8.1.22

8/365 La señora Danvers

 



Anoche soñé que volvía a Manderley. No hace falta que tenga un registro de la visita, no se precisa el concurso de la certeza, tan cabal ella, ni nada verosímil traído de allí al despertar, no sé, el olor de alguna de las alas vacías (las grandes mansiones tienen la costumbre de adoptar olores, se las puede reconocer por ellos) o el recuerdo (nítido y ominoso) de la señora Danvers, portando un quinqué por un ala de la mansión iluminada por los rayos de una tormenta. Luego vendrá el descubrimiento de la verdad y la decisión de confiar al fuego la memoria de las cosas. En el depósito firme de ese sueño no se me reveló la razón por la que el agria ama de llaves adora como lo hace a la finada señora De Winter, a la Rebeca del título de la novela de Daphne du Marier y de la película de Alfred Hitchcock. Ni uno ni otro desearon contar nada más allá de lo sucintamente preciso. Ella representa el mal, en eso estuvieron los dos de acuerdo. El mal como una forma precisa de comportamiento, el mal oscuro y aristocrático, el mal como una de las formas más logradas del odio o se puede decir a la reversa. Porque la señora Danvers odia con absoluta credibilidad. Se aprecia ese odio en cada una de las tomas en las que podemos ver más de cerca su desquiciado rostro. Nadie va a ocupar el lugar de su niña bonita, la que aparece tiempo después, la pobre, muerta y varada en la costa, como una sirena. Hará cuanto pueda para que fracase el segundo matrimonio del señor de la casa, que es un elemento accesorio. Es la señora Danvers la que custodia el recuerdo de su señora, la que no permite que nadie se vista como ella, la que (llegado el caso) hará (atención, spoiler) que la mansión sea pasto de las llamas. Siempre que uno ve arder Manderley siente que no era real. Arde como si fuese producto de un sueño. No es que anoche soñáramos con Manderley: es que no existe Manderley, es una invención, forma parte de la ficción de los sueños, una quimera de fuego. Ella es maldad de la buena; nosotros, el objeto lento de sus desquicios. No habrá mansión, no digo ya una que arda hasta los cimientos, en la que no esté ella, la ama de llaves celosa de su dueña, quién sabe si secreta o públicamente enamorada de ella (Hitchcock no lo cuenta, du Marier tampoco) y que no tiene miramientos para preservar ese amor por encima de todas las circunstancias.

7.1.22

7/365 San Juan de la Cruz


 

I

Primero la purga. En cuanto está limpia la senda es la luz la que acude. En tromba, diáfana, pura. En esa epifanía es cuando se produce la sublimación, el goce del amado y la amada, el matrimonio del cuerpo y del alma, a decir del Santo Juan de la Cruz, que abrevó en ella y encontró en la espesura el esplendor y la gracia. Creo oírle: deseo agradar a Dios, ser deleite suyo, confiarle mi corazón, dejarlo henchido a su merced, liberado de las trabas de la carne, ungido y febril, como el pecho del enamorado cuando se le encabrita de pasión y encuentra cauce y depósito de su ansia en el otro. 

II

Estaba el Santo inflamado de ese amor, sin mirar nada más, ocupado en el trajín de esa perfección sin palabras. Porque las palabras flaquean, suspenden su ardor y quedan sin fuelle, inermes, como si estuviesen vacías. Roto juguete de uñas manos torpes. Clamaba  cuando su amada andaba en fuga y él, transido y demudado, la perseguía. Le urgía acechar y ser acechado, concebir y ser concebido, ver la luz y dejar que la luz impregnara a su paso más luz y se ahondara vívidamente la clara senda. No hay mortificaciones del alma. Se apresura el sentido común a despreciar sus invitaciones. Se vive mejor lejos de la clausura, en el espacio abierto, donde el cuerpo festeje su vuelo. La morada es dulce, el cautiverio es limpio. No desviarse el espíritu de su camino, volver sobre sí misma por ver que lo buscado afuera reside adentro, como escribió Boecio. Parece que los tiempos están cambiando sin remisión. Eso lo cantó Loquillo con sus Trogloditas. Una mística pedestre. Una casa sin sosegar. . 

III

Lo que no hay ahora es mística, ni cielo con su vértigo dentro. A todo se le impone un peso y una tasa, todo está registrado y confiado al tribunal del mercado. Al alma se la cuestiona, no hay alma incluso. Tener una, aunque sea una pequeña y en construcción, todavía ignorante de las cosas del mundo, sin sosegar la casa ni cuidada, un alma todavía atenta a los primores de lo real, no a la vocación del pensamiento. No se la puede envolver ni puede extraer de ella rendimiento bursátil. Se afana uno en cultivarla, pero todo son obstáculos, hasta suspicacias. como si dedicarse a ella no fuese conveniente o contraviniese alguna otra dedicación de más fuste, más de ahora, puede decirse, pero tampoco se sabe bien qué es lo de ahora, a qué atenerse, con qué quedarse. Extraña que el alma haya sido apartada, no expuesta en la trama, rebajada o sencillamente cancelada su influencia. Interesa que no esté: cuanto más evidencia haya de su existencia. Los tiempos están cambiando. Quién sabrá qué acaecerá mañana. Si en la noche oscura se inflamarán los amores

6.1.22

6/365 Edward Hopper


 

Uno quisiera estar solo en ocasiones, solo como están los personajes de los cuadros de Hopper, solo, sin el afecto poético de que existen los otros y que de alguna forma nos confortarán cuando los veamos y pedirán que contemos con ellos para lo que se nos ocurra, las cosas de los días, el apero de las noches, pero no podemos evitar dejarnos embaucar por la tristeza, permitir que nos conduzca y entenebrezca, a sabiendas incluso del mal que su mala administración puede ocasionarnos. Se tiene de lo triste esa percepción decadente, no hay placebo a veces, ni consuelo conocido. Hay tristezas en las que se confía ciegamente. Cree uno que habrá un rédito artístico. Como si esa hondura del ánimo de verdad abriera el numen o lo reformara o simplemente extrajera de su oficio las maneras más nobles, las de más fuste, todas las que sabemos que andan ahí, a escondidas, tutelando la belleza. No sé qué podríamos sentir si fuésemos un personaje de un cuadro de Hopper. Él estaba en posesión de esa inspiración. A lo sumo conocemos la pérdida, la sensación absoluta de abandono, la creencia de que el mundo está ahí afuera, girando, obstinado, terco, y de que nosotros, los que miramos una taza de café en un bar muy cutre de una estación de tren o los que miran por una ventana. Está en Hopper un estado de ánimo que ya hemos tenido. Él viene cuando nosotros vamos. 


De Louis Armstrong se decía que era capaz de pulsar cualquiera de esos estados con su trompeta. También Shakespeare. A Hopper le pasa lo mismo con un lienzo. La conmoción de la soledad o del silencio o del desencanto se distrae con el atrezzo en sus cuadros. Siempre hay una voluntad lírica, y también narrativa, poderosamente literaria, de que el escenario al cual se vincula la idea misma de la pintura desprenda la misma vida que los personajes que la pueblan. Es el vacío el gran tema y de él salen todos los demás. Uno está a veces vacío como lo están los personajes de los cuadros de Hopper, solo, no sabiendo con certeza qué paso dar después, si ir o pensar en el regreso, sin saber cómo contar a los demás o a uno mismo la dureza del trayecto, toda esa orfandad con la que se encara la consecución limpia de la trama. La pintura de Hopper te hace sentir esa parte que no aflora: gente a la que ves y que, sin decirte nada, te explican todo a lo claro, te susurran al oído, con ternura a veces, la mecánica de las cosas, el modo en que se entrelazan y acoplan, el sentido de la realidad o, en todo caso, una parte de él, la asequible, la que se puede comprender.


Hay cuadros que no son de Edward Hopper y parecen suyos. Cuadros y fotografías y fotogramas de películas y escenas de la vida real. Hay mucho Hopper en lugares en los que no se le espera. Hay también fotografías que le pertenecen sin que sepamos que se valiese de la cámara para contar el mundo al modo en que lo hacía con un lienzo. Lo extraordinario es esa intención narrativa que ofrece una historia de la que sólo sabemos un fragmento, ni siquiera tiene que ser el primero, tal vez uno alojado a la mitad o al final de la misma. Hopper hace cine sin que se hile un fotograma a otro. En cualquier momento podremos observar cómo el hombre sentado en la cama se levanta y recoge con meticulosidad sus cosas en la maleta o se desviste y se afeita morosamente o se asoma a la ventana y escucha el ruido de la realidad que no existe en su habitación de motel. Podemos observar la mujer que mira a través de la ventana el pasar de unos trenes. Imaginamos que desearía ir en ellos. la ventana es la clave por la cual accedemos al paisaje. Porque Hopper es un maestro en convertir en paisaje la habitaciones de los moteles. Un paisaje es un personaje que no reconoce la primacía de la trama, sino que va por libre e interfiere a la trama misma y, en casos excepcionales, se hace personaje y modela el devenir de los acontecimientos como si hablase o decidiera una posibilidad de entre otras. No sabemos nada del inquilino, ni tampoco del lugar en que se hospeda. Es una historia de fantasmas la que vemos. Hopper es el pintor de los fantasmas. Hopper los registra. No existe nada a lo que aferrarnos, no hay nada que pueda iniciar una historia y, sin embargo, ahí están todas las historias; en ese ensimismamiento que exhibe el señor de la fotografía, están todas las ramificaciones posibles. Como si fuese un Aleph, el infinito Aleph que mi temerosa memoria no abarca,  alojado en una carretera secundaria de la América profunda y en la quinta porteña de Beatriz Viterbo que anheló Borges. Se ve todo, a todo se le cursa trayecto, en todo se oficia la ceremonia de la memoria. El pintor de la soledad, le dicen. No sé si es soledad de verdad o lo es sin que acabe por doler. La suya es una soledad reposada, no hiere, no nos hace sentirnos más solos de lo que estábamos, pero infatigablemente nos provoca la sensación de que es nuestra. Somos todos los personajes que pinta Hopper. Estamos en ellos, los entendemos, sabemos qué piensan, nos pertenecen.


Autorretrato, Edward Hopper

5.1.22

5/365 Alida Valli


 




Fue la novia de Harry Lime alejándose del cementerio en la bruma nostálgica de la cítara de Anton Karas, pero pudo haberse dejado amar por Holly Martins. Fue Anna Schmidt para Carol Reed pero también fue la musa de Hitchcock o de Visconti o de Antonioni o de Passolini, que ahora recuerde. Vuelvo a El tercer hombre: entre la tristeza sin aristas de Martins y la navaja encendida de Lime, yo me quedo con Anna. Por las calles de Viena. En blanco y negro. En una mañana fría de navidad en Córdoba, vi por primera vez a Alida Valli. Luego he visto algunas películas en las que esta dama italiana del cine ponía su rostro enigmático, duro, hermoso como un adjetivo en la nieve (Senso, El proceso Paradine, El grito) pero nunca tuve esa sensación de plenitud óptica absoluta. Anoche, ojeando una revista de cine, apareció esta fotografía. Contaban que había muerto. No lo sabía. Una revista antigua: ya hace unos años. Entonces busqué El tercer hombre. No la vi entera entonces. La tengo completa en la cabeza. Busqué el final. La cítara. El cementerio. Joseph Cotten, el novelista de serie B, el derrotado. Alida. Era muy hermosa.

4.1.22

4/365 Ignatius J. Reilly

 





"Cuando un verdadero genio aparece en el mundo, se lo reconoce por este signo: todos los necios se conjuran contra él".

Jonathan Swift


Ignatius J. Reilly tiene un pijama de franela y lee filosofía medieval en la cama mientras su señora madre le prepara unos huevos con tocino y le anima a que se levante y busque trabajo. Ignatius, nuestro ya para siempre entrañable, glotón, irreverente y sabihondo Ignatius, no se cosca, no se da por aludido, elude cualquier responsabilidad que le distraiga de su verdadero oficio, que es la holganza y la cruzada contra el género humano en general, incluyendo a quienes han padecido irritación de colón y los que no, a los que han leído la Biblia en latín y los que no la han leído en ningún idioma, a los que gimen y a los que ríen, sin que exista consideración que pueda salvar a ninguna de esas individualidades de su verborrea desquiciada. Su padre libresco, John Kennedy Toole, se suicidó a los 31 aplicándose el humo del tubo de escape colado por la pequeña ranura que dejó en su Plymouth. Era 1969. En 1981, La conjura de los necios, la novela que causó el sacrificio, por la que Thelma, su madre, convirtió en una cruzada, se publicó y se hizo una pequeña (irrelevante) compensación estética o moral o intelectual. Las novelas nacen siempre sin certezas. No ya la de los lectores, que es un escrutinio soberano, sino sin la de la imprenta. Nacen, se difunden entre amigos y no prosperan, no alcanzan ni siquiera la balda más humilde de la librería más pequeña.


Ignatius J. Reilly tiene un vocabulario formidable. Lo emplea con absoluto magisterio, no incurre en expresiones usuales al vulgo y se empecina en que ninguna traba, ni lingüística ni de otra índole, le aparte de la gesta literaria de su Cuaderno Gran Jefe, en donde consigna sin vacilación ni flaqueza, la demolición de la sociedad tal y como la conocemos, arrogándose el noble título de Historiador Único de esa circunstancia. La rueda de la fortuna había aplastado la clavícula de la Humanidad, escribe gozosamente, aplaudiéndose él mismo (esto es magnífico, se apresura a decir entre línea y línea) y exhibiendo su propia condición humana: infantil, grotesca, enciclopédica y, las más de las veces, misántropa o, más afinadamente, con más alegre denuedo, misógina. Por lo demás, Ignatius es feliz en su desacato al orden, en su vida beligerante y anárquica. Todo lo confía al ingenio lingüístico y la creencia de que es un ser privilegiado, magnífico en cualquier sentido, así que a todo le impregna su cinismo, que es una extensión culta de su inmadurez, deduce el lector. Ignatius, a pesar de las facultades con la que fue alumbrado, es un paria de la sociedad, uno de esos espíritus sin ocupación que pendonean aquí y allá y únicamente necesitan que se les alimente (ahí tenemos a la madre, peculiar donde las haya) y procure las atenciones domésticas más sacrificadas. 


Ignatius tiene por cabeza un globo carnoso al que aprieta una gorra verde cazador. No habiéndose cortado el pelo cuando debió hacerlo, carece de orejas, tapadas por la abundancia capilar y por las orejeras de la dicha gorra. Un protuberante bigote negro lo hace mayor, pero los ojillos delatan una infancia sin acabar, asunto de la mayor importancia en el deambular quijotesco del personaje. Unos generosos pantalones de tweed disimulan las carnes fondonas. La camisa, franela del mismo hilo que el pijama, hace que sude copiosamente, más cuando arrecia el calor de la primavera o el rugido feroz del inclemente verano. Por lo demás, Ignatius cumple con Dios y con las modas. No sé de dónde saca que ese atuendo, el descrito (franela, gorra con orejeras y recio pantalón de tweed) cree la impresión en quien lo mira de que estamos ante un personaje de rica vida interior. Siente desasosiego a poco que las variadas circunstancias lo cercan, de modo que reclama que su madre lo transporte a casa y lo libere del tráfago de la gente común, que no está a su altura y de la que en mayor o menor (elijo mayor) medida rehúye. El barrio francés de Nueva Orleans está lleno de gente de poco fiar. Gentuza podría ser  la palabra idónea, la que más cuadra en la composición de este enfoque rápido sobre nuestro sujeto.


Ignatius tiene la debilidad de la carne y acomete con fruición un poco ya desmotivada las satisfacciones que le exige. Se alivia a mano, cuando puede, sin que esa desviación del recto proceder, según diría su madre, le cause mayor perturbación. Le preocupa más su vientre abombado, que le dará un susto cualquier día, a poco se descuide o incluso haciendo caso de los consejo maternos y comiendo a las horas pensadas y no permitiendo que toda esa basura de hamburguesas y perritos calientes le perfore el estómago y le haga engordar lujuriosamente. Un medievalista como él podría prescindir de los peajes del cuerpo y valerse únicamente de su privilegiado cerebro, pero no hay manera de que ese anhelo metafísico se cumpla, no es posible librarse de las ataduras de la carne sin que su adorada cabeza se vea seriamente afectada. Oh Fortuna (dice en un tramo de la historia), oh Deidad Ciega y Desatenta (grita) dime qué murmuras sobre mí, atado estoy a tu rueda (recito de memoria, no será así el comercio de las palabras), no me abandones, cumple conmigo, hazme sentir la bondad de tu gracia, etc.


Ignatius no sería Ignatius sin el patrullero Mancuso y sin su novia Myrna. Tampoco sin su adorada madre, Irene. Ellos tampoco serían quienes son (Mancuso y Myrna e Irene) sin el atribulado concurso de nuestro exótico antihéroe. Con ella tiene la más hermosa relación epistolar que uno pueda recordar en la literatura que ha leído. Mancuso merece texto aparte, por lo hondo de su bonhomía, por sus precarias habilidades profesionales. Hay mucho spin-off en La conjura de los necios, la maravillosa única novela de J.K. Toole, la que le hizo quitarse de en medio, al no verla en circulación. Pobre talento perdido. Nueva Orleans es el centro del cosmos. Ignatius es el pequeño demiurgo. Fue Reilly quien mató a Toole, podría decirse. Hay personajes contra los que sus creadores sucumben. Parecería que sucede más comúnmente a la reversa. El autor es el sacrificado, él es quien se aparta y da paso a su creación. Como un dios al que su obra le ha causado un daño terrible o cuyos resultados le parecen prodigiosos o lamentables, no cabe el término medio.

3.1.22

3/365 Buster Keaton

 

Enrique Vila-Matas en El traje de los domingos cuenta una anécdota fantástica sobre Buster Keaton. Estaba el hombre en su lecho de muerte, arropado por sus más íntimos, cuando alguien dudó si había perecido o, por el contrario, todavía latía su corazón. No contando con recursos para resolver esa incertidumbre, procedieron a expresarla. Está muerto, dijo uno. No lo está, añadió otro. Tócale los pies, los muertos siempre los tienen fríos, cerró un tercero. Buster Keaton, que estaba vivo, en un hilo de voz, respondió: "Juana de Arco, no". 


A veces las caras de los cómicos son las más tristes. Quizá por eso sean los actores de más hondura dramática, los que de verdad alcanzan más nobles cotas en sus registros interpretativos. Aceptamos sin chistar que hacer reír cuesta más que provocar el llanto. El melodrama, al menos el más sencillo, no es difícil de componer. Basta que alguien se muera o una tragedia se le cruce. Curiosamente los grandes actores (y actrices, no se me agiten los puristas de la ortodoxia) suelen venir de la alta tragedia, de un Shakespeare sin rebaje léxico o de un método de estudio cincelado en el escenario de un teatro, alejado de las cámaras de cine. Al actor serio le cuesta más convertirse en cómico que al contrario. Análogamente, el poeta es capaz de hacer una novela (porque domina los registros de la lengua y sabe los mecanismos de su hálito interno) pero el novelista difícilmente escribirá un libro de poemas. Quizá Buster Keaton no hubiese sido el actor impasible, el rostro granítico, si las bombas no le hubiesen dejado sordo de un oído en las postrimerías de la Primera Gran Guerra. Nunca sabemos qué hace que seamos lo que somos. De un modo absolutamente incomprensible, de escaso afecto a las leyes de la lógica, se nos etiqueta a poco que nos descuidemos. Se es un payaso a pesar de tener la cara de Buster Keaton. Es que es una contradicción enorme que, de entre todos los posibles registros interpretativos, hubiese elegido el de hace reír. Es más: Buster Keaton es un obrero de la risa ajena por tener la cara que tiene. Porque el ingenio maquina adentra sus cosas y el rostro solo contribuye a esa plasticidad paradójica de su ejecución, al torpe aliño de gestos que a veces se interpone entre la idea y su rendición al público.

2.1.22

La impureza


Como lector, acepto con gusto que me engañen. Cuanto más, mejor. La mentira tiene las alas más hermosas que la verdad, que es gris y está disponible sin que nos la cuenten. No es la verosimilitud lo que busco cuando leo. Mi credulidad es casi absoluta. Me trago las ficciones en las que el mundo no lo escriben como yo imagino. Admiro a quienes me muestran el envés de las cosas. Su lado obvio, el que los sentidos registran, no lo eludo. Incluso algunos de mis escritores favoritos son albaceas de esa realidad pura, dura, lírica, hosca, fría, violenta o amorosa como un abrazo. No me planteo elegir entre Carver o Cortázar, entre McCarthy y Borges. Acepto que escribir sobre la realidad entraña una dificultad que a veces no posee escribir inclinado a lo fantástico. Dice Carver más sobre lo humano (o Chéjov o Hemingway o Marías) en un cuento de diez páginas que otros en novelas enteras. Y no es la concisión de lo que hablo, sino de la voluntad creativa, del conocimiento formidable de la condición humana, volcada en un cuento, en una película, en una representación teatral. Aunque mi educación literaria es más de Borges, se entusiasma más en sus mitologías, en su aleph panteísta, en su monumental cosmogonia. Lo fantástico me hace viajar. Imagino que, cuando leo, deseo es: un viaje, una fuga, pero no hay viaje que no salga de lo real y vuelva a lo real, ninguno que se quede únicamente en las alturas, en las afueras, en esa periferia apetecible de lo que no se advierte a simple vista. Toda la problemática de la novela, si es que la hay, proviene del hecho mismo de hablar sobre ella, de sacarla del lugar invisible en que no deseamos que esté y ponerla en circulación. Hablemos de las novelas. Que las que leemos sean parte de las conversaciones que tenemos con los demás. Que la literatura sea una extensión de la vida. Soy crédulo, soy inocente, soy puro,  y me dejo mentir, me ofrezco a que me perturben y hagan que toda esa pureza se pierda y que gane, lujuriosa, la ficción, la vida mentida, la limpia presencia de lo que no está al alcance. 

2/365 Neil Young

 



   A Caty Luz, allá en el norte, tan lejos, donde quiera que esté, con su pequeña arca de Noé de libros y de canciones. 


El cielo está siempre a medio hacer. Neil Young es un ángel sordo que no tiene claro si quiere entrar o quedarse afuera, si contarle a Dios la historia de la semilla o susurrarle al diablo los cuentos de la carne. Sabe que ha estado en los caminos, escuchando el lamento de la tierra, el gruñido de los hombres y la áspera noticia de que el mundo gira con desgana, pero él no ha perdido el tiempo y sigue manuscribiendo el salmo de América sobre un escenario, grabando discos estupendos (algunos más estupendos que otros) y dando conciertos de andar por casa, aunque sean en grandes estadios. Lo grande, si se mira con detenimiento, es a veces pequeño. Un granero  puede confundirse con una catedral. 

1.1.22

La bondad

Hay personas que hacen el bien. Lo aplican con el afán que no ejercen en otros asuntos, y adquieren, en esa disciplina, una suerte de destreza, a veces no volcada en ellos mismos incluso. Algunos se afanan por darlo muy a pecho descubierto, exhibiendo las maneras, haciendo ostentación de los gestos y de las palabras aprendidas. En un hipotético escrutinio, esta rama ocupa una consideración inferior. Por el contrario, en la cúspide, en una idílica cima, figuran los que lo ejercen sin que se aprecie esfuerzo, velada o anónimamente, convencidos de que no hay autor sino virtud, que no se refrenda un nombre sino un acto, como si esa labor insistente y altruista no ofreciese señal alguna con la que estabularla y proporcionarle una marca. Invisibles, dan cuanto pueden, procurando apartarse si se les reclama que luzcan y se muestren, que cunda su ejemplo y se les pueda señalar por la calle. No se tendría que observar que esa inclinación natural a procurar el bienestar ajeno se realice para obtener un beneficio a cambio, eso me parece lo más honrado, lo más correcto también. Se hace el bien y no se espera que nadie nos lo agradezca o devuelva. Hacer el bien y no mirar a quién, decían. Al término del día, quienes así actúan no hacen cuentas de las buenas obras que han hecho, ni de la bondad que hayan podido diseminar. No precisan el recuerdo de su trabajo para conminarse a proseguir en su magisterio y esmerarse en el del día siguiente con más ahínco o más oficio. No buscan aplauso, constancia de que fueron ellos los gestores. No tienen, que yo haya inferido, alguien al que rendir un informe. Ni lo hacen tampoco por Dios,, aunque la causa podría ser ésa, eso no altera el plan primero: el de la bondad. Idóneamente, lo hacen sin motivo, no hay (tal vez) ni propósito. Es algo natural. Quienes no profesan una religión no suelen pensar en si agradar o hacer el bien a los otros será también del agrado de la divinidad, aunque entre en lo razonable que lo sea. La excluyen, no dejan que interfiera en su labor, no requieren su presencia en los momentos de incertidumbre. Tampoco ponen al tanto de lo que hacen a quienes tienen más cerca. Los otros, los creyentes, funcionan de otra manera, aunque la empresa sea la misma. Quiero creer eso. Si perciben que su trabajo es demasiado evidente, se aplican en disimularlo. Prefieren, por decirlo de alguna forma, la sombra, el silencio también, y en la sombra y en el silencio progresan hasta que se alojan en la luz y en la palabra.

He hablado con gente buena, la tengo cerca, he visto cómo actúan, les he expresado mi admiración, les he dicho que yo no podría, que acabaría extenuado o triste o convencido de que no merece la pena ese esfuerzo estajanovista, esa voluntad firme de medrar en la bondad y de no presumir del medro. No desean recompensa, no la buscan, no creen que les haga mejores su cobro. Yo sería (me da por pensar) una especie de obrero de segundo orden. Haría el bien, buscaría con empeño y con entusiasmo el bienestar de los míos y de otros a los que no haría distinción. Se colige que estaría bien que se confortara al bondadoso con la bondad ajena. Sentir la necesidad de que alguien viniese y lo confortase. Querría que uno de ellos se sentase a su vera y dijese todas las palabras que su abatimiento anhela. No creo que esta legión de servidores del bien tenga una cofradía en la que compartir sus andanzas, sus éxitos, también sus fracasos, aunque no dudo de que tienen la facultad de reconocerse entre ellos. Los padres no delegan sus enseñanzas a sus hijos. No es una doctrina que perviva en el tiempo y tenga su épica y su libro de salmos. Insisto en lo fundamental de su anonimato. A veces pienso que si hay una brizna de amor en el mundo es porque ellos se sacrifican para que esa brizna se ice, tome vuelo y luego se esparza como si fuese una semilla. Uno de ellos, un poco a lo loco, sin pensar, me confesó que el mal es fuerte y que a veces se pierden las batallas incluso antes de acometerlas. Me lo refirió ayer a propósito de algo baladí, en apariencia. Me confesó que a veces prospera el desánimo. Que él mismo consideró la posibilidad de retirarse y ser como los otros y hacer el bien de cuando en cuando, no con la fijeza de ahora, con la secreta obstinación de ahora. Todo a lo que me entrego se hace rico, dejándome a mí pobre. Esa cita es de Rilke, el poeta. Se la recité. Hace mucho tiempo que no le veo. En algún momento he creído ser como él, ser uno de ellos, pero me ha vencido la flaqueza, se ha ocupado de hacer que se arrodille ese ansía mía por derrotarla. Soy débil, somos débiles. 

Creo que se prefiere ser consolado a consolar, aunque la voz activa y la pasiva sucedan a la vez  de cuando en cuando. Se vive mejor cuando nos curan y nos halagan con los cuidados que cuando aplicamos nosotros la cura y nos esforzamos en los cuidados, piensa equivocadamente uno. Es mejor regalar que nos regalen. Quien se esmera en dar con el regalo idóneo es a él a quien le está rindiendo un presente. Él es el agasajado. Ahora mismo, sin ir más lejos, mientras escribo esto, empezando el día y el año, pienso en si alguno de esa legión de ángeles benefactores lo leerá y le incomodará que hable de ellos y de que secretamente existen. Por otra parte, no es posible que les importune mucho, no hay nada que les arredre, ni que les abata. Hoy, al salir a la calle, te cruzarás con alguno. Los tendrás cerca, amarás a alguno, aunque no los reconozcas. Están ahí, perdidos en la muchedumbre, como soldados de una causa mayor que ellos mismos, como fantasmas. Son las buenas personas de las que a veces te hablan y no ubicas y no sabes dónde se encuentran realmente. Si abundaran, lo harán, otro mundo sería éste. Que no lo sea es signo de algo. No sé de qué, no doy con esa nomenclatura. Ser buenos puede ser el deseo con el que arrancar el año. Luego se vienen abajo los propósitos, pero qué bonito haber pensado eso, tener esa convicción y salir a la calle y ver la luz ocuparse en agradarnos. 

1/365 Charlie Parker

 


En noches como ésta una hemorragia cándida y dulce vacía mi cuerpo. Desaloja  primero la voz, luego me arrastra al hueco del sueño. Ahí hago sutiles navegaciones elementales, cubro distancias de azúcar, paisajes de plástico, extensiones que a mi paso se ondulan y arquean, se pierden en un punto y súbitamente aparecen luego en otro, turgentes, plenas, respirando con un pulmón de dios el aire sublime de toda esta pereza increíble o de esta soledad ahora ya pura. O quizá sea el cansancio y el whisky y la luz delicada del flexo en los cubitos. Está la lengua flambeada de vértigo y yo, Charlie Parker, estoy detrás, soplando como un condenado mientras afuera la noche mira extasiada y se ofrece lasciva. Estoy tocando ayer. De mañana no se sabe nada. 

Jazz / 19 / Tete Montoliú

Solía decir que cuando se miraba al espejo veía un pianista negro. También que prefería un músico con el que tocara del que supiera que era ...