3.1.22

3/365 Buster Keaton

 

Enrique Vila-Matas en El traje de los domingos cuenta una anécdota fantástica sobre Buster Keaton. Estaba el hombre en su lecho de muerte, arropado por sus más íntimos, cuando alguien dudó si había perecido o, por el contrario, todavía latía su corazón. No contando con recursos para resolver esa incertidumbre, procedieron a expresarla. Está muerto, dijo uno. No lo está, añadió otro. Tócale los pies, los muertos siempre los tienen fríos, cerró un tercero. Buster Keaton, que estaba vivo, en un hilo de voz, respondió: "Juana de Arco, no". 


A veces las caras de los cómicos son las más tristes. Quizá por eso sean los actores de más hondura dramática, los que de verdad alcanzan más nobles cotas en sus registros interpretativos. Aceptamos sin chistar que hacer reír cuesta más que provocar el llanto. El melodrama, al menos el más sencillo, no es difícil de componer. Basta que alguien se muera o una tragedia se le cruce. Curiosamente los grandes actores (y actrices, no se me agiten los puristas de la ortodoxia) suelen venir de la alta tragedia, de un Shakespeare sin rebaje léxico o de un método de estudio cincelado en el escenario de un teatro, alejado de las cámaras de cine. Al actor serio le cuesta más convertirse en cómico que al contrario. Análogamente, el poeta es capaz de hacer una novela (porque domina los registros de la lengua y sabe los mecanismos de su hálito interno) pero el novelista difícilmente escribirá un libro de poemas. Quizá Buster Keaton no hubiese sido el actor impasible, el rostro granítico, si las bombas no le hubiesen dejado sordo de un oído en las postrimerías de la Primera Gran Guerra. Nunca sabemos qué hace que seamos lo que somos. De un modo absolutamente incomprensible, de escaso afecto a las leyes de la lógica, se nos etiqueta a poco que nos descuidemos. Se es un payaso a pesar de tener la cara de Buster Keaton. Es que es una contradicción enorme que, de entre todos los posibles registros interpretativos, hubiese elegido el de hace reír. Es más: Buster Keaton es un obrero de la risa ajena por tener la cara que tiene. Porque el ingenio maquina adentra sus cosas y el rostro solo contribuye a esa plasticidad paradójica de su ejecución, al torpe aliño de gestos que a veces se interpone entre la idea y su rendición al público.

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