13.4.12

Cortázar, Valente, Nabokov y todos los demás


Todo sigue felizmente en desorden, pero el primer impulso es coger unas cajas y meter los libros que ya no leemos y coger más cajas y meter los discos que ya no escuchamos. Una vez que hemos llenado montones de cajas y hemos aliviado el desorden se procede a inventariar meticulosamente el material sobreviviente. Entonces advertimos que la habitación sigue reventando por todas las paredes y ya no tenemos cajas en las que meter más libros ni más discos. El siguiente impulso es cerrar el cuarto con llave y abrir otro cuarto donde comenzar una nueva vida de libros y de discos. Todas las mudanzas son, en el fondo, pequeñas infidelidades. Lo que duele en el traspaso libresco es no saber dar con el tono adecuado. Como si las estanterías exigiesen un cierto modo de ocuparlos. Como si se cometiera algún pecado si hacemos mal el trabajo. Y no sabemos si hacemos bien al encerrar a Cortázar con Kundera, a Canetti con Salinger. A Shostakovich con Robert Johnson. A Gloria Fuertes con José Ángel Valente. Si el Nostromo estará al final bien cerca de la Estrella de la Muerte o los jardínes de los senderos que se bifurcan aceptaran la licencia de que Alicia los pasee y saque enanos de debajo de la falda.. Si la voz lisérgica de Janis Joplin y el almíbar vocal de Chet Baker harán buen matrimonio. Si las ubres cósmicas de las divas de Russ Meyer no terminarán por escandalizar el pudor eduardiano de Chesterton. Porque todo estará encerrado en esas cuatro paredes. Ocupándolas. Sentenciándolas. Convirtiendo ese espacio en una obra más de la que uno, humildemente, se declara autor y a la que le profesa un amor más allá de lo reconocible.

Si en algún momento echa en falta unos poemas de Poe (Annabel Lee me llama de cuando en cuando ) que están en la otra habitación, la que cerramos con llave y abandonamos a una soledad eventual y terapeútica, si la necesidad apremiay uno siente que debe iniciar el regreso, nada más sencillo que buscar la llave y abrir la pandora de los recuerdos, pero a mi edad, lejos del spleen romántico y comido ya por muchas fiebres inconfesables, conviene tal vez abrir un cuarto nuevo e ir administrándolo (esta vez) con cierto rigor. Salir una mañana y comprar el primer libro. Colocar en un anaquel espacioso, que no esté combado, y mirar el lomo y la pasta, que puede ser dura o blanda. Abrir sus páginas mientras haces tiempo para salir al trabajo y visitar el episodio en el que Quinn o William Wilson busca a Stillman, que ha renunciado a la vida o que parece que ha renunciado a la vida en el fondo. Los años repiten gestos y la memoria se parece sospechosamente a la habitación que estamos engordando. Al final no es posible desmantelar la memoria y empezar de cero y no saber quién es Humbert Humbert ni cómo se dejó atravesar por aquella dulcísima maraña de espinas. Cómo la trémula y enfebrecida Lolita (mi Lolita, mi Lo-li-ta) logró engolosinar el temple de un hombre en su edad perfecta, a salvo (en apariencia) del estrago del los amores inaceptables. No sé si Nabokov querría que su obra maestra esté bien a la vista o querría, bien al contrario, que la subiese al quinto anaquel, en la altura en donde están los libros que se leen menos, los que piden menos consultas o los que guardamos como el tesoro al que se le aplican más cuidados y afectos. Le daría igual. Solo le gustaban las mariposas.

2 comentarios:

Juan Herrezuelo dijo...

Acaso haya entre todos ellos una corriente inapreciable a primera vista, un hilo de Ariadna que acaba en nosotros: el orden en que esos libros se agrupen en torno a su dueño y lector determinará la identidad del mismo por algún tipo de sortilegio imposible de explicar pero que se resume en el hecho de habitar una casa tomada por el amor a la literatura.
Un abrazo.

Manolo Delgado dijo...

A veces, es cierto, le entran a uno ímpetu de ordenar los libros, de catalogarlos y meterlos en cajas, para que no desordenen ni lo revuelvan todo cuando nadie les ve, de noche en sus estanterías, como si existiera un trasgo bibliotecario decidido a jugar con nosotros.

A veces, también, se acuerda uno, de repente, a mitad del sueño, de un libro que leyó hace treinta años, y duda si está en la biblioteca o se ha perdido, o prestado a alguien, que en el caso de los libros es casi lo mismo. Y hasta que llega la mañana y lo busca, y lo encuentra en el desorden, o no, no entra en paz ese espíritu inquieto de lector aficionado, asombrado con cada libro que se lee, o se relee y se vuelve a descubrir distinto, o llorando la pérdida de alguno, irreparable siempre.

Y es que, por suerte, esto no tiene arreglo.