6.5.14

Dios y el espagueti volador





"What goes on inside believers is mysterious. So far as it can be guessed at it appears to be a kind of anxious pretending, a kind of continual, nervous resistance to reality. We don't seem to get it that the magic in Harry Potter, the rings and swords and elves in fantasy novels, the power-ups in video games, the ghouls and ghosts of Halloween, are all, like, just for fun. We try to take them seriously; or rather, we take our own particular subsection of them seriously. We commit the bizarre category error of claiming that our goblins, ghouls, Flying Spaghetti Monsters are really there, off the page and away from the CGI rendering programs.Star Trek fans and vampire wanabes have nothing on us. We actually get down and worship. We get down on our actual knees, bowing and scraping in front of the empty space where we insist our Spaghetti Monster can be found. No wonder that we work so hard to fend off common sense. Our fingers must be in our ears all the time – la la la, I can't hear you – just to keep out the sound of the real world"


«Por eso la vida interior de los creyentes es un misterio. En la medida en que puede imaginarse —si es que alguien quiere imaginarla por alguna razón—, parece algo así como un continuo afán por fingir y resistirse a la realidad, como si un creyente no pudiera permitir que las cosas sean simplemente como son; como si tuviera que traducirlas o dotarlas de una moral, darles un significado adicional innecesario y bastante sentimental. Una puesta de sol no puede ser únicamente parte de esa mezcla de esplendor, crueldad e indiferencia que es el mundo: tiene que ser una bendición del cielo. Una comida es un regalo por el que hay que dar las gracias, aunque los ingredientes los hayas comprado en el super y te hayan costado equis. El sexo no puede ser el abanico de experiencias al que uno se ha acostumbrado como adulto, y que van del terremoto aislado al cosquilleo agradable y suave: tiene que ser un sí, sí, sí; esa cosa tan especial que sucede cuando las mamás y los papás se quieren mucho. Supongo que todas estas pequeñas negaciones del sentido común reflejan un fracaso del realismo rotundo y fundamental: nuestra vergonzosa dificultad para distinguir, como es básico en la vida adulta, entre lo que existe y lo que se fabrica. Al parecer no entendemos que la magia de Harry Potter, los anillos, las espadas los elfos de la literatura fantástica, los poderes de los videojuegos, los espíritus malignos y los fantasmas de Halloween son mero entretenimiento. Intentamos tomarlos en serio o, mejor dicho, nos tomamos en serio una determinada parte de ellos. Cometemos el extraño error de categoría de afirmar que nuestros duendes, espíritus o el Monstruo Espagueti Volador existen de verdad fuera de la página de los programas de animación digital. Los fans de Star Trek o los que quieren ser vampiros no son nada en comparación con nosotros. Nosotros veneramos y nos arrodillamos de verdad. Nos ponemos literalmente de rodillas y nos las arañamos, y nos inclinamos ante el espacio vacío en el que insistimos se encuentra nuestro Espagueti Volador. No es de extrañar que nos esforcemos tanto en eludir el sentido común. Tenemos que taparnos los oídos todo el tiempo (la, la, la: no te oigo) para que no nos llegue el ruido del mundo real. Lo curioso es que yo lo veo exactamente al contrario».



Impenitente, una defensa emocional de la fe, Francis Sputtford, Turner Noema, 2014




Conforta leer lo que uno no escribiría nunca. Reconozco que he leído a Hitchens y a Dawkins y me he sentido afín a lo que dicen, pero Sputtford cuenta de un modo absolutamente encantador su visión de las cosas, sobre si hay un Dios o todo es una ficción mantenida durante siglos de convalecencia espiritual. Conforta y conmueve la teoría según la cual todos los que amamos la ficción pura no alcanzamos el nivel de credulidad de los cristianos de fe más honda. Luego están los que se conforman con la superficie. Los que no creen a medias o los que creen a medias también. Admira uno el empeño con que se sostienen algunos en sus cosas. Yo soy todavía de los que prefiere el jardín de los senderos que se bifurcan. Algunos ya me entienden