6.7.19

Gestos


“No suspires, no frunzas las cejas”. Es un verso de un vals pillado en un cuento de Ray Bradbury que me regaló hace cosa de un mes mi amigo José Antonio. Me agradó mucho el encabalgamiento silábico en “fruncir las cejas”. Desde que lo leí, he procurado observar ese protocolo, no salirme de su sana recomendación, la de no suspirar, la de no fruncir las cejas. Hay días en que no me cuesta trabajo en absoluto. Hay otros días en que no se me ocurre otra manera para expresar mi relación con la realidad y suspiro y frunzo. Debo confesar que es una relación compleja. La de quién no. Ayer, sin ir más lejos, comenté a un amigo la conveniencia de respetar esas dos pequeñas máximas. Al escucharme, lo primero que hizo fue ensayarlas. Primero suspiró, después aplicó la frunción al gesto, descompuso el ceño y tan pancho. Le di la mano y prometí llamarlo en breve a ver qué tal le iba. Creo que le acabará dando la vuelta al consejo. Estoy por decir que le funcionará a la perfección. Hay gente que todo lo entiende al revés.

Asilo


Hay quien es conocido por lo que otros cuentan de él. Alguien se preocupa de contarnos. Tiene de nosotros la propiedad que no se le ha concedido, ni invitado a usar y se maneja en ella con empecinada soltura. También nosotros nos ocupamos de que los demás tengan su relato sin que se nos confíe esa intendencia. Alguna vez se me ha ocurrido que todos contamos con biógrafos invisibles, cronistas de lo ajeno, gente recia de ánimo en el decir, en el pensar previo e indispensable, disponibles siempre, se les dé cartas en la trama o no, invitados o rehusados en el comercio de las relaciones.

Soy lo que se cuenta de mí tanto como lo que yo voy rutinariamente contando a voluntad, sin mostrar nunca lo más mío, por más que parezca lo contrario. Percibo a veces que una de esas personalidades prospera más que la otra. Que la preferida por mí o aquella en la que me manejo más a gusto no siempre es la que se espera. Tal vez yo haya alentado biografías falsas de quienes conozco, aprecio o amo. Entra en lo razonable. Son varios los personajes en los que depositamos el personaje principal de la sustancia de nuestra existencia. No podemos controlar el texto de esa narración. Se fía a la prudencia del relator, se espera que no desbarre, ni se esmere en las partes menos mostrables, las que no queremos que trasciendan.

No sé quién me cuenta, en fin. Cómo podría. Si el trasunto narrado me deja bien parado, es lo esperado, o es lo turbio y lo gris lo que acaba difundiéndose y lo reconocido afuera. Hay turbio y hay gris, hay ese fluido entre lo glorioso y lo penoso, entre la luz y la sombra. Por otro lado, a lo aprendido, importa poco o nada toda esta literatura. Dirán de nosotros lo que no procede, suele pasar, lo que se le ocurra al improvisado y sobrevenido contador, recurrirán al rumor o se formarán la opinión equivocada y hasta a veces urdirán falsedades, lo que no se ajusta a la verdad, pero es que la verdad está desprestigiada, se prefiere que no concurra, se ha ganado la fama de aburrida. Es la ficción la que irrumpe con más festiva presencia. La verdad es una construcción interesada. Siempre hay quien gana y quien pierde con ella. El verdadero negocio del alma no es la verdad, ni su anverso, la mentira montaraz y cruel y también creativa, sino la belleza. El mundo está a su estricta merced.

Cuando se constata que ese mundo está yéndose a pique, nada anormal ese pensar, es la belleza la que acude y lo endereza. Todo lo que hacemos está impregnado de belleza o de ausencia de belleza. Esto que escribo bajo unos árboles en la entrada de un hospital es una solicitud de amparo en el mundo. Verdad y sueño. Está a veces uno desamparado y clama asilo escribiendo. Queda el amor. Al final solo el amor nos cuenta a los demás y nos explica a nosotros mismos.

5.7.19

Dios

Para mi amigo Pedro del Espino, que está escuchando.

Cuesta deshacerse de algunas costumbres. A veces ni se tiene constancia de que existan. Te percatas de ellas cuando no las haces. Son más nuestras cuanto más se nos escapan. De pronto echas de menos algo de lo que no tenías noticia. Son más tuyas cuento menos sabes. Algo así como la fe. A Dios se le añora cuando se le precisa. Un poco como Santa Bárbara y la lluvia. Hoy pensé en Dios nada más abrir el día. Pensé en si pedirle algo. Que mi padre remonte su enfermedad (lo está haciendo, lo está haciendo) o que a  los sátrapas del mundo se les despeñe el corazón por la boca en mitad de un sueño (nada doloroso, Dios mío, no hace falta que sufran) y despierten disminuidos de mala leche. Cosas pensadas sin pararse uno mucho. El interregno de los deseos. No sé a lo que está Dios. Si apresta su oído a las consideraciones de todas sus criaturas, incluyendo hijos reclamando salud para sus padres o padres anhelando bienestar para sus hijos o frivolidades del tipo dame suerte en el cuponazo de hoy o haz que mi equipo de fútbol gane la decimotercera, etc. El etcétera es tan amplio que la lista de deseos de Dios debe ser infinita. La palabra que más le cuadra a Dios es infinito y ahí nos perdemos, en ese número inconcebible, en comprender esa numeración inasequible a nuestras humanas y mediocres facultades. La costumbre de dialogar con Dios debiera ser privada e inargumentable. Las aireadas parecen diluirse en el fragor de las otras. A Dios se le aplica un protocolo extraordinario, exento de las debilidades de los procurados en otros menesteres. Yo no le hablo mucho, tal vez nada, a fuer de sincero. A lo mejor es Él quien platica conmigo secreta y profusamente y soy yo el desatento o el insensible o el descuidado. Qué buen conversador sería. La de cosas con las que podríamos amenizar las horas. Se me ocurre que acabaríamos intimando, nos tutearíamos, yo le abriría mi corazón y Él no me confesaría que lo tengo siempre abierto. Porque Él tendría que estar al tanto de todas mis cuitas. Qué hermosísima palabra cuita. El suyo sería el mapa de la eternidad, por ponerme intenso, por ponerme místico. Un mapa continuamente ampliable, uno del tamaño del territorio que cartografía. Admiro y envidio a quien de verdad lo siente cerca y lo siente suyo. No es algo que uno pueda improvisar. Voy a creer, podría decirse. Pero no hay tal voluntad. Voy a imaginar que creo. Quizá en esa ficción funcione el diálogo. Literatura Pura. La religión (lo dejó escrito Borges) es una rama de la Literatura Fantástica. En días como estos, uno está sensible. No hay criatura sensible en la áspera y dulce extensión de la tierra que no piense en Dios y desee que le susurre algo al oído. A veces no hay voces articuladas. No se precisan.

Mudanza


I
Vidas de poco fuste o de más rica estofa o quizá goce de más crédito y asiento la idea de que no hay vidas ocupadas por un solo signo, pienso en Montaigne, sino que a todas las cruza invariablemente la riqueza y la pobreza, ambas incluso en un corto tramo de esa vida o hasta en un solo día.
II
Una parte de la felicidad consiste en no tener prisa. Otra en tenerla. La velocidad es el veneno. A veces es el acicate. Está desprestigiado el silencio. La quietud es lo contrario del capitalismo. El cerebro es una bestia sin temple ni esmero que se zampa lo primero que le echas. Tardas poco en acostumbrarte al ruido.
III
Hay momentos de una claridad mental aguda al máximo y otros en que no das una. Estos días de convalecencia y de zozobra. Esta escritura volátil. Este decir sin tregua.  Este árbol al que me arrimo y me consuela.
IV
Tengo la suficiente conciencia de mi mismo como para no confiar en absoluto en ella.
V
La tarde avanza sin escrúpulos. La noche se cierne como un abrazo.
VI
Al corazón le conviene la mudanza.

4.7.19

Memoria

Tuve la ocurrencia de poner en orden la memoria y revisé con pulcritud lo que iba encontrando. Vi partes oscuras a las que presté una atención menor. Me esmeré en lo más relevante. En la felicidad sencilla de los juegos. En el arribo mando del amor. Hurgué ahí con temor quirúrgico, me apliqué con tiento y me sorprendió la latencia de algunos recuerdos que bien podrían haberse difuminado. No sé si la soledad en la que se encontraban pudo mudarlos y convertirlos en otra cosa, no la sucedida, la vivida y ahora reclamada. No siendo fiable ese desempeño mío opté por aceptar lo que buenamente iba acudiendo a mi solicitud, lo que el azar escogía, a su secreta manera, sin pensar en si eran verídicos o fabulados. En esa pequeña confusión, rescaté episodios fantásticos y los rejuvenecí. Tuve de ellos la impresión de que eran recientes. Como transcurridos ayer o la semana pasada. Reales. No pude evitar conmoverme, no quise evitar conmoverme. Ese viaje un poco ocioso en el que me embarqué deliberada y juguetonamente me causó una zozobra terrible y dulce a la vez. Todo estaba al alcance y al tiempo tan lejos. Tan mío, tan ajeno. Tal vez convenga no tomarse nada excesivamente en serio, no emplearse en ese hallazgo, comprender finalmente que habrá una razón para que algunos recuerdos prevalezcan y otros sucumban al veneno del olvido. La memoria es una novela de la que somos autores y actores, tramoyistas y público, inspectores del fisco y hasta intendencia policial, por si algún incidente acaece. La memoria es un juguete precioso. Hoy me he acordado de la ocasión en que, siendo niño, me quedé encerrado en el ascensor con mi prima Rosa. Se lo acabo de recordar. Ella tampoco lo ha olvidado. El olvido no siempre es voluntario. Sucede con él lo que con las palabras. Perdemos el significado. Deliberada o fortuita o adredemente. Tuvimos la memoria, pero perdimos el significado. Eso último se lo leí a un poeta hace tiempo. No recuerdo quién. Se tiene esa impresión fragilísima, la mimamos o no le hacemos ni puñetero caso. Es todo tan fácil y es todo tan difícil.

Aire


Hay asuntos admirables que no cuajan en la memoria, por más que los presencies y reconozcas su trascendencia, por mucho que los consideres tuyos y reconozcas propiedad sobre ellos. A la reversa, hay asuntos livianísimos que se fijan en la memoria y de los que no puedes ausentarte, por más que razones su nimiedad, pero entran y salen a su antojadizo capricho, delatan su visitan, van aquí y allá y desaparecen, pero no puedes apartarlos de tu cabeza, ni rebajar su peso. Entre unos y otros, bebes café, paseas, escuchas a Bach, duermes, piensas que no estás bien constituido, que algo no se adhirió a tu sustancia vital cuando te arrojaron al mundo y sigues bebiendo café, paseando, escuchando a Bach, durmiendo. Por si en una de esas emanaciones del espíritu encuentras sentido al aire y al trayecto que lo aloja en tus pulmones y luego lo expulsa, por si cuadra la ecuación y tienes recursos para despejar la incógnita.

3.7.19

Mar

A mi amiguito Joaquín Arrebola Ordóñez, que va a pisar la tierra con botas nuevas. Me lo acaba de contar y nos hemos alegrado los dos.

He caído en la cuenta de que el verano es una ilusión óptica y otra acústica alojada a su costado metafórico. También una más, la más rigurosa, la térmica. Es el calor, que me nubla la escasa razón que voy ahorrando. No tengo nada contra el calor, hay gente cercana a mi con soberbio criterio que lo adora, pero yo no he sido capaz de tenerlo entre mis aficiones climatológicas. Nunca he sentido algo parecido al placer en presencia suya. Soy de frío, soy de invierno crudo, soy de estufa y mesa camilla hasta el cuello. Casi todas las cosas buenas en las que pienso cuando se me ocurre pensar en cosas buenas suceden en invierno. Si alguna accidentalmente sucede en verano lo atribuyo a una anomalía. Hay que considerar que vivir es una anomalía dulce, pero anomalía al fin y al cabo. Como el sur en el que vivo es el campo de acción de sus travesuras, no tengo escapatoria asequible. Me manejo como puedo en esquivar la fiereza del inclemente lorenzo, pero las paso canutas, hay días duros, no doy con la tecla, salvo que sea la del Mitsubishi, sin el que habría fallecido hace años y al que detesto cuando abuso de él por obligación epidérmica. Salvo por la libranza del trabajo, aclaro que los dulces no amargan, no festejo nunca la aparición del mentado verano. La acepto, sin más. Intimamos lo justo, por no martirizarme más de lo soportable. Hasta el paisaje es más grato cuando lo abraza el frío. 


Hay, sin embargo,  días de verano en que salgo de mi falso confort doméstico y me apuesto frente al mar, aspiro con vehemencia el azul del aire y dejo que el bendito sol me perdone. Por hablar mal de él, por no mirarlo con la gratitud que merece. Es el mar el que me rescata. Debí haber nacido marítimo. Me parieron tierra adentro. La tierra me fascina por la firmeza del suelo, por la felicidad de los árboles, por la insistencia mágica del paisaje, pero el mar es el anhelo, el mar es una extensión de la sustancia de la que estoy hecho. No hay paisaje más benefactor, no hay lugar en donde me sienta mejor. El mar hay que contárselo a alguien. La tierra también, Joaquín. Cuéntatela.

25.6.19

Amar el amor, no lo amado




Hace mucho que subrayo. También hago anotaciones. Manuscribo ocurrencias, palabras que afloran del texto, sin que estén, frases que me sobrevienen. Algunas incluso se alejan del motivo que las alentó; otras, las duplican, torpe y absurdamente las repiten. Albergo la idea de que escribir uno sobre lo escrito por otro crea un texto añadido, un postizo, que funciona a modo de prótesis, creando un agregado ficticio sin el que la lectura tiene entidad, peso, cuerpo y autonomía, pero a la que se le extirpa la dimensión del lector, que ha entablado un diálogo con ella y, como un palimpsesto, se lo ha incrustado. Se crea así una realidad supletoria de la que a veces únicamente quien la creó puede extraer un sentido.

Hago esta reflexión porque, en tiempos, subrayé y anoté con el afán del que cree (ya no) que no hay otra manera de leer. El subrayado, como tantas disciplinas, exige una constancia, una especie de tesón. No se puede hacer a lo loco, sin pensar en qué se está remarcando. Requiere un adiestramiento, un errar en las primeras veces, un divagar y un alejarse también. Porque se subraya para uno mismo. No hay un tercer lector, aparte del autor y de mí mismo. A mi amigo K. le pareció, comentado el tema, que es mejor no tocar lo leído, dejarlo como vino, no interferir en la presencia sólida y fiable (o no) del texto. Como si esas apreciaciones alteraran lo escrito, le dije. No sé bien a qué obedecía aquel vicio, ahora perdido. O lo sé y no encuentro ahora razones que alienten de nuevo su desempeño.Tal vez buscaba dar con una significado oculto o incluso el único significado. 

Quería saber si el esmero con el que me aplicaba mejoraba mi apropiación del texto. Si una novela anotada, subrayada, la hacía mejor novela en mi cabeza. Sé que, de repente, sin que nada lo prefigurara, sin un aviso visible, dejé de subrayar. Al acabar una novela, observé que no había usado el lápiz en ningún fragmento, que ninguna de sus líneas había sido pasado por ese rodillo subjetivo. A mis alumnos no les pido que subrayen. Una lástima. No pueden hacerlo porque los libros no les pertenecen. Se les da en préstamo para, al finalizar el curso, retirárselos y meterlos en bolsas (unas bolsas negras horribles) para que los reciban los alumnos de cursos inferiores. Pierden algo que yo disfruté muchísimo y que, visto ahora, me parece incluso altamente positivo. El subrayado hace que te conviertas en una especie de autor secundario, de autor detrás del autor. Hay frases enteras que es difícil no subrayar. Parece que, al hacerlo, se terminaran de alojar en la memoria, hiciesen allí residencia. Recuerdo haber reparado en pasajes enteros de Rayuela y, sobre todo, en los libros de Nietzsche publicado por Alianza con maravillosas portadas de Alberto Corazón. También, en menor medida, en esa misma colección, El Aleph o Ficciones de Borges y, más tarde, Los mitos de Cthulhu de H.P. Lovecraft. Un libro, si está estropeado, si se revela que ha tenido un uso intenso, es más valioso que el cuidado con mimo innecesario. La verdadera biblioteca es sentimental, no el acúmulo aristocrático de volúmenes pulcros y limpios en baldas muy ordenadas.

Dejé de subrayar sin que apenas lo notara. No saber cómo empezó hace que pierda sentido indagar en cómo acabó. Hubo, no obstante, cosas que gané: leer un libro como si se le abrazara, intimar con él, hacer que existiera una relación doméstica, privada, pura. Perdí (creo) la literatura íntima, la mía, la que se me impregnó y yo vertí en cada anotación. Lo terrible es que el libro, en muchos sentidos, quedaba resumido en la labor crítica del lector. De hecho, subrayar es ejercer una especie de análisis de índole crítico. Se purga, se criba, se le dan a unos trozos más enjundia o más fuste que a otros. Pareciera (no siendo así) que las partes sin subrayar fuesen de menor hondura o no hubiesen superado las exigencias que impusimos. Habrá un libro secreto dentro de cada libro. De alguna forma andará uno por ahí adentro, en los márgenes. El escritor que ahora pueda ser comenzó probablemente en esa periferia del texto. Resulta (además) muy curioso leer el libro que alguien ha subrayado o anotado antes. En esa suerte de palimpsesto a la luz, se puede crear una trama paralela o un pensamiento surgido al margen. La afición al aforismo que creo tener proviene sin duda de esa época. Después de haber escrito esto, en cuanto termine el que ando leyendo, que es en ebook y ahí acaba toda voluntad de escritura, buscaré un libro tradicional (papel de toda la vida, lomo y tapa dura, a ser posible) y cogeré un lápiz. A ver qué sale. Igual he perdido la habilidad de antaño. El tomado para ilustrar el texto es un libro comprado en 1986. Los hay más antiguos. Me gusta éste, de cualquier manera, El lector avezado sabrá de cuál se trata.

24.6.19

Perros que no ladran en un sueño


Alejandro Magno, al acostarse, con temor de que el sueño le privara de las cosas esenciales de la vigilia, ponía una mano fuera del embozo y, dentro de ella, amasaba con esmero una pequeña bola de cobre. Al caer dormido, al abrirse la mano, por el ruido de la bola precipitada al suelo, se despertaba y podía regresar a sus asuntos, todos de mayor importancia que los guardados en el sueño. La posibilidad de que la vida sea tan corta como para que no la distraiga el sueño es antigua. Hay sueños que pueden interferir más en la vida que la propia vida en esos sueños. De hecho, en lo que entiendo, se tienen algunos que rivalizan con ficciones poderosas leídas o vistas en una pantalla a o en trasiegos de la realidad, cosas vividas, episodios que son verídicos y han sucedido en torno nuestra. Algunos manifiestan con más vehemencia sus sueños, los difunden con mayor entusiasmo. Como el que escribe y de pronto se queda en blanco y no sabe por dónde tirar, hay sueños que concluyen de manera abrupta y que no permiten regresar a ellos, moldearlos, darles una especie de oportunidad para que terminen de contar lo empezado. Otros, muy sin embargo, interrumpidos por la injerencia de la realidad (un ruido en la habitación, una urgencia del cuerpo que hay que aliviar) piden a gritos que se les permita el regreso. Es entonces cuando uno desea conciliar el sueño de nuevo. Como el sueño ha estado ahí, tan cerca, acude prontamente. Lo que hago, al emboscarnos otra vez en esa bruma onírica, dejamos que la ensoñación acabe. La historia, la farragosa historia, en casi todos los casos, debe finalizar. Los sueños tienen desenlace, poseen el rigor de la mejor literatura, adquieren la rotunda presencia de una trama novelesca a la que nos entregamos con fruición y de la que no somos capaces de escapar. Se trata de no poner la mano fuera del embozo, bien sujeta la pequeña bola de cobre: por no permitir que caiga y nos despierte y perdamos la información fundamental, la que falta para que podamos recordar, al despertarnos, los caminos que hemos pisado, las vicisitudes que hemos vivido. El mío de anoche contenía palacios, no uno, sino varios, ocupaban todo el paisaje, apenas había distancia entre ellos, como si fuesen casas de esos barrios estándar que se ven en las películas. No sé nada más, no guardo nada más. Tal vez unos perros yendo de aquí para allá, olisqueando unos cajas con basura. No recuerdo que ladraran.

19.6.19

La realidad


Fotografía: Robert Mapplethorpe


Hay realidades que se juntan sin que exista voluntad por parte de ninguna de por medio. Algo parecido a lo que nos pasa a las personas. Vas por la calle y de pronto te fijas en alguien y su realidad se mancomuna con la tuya y hacéis una pareja. Lo normal es que cada cosa, por pequeña o grande que sea, suceda sin el concurso de las demás, pero no ocurre así; por más que cierta lógica lo refrende, es justamente al contrario lo que pasa. Que los extremos se alían, que hay asociaciones rocambolescas o absurdas o incluso imposibles. El tronco del árbol vive ajeno a que un coche se le incruste. Antes de que el agua le anegue los pulmones, el ahogado no relaciona su maquinaria respiratoria con líquido alguno, es el aire en lo que piensa. Una mujer se enamora de un hombre (hagan las variaciones que les plazca, no habrá problema ni anomalía por mudar los géneros) sin saber que ese hombre al que ama le va a empotrar una plancha en la cabeza y se la va a reventar. La realidad es patética a poco que se la mira con atención. Tiene fisuras por las que se adentra el caos. Una realidad, una vez que ha conseguido su rango caótico, muta a otras realidades similares y se gusta de modo que cuesta retornarla a su matriz inicial, la de la armonía, la del consenso entre distintos, pero el agua penetra en los pulmones y la plancha en la cabeza. Hasta el pez de la fotografía de Robert Mapplethorpe no cuadra con la hoja de periódico. Podría haber un texto sobre la pobreza en el mundo o sobre el avance imparable de la extrema derecha en Europa haciendo de cama de las tripas del pez de resultas que el hedor de la muerte de uno contagie al otro y no se sepa cuál de los dos es el que estimula la hediondez del aire. Lo real, esa maquinaria tangible, tiene también su reverso intangible.


El íntimo cuchillo / El oro de las palabras

  Ars poética / La palabra contiene el futuro. Lo que hace Pedro López Lara, en adelante el poeta, es tantear el fuego con el que fatigan el...