4.5.14

La siesta


No creo que haya elogio que me satisfaga más escribir que el que se merece la siesta. La he practicado con absoluto fervor y he lamentado las veces en que las circunstancias, juro que muchas, han malogrado su ejercicio. No soy de los que cierran la persiana, se ponen el pijama y se tapan a cal y canto, buscando colar la noche en el día, ni de los que les basta una cabezada de veinte minutos, en el sillón de orejas, escuchando el runrún de la televisión, a la que no se presta jamás atención y que hace las veces de narcótico. Mi siesta es un rito que se sublima a partir de la hora de aturdimiento. En ese plazo de tiempo, en esa fuga pensada de la realidad, confío como el que se encomienda a los santos o le reza a su dios y confía en ellos para que brille el horizonte y el porvenir lo acoja y lo mime.. El mío, mi dios de uso diario, a falta de uno ortodoxo, de los de altar y catecismo, es uno caprichoso y rudimentario. No tengo un entrenamiento especial, creo. Reconozco que el tránsito al placentero limbo del sueño se acelera según la ingesta de cerveza o de viandas que haya tenido antes. Suelo ser prudente porque va teniendo uno la edad en que las imprudencias se pagan a un precio que no es el suyo, pero hay imprudencias maravillosas, de las que te hacen reconciliarte con el cosmos y contigo mismo, no sé el orden exacto en que cifrar esos dos deseos más que cumplidos. Insisto en que no hay elogio que dé cuenta de lo que la siesta, una buena siesta, proporciona a quien la practica. Sé un par de asuntos más que rivalizan con el de la siesta en satisfacción absoluta de los sentidos, pero habrá ocasión de explayarse en ellos, y no es (a lo visto) ésta. Quienes prefieren la siesta de brasero y mesa camilla tienen mis bendiciones. La conozco sobradamente y la aprecio sin titubeos. He tenido epifanías monumentales leyendo (por decir algo eso de leer) a Chesterton al amor de ese brasero, dejando al cuerpo decidir cuándo dejarse vencer. Al bueno de Chesterton, observando con detalle su porte, su figura victoriana y bien abastecida, le debió gustar la cabezada de la sobremesa, leyendo a sus maestros (Stevenson, Shakesperare, Cervantes, Proust), pero no creo que comprenda el arte mismo de la siesta, su supremo bienestar, incluso la enseñanza que proporciona. Yo, sin embargo, me inclino por la siesta estival, la de la lujuria bajo el split, caso de que no se tenga a mano una buena sombra en un patio, entregado al solaz puro, comprometido con la molicie más alta. Y ahora excusadme, ah lectores, debo acostarme. Los que amamos la siesta no le hacemos ascos a una buena cama cuando está cerca el amanecer. Quizá eso justifique que mañana a media tarde, después de un buen almuerzo, bien comido y bebido, decida retirarme a mis aposentos. Creo que no tengo enmienda. 

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