22.6.16

La escritura de los sueños

En lo que sueño abundan los lobos. Hace pocas noches volví a soñar con ellos. Uno fatigaba un bosque castigado por un sol absoluto. Otro, liberado de las obligaciones de la sangre, parecía una especie de patriarca, una especie de rey lobo al que acudir para solicitar consejo. No sabría explicar los motivos de ese lobo, los motivo de ninguno que ocupara mis sueño. De hecho, en los sueños, aprecio su voluntad novelística, su firme gesto creativo. Los sueños que recordamos son como el último sabor de una pieza de carne en la boca. Luego es el tiempo o la contaminación de otros sabores lo que malogran la restitución fiable de lo soñado. Y ahora el lobo, convertido en un texto, no me dice nada. No tiene sentido ninguno que yo lo recobre aquí y lo haga perdurar. Quizá la literatura sirva únicamente para hacer que perduren las cosas. Como un registro que aspira a trascender sobre otros registros. Como si el lobo, al eludir la manada, hubiese pedido, en el limbo mágico del sueño, que lo rescatara de su condición de bestia y le brindase otra de más fuste, la de palabra. En el fondo, somos símbolos, indicios de otra cosa que no sabemos nombrar. Hay una teología en los sueños, un limpio deseo de alcanzar un estado de las cosas infinitamente más lustroso y durable que éste. Trenzado los sueños, ajustado al puzzle arcano que prefiguran, se dibuja una trama personal, una íntima, la única que quizá nos represente, por encima de lo que hacemos en el tráfago del día. Valen más las noches, lo que la noche escribe cuando dormimos, que todo lo que hacemos durante el laberíntico día. 

1 comentario:

Melmoth el errabundo dijo...

Como recuerdo muy bien lo que he soñado desde siempre,tengo unos cuadernos donde los escribo desde hace ya treinta años. Es evidente que solo escribo los que más me impresionan. ¿Por qué lo hago? Porque a veces echo mano de ellos y los introduzco en lo que escribo sin decir que son sueños y nadie parece darse cuenta. A veces, cuando tengo invitados en mi casa sale el tema de los sueños. Es curioso, pero cada vez hay menos gente que recuerda lo que sueña, de ahí que van desapareciendo los psicoanalistas y van ganando terreno los psiquiatras, que son, según ellos, los especialista de la "realidad". Pues bien, mis amigos desdeñas el mundo de los sueños. Entonces me levanto y voy en busca de uno de mis cuadernos y arranco una página al azar y se la regalo al primero que pillo. A veces, da la casualidad que el sueño está todo completo en esa página, a veces, es el final o el principio de él. Es entonces cuando esos amigos, una vez leído el sueño incompleto me preguntan cómo termina o como empieza. Yo no se lo digo porque es simplemente un sueño y poco importa. Ellos entienden mi posición y se callan. Además, ¿cuánta gente hay hoy en día que regale sueños? A mí me encanta soñar, aunque sean pesadillas, ya ves el asco que le tengo a la realidad, amigo mío. Ay, los sueños, bien lejos de todo; un lugar que no sabes en donde estás ni cómo has llegado. Los sueños solo existe por el recuerdo que lo acaricia. Los sueños son tan frágiles que basta una mirada ajena a la nuestra para destruirlos. Sin embargo mientras estás soñando, siempre hay salvación.

Ya lo sabes, mi querido amigo: "De tus sueños a los míos la palabra es breve", Tristan Tzara.

Abrazos mil.