13.10.16

Mal lo de Dylan, bien lo de Dylan



Puestos a dárselo a quien no se lo merece o a quien, sin entrar en la categoría de escritores profesionales, hubiera destacado por su contribución a la literatura, ya sea en el formato del libro o en la canción popular, yo hubiese sugerido que fuese Leonard Cohen el agraciado en esta especie de lotería libresca en la que se han convertido los Premios Nobel. No entraré en que Juan Luis Guerra sea propuesto para que le concedan el de Química, ni que nuestro egregio Joaquín Sabina posee merecimientos para que se le premie con el Nacional de Literatura, por citar un galardón de fuste como lo es el Nobel de los suecos. No atiné en las quinielas que hice. No consideré que Bob Dylan fuese de verdad un aspirante serio, aunque en otras ocasiones su nombre entrase en la terna con los grandes conocidos o con los grandes desconocidos. Dylan, en ese aspecto, es de mi predilección. Tengo muchos de sus discos (no todos, no hay quien los tenga todos, salvo que se le adore fanáticamente, y no es ése mi caso) y aprecio muchas de las letras que ha convertido en canciones o las canciones cuyas letras son en este momento festejadas por los miembros de la Academia de Estocolmo.

La secretaria que se ha encargado de difundir su nombre ha dicho que Homero o Safo también escribieron textos poéticos cuyo modo de trascender fue la declamación o la inclusión en piezas musicales. Tampoco, de haber vivido en estos tiempos, hubiesen sido ganadores justos, como no lo es Dylan, por más que me guste su música y entienda que Masters of war, Blowin' in the wind, Subterranean homesick blues, All along the watch tower o la inmortal Hurricane (con ese mantra de periodismo poético) son letras muy pensadas, muy sentidas y muy concluyentes. No olvido que es un trovador de primer orden, pero el arte de la trova no está a la altura artística (literaria, metafórica) que la novela o la poesía. Quizá lo que no comprenda sea que no esté enteramente definida la cuestión de los géneros. Imagino que un humorista (un Lenny Bruce) que exhiba un dominio sobresaliente del lenguaje podría ser valorado en años venideros. Uno de esos cómicos  que hacen monólogos feroces y que, en su retahíla sobre el escenario, no dejan títere con cabeza, de los que zahieren con fina mordiente a los poderosos y se dejan abrazar por la clase popular, con la que ha crecido y a la que se inclina con humildad y agradecimiento. Incluso si nos apartamos de la lengua inglesa, que tanta gloria ha dado a la literatura, veo más a un Pablo Milanés o a un Silvio Rodríguez en la ceremonia, aunque ninguno de los dos haya tenido la influencia del bardo de Minnessota y sus mensajes (tan hermosos) no haya sido tan reverenciados. Hasta aquí la parte de mí que no entienda que le hayan dado el Nobel a Dylan.

La otra es la que festeja que el rock se inmiscuya en las letras. Ha habido grandes letristas, hay grandes letristas todavía. Si no ha sido Cohen, en su otoño, en su declinar sin dolor que hace unos días difundían los medios, debe ser Dylan. No precisa que una guitarra acompañe la restitución sonora de sus versos; tampoco que se reciten en reuniones de disidentes o de anti-sistema o de los pocos hippies que todavía existen o los que vendrán en el incierto futuro. Sus letras pueden ser leídas si hubiese decidido arrimarse al oficio de poeta (con editorial, con firma de libros en las casetas de las ferias, con entrevistas en los suplementos culturales de los sábados, todo eso) y pueden ser escuchadas con la banda sonora con la que él mismo las ha vestido. Una parte de mí celebra que sea Dylan, al que conozco bien y del que me sé muchas letras, y no haya sido uno de esos novelistas sin gran proyección previa, nacido en un país al margen del circuito literario o, si me permiten, capitalista. Ese festejo al que me refiero no es el que primeramente me ocupa cuando pienso en este Dylan agasajado. Siempre pensaré que esta lotería de los Nobel desoyó la conveniencia de que los verdaderamente buenos, los imprescindibles, los que eran clásicos cuando todavía podían coger el avión y recoger el premio, fuesen premiados. No lo fue Nabokov, ni Borges, ni Joyce, ni Cortázar, ni Proust, por pensar en unos pocos, no los únicos y quizá no los más damnificados. Mientras tanto, que hablen de Robert Allen Zimmerman, que se escriba sobre él, con admiración o sin ella, pero que el que no supiera haga el esfuerzo de buscar sus letras y raspe un poco a ver si descubre belleza o lo que quiera que la literatura traiga y le haga sentirse mejor persona y disfrutar un poco más de su estancia en este mundo. De eso, al cabo, se trata.

posdata:
además Dylan no tiene una hija que se llame Lorca. Leonard Cohen, sí.


7.10.16

Volver a casa



Volver a casa con el silencio dentro como una música. Eso tuve anoche. Hay días de una extensión insoportable que se alivian en esa quietud sobrevenida. Luego concilia uno el sueño sin buscarlo y sueña que todo es de espuma. La realidad de espuma. Como pompas de jabón.

27.9.16

Loco, pagano, feliz



Hoy he leído que en la Antigua Roma los dioses eran verdaderos para la plebe, falsos para el filósofo y útiles para el político. No creo que hoy podamos pensar en dioses. Nada ha cambiado dos mil años más tarde.  Ahora somos monoteístas, no hay pluralidad. Se venera un solo dios verdadero, da igual de qué religión sea. En lo demás, en lo que piensa el pueblo (la plebe es una acuñación semántica de rudo trasfondo; tampoco cuadra grey, que es una acepción de más fuste literario o de homilia) o los filósofos o los políticos, no se advierte que haya mudanza. Los políticos (ay) continúan amañando adhesiones, pactando acuerdos (menos aquí, menos ahora) o haciendo pragmática pura (demagogia, no podemos cambiar nada). Una de las debilidades de ese cronista de sus vicios es la fragilidad humana. Admiro eso, las partes débiles, lo que no triunfa, esa evidencia de que el fracaso es un mal necesario para que el espíritu medre de verdad y no se acomode. Creo que yo sería un romano feliz. No sé si caería del lado de los patricios o de la plebe o esclavo sin más. Encuentro placer en todo lo pagano. Los mejores dioses son los paganos, los humanos, los que pecan y dudan y hasta te echan el brazo al hombro y platican contigo mientras caminas, pero sin ponerse en tesituras teologales demasiado estrictas. No deseo que nada que no pueda ver me distraiga de lo que está a la vista. Por eso no soy creyente. De ahí mi incredulidad natural. Otra cosa hubiese sido que me nacieran romano. Lo poco que recuerdo, lo que he leído en libros y visto en el mucho peplum que me he enchufado, la vida a las orillas del Tiber, achispado por los licores de la tierra, aristocráticamente tumbado en cojines de seda, ofrecida la fruta en las bandejas, asistiendo a representaciones burlescas, escuchando esas declinaciones que en el instituto me traían por la calle de la amargura, pero puestos a elegir, ya que todo es un discurrir ocioso, me pido la filosofía. Qué adorable oficio si no termina en cicuta. Qué placer fatigar los jardines de las casas, el aireado atrium, poder decirle a Marco Aurelio, el padre total, el que deseaba estar en la fila de los locos, descreídos o fieles creyentes, pero locos. 

14.9.16

Escribir, mentir, aparentar

Hay libros que uno finge haber leído. Con algunos de esos libros mentidos se ejerce incluso cierto esmero en la crítica. Dice de ellos lo que escucha que dicen los demás y viste el comentario con alguna prenda personal, que evidencie la veracidad de lo dicho. Se cae en estas banalidades porque es imposible no haber leído a Balzac o a Kafka, yo qué sé. Podemos sustituirlos por Haydn o Beethoven. La cosa es no defraudar a quien desea que lo hayamos leído todo o escuchado todo. Tuve un amigo que poseía un talento especial en estas imposturas librescas. Tenía una cultura asombrosa que usaba satisfactoriamente en las reuniones de juventud. Prendaba a los que escuchábamos con sus atinados (creíamos que atinados) comentarios sobre la Revolución Rusa o la Caída del Imperio Romano. A lo que recurría M. era al escaso material que había caído en sus manos. Ese material, en otras, sería niebla pasajera: en las suyas era tierra firme, piedra sólida sobre la que edificar una conversación interesante. Una vez me confesó que no sabía tanto. No lo hizo con rubor, ni por justificar su teatro. Quería agrandar (en cierto modo era eso) su imagen en nosotros.


Se me ocurre una diablura más lúdica, de la que tal vez se extraiga un aprendizaje mayor o un divertimento con más enjundia o más insólito: fingir que no se han leído ciertos libros que sí hemos leído, hacer ver que ignoramos de qué tratan y dejar que los demás conversen sobre ellos, les den la opinión que les plazca. Imagino una escena excitante: la del que no presume y calla, pero sabiendo, y el que se explaya y perora. Se podría sacar de ahí un cuadro narrativo magnífico, no para componer una novela, o según quién la aborde, pero sí un cuento, uno de tono cómico, uno que exprese lo que las apariencias importan y la manera en que nos esmeramos en que brillen. Yo, pensando ahora, creo que no he presumido nunca de un libro que no haya leído. Mi cuota de mentira la empleo cuando escribo. Escribir es una forma de ser respetuoso con los demás. Ahora me voy a reconciliar con la buena mesa y con un sillón de orejas que me echa de menos últimamente. 

29.8.16

Ropas


Hay maneras de vestir que no cuadran con el contexto. Lo emborronan, hacen que parezca irreal incluso. Dicho de una manera resolutiva, el ojo no mira el escenario, sólo se esmera en los personajes que lo ocupan. Puede extenderse este argumento a la idea contraria: la del indigente o quien se viste pobremente que pasea una habitación lujosa y hace que no nos fijemos en ella, en la habitación, y sólo prestemos atención a su ropa. En el extremo, la desnudez también funciona como punctum máximo. La foto, extremadamente significativa, es de Ramón Masats. Yo sólo he tomado una idea. Hay muchas a las que arrimarse.

24.8.16

El que piensa, pierde





Que no, que no es cara, nunca es cara. Incluso siéndolo, en cierto modo, no puedo aceptar que digan que es cara. Porque a veces es cara, claro que sí, muy cara en ocasiones, pero al final resulta barata. Todo es ponerse a echar cuentas, a pensar un poco. Por cara que sea, la cultura sale bien de precio. Un disco de Britten despachado en diez euros, piezas dirigidas por el propio autor. El otro vi en una gran superficie una caja de tres compactos de Bill Evans en París. Doce euros, de verdad. Barata. Cuatro euros el compacto y un libreto interior con fotografías. Sé eso porque lo tengo en casa. A mí me costó más, pero nunca he pensado en eso. Más cuentas: con un euro tienes 10 minutos de Bill Evans. Yo tardo en tomarme un café en un bar esos diez minutos. Un poco más si hay conversación y puedo echar un cigarrillo mientras lo consumo. Con la literatura pasa lo mismo. ¿A cuánto sale el minuto de Javier Marías en Así empezó lo malo? Sale a tres céntimos la página. Acepto quien no convenga conmigo este razonamiento estrictamente económico. A lo que he visto, no dejo de comprobar que quien no escatima gasto en librerías, cines o tiendas de música, por no decir museos, catedrales o conciertos, es más feliz y exhibe esa felicidad de un modo más apreciable que quien no ha hecho ninguna de esas cosas y, pudiendo, teniendo con qué pagar, no ha pisado una librería, un cine o una pinacoteca. Lo que duele es que, aun barato, no lo sea más. Porque hay quien no puede gastar tres céntimos en Marías o cinco en Nabokov. Gente que privilegia otros asuntos que probablemente desbanquen a la cultura en ese concepto difuso llamado primera necesidad. ¿Lo es leer a diario? ¿Es posible que algún día las librerías sean de verdad lugares rentables? ¿Lo son las tiendas de discos o los videoclubs o los museos? ¿Es caro el cine? ¿Por qué lo abaratan una vez al año en la muy publicitada Fiesta del Cine, ven que funciona de maravilla y luego vuelvan a poner los precios que suelen? Quizá ahí dé mi brazo a torcer y sostenga que ir al cine es caro. A lo mejor resulta que los 6 céntimos el minuto (por ahí puede ir la cosa) no induce a volver. O el regreso es al mes. No hay gobierno que le ponga el cascabel al gato del IVA. La cultura no puede difundirse si hay lucro con ella. La rentabilidad de la cultura, el lugar en donde confluyen arte y negocio, inteligencia y mercado, belleza y caja registradora, es uno de los asuntos a los que el ejecutivo de turno (nosotros llevamos el tiempo suficiente sin gobierno como para dudar de que a este paso lo haya en alguna ocasión) debería dedicarle tiempo. Quizá un pueblo más culto, más leído, de más querencia por la ópera o por el ballet o por el teatro griego, por pensar en algo, sea también un pueblo más sensible, con mayor inclinación a la responsabilidad y a la eficacia, al placer de dejarse fascinar por todo lo que la cultura ofrece. Nos conformamos con ser entretenidos: hay quien se esmera en que ese entretenimiento de baja gama (Telecinco me viene a la cabeza)  impida que deseemos indagar y acceder a contenidos de más fuste. Cuánto más ve uno bazofia, más la anhela. La solución no está en las cadenas privadas: hacen bien en ofrecer los productos de éxito asegurado, los que no precisan una formación intelectual (o moral) alta. Gastar dinero en cultura es una inversión. Lo es en muchos sentidos. Me moriré sin ver a nuestra bendita televisión (da igual el canal) ofreciendo cine en versión original, convenientemente subtitulado. Pequeños pasos. Logros no inmediatos. Pero vamos deprisa. Es la velocidad la que hace caja. La lentitud no es rentable. El que piensa, como decían Les Luthiers, pierde. 


18.8.16

El espejo de los sueños cumple 10 años

En estos días, uno arriba o abajo, mi blog cumple 10 años. Me impuse entonces escribir a diario y casi lo he cumplido. He publicado 2702 entradas a día de hoy y han recibido 632.000 visitas. Lo mejor no son las estadísticas, sino la satisfacción enorme, la de todos los amigos que entran a ver qué se me ha ocurrido. Empezó como un blog de cine y terminó siendo un cajón grande en el que meter de todo. No sé cómo agradecer esa voluntad vuestra de visitarme. El espejo de los sueños, a su manera, es una casa. No se me ocurre cerrarla. Tiene siempre abiertas las puertas anchas que le puse.

El íntimo cuchillo / El oro de las palabras

  Ars poética / La palabra contiene el futuro. Lo que hace Pedro López Lara, en adelante el poeta, es tantear el fuego con el que fatigan el...