15.5.14

Carta a Alejandro López Andrada

Hay veces en que crees en Dios, lo ves en el fondo de la taza del café, lo escuchas en la masa orquestal de una sinfonía de Stravinski, lo percibes en el sueño, convertido en un personaje de una trama que no gobiernas. Dios debería ser un fijo en los sueños, pero solo sale de vez en cuando, antojadizamente. Anoche soñé, bendita ilusión, que me visitaba Edgar Allan Poe y me contaba el secreto de un buen cuento, de cómo dejar escrito un cuento que perdure y sea leído como si acabase de estar escrito. Juro que escuché con atención y hasta estoy por decir que me enteré de lo que decía, pero nada más despertarme, a poco de abrir los ojos, lo olvidé. Vi a Poe o vi a Dios o los vi a los dos, hablándome. Está bien que dos personajes de tanta enjundia reparen en uno, aunque sea en los sueños. Hay cosas que solo se conocen en los sueños, destinadas a que la vigilia las borre. De igual modo hay cosas que solo consiente la vigilia y que el sueño, que es un zorro viejo, elimina, quizá por dañinas. La realidad es más dolorosa que los sueños y lo es mucho más que la ficción. Por eso quiero acercarme a Dios y a Edgar Allan Poe, por ver si me cuentan algo de interés que luego pueda usar en el trasiego de las horas, que a veces se ponen duras y no sabe uno cómo domeñarlas. A lo mejor, en mis sueños, Poe y Dios son la misma sustancia. No sabemos si siempre hubo un Poe que devino en Dios o viceversa. Admito opiniones. Ninguna que se me facilite logrará que yo deje de sentirme fascinado por lo que no está a mi mano o que yo no me sienta en deuda con todo lo que no conozco. Dios suena dentro de mí como un tambor levantando un rumor de luciérnagas y de alas. Has dejado eso escrito en tu facebook, tú, el letraherido, el sensible como pocos que yo conozca, que se deja contaminar por la luz y por las sombras y escribe con dolor el dolor que ve en el mundo. Los poetas somos seres desvalidos, Alejandro. Somos como Poe en mi sueño, personajes que suenan dentro del orden secrerto del cosmos, registradores de todos los rumores del universo, observadores fieles de las luciérnagas y de las alas. Somos pobres, siendo tan ricos, Alejandro. Me conmueve tu honestidad. Yo aspiro a ser honesto en lo que hago, en mi descreimiento, en mi corazón escuchando a Dios a lo lejos, pero no sintiéndolo en el corazón. No habrá nadie que me ilustre, quien me indique cómo mirarlo y ya no dejar de hacerlo. Dices que tus mejores amigos son ateos o agnósticos. Los míos son cristianos firmes. Está bien ese ir y ese venir y ese encontrarse en mitad del camino. Somos como Dios y como Poe, como Emilio y como Alejandro. Nadie va a venir a decirnos si marramos o estamos en la vía correcta. No hace falta. No estaría bien que viniese nadie a decirnos nada. Disfrutamos con estos desvaríos. Yo sé que tú lo haces. Se ve en lo que escribes. Eres muy transparente, haces que leerte sea un abrazo, aunque no compartamos (no hace falta) el ruido que hacen los ángeles o la voz que duerme dentro y nos despierta en medio de la noche, como un salmo. Somos espirituales, Alejandro. Nos mueve el espíritu, el alma a medio hacer. No sé si será la religión el texto, pero las palabras que usamos no son religiosas, las mueve el alma, el aviso de que todo esto no debe quedar únicamente en una fuga cerrada. No se puede escribir más, vernos otra vez en Lucena, cuando encarte, con un café. 

13.5.14

El fuego bastardo

Soy un fardo gordo con los pulmones grandes y rotos, soy un guiñapo, soy un hombre drogado, convencido de que solo la química podrá liberarme. La tos me aturde, me empobrece y me anula. En ocasiones me expreso a través de la tos. Digo cosas según cómo toso. No sé si alguien ha estudiado estos asuntos, pero hay un filón filológico. Son buenos tiempos para la semiótica del asma. Adentro, a ras de pulmón, soy un pobre hombre, el más pobre de los hombres. Habrá quien padezca un dolor más trascendente, quien se duela de verdad, pero cada uno escribe de lo suyo y a veces, cuando se está sensible, se escribe sobre los demás, sobre los parias del mundo, los que esperan el paraíso y no tienen a nadie a mano que les informe de que el paraíso no existe o de que está a medio hacer, como el cielo, como las palabras que se dicen con amor, pero que nacen ya huecas o nacen muertas. Tengo la escritura enferme y la sangre engañada. Me disponga a librar una batalla más con la noche que se va acercando. No vale la poesía, no valen las metáforas. Está la tos y el ojo, un cómplice bastardo, pidiendo a gritos que me lo saque de un tajo. Porque tengo el ojo muerto, aunque vea a trozos y me salga un poco lastimoso el texto. Es culpa del ojo o es culpa del pulmón, no mía. El aire es un hacker que me está formateando. Aprecio el borrado conforme va creciendo el volumen de la tos. A veces una tos fuerte significa la supresión de un órgano entero. Si una tos fuerte se acopla con otra lo que noto es que me duelen las piernas. Me pregunto qué tendrá ver mi pecho con mis piernas, pero el cuerpo es un artefacto extraño. Uno quisiera administrarlo más fieramente, que sepa quién manda. No va por ahí la cosa. No sé por dónde va, pero no es mío el cuerpo en el que me oculto. No lo es incluso cuando no toso o no me duele la cabeza después de haber estado tosiendo una hora entera. Una vez escribí que el bang debió ser la primera tos de Dios. Hoy entiendo un poco más lo que escribí entonces. Yo soy una especie de dios caprichoso y rudimentario, de poco afecto por la obra creada, juguetón y un poco bastardo, que se cree que todo el monte es salmo cuando, de pronto, le sobreviene el peso de esta inutilidad de pólenes. Porque son unos bichos cabrones los que se han adueñado de mi metro ochenta largos y mis ciento cinco kilos. Hay vidas peores que la que estraga la enfermedad. Solo tengo que caer en la cuenta de que saldré indemne. Volveré a encender un chesterfield en las terrazas de mis bares favoritos, volveré a hilar uno con otro, sin prisa, departiendo de esto y de aquello, escuchando unos chistes, conversando sobre lo divino y lo humano, eso que tanto me gusta. Sí, ya lo sé definir bien: la tos es un fuego bastardo. Me van viniendo a la cabeza formas de definir el mal que padezco. Enfermo, soy más creativo. Lo sé desde que en casa, cuando pequeño, en la cama, convaleciente, leía todo lo que se me ponía a mano e inventaba en mi cabeza aventuras fantásticas que no me atrevía (ay) a registrar en palabras. Es posible que los escritores seamos enfermos. Sucede que cuando la fatalidad, en cualquiera de sus rostros, nos visita, sacamos el genio productivo, ponemos encima de la mesa el yo incendiario, el yo batallador, el que quiere dejar constancia de la importancia de estar vivo y de poder contarlo. Hay que contar las cosas, K. Hay que describir al fuego cabrón, al fuego bastardo, al fuego blasfemo. Lo tengo aquí ahora mismo, atravesado. Toso mientras busco en el teclado un punto de asimiento, un luz en la tormenta, un bosquejo de refugio cuando el teclado no ofrece refugios alguno. Escribo a vuelatecla. Toso y escribo y me llora el ojo izquierdo como si acabase de nacer el ojo y acabasen de nacer las lágrimas y ahí andasen, conociéndose, viendo qué tal fornican. No sé si la lata de cruzcampo que me acabo de abrir será el punto que detone la escritura total. Siempre fui de los que quiso apurar las cosas y llegar al lugar ese tras el cual el peligro no es un indicio sino un país entero, con sus banderas, con sus reyes y con sus putas. Me ha salido la palabra puta porque estoy de pastillas hasta los ojos, de verdad. Yo no quería, pero ya está puesta. He escrito puta y he escribo cabrón. Parece un texto impropio de alguien que anoche leía a Keats en la cama, antes de conciliar el sueño. Sabe uno adaptarase a todas las circunstancias. Lee a Keats, tose, se mete ventolín con mascarilla, ve un episodio de la cuarta temporada de The Walking Dead, cenará en breve pan integral con tomate y aceite y pulpo sin mucho protocolo, pulpo bueno. Los pulpos no tosen, los pulpos no leen a Keats, los pulpos solo dicen quién será el ganador de Brasil 2014. Tengo ganas de que empiece el fútbol veraniego. Mi mujer dice que nos va a salir el fútbol por las orejas. Primero por una, luego por la otra. Si sale por ambas es que está cerca el colapso neuronal y se ven balones firmados por Iniesta por todo el cielo, el cielo a medio hacer, K. Está el cielo a medio hacer, ya lo he dicho, y yo aquí, sin freno, como un kamikaze, sin saber a qué viene este explayarse sin cuartel, pero el ojo no para, el pulmón no para. Hablo de un pulmón por conveniencia estilística, pero son dos. Me voy al pulpo. Luego me iré a la cama y soñaré con bichos cabrones. 

De la escuela en su ángulo oscuro...

Bécquer no era idiota, ni Machado un ganapán, y por los dos sabrás que el olvido del amor se cura en soledad. A la poesía que nos enseñaron en la escuela vuelvo poco. Se mueve uno mejor en lo elegido, en los poetas que no han sido impuestos, sacados de un libro terrible, alimentado de preceptos y de teorías, destinado a sorberlo y a volcar después lo sorbido, no sabe uno para qué propósito. Porque los libros, en la escuela, en ocasiones, no son artefactos asombrosos, refugios del alma sensible, en fin, ya saben, todo eso. Está el libro todavía sin bendecir, maldito, arrojado al destino como un antídoto de una realidad que nos venden como si fuese un veneno. Lo que nos salva es que haya quien cuente bien a Bécquer puertas adentro, en una clase. No hay público mejor que éste. Se trata de venderles bien la moto, de explicarles la de cosas que pueden hacer cuando entiendan qué hace el arpa en su ángulo osucro, olvidada de su dueño, en silencio y sucia, dejando dormir sus notas a la espera de que la mano de nieve las conmueva y airee, y así también el genio duerme, como el arpa, como Lázaro, ya saben, esperando la voz que lo haga andar. Yo conozco a unos cuantos que venden arpas como Dios sus nubes. Yo no tuve quién me la vendiera bien. La adquirí después, en el mercado clandestino. Quién sabe si así no se aprecian más sus prodigios. 

12.5.14

Mondrianesco


Un cuadro de Mondrian (Composición con rojo, azul y gris, 1927) se va a subastar en Sotheby's por una cantidad que no sabemos decir los pobres. Una vez que has visto un cuadro de Mondrian ya los has visto todos. A K. le fascina el hecho de que Mondrian no había visto ninguno cuando hizo el primero. Imagino el mismo mérito a quien se le ocurrió soplar por una caña de madera y advirtió el milagro de la música. Lo malo de Mondrian no es Mondrian sino el mondrianismo, que consiste en la disciplina que interpreta la geometría del mundo, la contundencia cromática, la limpieza del trazo en las líneas rectas, la voluptuosa plasticidad del plano. Acabo de escribir la voluptuosa plasticidad del plano y me he quedado un poco indispuesto conmigo mismo. Como si hubiese dicho algo importante. De lo que uno no conoce sobra que hable, pero a veces se deja llevar, tienta a la suerte y comete la imprudencia de poder escribir sobre Piet Mondrian sin saber qué hizo o por qué lo hizo. A lo que alcanzo es a entender la influencia. No hay día en que no vea trazos mondrianescos en la calle, en los escaparates, en los títulos de crédito de las películas, en la ropa de las grandes firmas, en portadas de discos o de libros, en tazas de café o en fundas para móviles. No entro en la dificultad de la obra. He aprendido que las cosas sencillas son en ocasiones las que más disciplina necesitan para que no parezcan mediocres o, en el caso menos bueno, malas de solemnidad. Mondrian es solemne, es coherente, es el pintor que los que no sabemos pintar hubiésemos querido ser, pero ya me estoy dejando llevar por mi ignorancia. A ver si viene un experto y me corrige, me pone en mi sitio. Ojalá venga y me diga qué sitio es ese.

8.5.14

Vetusta Morla / La deriva


Conocí tarde a Vetusta Morla y no me esmeré en apreciar ese cierto toque de pop en el que una canción tiende a confundirse con la anterior y con la siguiente. No es que sea un mal grupo o que sea mediocre: acepto que Vetusta Morla es un grupo de una contundencia sonora que hace pensar en bandas de más al norte, de algunas que dan la impresión, incluso en las primeras escuchas, de que no es producto desechable. Mapas era un disco agradable, que caía en ocasiones en esa pesadez dulce, en esa paradoja que consiste en dar por irrelevante lo que no es sublime. Vetusta Morla no es una banda que apabulle, no es el grupo sólido que ha encontrado un lenguaje y lo explota a conciencia, insistiendo en matices en que solo ellos insisten, hablando de asuntos de los que solo ellos hablan, pero quizá haya que bajar la guardia, no estar a la defensiva, no pretender que el paraíso exista y creamos que está al alcance, a poco que elevamos la vista. De Mapas me quedo con el agrado primerizo. No hubo más. Es otra cosa La deriva. Llega donde uno no esperaba, emociona donde antes solo había un leve afecto, una tenencia compartida de emociones, pero no una mano tendida sobre otra, un libro que leen dos al tiempo. De hecho, lo primero a lo que se acoge uno es al mensaje, que es reivindicativo, político, de poesía social de los cincuenta, de puñetazo encima de la mesa. La voz de Pucho engancha mucho o te molesta mucho: puede sobrecogerte (a mí me conmueve en tramos, me llena mucho en momentos) o crearte un severo estado de nervios que incluso podría reconocer el fan más fan de todos los fanes vetustos. Llevo tres días prestándole toda mi atención a esta deriva. La siento mía, me ha conducido por calles, me ha enganchado lo suficiente como para haberme alegrado una barbaridad de que un grupo español (por fin, por fin) me haya entusiasmado al modo en que lo hizo Radio Futura en el glorioso pasado, que es una estación propicia para la nostalgia, por supuesto. El desfile de los mil dolores pequeños que punzan la piel del herido o del atropellado (hay tantos atropellos, hay tantas heridas) te mantienen alerta, a la espera de que en cualquier rincón te conmocione un verso suelto o te haga brincar un riff de guitarras o un certero acople de sonidos, menos atmosféricos, más epidérmico. Dice mi amigo K. que Vetusta Morla no saldrán nunca de la etiqueta de grupo de culto. En este país las cosas de culto suelen ser las que se despachan con desprecio, las que solo suscitan la atención de ciertos connoiseurs. No teniéndome yo por ninguno de ellos, llego a La deriva con la voluntad de escuchar sin prejuicios. No siempre sucede. Se deja uno llevar. Cae en lo que oye. Una vez contaminado, es difícil acceder de forma limpia. Ahora mismo estoy escribiendo esto y pensando en que tengo un amigo vetustero (P.) y dos, al menos dos, que no lo son (F. y J.A.) K. me dice que desoiga, que tire al monte, que haga lo que suelo, pero no dejo de pensar en que entiendo las posturas, el amor frontal, el odio recto. 

6.5.14

Dios y el espagueti volador





"What goes on inside believers is mysterious. So far as it can be guessed at it appears to be a kind of anxious pretending, a kind of continual, nervous resistance to reality. We don't seem to get it that the magic in Harry Potter, the rings and swords and elves in fantasy novels, the power-ups in video games, the ghouls and ghosts of Halloween, are all, like, just for fun. We try to take them seriously; or rather, we take our own particular subsection of them seriously. We commit the bizarre category error of claiming that our goblins, ghouls, Flying Spaghetti Monsters are really there, off the page and away from the CGI rendering programs.Star Trek fans and vampire wanabes have nothing on us. We actually get down and worship. We get down on our actual knees, bowing and scraping in front of the empty space where we insist our Spaghetti Monster can be found. No wonder that we work so hard to fend off common sense. Our fingers must be in our ears all the time – la la la, I can't hear you – just to keep out the sound of the real world"


«Por eso la vida interior de los creyentes es un misterio. En la medida en que puede imaginarse —si es que alguien quiere imaginarla por alguna razón—, parece algo así como un continuo afán por fingir y resistirse a la realidad, como si un creyente no pudiera permitir que las cosas sean simplemente como son; como si tuviera que traducirlas o dotarlas de una moral, darles un significado adicional innecesario y bastante sentimental. Una puesta de sol no puede ser únicamente parte de esa mezcla de esplendor, crueldad e indiferencia que es el mundo: tiene que ser una bendición del cielo. Una comida es un regalo por el que hay que dar las gracias, aunque los ingredientes los hayas comprado en el super y te hayan costado equis. El sexo no puede ser el abanico de experiencias al que uno se ha acostumbrado como adulto, y que van del terremoto aislado al cosquilleo agradable y suave: tiene que ser un sí, sí, sí; esa cosa tan especial que sucede cuando las mamás y los papás se quieren mucho. Supongo que todas estas pequeñas negaciones del sentido común reflejan un fracaso del realismo rotundo y fundamental: nuestra vergonzosa dificultad para distinguir, como es básico en la vida adulta, entre lo que existe y lo que se fabrica. Al parecer no entendemos que la magia de Harry Potter, los anillos, las espadas los elfos de la literatura fantástica, los poderes de los videojuegos, los espíritus malignos y los fantasmas de Halloween son mero entretenimiento. Intentamos tomarlos en serio o, mejor dicho, nos tomamos en serio una determinada parte de ellos. Cometemos el extraño error de categoría de afirmar que nuestros duendes, espíritus o el Monstruo Espagueti Volador existen de verdad fuera de la página de los programas de animación digital. Los fans de Star Trek o los que quieren ser vampiros no son nada en comparación con nosotros. Nosotros veneramos y nos arrodillamos de verdad. Nos ponemos literalmente de rodillas y nos las arañamos, y nos inclinamos ante el espacio vacío en el que insistimos se encuentra nuestro Espagueti Volador. No es de extrañar que nos esforcemos tanto en eludir el sentido común. Tenemos que taparnos los oídos todo el tiempo (la, la, la: no te oigo) para que no nos llegue el ruido del mundo real. Lo curioso es que yo lo veo exactamente al contrario».



Impenitente, una defensa emocional de la fe, Francis Sputtford, Turner Noema, 2014




Conforta leer lo que uno no escribiría nunca. Reconozco que he leído a Hitchens y a Dawkins y me he sentido afín a lo que dicen, pero Sputtford cuenta de un modo absolutamente encantador su visión de las cosas, sobre si hay un Dios o todo es una ficción mantenida durante siglos de convalecencia espiritual. Conforta y conmueve la teoría según la cual todos los que amamos la ficción pura no alcanzamos el nivel de credulidad de los cristianos de fe más honda. Luego están los que se conforman con la superficie. Los que no creen a medias o los que creen a medias también. Admira uno el empeño con que se sostienen algunos en sus cosas. Yo soy todavía de los que prefiere el jardín de los senderos que se bifurcan. Algunos ya me entienden


Yo tuve una camiseta rojiblanca


No soy del Atleti, pero voy a disfrutar este año cuando gane la Liga. Lo haré a pesar de que mis inclinaciones futboleras son merengues, pero está bien que de vez en cuando la fatalidad se vista de fiesta y nadie la reconozca cuando la mire. Y el Atleti es la fatalidad, es el pupas, es el dolor en un ojo cuando creías que ya no te iba a doler más. Todo lo demás, la fiebre colchonera, el ardor de la grada cuando juegan con equipos sin el brillo de los de arriba, se lo dejo al forofo integrista, al que no se pierde un partido de su equipo y sabe la alineación de corrido y hasta se permite comentarios sobre cómo se despliegan y cómo serían imbatibles. No hay equipos que lo ganen todo siempre, y está bien que sea así. Aburre lo previsible y dan ganas de cerrar los ojos o de mirar a otro lado. De este Atleti me quedo con su discreción absoluta. Tal vez de ahí parta el éxito y de esa discreción, de ese no sentirse grande del todo, sino un grande circunstancial y fortuito, provengan todos los triunfos que se le presentan. Y si no gana ningún trofeo (es norma que la fatalidad antes nombrada viene sin aviso y corta aquí y corta allá a su antojo y sin miramientos) quedará la sensación de que pudo ganarlo todo, y eso es también un triunfo. Si ganan los de siempre (el Madrid, el Barcelona) no habrá diversión o la habrá de un modo anestesiado, repetido, sin la alegría de lo novedoso, sin toda la bondad de lo que no está previsto. No es solo ya el hecho de que gane el débil (el equipo de Simone no es débil, en modo alguno) sino de que los clásicos, los que llevan un palmarés más vistoso, cedan un poco, dejen a los demás reinar, aunque solo sea durante un curso deportivo. Luego está la memoria de quien subscribe esto: la idea de que hace treinta años (más tal vez) yo era del Atleti. Lo era cuando Leivinha, Gárate, Capón, Ayala, Reina. Cosa de los cromos. O de la elástica. Creo que de chico tuve una camiseta rojiblanca. 

5.5.14

Turbado, perplejo, fascinado

Como no soy un hombre de fe, no puedo ponerme en lugar de quien la posee. En ese sentido, quien la tiene no podrá nunca ponerse en el mío. Eso conlleva a un punto sin retorno en el que dialogar es una empresa baldía. Quizá convenga entonces un principio de cesión por ambas partes. Ese interés en entender al otro no suele darse con la frecuencia que la convivencia exigiría. De darse, no habría una sola guerra en el mundo o, en caso de que las hubiera, por la naturaleza cainita del hombre, serían menores, mucho menos cruentas, pero ya digo que igual la palabra supliría al tomahawk y se podría elaborar un terreno intermedio, donde uno cede viendo que el otro también lo hace. Cabe incluso la posibilidad de que la razón acaba imponiéndose y el equivocado se rinda, desmonte sus ejércitos (sintácticos, semánticos) y crezca como persona después de aceptar esa derrota. El problema es que no aceptamos jamás las derrotas, pero eso es otro asunto. Decía que como habrá quien de esto sepa más que yo, quizá no debería contar nada, pero uno no sabe marginarse, no cree que el silencio, tan hermoso a veces, convenga para algunos asuntos. El de la fe es uno que siempre me atrajo y al que nunca di de lado. Soy un descreído sensible a la posibilidad de ser un creyente. Ejerzo mi moralidad de un modo absolutamente a salvo de las inyectivas que se trae la iglesia cuando decide airear su pensamiento. Soy una buena persona (en lo fundamental, en lo aparente, por supuesto) sin asistir a misa de doce y sin tener intención alguna de escuchar a nadie vestido de negro, elevado a un púlpito, convencido de que la salvación está en la palabra que predica. Hay también buenas personas que van a misa de doce y creen en la salvación y en la trascendencia de sus oraciones. De hecho conozco a unos cuantos y estoy casi por decir que mis mejores amigos son feligreses, gente de iglesia. 

Yo sigo en el papel de ajeno combativo, aunque no milito en ninguna asociación de ateos, ni tengo necesidad alguna de estar continuamente revelando mi catecismo laico al modo en que otros sí que se esmeran en hacer propaganda del suyo y llenan sus facebooks y sus blogs de imágenes y de textos que manifiestan su fervor. Por eso no debería contar nada. Lo apropiado sería apartarme de lo que no me atañe. Sé todo eso. Sé que no se debe opinar sobre lo que no nos afecta directamente, pero la cosa es que sí afecta, sí que me incumbe. A los mandos eclesiásticos mi educación les debe respeto, pero ellos no respetan que yo ande descarriado. a decir de su sentido del camino, y no pierden ocasión en atropellar con sus comentarios todo lo que se aparta de lo que su formación espiritual dicta como correcta. Por eso (insisto) acabo contando, termino en la obligación (moral tal vez) de posicionarme afuera de todos de ellos, de quienes sostienen que mi vida no me pertenece del todo o que la sociedad sin dios se despeña sin remedio o que traer hijos al mundo no es un asunto que yo pueda gobernar. Una sociedad sin dios es un triunfo del hombre, que es libre de creer o de no creer en instancias superiores a la razón y al libre albedrío del espíritu. No tengo ningún interés en saber si habrá una vida después de ésta. De hecho no hay ninguna razón que me incline a pensar que al final del camino se abrirá otro mágicamente, por designio divino, como si de verdad hubiese una inteligencia absoluta que gobernase los pasos que damos y los que no. Me conmueve, en lo estético, en la declinación de lo fundamentalmente racional y en la irrupción limpia de la belleza, la comunión del pueblo con sus imágenes, como la que anoche vi (en parte) en mi pueblo. Sé que no apreciaré lo que el creyente y que no podré en modo alguno penetrar en lo místico. A mi beneficio queda la liberación de un cierto grado de belleza, de belleza sin pasar por los conductos de la inteligencia, que es como en ocasiones se advierte mejor su hondura. Esa es la religión admisible, la que no entra en reglamentos morales que castigan al diferente (o lo igualan a un perro) o la que propugna la igualdad entre todos los que andamos por aquí, los mismos y los distintos, los que se arrodillan ante sus iconos y los que nos arrodillamos ante iconos diferentes. No conozco a nadie todavía que viva encapsulado, al margen de la fascinación de las imágenes. Da igual que sea una virgen en un altar o en un paso por las calles o un cuadro en una pinacoteca o un paisaje en la naturaleza, quien no sienta un temblor cuando esas manifestaciones de la belleza (la gran belleza) se le ofrecen y lo turban. Sin turbación, no hay vida. Vivimos mejor turbados. O quizá todo esto tenga sentido si unos cedemos y otros, observando ese acto, cede también. En fin. Creo que igual me hablo yo solo. 

3.5.14

El silencio


No se aprecia el silencio hasta que uno lo ha perdido. Es el ruido el que nos conduce, el que marca la pauta. Estamos hechos de ruido. Puede que de más cosas, pero hay ruido dentro de uno, ruido que no nos pertenece, en muchas ocasiones. Quizá haya que escucharse. Hace mucho que no me presto atención. O que me la presto de un modo impreciso, sin escuchar de verdad. No nos escuchamos. Yo, en particular, me escucho cada vez menos. Hay días en que no ejerzo esa voluntad privada, días enteros en los que no reparo en el silencio. El silencio es lo que se está perdiendo. Ganamos otras cosas, pero están impregnadas de ruido. El progreso no ama el silencio. 

Jazz / 19 / Tete Montoliú

Solía decir que cuando se miraba al espejo veía un pianista negro. También que prefería un músico con el que tocara del que supiera que era ...