12.5.16

Hay que ponerse a leer, hay que ponerse a escribir

Arreglando papeles, en uno de esos ratos en los que crees que ordenar las cosas harán que no se vuelvan a desordenar nunca, di con unos folios grapados que me ilusionaron mucho. No los tuve en consideración desde que los escribí. Sirvieron como guía con la que acudir mientras hablaba sobre libros y sobre escritores. En los años en que se me invitó para animar a la lectura a jóvenes de instituto nunca usé el mismo texto. Me parecía una falta de respeto. Me preocupaba hablar de libros y repetir lo contado el año anterior. Distinto lugar, distintos alumnos, distinto texto, sólo yo era el mismo, y ni siquiera estoy absolutamente conforme con esa afirmación. Lo que encontré. Lo que ahora transcribo aquí, supongo que fue una ayuda, pero rehusé leer. Aún a riesgo de que el acto se extendiera más de la cuenta (era una hora y media de cháchara, incluyendo la parte más nutritiva, la de foro o debate) decidí pillar una idea y explayarme sobre ella. Es un método estupendo o al menos a mí, visto ahora, me lo parece. Permite eludir el recitado o la confianza en que el tema se domina. Tengo la convicción de que es más el interés o la fascinación por los libros (el amor que se le profesan) que esa pedagogía que se presumía que yo poseía. Fue un placer tener un público tan volcado. Ellos tenían un orador novicio, prendado por el cometido encargado, y yo tenía un público entregado. No siempre se encuentra uno que la hora de Matemáticas ha sido reemplazada por una especie de conferenciante, imagino que dirían.

Quise hablar de lo malo con la misma voluntad que de lo bueno. Era mi intención ponerme del lado en que aparentemente estaban, en el de los no-lectores, en los que priman la propiedad de un videojuego a la de un libro, el lado (en definitiva) perverso, el que hay que batallar y contra el que (en muchos casos) perdemos. Leer es un acto peligroso, he recordado hoy, justamente con otros alumnos. Te puede hacer caer en un vicio irrenunciable. Les decía hoy que leer es una actividad de una intimidad absoluta. Hay muy pocas que posean ese rango de privacidad. Uno lee solo. Leer es un acto deliberado de soledad. No se precisa otro concurso, no se lee mejor por compartir lo leído. Se entra solo en la lectura, aunque se sale reconfortado, acompañado, robustecido.

El lugar del ofertorio libresco fue una biblioteca de instituto, de las bibliotecas que explican el amor de sus cuidadores y el desamor de sus dueños, los que dicen qué partidas van a esto y cuáles a lo otro. Las bibliotecas son lo otro, lo aplazado, lo que ahora no conviene tener al día porque hay asuntos de más calado. Es fácil pensar como piensa un político, pero no era éste el asunto, ni debe serlo. Es un texto feliz como feliz fue la mañana de marras, escuchado por un ciento largo de jóvenes a los que les habían birlado las Mates o el Inglés para escuchar a un charlatán. Es cierto. No paré de hablar, no dejaron de preguntarme tampoco. He ahí la belleza de este negocio nuestro. 



Texto

Leer no conduce a nada bueno. Leer es una actividad de riesgo. Ni siquiera garantiza la alegría. Leer es un despropósito. Leer es un disparate. Además leer cansa la vista. De verdad que no merece la pena dejarse los ojos en un libro. Quienes leen toda su vida llegan a viejos con gafas de pasta con el cristal como un culo de vaso. Otros, peor, ni gafas necesitan. Hay algunos libros, los de edición muy barata, que tienen una letra ridícula, como de cagadita de mosca. A esos no os acerquéis nunca. De verdad que dan más quebraderos de cabeza que otra cosa.Los libros no cuentan nada útil. De verdad que no. La calle es el mejor libro. Lo voy a decir otra vez: los libros no cuenta nada útil. La calle es el mejor libro. Además todo sucede más deprisa. Lo malo de leer libros (novelas, sobre todo) es que todo tarda mucho en pasar. Lo bueno, si es que hay algo buena, sucede al final. Incluso hay novelas que ni al final te dan la satisfacción de que algo bueno ocurra.

Si uno abusa de la lectura, puede ocasionar dolor de cabeza. El dolor de cabeza, si se repite, puede derivar en jaqueca. La jaqueca, si no se medica, deriva en migraña. Si uno va al médico y pide que le receten algo, hay cura, pero es muy lenta. No hay ningún fármaco que elimine la enfermedad de forma drástica. Otro asunto a considerar es que el enfermo, una vez que se recupera, no puede tener libros a mano. Ni siquiera la visión de un libro conviene. Las recaídas son terribles. Ahí está Don Quijote, el loco, apartado del mundo y de él mismo, hechizado por los libros de caballerías. La letra impresa es el veneno más fulminante. Peor que el veneno de todas las serpientes del mundo.

Leer da grima, da jaqueca, da hasta vergüenza. Leer aturde el sentido común. Leer envenena el alma, nubla la fe. Leer es una actividad de riesgo. Yo creo que leer incluso atonta un poco el cerebro. Un cerebro atontado es el primer paso. El siguiente es que se atonte el corazón. De ahí a ser una mala persona, una mala de verdad, hay una distancia pequeñísima. El mundo está lleno de gente con el cerebro atontado y el corazón atontado. Malas personas. Gente que lee mucho y que no duda de que todavía tiene mucho que leer. El que lee mucho solo quiere leer más. No le interesa la vida diaria, con sus rutinas y sus travesías, con su cesta de la compra, con sus paseos por los parques y sus terrazas en verano. Lo que de verdad le interesa a un lector son las grandes historias de los grandes autores y de los pequeñitos. La vida de verdad está en las novelas. Incluso acepto que alguien diga que está en los cuentos. La vida de verdad también está en los cuentos. Para leer un libro como Dios manda hay que aislarse del mundo. El que lee necesita un búnker, un refugio, una habitación a oscuras. Un libro, un buen libro sobre todo, vampiriza a quien lo abre. Los libros son los vampiros. Todos los libros llevan un Drácula entre las páginas. Los libros anulan la voluntad del que acepta el contrato de leerlos. No solo anulan su voluntad. También niegan la realidad. Ofrecen realidades maravillosas. Algunas son tan maravillosas que la realidad de verdad, la auténtica, es una cosa despreciable, irrelevante y de poco interés.

La realidad que está dentro de los libros engancha más que la de las calles y el salón de las casas. Lo único que supera a la maldad del libro es una biblioteca, que es una suma de maldades, una especie de arsenal en donde todos los artefactos bélicos están pulcra y metódicamente ordenados, dispuestos a ser usados a poco que alguien solicite su uso. Desconfiad de las bibliotecas. Incluso desconfiad de las bibliotecas familiares. Esas que están en casa, en una habitación con cortinas, con un armario enorme, en donde los libros se apilan como si fuesen trofeos. Incluso el noble negocio de las librerías me inspira poca confianza. El colmo del mal rollo es que te hagan pagar por leer. Leer es un vicio. Los vicios cuestan dinero. El dinero sirve para pagar caprichos. Ya lo sé. Pero insisto en que leer no es un buen negocio. Yo no conozco a nadie que sea feliz por leer libros. No existe una relación entre felicidad y literatura, igual que no la hay entre la felicidad y el ajedrez o entre la felicidad y la Liga de Campeones de los martes y los miércoles.

Uno es feliz por cien causas o por una sola, pero no tengo ninguna duda de que ninguna de ésas proviene de la lectura de un libro. Permitid que esté siendo tan sincero y tan crudo. De estas cosas hay que hablar así. Si no, mucha gente sale confundida. No hay que vender confusión. Ni libros, claro. Por mí pueden coger todos los libros y echarlos al fuego. Al fuego todos los libros. Al fuego La Iliada. Al fuego los libros de Julio Verne. Al fuego todas las novelas en las que muere alguien. Al fuego todas las novelas en las que no muere nadie. Al fuego todos los poemas de amor. Al fuego todos los poemas sin amor. Que se quemen todos los libros, unos encima de otros. Que ardan las letras. Las frases largas y las frases cortas. Que arda Pinocho y las novelas de piratas. Que se pudra en el fuego el tonto de Harry Potter y el secreto de la escoba que vuela. Que en uno de sus tontos vuelos, Peter Pan se caiga al suelo y se fracture la nariz. Que la paloma de Alberti no se equivoque más, hombre, que estamos ya un poquito cansados de se equivoque la paloma de Alberti. Que alguien encienda un fuego muy grande y eche toda las enciclopedias. Que arda la letra S y luego la T. Y después las vocales. Que no quede ninguna letra viva. Un mundo sin libros. Porque el libro no garantiza la felicidad, ni la alegría, ni siquiera que duermas por la noche y no tengas pesadillas.

Yo he leído decenas de libros que me han hecho tener pesadillas. Los libros no sirven para nada. No conozco ninguna utilidad y no he encontrado a nadie todavía que me indique alguna. Los libros no paran las balas en la guerra. De hecho hay gente que ha leído mucho y que ama los libros que las fabrican y las meten en los fusiles y luego salen a las calles y las disparan. Los libros no detienen las bombas en el aire. Pero fijaos en una cosa, en una cosa solo. En una guerra una de las primeras cosas que hacen los soldados es quemar las bibliotecas, incendiar los colegios, borrar todo rastro de las letras del pueblo al que desean destruir. Queman las historias del pueblo. Porque estamos hechos de historias. No somos moléculas. Ni átomos. Somos las historias que llevamos dentro y todos nos convertimos en escritores cuando las contamos. No hay escritores que no sean lectores de otros escritores. Uno de los trucos que a mí me funcionan como escritor, suponiendo que alguno funcione, es uno que consiste en pensar que soy lector de las historias que yo me voy contando. Soy raro en eso. Bueno, en realidad soy raro en más cosas, pero no era eso a lo que me llamaron. Cuando escribo un cuento, pocas veces sé cómo va a acabar. Tampoco los personajes que va a tener. Sale el cuento conforme lo voy escribiendo. Yo voy asombrándome de las cosas que me voy diciendo. Un poco raro, ¿verdad?

En lo que confío es en las palabras. Ellas tienen las historia que quiero contar. Coge una frase que le guste, que le guste de verdad, y sigo de un modo pausado. Hay un momento en que el cuento fluye. Uno imagina que lo está rescatando del fondo de su cabeza. Que lo rescata y lo pone a salvo, para que no se pierda.La literatura tiene algo de sueño. Uno se levanta y recuerda el sueño que acaba de tener, pero no lo aprisiona, no lo registra, no lo anota en un papel. El sueño se disuelva en la memoria como un azucarillo en una taza de café. Un escritor tiene algo de esto, de cazador de sueños. Suena bonito, ¿a que sí? Vivimos de cuentos. Los buenos y los malos, todos valen. Todos nos construyen como personas. Nos levantamos pidiendo cuentos y nos acostamos con cuentos en la cabeza. Cuentos de películas, cuentos de rumores que escuchamos en las calles, cuentos de novelas y cuentos de cuentos, claro.Y cuando dormimos, somos escritores todos. Escritores invisibles. Carpinteros invisibles. Cuando dormimos, la cabeza va a su aire y se inventa las historias que le da la gana. Historias. Creo que ya lo he dicho como cien veces. No hay ni un solo día en que no desee que alguien me cuente una. Da igual que sea en un libro o en el patio de un colegio. Historias. Que me den historias. Y me da lo mismo que leer no conduzca a nada. Que no garantice la felicidad o la alegría. Que los libros no cuenten nada útil. Quizña no sean cosas útiles, pero son hermosas y me emocionan. Quizá sea inútil haber conocido al capitán Ahab, que perseguía a Moby Dick, la ballena blanca. O a Gregor Samsa, el bicho que se inventó Kafka. O a Frankenstein, que era un replicante, un golem, un monstruo cándido y bueno en el fondo. O incluso a Harry Potter y su bendita escoba.

Voy a hablar unos minutos de Harry Potter. Harry Potter ha hecho más por los libros en la gente joven que muchos gobiernos de muchos países durante muchos años. Un aplauso para Harry Potter. (aquí los alumnos arreciaban en aplausos, como si fuese la primeravez que lo hacían) Hay que hacerle un monumento en el centro de las bibliotecas. En la sección juvenil, adolescente, vale. No vaya a ser que el lector adulto quiera un monumento a Frank Kafka o a Edgar Allan Poe y entonces tenemos conflicto. Pero son buenos conflictos. Ojalá solo nos peleemos por los autores que nos gustan. Y da lo mismo que los libros no paren bombas. Que te atonten el cerebro o te reblandezcan el corazón. No conozco viaje más hermoso que el que me dan los libros. Sí, ya sé que antes me he puesto cabezón y he dicho cosas muy malas sobre los libros. Era un truco.

¿Quién no se ha acostado con un libro, al amor de un flexo, en mitad de la noche, protegido por las historias que lee, transportado a otro mundo? Y todo eso en pijama. Bueno, o como duerma cada uno, que ahí no entramos en la charla de hoy. Los libros cuentan mentiras que me gustan. En la vida te mienten con tanta frecuencia, sin que lo esperes, te mienten a traición. Las mentiras de los libros es una mentira voluntaria. Cada uno escoge las suyas. La Literatura es la mentira más maravillosa del mundo. Solo tenéis que pensar que hay literatura desde que hay lenguaje. Lo primero que hizo el hombre fue contar las cosas que veía. Historias del fuego y de la caza, de los ríos y del invierno. Como no tenía palabras, dibujaba esas historias. En realidad lo que hacían aquellos hombres era una especie de cine de caverna. Cuando descubrieron la palabra y la escribieron, conquistaron el mundo. Conquistaron el mundo Al principio, historias simples. Yo salgo de la cueva. Yo me encuentro con el oso. Yo lucho con el oso. Yo mato al oso. Yo vuelvo a casa. Sano y feliz. Con la piel del oso. Luego fueron complicando la cosa. Solo tenéis que ver vuestros libros de Literatura, los que os recomienda vuestra maestra. Miles de años más tarde llegó la nimbus 2000, Harry Potter y el prisionero de la piedra filosofal o como se diga eso. Otro aplauso a Harry Potter. No se entusiasmen demasiado, por favor.

En la ficción se vive mejor. Incluso los que no leen nunca nada admiten esto que estoy diciendo. No conozco a nadie, de los que leen y de los que no lo hacen nunca, que haga ascos a que le cuenten una historia. Ya no te cuento si lo que está en juego es una buena historia. Así que los libros son mapas de la felicidad, mapas de la alegría, mapa de la pasión de estar vivo. Aunque no detengan las balas en el aire. Bueno, de casualidad alguna puede pararla. Depende del grosor del libro, claro. Yo no sabría vivir sin ellos. Tanto me gustan que a veces me da por escribirlos yo mismo. El colmo, vamos. La ventaja de escribir uno sus propias cosas es que puedes leer el libro que desees. Sólo tienes que inventarlo. Así que les pido un favor antes de contarles dos cuentos. Que lean mucho y a lo mejor, leyendo mucho, les da ganas de escribir. Pero si no escriben, no pasa nada. Leer es lo importante, aunque sea un disparate, una cosa inútil, canse la vista y se deje uno los ojos si la letra del libro es muy pequeña. Lo del dolor de cabeza por leer es mentira, claro. Ahora, leo los dos cuentos que he traído. Son muy breves. Nada, un suspiro de cuentos. Espero que les guste.

SE me ha olvidado decir una cosa muy importante. Todos los escritores, incluso los que dicen lo contrario, escribimos para que nos lean. No vale para nada un poema en un cajón o en un archivo del ordenador. Las palabras que no se dicen ni se escriben no son palabras.