercado de la ópera apela al animal puro, sin la vigilancia de la política correcta, extirpada toda su genética brutal, pero con el badajo (y no pequeño en modo alguno) ocupando los comentarios de los pasillos del teatro, mezclados con la exégesis propia de estos magnos eventos. Hubo quien en los setenta deseó que la industria del porno adquiriese un rango noble. Veían dramas griegos en los cuernos que la dama imponía al caballero. Ponían música de jazz serio a las coyundas en las piscinas de Beverly Hills. También habrá quien sostenga que todo está permitido en la representación del arte. Que los tiempos dictan nuevas liturgias. Que hace falta que Easy Rider se pasee por el escenario (suponemos que no se vendrá abajo y malogre la función o la salud de los artistas) para que se difunda la ópera y sus difusores hagan caja y disuadan a los animalistas de que emprendan acciones legales por herir o menoscabar la integridad del animal, vejado (se entiende) o humillado o convertido en un mero objeto mercantilista. Cosas de ésas que últimamente tanto se estilan. Alarma que el animal se espante al escuchar la orquesta ejecutando la música oscura de Schoenberg. No toda la música amansa a todas las fieras. Algunas, según cuáles, pueden alterar la calma de la res, la pueden violentar, no sé, convertir en un arma de destrucción cultural. No entiende uno estas periferias del arte. Se queda, merced a esa novicia manera de mirar lo extraño, en la posición del perplejo. Y el caso es que, bien pensado, no incomoda, no hace que peligre la fascinación primera, con la que se construye la experiencia intelectual, estética o moral que propone el arte. Está entonces bien el toro, ahí armado, manso en apariencia, contaminado de cultura, convertido en el fichaje de la temporada operística europea. Peor sería (para el toro, digo) que se le lidiase en Las Ventas. Que lo zarandearan, que lo traspasaran con esos hierros del infierno, que acabara su rabo en un restaurante caro, servido en un plato de vajilla honorable. Y cuando digo rabo me refiero al rabo. Lo otro, lo que pende, no creo que se anuncie como manjar. Ya digo que no entiende uno mucho. Que sólo va dando capotazos.
25.4.16
El poeta del jazz
En una entrevista que leí recientemente, dice Muñoz Molina de la poesía que es el único instrumento del escritor para depurar su escritura. En eso de la depuración, en el limar, en el desprender el texto de las asperezas que lo engordan y lo perjudican, no tengo yo prontuario al que acogerme. Escribo a brochazos. No corrijo casi nunca, haga que derive el lenguaje de mi cabeza a la hoja o al editor del blog y no poseo la paciencia y el deseo de quitar o de añadir. Sé que está mal, pero no tengo (no deseo tener, al menos) otro método. Es el mío, al fin y al cabo. Escribo, releo mientras escribo, en la misma línea en la que estoy, y después paso página, nunca mejor dicho. Importan las ganas de escribir, la voluntad firme (no quebradiza, sino antojadiza) de crear. Tengo una especie de vértigo creativo que me empuja a escribir y me busco un rincón en donde verter (en realidad es un depósito la escritura) lo que me ha llegado en prenda, el material sensible que el azar o la suma de muchos azares ha confiado a mi voluntad. Se admira al poeta por liquidar esa propensión al exceso, al relleno sin propósito. No sé si hay novelas escritas con intención poética. Imagino de qué pecan, sospecho de las razones por las que el lector de novela rehuye del lenguaje demasiado lírico. Pero también veo como iguales a los que echan en falta licencias por lo común atribuidas a la poesía, lectores involucrados en descerrajar la rutina de la trama con instrumentos metafóricos, con voluntad poética, echando mano de la pura esencia de la lengua. Se trata de contar una historia, pero no estaría de más que la historia emanase poesía. Otro asunto que tampoco domino es cómo novelar la poesía. Cómo hacerla trama. Lo difícil, quizá lo imposible, sea hacer que la poesía sea esa ficción pura confiada a la novela para explicar lo real. El genuino fin de la creación poética no es el narrativo: prefiere la concisión, el indagar en los símbolos, la búsqueda de un territorio semánticamente limpio, tal vez la muy alta empresa de indagar en el origen de lo que somos. Y no tengo duda de que no está en ningún altar, oficiado por ningún sacerdote. Todo está emboscado en el lenguaje, registrado en las palabras. Ninguna religión ha omitido esto. Todas, cada a su modo, han aprovechado la palabra para su difusión. Las que no lo han hecho con eficacia han fracasado.
II
Ahora pienso en Bill Evans como poeta: me refiero al pianista de jazz, pero escuchado y sentido como un poeta. Pienso en Evans con sus gafas de pasta, vestido funcionarialmente. Traje pulcro. Corbata. Pienso en su aspecto de corredor de bolsa o de agente inmobiliario. Evans poeta en Waltz for Debby, cayendo en la cuenta de otra narrativa que discurre a la vera de la narrativa ortodoxa, esto es, las notas de la melodía, el desplazamiento matemático de las notas. Evans dios de las ochenta y ocho teclas creando universos alternativos. Evans en el umbral exacto en el que se produce el asombro. Ahí: cercándolo, investigando la periferia, pulsando la cuerda invisible. Y el jazz, a diferencia de la novela, puede mantener durante un tramo largo la parte mecánica, de discurso, y la otra, la que no se deja conducir sin que un poco del alma del autor se enseñe, se ofrezca y, en la entrega, se pierda. El jazz, también a su modo, es una religión; una que maneja la palabra más inefable, la que se impregna más duraderamente: la música. No precisa vocabulario, no hay sentimiento que no sepa transmitir sin el concurso de la semántica. Pienso en los conciertos a los que no va uno, incluso queriendo. El otro día, en mi pueblo, uno. No tiene más importancia. El rato en que no escuché el concierto-homenaje a Bill Evans estuve en casa (muy cansado, muy cansado de verdad) escuchando el piano de Bill Evans. No es lo mejor en jazz. Es un tipo de música que agradece la escucha en vivo. Como la clásica. Como el rock. Puedo seguir. No hay género que no se engrandezca al ser restituido en vivo. Habrá más ocasiones. La poesía siempre sobrevive.
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