24.4.12

La vida en la frontera


  "La construcción de muros y fronteras se ha convertido en una especialidad arquitectónica –y en un género literario- por sí mismo. La muralla es la exacerbación de la frontera. Su objetivo es múltiple, no sólo impedir que los de afuera nos vean –y nos deseen-, sino enturbiar el paisaje y quitarnos la tonta idea de que quizás los bárbaros al otro lado de la verja no son tan distintos a nosotros (…) En contra de lo que hubiésemos creído después de 1989, los muros no han perdido su vigencia, sino que se han multiplicado. (…) Estas barreras interiores ya no asilan a un país de otro –tarea fútil-, sino señalan la única frontera que importa en nuestros días: la que separa a pobres de ricos”

Jorge Volpi 



I/ Paisaje





Nada de lo que se ve desde el espacio exterior induce a pensar que en el interior, a ras de tierra, seamos tan bárbaros. Al azul idílico lo violentan sus inquilinos. Lo malogra la creencia de que lo nuestro es apreciablemente mejor que lo ajeno. Que el dios al que nos arrodillamos es el único dios verdadero. Que la tierra que pisamos es nuestra por delegación cósmica o por herencia ancestral. Que la lengua en la que odio y en la que amo es la que me distingue de quienes no la conocen. Que mis inclinaciones deportivas están por encima de cualquiera otra consideración moral. Que mi color de piel me abre puertas cuando hay otros colores que las cierran. Que la cultura que manejo me hace un privilegiado. Que la visa con la que pago mis vicios es la única patria a la que no renunciaría. Encallados en esa rutina orgiástica de principios vitales, vivimos o malvivimos, compramos o vendemos, confortablemente insensibles (como decía la pieza de Roger Waters), levantando fronteras, izando banderas, construyendo búnkers, apilando barricadas, quemando libros, linchando hermanos, inventando guerras, envenenando las palabras. Todo así bien desmadejado, arrumbado, en la grisura de lo enfermo, contaminado, frágil. Al azul idílico lo perturban los mercados. Está el mercado ahí, viril y telúrico, escribiendo la Historia, levantando fronteras, izando banderas, construyendo búnkers. El sueño del Estado del Bienestar (una cosa vaporosa, inasible, quizá metafórica) yace en un código binario, en un línea de texto alojada en un servidor de un compañía de telecomunicaciones. Hemos sustituido los palimpsestos medievales por los discos duros encriptados. Los secretos se guardan en lugares cada vez menos hermosos. Yo, poco o nada inclinado a mirar las catedrales como santuarios ni como templos de verdad y de luz, admiro la belleza que tutelaban. Quizá por eso, por esa filiación estética, penetro en ellas con absoluto fervor, despojado de fe, pero investido de ese profundo amor que se le profesa al arte y al misterio, a la esencia de lo oscuro. Pura metáfora, no crean. El mundo entero, visto desde el limbo cósmico, es una línea de texto, una compleja y cruel, una escasamente defendible. Basta hurgar en las crónicas que la relatan. En las fronteras que la fragmentan. Pero nada (al cabo) más absurdo que los muros de los cementerios: los de afuera no desean entrar y los de adentro no pueden salir. He aquí la sustancia paradójica del alma humana.


II/ Retrato




Viva lo tribal, viva lo viral, viva lo feudal, viva el capital. Lo que ha traído la globalización es esa paradoja inédita. Que convivan (en régimen de conflicto las más de las veces) lo folclórico con lo supradigital, la cesta de mimbre con la onda expansiva de los blogs, la caligrafía esmerada del aprendíz con los barbarismos semióticos del usuario de smartphones, constituye el mérito de una sociedad abocada a corregirse o a mutilarse, a continuar avanzando (sin perder las señas de identidad sino incorporando señas nuevas) y creando, a medida de ese avance, evidencias fiables de que cualquier tiempo pasado fue peor. A pesar de las hambrunas y de las guerras, de los muros que continuamente levantamos para compartimentar nuestro establo, ningún mundo fue mejor que éste. Ninguno tan infame, en su bondad; ninguno al que se le puedan imputar tantos delitos (tantos pecados añadirá quien así lo estime, no yo) y sobre el que se puedan contar (orgullosamente) tantos prodigios. A lo mejor al palestino que se encarama al muro para plantar la bandera de su patria (volada, ninguneada, convertida en argumento de teletipos y en festín de morbosos) no opina de esta manera y cree (en su derecho, alguno habrá) que el mundo está mal hecho, que precisa una voladura controlada (de hecho, bárbaramente, sin mediar el concurso de la razón, la practican como arma) y que solo les queda, ay, la poesía, la metáfora, el dolor convertido en canción de campamento, en crónica gris de ese mapa gris en el que les ha tocado vivir. Malvivir, quise decir. Pero hay muchas palestinas, muchos hombres trepando a un muro, contando la pena que les traspasa. Mi amigo K. sostiene que el verdadero muro está en el interior. Lo levantamos a poco de nacer, sin que lo pensemos, un poco por voluntad del azar y otro poco para defendernos del dolor mismo de haber sido arrojados al mundo. Y no hay otro, le replico. No tenemos otro.

20.4.12

Lo que se va quedando en el camino



Lo peor de los recortes es la sensación de robo que producen, el ultraje a una serie de principios largamente asentados en la sociedad, de los que nos valemos para diferenciarnos de las bestias o de los pueblos bárbaros del mundo. Igual esta crisis nos está barbarizando. Lo previsible es que nos hagamos al merme y le demos la razón a los sastres que hemos votado. El traje, a fuerza de restarle tela, está quedando en poca cosa, apenas cubre, no da la talla, cuesta entender qué nuevo uso debemos darle ahora. Dicen los que obran la rebaja que las situaciones extremas requieren medidas extremas. No poseo la información que ellos manejan, ignoro el roto de la caja y me queda grande el manejo de los números del Estado, pero alcanzo a entender las penurias con las que de un tiempo a esta parte convivimos. Las siento en carne propia; las contemplo, un poco turbado, otro poco perplejo, en la ajena.

De lo que se informa en cada comparecencia de los ministros de los cuerpos afectados (Sanidad, Educación, Servicios Sociales) es del tamaño del cáncer, de la metástasis invadiendo los hogares como una plaga biblica. No hay tregua en ninguna de esas intervenciones dramáticas. Una mala antecede a otra de daño mayor. Supongo que se va uno curtiendo en desastres, anulando el asombro, zafándose del dolor cuando lo ve venir en la idea de que el dolor, al compartirse, se desvanece, se convierte en otra cosa, pero no en dolor, no en esa sustancia infame que punza el cerebro y lo derrota. Vamos a mal, pero seguimos escarbando. Tenemos una idea exacta del alcance del daño, pero nos aferramos a la Champions League, al circo que nos venden, a las pastillitas de colores con las que amenizar la travesía de la derrota. Supongo que alguna vez regresará el bienestar robado. No sabemos con seguridad quién lo traerá. No creo que sea este gobierno ni otro y lo que creo es que estaremos muy tocados para apreciarlo. Insensibles, hechos a padecer, anestesiados contra todas las formas del mal posibles, impelidos (qué remedio) a vivir en una resignación continua, aceptando la herida en la confianza en que no se malogren del todo los órganos internos.




Y poco más que añadir a este volunto de jueves larguísimo en el que hubo disculpas borbónicas, endecasílabos con su cesura y autobuses volviendo a casa cargados de hijos cansados y felices. Disculpará el amable lector que no me arranque en virguerías argumentales. No tengo yo competencias si me sacan de mi jazz a la caída de la tarde y de mi cerveza con los amigos los viernes por la noche. Espero que esa rutina no mengüe en las alegrías que me da, no se arredre y se esconda, dejándome al descubierto, huérfano de mis vicios, en la intemperie, como el personaje de El Roto de la viñeta de arriba, con sus muñones antológicos y su verbo incendiario, con su cara de muerto premeditado y vacío. Wert, en la foto de más abajo, le da un aire a uno de esos cómicos de las malas películas españolas de los setenta. Le falta ir detrás de una sirvienta por los pasillos de la regia finca de sus ancestros. Tiene aquí una cara que me provoca un pánico terrible. A pesar de la descomposición y de la sonrisa. O incluso precisamente por eso.

17.4.12

Un Bartleby con un ipod

Leí una vez que son las menudencias las que hacen de vivir un oficio hermoso. No tengo ninguna duda de que lo es. Por encima de las tragedias y de los recortes, de la pena que a veces invade el corazón y lo enferma, vivir es siempre una fiesta. Una a salvo de la fea tarea de recoger los vasos, una luminosa y alegre como una de esas canciones pop que engolosinan las terrazas de los veranos, una fiesta del tamaño de todas las fiestas, una de las que no precisa que se engalane el local ni que se haga acúmulo de alcohol ni de discos bailables. Tengo yo menudencias formidables, asuntos de una liviandad escandalosa sin los que podría vivir, aunque (como Bartleby) preferiría no hacerlo. Menudencias que ocupan horas dulces y horas tristes, menudencias que distraen el tiempo y lo visten de una rutina amena. No soy de los que se aburren e incluso advierto cierto agrado en la mecánica de las cosas previsibles, en la cómoda certidumbre de que mañana pediré un café en el bar de costumbre, leeré la prensa deportiva (ojalá haya ganado el Madrid al Bayern, a pesar del desagradable Mourinho) y revisaré el correo electrónico en mi teléfono inteligente. Es lo bueno de este mundo mal hecho. Que tienes un teléfono inteligente y te puedes echar a dormir la siesta. Confías en que te informe de cómo van las cosas por ahí afuera. Quizá interese el adentro, pero en esta sociedad interesa sobre todo la periferia, todo ese vértigo de causas y de azares encantado de ser patrocinado por el mercado. No sé si soy un ingenuo integral. En ocasiones conviene la ingenuidad, el dejarse llevar por el corazón y no poner a funcionar la cabeza a tope. Las veces en que me obstino en ser racional y en aferrarme a la lógica salgo siempre malparado. Tiene esto de vivir esas contrariedades. No saber nunca qué camino tomar, cuál eludir. Hoy mismo, de vuelta a casa, ensimismado en mis cosas y en la música que alojo cada mañana en mi ipod, pensaba en la belleza inexplicable de la rutina, en su mal vendida apariencia de daño, en la campaña que se monta a diario para desmontar toda posibilidad de que brille y gane, entre los curiosos y los adeptos, el prestigio del que todavía carece. Pensaba en toda esa suerte de ingredientes fantásticos que alicatan el aire de júbilo y procuran, a quien lo aspira, la alegría sencilla del que, esperando lo poco, consigue lo mucho. Luego está la posibilidad de la isla, como la novela, el peso monumental de la realidad, que te coge del cuello y, en ocasiones, mientras aprieta, te mira a los ojos y te cuenta quién es la que manda. Pero es posible que esa escena dantesca sea un extra esquivable y gane uno en experiencia, en inteligencia y en dignidad si no se deja tumbar y devuelve la mirada y la tumba. Mañana me engancharé a mis cascos, pisaré las calles nuevamente, como la canción de Milanés, y leeré a esta hora, ya caída la tarde, este post por si me desdigo y corrijo unas líneas o lo borro entero.

15.4.12

Los milagros en los tiempos del google




De entre los muchos oficios que llenan los mercados y las almas me atrae el de teólogo. Quizá lo que me fascina de ese desempeño sea el hecho de que maneja asuntos sutiles, hermosos, impregnados de cultura y de diálogo. Ser teólogo es un privilegio intelectual y, como dice Borges, no es indispensable la fe, pero todavía no conozco a quien no haya formulado (pública o privadamente) un mapa de la eternidad en el que Dios ocuparía el lugar más destacado. Yo mismo, teólogo pedestre, he caído en ese laberinto fantástico y muchas de esas veces en las que he caído he pedido (al azar, a la suma de azares o a ese Dios en el que uno no esté del todo a gusto) que no me levante. Emboscado en la metafísica, empapado de todas esas construcciones filosóficas, he pasado algunos de los mejores ratos de mi vida. Algunos de esos buenos ratos de charla amena y festiva han girado en torno a la teología, al cosmos infinito y a la posibilidad de que esta vida pida a gritos otra en la que descansar (eso dicen algunas religiones) y redimirnos, en la que perdernos a la derecha del Padre, salvados ya para siempre de los estragos de este mundo cruel. Como Borges, me interesa la fe y prescindo de ella. Me interesan de un modo estrictamente literario (o metafórico) los padecimientos de Cristo en la cruz o la escritura de los evangelios. El teólogo, en fin, es una especie de detective de las ideas trascendentes, un sabueso de cosas abstractas, una mente a la que lo real le afecta (en ocasiones) menos que lo espiritual y al que se le atribuyen facultades intelectuales asombrosas. Lo que todavía no he entendido del todo es que la jerarquía de la Iglesia ande echándolos a patadas de sus congregaciones. O todo es cuestión de celo, y se expulsa al que se aparta o discrepa. El teólogo no es, en esencia, un creyente. Se puede uno involucrar en un modo de vida cristiano sin firmar un contrato de fe ni aceptar sin vacilación los exabruptos (muchos) que la Santa Madre Iglesia va aireando por los medios de su cuerda, en los púlpitos de sus templos, en las plazas de las ciudades, cuando las visitan los Papas o se llenan de fieles festejando sus cosas. Y uno de esos teólogos, pero de los académicos, no los amateurs reclutados a pie de calle, es el que hoy en El País, expone lo previsible, deja al examen público lo que fomenta el diálogo, aunque ese acicate encuentre el muro de la doctrina. Dice Andrés Torres Queiruga que los teólogos de ahora no creen en los milagros. Supongo que miran las metáforas e indagan en la hermenútica. Por eso me inclino a mirar con afecto y admiración al teólogo, al defenestrado por la curia y al que todavía sigue en nómina, al que de pronto, en este enfebrecido siglo XXI, le declaran hereje. Uno creía que esas cosas ya no existían. Borges, el bueno de Borges, relacionaba cultura con teología. No sé qué pensaría de todo esto. Si la cultura impregna al nuevo Santo Oficio o son otras cosas las que lo agitan. Si de verdad andan buscando a Dios, poniendo el oído a lo que dice, o malogran ese hermoso cometido fiscalizando al personal, a los suyos, con los que comparten el credo. No les entiendo. No son de este mundo.

13.4.12

Cortázar, Valente, Nabokov y todos los demás


Todo sigue felizmente en desorden, pero el primer impulso es coger unas cajas y meter los libros que ya no leemos y coger más cajas y meter los discos que ya no escuchamos. Una vez que hemos llenado montones de cajas y hemos aliviado el desorden se procede a inventariar meticulosamente el material sobreviviente. Entonces advertimos que la habitación sigue reventando por todas las paredes y ya no tenemos cajas en las que meter más libros ni más discos. El siguiente impulso es cerrar el cuarto con llave y abrir otro cuarto donde comenzar una nueva vida de libros y de discos. Todas las mudanzas son, en el fondo, pequeñas infidelidades. Lo que duele en el traspaso libresco es no saber dar con el tono adecuado. Como si las estanterías exigiesen un cierto modo de ocuparlos. Como si se cometiera algún pecado si hacemos mal el trabajo. Y no sabemos si hacemos bien al encerrar a Cortázar con Kundera, a Canetti con Salinger. A Shostakovich con Robert Johnson. A Gloria Fuertes con José Ángel Valente. Si el Nostromo estará al final bien cerca de la Estrella de la Muerte o los jardínes de los senderos que se bifurcan aceptaran la licencia de que Alicia los pasee y saque enanos de debajo de la falda.. Si la voz lisérgica de Janis Joplin y el almíbar vocal de Chet Baker harán buen matrimonio. Si las ubres cósmicas de las divas de Russ Meyer no terminarán por escandalizar el pudor eduardiano de Chesterton. Porque todo estará encerrado en esas cuatro paredes. Ocupándolas. Sentenciándolas. Convirtiendo ese espacio en una obra más de la que uno, humildemente, se declara autor y a la que le profesa un amor más allá de lo reconocible.

Si en algún momento echa en falta unos poemas de Poe (Annabel Lee me llama de cuando en cuando ) que están en la otra habitación, la que cerramos con llave y abandonamos a una soledad eventual y terapeútica, si la necesidad apremiay uno siente que debe iniciar el regreso, nada más sencillo que buscar la llave y abrir la pandora de los recuerdos, pero a mi edad, lejos del spleen romántico y comido ya por muchas fiebres inconfesables, conviene tal vez abrir un cuarto nuevo e ir administrándolo (esta vez) con cierto rigor. Salir una mañana y comprar el primer libro. Colocar en un anaquel espacioso, que no esté combado, y mirar el lomo y la pasta, que puede ser dura o blanda. Abrir sus páginas mientras haces tiempo para salir al trabajo y visitar el episodio en el que Quinn o William Wilson busca a Stillman, que ha renunciado a la vida o que parece que ha renunciado a la vida en el fondo. Los años repiten gestos y la memoria se parece sospechosamente a la habitación que estamos engordando. Al final no es posible desmantelar la memoria y empezar de cero y no saber quién es Humbert Humbert ni cómo se dejó atravesar por aquella dulcísima maraña de espinas. Cómo la trémula y enfebrecida Lolita (mi Lolita, mi Lo-li-ta) logró engolosinar el temple de un hombre en su edad perfecta, a salvo (en apariencia) del estrago del los amores inaceptables. No sé si Nabokov querría que su obra maestra esté bien a la vista o querría, bien al contrario, que la subiese al quinto anaquel, en la altura en donde están los libros que se leen menos, los que piden menos consultas o los que guardamos como el tesoro al que se le aplican más cuidados y afectos. Le daría igual. Solo le gustaban las mariposas.

4.4.12

Que la vida iba en serio...

A cierta edad uno vuelve al temblor primerizo de las fiestas de la adolescencia. Los bailes lentos. Janis Ian susurrando At seventeen. Minnie Ripperton como un pequeño colibrí diciendo que te ama. Peaches and Herb reunidos en un abrazo cósmico. All night long. Here comes the sun. Congratulations. Fiestas a media luz. It's a little bit funny this feeling inside. Vasos largos y discos rotos. Promesas que parecen runas en el corazón.. La línea de flotación de la cordura. There's a sign on the wall but she wants to be sure. Tabaco y blues en una barra de bar mientras afuera, melindrosa, la noche no termina de escribir su rigurosa novela de azares y riesgos y pensamos, afectados por el exquisito vapor de los licores, que el mundo acaba en la voz de Muddy Waters y en el sabor dulzón y áspero del último trago de gin tonic.

Después: Me sobresalta la barba en el espejo. El cansancio en los ojos. El tráfago de los días me tiene desarmado. Estoy cansado de este vicio mío de pecar en las mismas obscenas cosas.  Que la vida iba en serio se descubre siempre tarde. Jaime Gil de Biedma acude en ocasiones a la conversación. Recuerdo entonces su cara de vividor de balneario, su vida milagrosa en Filipinas, ya se sabe, juventud, bendito tesoro, y versos. Es tarde para consagrar la vida a otra que no sea vivirla. Pero los días poseen su palimpsesto. Su caligrafía esmerada debajo de la caligrafía. Como un sueño dentro de un sueño. 

31.3.12

Escribir

1
No sé qué sucede cuando escribo, la razón por la que unas palabras tapan otras, el hecho de que el texto se vaya modulando a distancia de quien lo escribe, como si hubiese dentro del autor un par de voluntades. Está la que vuelca las frases y está también, agazapada, tímida, en apariencia, la voluntad del lector. Porque el texto es siempre del que lee. El otro, el escribiente, es una circunstancia mecánica, la que tiende el puente entre el vacío y el universo. Porque el texto, incluso éste, es un universo que posee un big bang y un demiurgo. Incluso si los rastreamos a fondo posee su propio mecanismo de destrucción. Está encriptado. Algunos lectores lo descifran. Encuentran el mal dentro de la bondad de las palabras. Se me ocurre que la literatura, en el fondo, es un ejercicio de confianza entre el autor y el lector. O entre dos lectores. No tengo ni idea de qué sucede cuando escribe. Se para el mundo. Puede ser que suceda eso.

2
Durante un tiempo me interesé en las razones de los escritores. Hurgué en la red y encontré algunas respuestas. Ninguna me deslumbró. La de M., por ejemplo, señalaba la importancia del temperamento por encima de la vocación. La de R. confiaba en una especie de divinidad poética, una a la que ninguna religión había hecho puñetero caso, que insuflaba el numen en la vigilia y en los sueños, en los actos cotidianos y en los que no lo son. Ese soplo cósmico debía afectar a unos más que a otros. R. sostenía que leer hacía que el numen se fijase más enteramente, digamos. La lectura de lo vertido por los otros hacía bueno lo propio. Se puede dar la circunstancia de que un mal libro inspire uno bueno. O viceversa. No sabemos nunca en dónde reside ese halo misterioso que extrae belleza de las cosas. Qué hace que yo mire de un modo en el que no lo haría otro. Que yo tenga ahora deseo de contar esto que estoy contando y no otro asunto. Que un lector haya caído en este rincón sumamente prescindible del cosmos, por demás imperceptible y volatil, y no en otro. Que no haya abandonado la lectura en el quinto renglón del trozo de arriba. En donde pone El otro, el escribiente, es una circunstancia mecánica, la que tiende el puente entre el vacío y el universo. Todo es una suma de azares. Todo son piezas de un mecano que no entendemos.Quizá deje esta página (no es una forma de hablar ni me mueve sacar a la luz la adhesión de un par de decenas de buenos lectores que sé que tengo) y prosiga escribiendo en privado, en uno de esos diarios que ya casi nadie escribe. En un diario podría no pensar en un lector. Tal vez yo mismo deje de ser, mientras escribo, lector y me convierta en el primer escritor puro. Que exista un Emilio Calvo de Mora enteramente consagrado a la escritura y un par de cientos de Emilios más ocupados en otras empresas. La de ser padre, marido, hijo, amigo, obrero, en fin, todas ésas que, cuando verdaderamente estás atrapado por un texto, te impiden que le pertenezcas en cuerpo y en alma. Yo no sé a quién pertenezco. Ya que no creo en ninguna deidad, me inclino esta noche en creer un poquito en ésa que anunciaba el autor R. La divinidad poética, la que insuflaba el numen en la vigilia y en los sueños.



30.3.12

El síndrome Nicolas Cage




1
Últimamente me gustan las películas poco enfáticas, las que transcurren imperceptiblemente, las que cuentan historias levísimas. Películas de poco peso, de sustancia pobre y de poco afecto al recuerdo. No me sucede esto con los libros. Los prefiero más de fuste, de los que se quedan dentro y a los que uno vuelve como quien regresa a una casa o a un amigo al que no vemos hace tiempo. Se me queda corta la novelita de azares, un poco rocambolesca, amena y gratuita, en donde el vértigo suspende el drama, de personajes huecos o a punto de liberar el hipotético contenido que el autor, quizá en un descuido, pudo colocarles entre pecho y espalda. Del cine, incluso del cine malo, espero a veces que me entretenga. Le pido distracción. Al libro, sin embargo, le tengo otro respeto. Le consiento menos deslices. No admito que me prive de las horas que puedo dedicar a asuntos de otra enjundia. La última película que he visto ha sido una lamentable que, pese a su absoluta falta de calidad, me atrajo durante hora y media. Embrutecido, despellejando la magra trama, pensé en todo esto. En la forma en que manejamos el ocio y cómo lo llenamos. Somos como una especie de gran disco duro, uno aristócrata y sibarita, al que le debemos el volcado diario de las cosas a las que le hemos ido acostumbrando. No puedo pasar un día sin que un poco de jazz me lama las orejas. Ni uno solo en que eche mano de la prensa para ver cómo se precipita el mundo hacia el hondo abismo que le hemos construído. Ninguno sin algunos de esos vicios que, embozados, deleitan, conmueven y, en algunos casos, enriquecen. No sé bien eso de la riqueza en qué consiste. Supongo que en ser feliz sin más atributos. Es rico quien está alegre o se siente feliz durante un corto espacio de tiempo al día, pero a diario. No creo en la felicidad completa. Soy más de una alegría intercambiable. Por eso confío en esas golosinas intrascendentes que programo a media tarde o por las noches para ir cerrando el tráfago del día. Veo fútbol, enchufo el ipad y navego sin un plan de vuelo. Soy el buen naúfrago. El que tiene a mano un ferry que lo conduce a tierra. El que abre (esta noche) un libro de Auster (Invisible) del que espero grandes cosas. También puedo ser un inocente. Una amiga (B.B.G., pongamos) me mandó hace pocos días su novela. Suerte. Estoy ocupado en esa agradable travesía. Poder leer y luego contar al autor cómo ha sido el viaje.

2
Recuerdo que mi amigo K. me refirió la historia de un pariente suyo que rehusaba leer a Kafka y a Kierkeegard porque los dos le daban migraña. Será la K., adujo K. en una de sus muy finas maneras de retorcer los argumentos de los demás y llevarlos al campo que más domina y que yo más aprecio: la ironía, la sutileza. Yo hace tiempo que no releo a Kafka, sin motivos que pueda explicar lo aparto cada vez que me asalta Samsa en la cabeza,  y una única vez tuve a Kierkegaard como lectura de cabecera. Estos tiempos exigen otras lecturas, otras películas, otras músicas. En lo que apenas cambio, en lo que no introduzco cambios inducidos por mi estado de ánimo o por el estado de ánimo ajeno es en mi irrenunciable afición al jazz. Ahí busco el énfasis, el arabesco, la síncopa bien recargada y la madre que parió a la inspiración y al libre desenfreno de los ardores del genio creativo. No sé que opinaría Harold Bloom acerca de estas reflexiones mías después de un café bien cargado. Me declaro incompetente para razonar mi amor al jazz, pero asumo mis vicios y me confieso adicto. No escribo más sobre jazz en este página porque me quedo sin argumentos. Hay declaraciones de amor profundo y hay convicciones firmes que mi rutinaria manera de escribir recoge en posteos repetidos, prescindibles. Escribir sobre jazz me produce zozobra, envaramiento: me siento indispuesto, desprovisto de cualquier pequeño síntoma de inspiración. Curiosamente me explotan cien sintagmas en el pecho (y todos hirientes y todos canallas) si lo que leo o lo que veo o lo que oigo (libros, películas, discos) me desagrada y empatiza con esa parte severísima de mi ocio crítico que no consiente (habida cuenta del poco tiempo que tenemos para estas cosas) mediocridades. Por eso me resulta vigorosamente fácil escribir sobre el último engendrillo de Nicolas Cage,  metido en  películas malas de solemnidad, bandidaje intelectual, refritos desatinados, subproductos voluntariamente prescritos para almas poco exigentes, cuando no apáticos consumidores en nada concienciados del valor del tiempo y de sus esclavitudes. Tópicos amañados con infame voluntad de mercado, desprecio patrocinado, saldos de mercadillo vendidos a precio de Armani, pero a veces están ahí, reclamando que las mires y las olvides más tarde.

24.3.12

I've got the blues

                                                              Val Wilmer, 1.964


Esta reunión de bluesmen me recuerda las fiestas flamencas a las que alguna vez he asistido. Aquí están los viejos patriarcas y están los aprendices. Custodian la historia de una música y en ocasiones exhiben el magisterio heredado. Carecen de glamour y no precisan de la maquinaria infame de la notoriedad, pero son capaces de conmover a quien contempla cómo ejecutan su oficio. Me imagino que para que esta instantánea fuese posible tuvieron que concurrir enormes y muy azarosas circunstancias. De hecho, el jazz o el blues son, en su esencia más íntima, la expresión básica de una pérdida, la manifestación del dolor. Se canta para quemarlo o para compartirlo. Luego la música probablemente se dejó cortejar por excesivos pretendientes de modo que ni el blues ni el jazz que se hace hoy está pensado desde el dolor. Todo se ha maleado en exceso. O se ha convertido en otra cosa ajena a la que lo alumbró. Nada escapa al imperio absoluto del showbusiness. El dolor está en Amazon y se lo envían a casa en menos de una semana a cuenta de su Visa Oro, pero entonces, en la foto, los patriarcas se reunían en un garito cualquiera y enseñaban a la feligresía más joven la forma en que debe ser tocado el blues. El dolor es el disco de T-Bone Walker que ahora estoy escuchando. Dicen que inventó el blues eléctrico. No dejan de ser etiquetas, añadidos a beneficio de la heráldica. Importan otras cosas. El diablo merodeando. El dolor de pronto ofrecido como un bálsamo.

Jazz / 19 / Tete Montoliú

Solía decir que cuando se miraba al espejo veía un pianista negro. También que prefería un músico con el que tocara del que supiera que era ...