25.4.16

El poeta del jazz




I
En una entrevista que leí recientemente, dice Muñoz Molina de la poesía que es  el único instrumento del escritor para depurar su escritura. En eso de la depuración, en el limar, en el desprender el texto de las asperezas que lo engordan y lo perjudican, no tengo yo prontuario al que acogerme. Escribo a brochazos. No corrijo casi nunca, haga que derive el lenguaje de mi cabeza a la hoja o al editor del blog y no poseo la paciencia y el deseo de quitar o de añadir. Sé que está mal, pero no tengo (no deseo tener, al menos) otro método. Es el mío, al fin y al cabo. Escribo, releo mientras escribo, en la misma línea en la que estoy, y después paso página, nunca mejor dicho. Importan las ganas de escribir, la voluntad firme (no quebradiza, sino antojadiza) de crear. Tengo una especie de vértigo creativo que me empuja a escribir y me busco un rincón en donde verter (en realidad es un depósito la escritura) lo que me ha llegado en prenda, el material sensible que el azar o la suma de muchos azares ha confiado a mi voluntad. Se admira al poeta por liquidar esa propensión al exceso, al relleno sin propósito. No sé si hay novelas escritas con intención poética. Imagino de qué pecan, sospecho de las razones por las que el lector de novela rehuye del lenguaje demasiado lírico. Pero también veo como iguales a los que echan en falta licencias por lo común atribuidas a la poesía, lectores involucrados en descerrajar la rutina de la trama con instrumentos metafóricos, con voluntad poética, echando mano de la pura esencia de la lengua. Se trata de contar una historia, pero no estaría de más que la historia emanase poesía. Otro asunto que tampoco domino es cómo novelar la poesía. Cómo hacerla trama. Lo difícil, quizá lo imposible, sea hacer que la poesía sea esa ficción pura confiada a la novela para explicar lo real. El genuino fin de la creación poética no es el narrativo: prefiere la concisión, el indagar en los símbolos, la búsqueda de un territorio semánticamente limpio, tal vez la muy alta empresa de indagar en el origen de lo que somos. Y no tengo duda de que no está en ningún altar, oficiado por ningún sacerdote. Todo está emboscado en el lenguaje, registrado en las palabras. Ninguna religión ha omitido esto. Todas, cada a su modo, han aprovechado la palabra para su difusión.  Las que no lo han hecho con eficacia han fracasado. 

II
Ahora pienso en Bill Evans como poeta: me refiero al pianista de jazz, pero escuchado y sentido como un poeta. Pienso en Evans con sus gafas de pasta, vestido funcionarialmente. Traje pulcro. Corbata. Pienso en su aspecto de corredor de bolsa o de agente inmobiliario. Evans poeta en Waltz for Debby, cayendo en la cuenta de otra narrativa que discurre a la vera de la narrativa ortodoxa, esto es, las notas de la melodía, el desplazamiento matemático de las notas. Evans dios de las ochenta y ocho teclas creando universos alternativos. Evans en el umbral exacto en el que se produce el asombro. Ahí: cercándolo, investigando la periferia, pulsando la cuerda invisible. Y el jazz, a diferencia de la novela, puede mantener durante un tramo largo la parte mecánica, de discurso, y la otra, la que no se deja conducir sin que un poco del alma del autor se enseñe, se ofrezca y, en la entrega, se pierda. El jazz, también a su modo, es una religión; una que maneja la palabra más inefable, la que se impregna más duraderamente: la música. No precisa vocabulario, no hay sentimiento que no sepa transmitir sin el concurso de la semántica. Pienso en los conciertos a los que no va uno, incluso queriendo. El otro día, en mi pueblo, uno. No tiene más importancia. El rato en que no escuché el concierto-homenaje a Bill Evans estuve en casa (muy cansado, muy cansado de verdad) escuchando el piano de Bill Evans. No es lo mejor en jazz. Es un tipo de música que agradece la escucha en vivo. Como la clásica. Como el rock. Puedo seguir. No hay género que no se engrandezca al ser restituido en vivo. Habrá más ocasiones. La poesía siempre sobrevive. 
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2 comentarios:

Joselu dijo...

La poesía tiene mucho que ver con la música, es también música hecha con palabras, y hay que tener oído para combinarlas. Tú tienes mucho, además te va la improvisación como hace el jazz. Supongo que hay alguna relación. Tienes dominio del lenguaje, se nota en seguida cuando uno te lee. Pero intuyo que te costaría seguir una trama continuada que requiere algo más que brochazos. Tu visión es más lírica que novelesca. Es tu lírica, en espiral, con leitmotivs que vamos conociendo en cuyo centro aparente está la escritura, su razón de ser. Te imagino con un vaso de whisky escribiendo, pero esto tal vez solo sea algo algo que me viene a los dedos porque quedaría bien. Un profesor cansado que refulge en su casa cuando se agarra al teclado y realiza su particular jam session, sin importarle demasiado el público, si hay uno solo que lo observe o haya docenas. El escritor no espera aprobación, solo hacer el amor con las palabras, ese sustituto del sexo que nos va dominando porque son más imaginativas y más fieles. Con ellas se pueden ensayar cualquier tipo de postura, sea del kamasutra o no. Y el mantenimiento de la tensión es tántrico. No se persigue el orgasmo a toda costa. No. Es más productivo mantener la ilación, la pendiente sin ansia, sin deseo. Puro nirvana hecho de palabras en que el poeta, como el músico de jazz, reside. Pero no deja de sentirse con impotencia ese alfiler que se nos clava recordando tardes de deseo y cuerpos recién encontrados que se nos ofrecían cuando la vida era menos literatura y más de piel.

Emilio Calvo de Mora dijo...

Bien me conoces sin conocerme. Es verdad lo del amor a las palabras y también, a mi pesar, pero ya me voy haciendo a la idea, de que no soy capaz de hilar lo largo y que mi creatividad se fija en lo corto, en los pequeños hallazgos, en lo que se escucha y se aprehende al instante. Aprecio (mucho, de verdad) lo que has escrito. No hay whisky cuando escribo en casa. Lo hay, a veces, viendo cine negro. Me encantaba escribir en los bares. Sigo haciéndolo cuando tengo ocasión, aunque no he dejado de visitar bares. Lírico o no, prefiero leer a escribir, sin ser eso totalmente cierto en todos los casos, Joselu. Soy el que llega a casa y se desentumece escribiendo. No es cierto que ignore al lector. No me ignoro, que soy el primer lector, el que tengo más a mano. Disfruto en el ejercicio de ser, al tiempo, creador y catón de mi propia obra. Me encanta, disfruto, yendo y viniendo, corrigiendo a vuelatecla, como el músico que va dando notas (no sé, no sé música) y de pronto atisba una melodía. Esto da para mucho. Estaría bien que diera para mucho en un bar tomando una buena cerveza. O dos. Gracias por estar, amigo.