Fue la novia de Harry Lime alejándose del cementerio en la bruma nostálgica de la cítara de Anton Karas, pero pudo haberse dejado amar por Holly Martins. Fue Anna Schmidt para Carol Reed pero también fue la musa de Hitchcock o de Visconti o de Antonioni o de Passolini, que ahora recuerde. Vuelvo a El tercer hombre: entre la tristeza sin aristas de Martins y la navaja encendida de Lime, yo me quedo con Anna. Por las calles de Viena. En blanco y negro. En una mañana fría de navidad en Córdoba, vi por primera vez a Alida Valli. Luego he visto algunas películas en las que esta dama italiana del cine ponía su rostro enigmático, duro, hermoso como un adjetivo en la nieve (Senso, El proceso Paradine, El grito) pero nunca tuve esa sensación de plenitud óptica absoluta. Anoche, ojeando una revista de cine, apareció esta fotografía. Contaban que había muerto. No lo sabía. Una revista antigua: ya hace unos años. Entonces busqué El tercer hombre. No la vi entera entonces. La tengo completa en la cabeza. Busqué el final. La cítara. El cementerio. Joseph Cotten, el novelista de serie B, el derrotado. Alida. Era muy hermosa.
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