14.9.16

Escribir, mentir, aparentar

Hay libros que uno finge haber leído. Con algunos de esos libros mentidos se ejerce incluso cierto esmero en la crítica. Dice de ellos lo que escucha que dicen los demás y viste el comentario con alguna prenda personal, que evidencie la veracidad de lo dicho. Se cae en estas banalidades porque es imposible no haber leído a Balzac o a Kafka, yo qué sé. Podemos sustituirlos por Haydn o Beethoven. La cosa es no defraudar a quien desea que lo hayamos leído todo o escuchado todo. Tuve un amigo que poseía un talento especial en estas imposturas librescas. Tenía una cultura asombrosa que usaba satisfactoriamente en las reuniones de juventud. Prendaba a los que escuchábamos con sus atinados (creíamos que atinados) comentarios sobre la Revolución Rusa o la Caída del Imperio Romano. A lo que recurría M. era al escaso material que había caído en sus manos. Ese material, en otras, sería niebla pasajera: en las suyas era tierra firme, piedra sólida sobre la que edificar una conversación interesante. Una vez me confesó que no sabía tanto. No lo hizo con rubor, ni por justificar su teatro. Quería agrandar (en cierto modo era eso) su imagen en nosotros.


Se me ocurre una diablura más lúdica, de la que tal vez se extraiga un aprendizaje mayor o un divertimento con más enjundia o más insólito: fingir que no se han leído ciertos libros que sí hemos leído, hacer ver que ignoramos de qué tratan y dejar que los demás conversen sobre ellos, les den la opinión que les plazca. Imagino una escena excitante: la del que no presume y calla, pero sabiendo, y el que se explaya y perora. Se podría sacar de ahí un cuadro narrativo magnífico, no para componer una novela, o según quién la aborde, pero sí un cuento, uno de tono cómico, uno que exprese lo que las apariencias importan y la manera en que nos esmeramos en que brillen. Yo, pensando ahora, creo que no he presumido nunca de un libro que no haya leído. Mi cuota de mentira la empleo cuando escribo. Escribir es una forma de ser respetuoso con los demás. Ahora me voy a reconciliar con la buena mesa y con un sillón de orejas que me echa de menos últimamente. 

1 comentario:

impersonem dijo...

Me ha gustado tu reflexión acerca de las apariencias...