20.5.10

La muerte en una caja de zapatos



Confieso que me interesan escasamente las vidas privadas de la gente que admiro. Incluso declaro mi inapetencia por encontrarme escenas de esa privacidad a mano., al amparo del azar, dejadas caer en una ventana o en un patio de vecinos. Lo natural, habida cuenta del mucho cine que uno ha visto, es que desconfíe de la mansedumbre que brota de esta fotografía de Humphrey Bogart, Lauren Bacall, su hijo y los tres perros. Se desconfía a beneficio propio. Lo que uno sospecha es que detrás de esa limpia entrega del american way of life está la trama B, el argumento oscuro, todas esas historias que descoyuntan el tedio y convierten las horas en un nido de avispas inusualmente coléricas.
A la trama B se la tiene por la Gran Trama. Humphrey, que será Nick o Alan o James, oirá un ruido necesariamente sospechoso en el jardín. Ladrará uno de los perros. Luegos los otros dos. Lauren, o sea, Peggy o Susan o Katherine, le pedirá que tenga cuidado, pero Nick irá al dormitorio, abrirá el armario empotrado y se aupará un poco (Bogart era bajito) para pillar una caja de zapatos en la que reposa un Smith and Wesson. El resto lo pueden encontrar en cualquier libro que tengan en casa y firme Dashiell Hammet o Raymond Chandler. No está claro que Nick sea el bueno de la peli.

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19.5.10

Ayúdame, oh Señor...



Ya sabemos que a la ficción la descabalga de su trono de inventos y de júbilos la realidad cuando un avión despeña su cola en el verano. Otro modelo es el que coloca en la paleta de colores de la televisión una patera a la deriva de casi todo. Africanos sin Gran Vía, mendigos del mundo a las puertas del Corte Inglés, pero la fibra sensible del espectador, accionada siempre por mecanismos que no comprendemos, por ancestrales resortes que cuelgan una lágrima si un coche revienta un perro en la carretera, a veces es incapaz de compungirse o de manifestar algún tipo de dolor si el telediario ametralla la dosis habitual de muertos anónimos, muertos de segunda división, muertos de algún remoto confín que únicamente conocíamos en las novelas de Emilio Salgari.
El hombre, iba a decir el espectador, pero es lo mismo, registra en su memoria lo que le conmueve para apuntalar a base de experiencia los desastres que están por venir. Da igual que sea un Boeing en una pista de Barajas que una barca reventona de parias negros como el tizón que han visto en España la avenida sideral de sus sueños. Tenemos una capacidad infinita para blindar nuestro asombro. Se nos cuela un desastre en un descuido y el alma sensible, pongo por caso, se avitualla de la costra durísima de la ceguera y terminamos el almuerzo con una ligera hinchazón en algún perdido lóbulo mental.
Por eso es buena la inmunidad que da la experiencia. Nos hemos acostumbrado tanto a ver morir a la gente en los periódicos, en la radio o en la televisión que parece que nos están contando una ficción, una especie de episodio impostado a la realidad. Llevamos sublimado los sentimientos durante un par de milenios como para venirnos abajo con la sentimentalidad de unas cuantas bajas, parece recitar el lóbulo afectado del cerebro. De vez en cuando volvemos al territorio del sentido común y de la piedad, nos deshacemos del blindaje y bajamos a pie de hecatombe para dar la vida si hace falta.
Andamos así, en los extremos de la cuerda: o cegamos los sentidos o los aupamos a una dimensión de una sensibilidad tan prodigiosa que hasta duele la mirada perdida de un niño. Si el elenco de damnificados sustituye la ristra de ciudadanos de segunda por un considerable listado de europeos, japoneses o norteamericanos, la atención mediática es sustancialmente distinta. Incluso el espectador se compunge con más fiereza porque de alguna secreta y oscura forma se siente más ligado al cadáver de un francés que el de un etíope, y hasta esa abstracción geográfica posee sus menudencias, su argumentario político o social o cromático. Cosas que no alcanza la razón a razonar: asuntos que no podemos diseccionar sin que un ramalazo de vergüenza atenace el pulso y herrumbre la cordura.
Vamos confiadamente ensanchando el territorio de nuestra felicidad, procurando que ningún zafio céfiro nos escore más allá de la senda prevista. La palabra incertidumbre, de tan rica ascendencia en lo literario, se revela hostil en lo real. No queremos que ninguna noticia inadecuada altere el menú estabulado. Ayúdame, señor, a escalar la cumbre de este día, escribió en un poema Borges. Ayúdame, oh fatum, a no cegarme del todo y ser capaz de encontrar en la desgracia ajena briznas de luz, espuma de esperanza, leves evidencias de que todo puede ser convertido nuevamente en dicha.
Llevo unos días de empastillado esparcimiento. Escribo esto, por la necesidad de escribir, sobre todo, por purgar cierto dolor que me está esquilmando el buen ánimo y la serenidad que traía. Escribo porque no se me van de la cabeza los accidentes de avión, las bromas pesadas con los ahorros de los abuelos o la rebaja de mi sueldo de funcionario doméstico o tal vez de pronto he visto todos los accidentes de avión, todas las mujeres matadas por su pareja, la tragedia, el caos, la posibilidad de que un movimiento de una pieza de un engranaje que no conocemos nos pueda reventar el futuro. Eso es lo que tengo en la cabeza, y ya lo estoy soltando, como bilis canalla en la boca del estómago, como cizaña semántica en el abismo de mi conciencia.
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8.5.10

Me abrasa el tiempo...

Hace tiempo que descreo de la novela como benefactora absoluta de mi hambre de ficción. Descreo por haber leído las suficientes y por haber disfrutado enormemente de esas lecturas. En este primer semestre del año he leído tres novelas. Eso da una cada dos meses. No es nada de lo que pueda presumir. He leído vorazmente durante años. Por leer he sacrificado horas de estudio o le he robado horas al sueño, a los amigos o incluso, en ocasiones, al responsable ejercicio de ser un padre full-time o de ser un marido razonablemente comprometido con su pareja. La mía lee más que yo y también se lamenta de no disponer de un horario extra para comerle horas al sueño o al trabajo o a ese tiempo absurdo que se malgasta en los supermercados, en las tareas domésticos o en los medios de transporte que nos comunican con el resto del mundo. Al leer, al entrar en un libro, el resto del mundo estorba. Dicho mucho más crudamente: si el libro es lo bastante bueno, el resto del mundo no existe. Cuando leo a Borges o cuando leo a Conrad o cuando leo a José Ángel Valente (tres a los que releo con convulsiva recurrencia, valgan todas las duplicidades y todas las redudancias) no hay esposa ni hay hijos. Ni siquiera hay aire y hasta el aire estorba. Quisiera uno perderse, morir dentro del libro, disponer de esa asepsia perfecta en la que es posible la perfección lectora.
Vuelvo al principio del post: hace tiempo que no leo a gusto una novela. Sí leo (más que a gusto) cuentos, ensayo, sueltos de prensa, poemas, es decir, toda esa literatura de tamaño breve a la que se entrega un tiempo también breve y que se puede interrumpir sin que exista la obligación del regreso inmediato. Recuerdo leer a Proust y sentirme incómodo en un bar, viendo un partido de fútbol con los amigos: mi cuerpo y mi alma pedían Proust. Sabía, en ese mono libresco, lo equivocado de mi proceder. Sabía que Proust no podía competir con una cerveza con los amigos en la barra de un bar, que eran territorios de placer completamente separados, que en ambos Emilio Calvo de Mora era Emilio Calvo de Mora y ninguno de esos sucedáneos presentables que se sientan en una mesa de trabajo o que van o vienen al trabajo o compran leche en el supermecado de la esquina porque la nevera está pobre y la vida, a mi pesar, exige ciertos peajes. La leche es un peaje de cojones, con perdón. Y la lejía para dejar el suelo como un espejo o la ropa con la que paseamos las calles y que se vuelve vieja o pierde ese apresto con la que fue comprada.
En seis meses he leído tres novelas. La chica Einstein, de Philip Sington. Una investigación filosófica, de Philip Kerr. Ripley en peligro, de Patricia Highsmith. Uno de ellos, además, ya había sido leído. Fuera de la novela, a la que el escaso tiempo del que dispongo no me permite entrar como quisiera, he leído mucho cuento (Monterroso, Borges, Fogwill, Nabokov, Chejov, Cortázar, Lovecraft..) y ensayo (Savater, Eslava Galán, Marina, Canetti...) Y toneladas de poesía. Poesía a diario. Poemas en cualquier momento del día en los que uno pueda acercarse a la estantería y abrir un libro y ahí, de pie, sin el protocolo habitual, sin esa aristocrática manera en la que en ocasiones uno se enfrenta a los libros, entrar en Benedetti, en Góngora, en Valente, en Colinas, en Marzal, en un poeta-amigo que me gusta cada día más, no habiéndome gustado al principio (Lara Cantizani)...
Igual, al runrún de los años, termino siendo un lector de poesía, y dejo todos los demás géneros. En música me estoy afinando y me acerco al aburrido modelo de melómano monótono. Adoro el jazz. De cada diez minutos que le dedico a oír música, ocho están consagrados al jazz. Uno al blues. El otro es todo lo demás, que es precisamente la música con la que crecí, la que me hizo entrar en la responsabilidad de saber elegir qué escuchar y a qué dedicar el tiempo libre. El mío, a mi pesar, por circunstancias estrictamente personales, no es el deseable. No es, al menos, el que he tenido recientemente. Ampuloso, moldeable, libre, dúctil. Esta misma página, a la que he acudido casi a diario durante tres años largos, es ahora un divertimento ocasional. Este mismo texto está siendo escrito a vuelatecla. Se me escapa el tiempo. Me duele el tiempo. Me abrasa el tiempo.
De cómo no veo el cine, de todas esas agresiones que sufro a diario y que me fuerzan a no poder dedicarme como Dios manda (para eso sí que existe) a ver cine, mejor hablo/escribo en otro post. Ya he dicho que tengo que cerrar aquí...

.............(me reclama la realidad)

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7.5.10

Quemar antes de leer...






Quemar libros siempre fue cosa de quienes los leen mucho o de quienes no los leen en absoluto. En realidad son armas de destrucción masiva. O de construcción masiva. Según quién los abra o quién, a capricho de su barbarie, los arroje al fuego y vea cómo arden. Sabemos que arden bien. En la fotografía, fechada en 1.935, no deja ver si los operarios de la pira se alegran del trabajo o si, al contrario, obedecen en plan mecánico, asienten y proceden con tal de que les siguen pasando la nómina a final de mes. Cosas peores que quemar libros se hace bajo la consigna de obedecer órdenes o de mantener a una familia. Lo terrible es que todavía haya gente cazurra a la que unas urnas o un enchufe o un golpe perverso de suerte les coloca en un despacho o en un ayuntamiento o en un ministerio y desde ahí, comprendiendo el alcance de su vara de mando, administran el porvenir ajeno. Un desletrado es más manipulable que uno leído. El ágrafo, el pobre que no ha sentido la llama viva del saber ni le han enseñado a sentir su orfandad libresca, sólo pide pan y circo. En esa fractura del sentido común reside la vigencia de estos cafres que insisten en su delito. El que quema los libros es un delincuente, el que priva a otro de la riqueza infinita de los libros es un delincuente: uno presentable, incluso uno razonablemente honesto con su oficio, pero malvado, perverso, siniestro en el fondo.



Han quemado libros gente de iglesia y gente sin Dios. Freud se alegraba de que fueran sus libros, a ojos de los nazis, los que merecían fuego y no él al modo en que siglos atrás quemaban a los impíos, a los blasfemos, a los heterodoxos. No sé si hoy está a la baja la quema de libros. Sé que hay países que prefieren cerrar páginas incómodas que la Red ofrece más cómoda y democráticamente que los libros. La peor censura es la que se ejerce a la vista, sin que el catón se cuide de disimular su trabajo, la que incluso se exhibe orgullosa y se erige como aviso. La máquina de la propaganda de un régimen cuenta con operarios dúctiles: no saben qué hacen, ignoran que están colaborando al embrutecimiento del pueblo. Pero se pueden aplicar normas censoras similares de forma sibilina. Vemos a diario libros quemados sin que se vea una llama cercándolos. Se queman ninguneándolos, reduciéndolos a frivolidad, escondiéndolos en los rincones más reservados de la cultura oficial, considerándolos innecesarios, poco recomendables. Y se puede fomentar desde los despachos del Poder (en esta tierra, en otra) la presencia activa de unos libros y la invisibilidad (interesada) de otros. Formas modernas de la pira literaria. Somos más discretos, admitimos lo incorrecto de algunos gestos, pero no nos resignamos a controlar el conocimiento de los demás. No vayar a ser que sepan, no vaya a ser que aprendan. En todo caso, a conciencia, en plan exhibicionista, o en privado, subrepticiamente, siempre es bueno contar con obreros que hagan el trabajo sucio. Quemar libros es de una suciedad absoluta. Hasta los que ordenan la quema saben lo terrible de ese acto.




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6.5.10

Cine negro


Contra lo que impone la costumbre, agasajada por cientos de películas de cine negro, la fotografía es auténtica. Se construyó a continuación de que alguien, bien trajeado, probablemente escoltado por un par de matones de nariz rota, escrúpulos inexistentes y ansia por agradar al jefe, decidiera quitar de la circulación a este pobre tipo, un tal Howard Guilford, a la sazón editor de un periódico que incomodaba al fulano de la metralleta en el maletero y la biografía reventona de muertos en los arcenes y coches convertidos en quesos gruyere de 1920.




Y al ver la fotografía he pensado en Camino a la perdición, un film portentoso en el que la muerte se desliza siempre a ras de fotograma y donde incluso se prestigia la belleza macabra de los muertos abandonados en el suelo, en las bañeras de los moteles baratos, en el asiento delantero de un Ford. Son los muertos que Maguire (Jude Law) registra en su cámara, arañándole al tiempo, al inasible, una brizna de su rostro. Es cierto que la realidad supera siempre a la fantasía, que la ficción no alcanza a ser tan retorcida como puede llegar a ser la vida real. Y todo está impregnado de cine y vemos fotogramas en donde sólo hay pobredumbre, grises que quieren seguir siendo grises, dolor más allá de la visión esporádica de quien sólo acudió a ver en qué consistía la trama.

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29.4.10

I read the news today, oh boy...(Revisited)


El próximo 18 de Junio Sotheby's subasta la cuartilla en la que John Lennon registró la letra de A day in the life, el corte que cerraba Sgt. Pepper's Lonely Heart Club Band. Siempre que pasan estas cosas, que alguien de pronto pone en circulación algo que estaba perdido y a lo que se le da un valor indecente (rondará el millón de dólares, según recogen los diarios), pienso en el hambre en el mundo. Pienso en la injusticia y en lo indigno. Que alguien suelte esa pasta y presuma, en fiestas con pedigrí, en la que casi todo el mundo tiene algo de lo que presumir y que posiblemente todo el mundo querría tener. No sé qué haría yo con la letra de mi canción favorita de los Beatles. La miraría con arrobo como miro las Obras Completas de G.K. Chesterton, en una edición de Plaza y Janés del año 61. No me molesta que otros aficionados a Chesterton compartan conmigo la posesión de ese libro. Es más: me produce una satisfacción erorme sospechar que en algún lugar del mundo, quizá a la vuelta de mi casa, en el bloque de al lado, alguien que no conozco lo abre por la página 1.463 y lee El hombre de las cavernas.
Ahí Chesterton formula la idea de que vivimos en un mundo extraño, pero no de una manera astronómica, sino de un modo sencillo y familiar. Luego Chesterton imagina que Dios escribe un libro sobre el hombre. Libros sobre Dios escritos por el hombre hay miles. Se solaza de que la idea le pareciera blasfema a su editor. Me pregunto, al hilo de Lennon y de Chesterton, qué pensaría el finado John si descubriera, allá en la inconcebible atalaya desde donde nos mire, las tropelías comerciales que se realizan sobre sus manuscritos. Creo que disfrutaría infinitamente si tuviese conciencia exacta de su trascendencia en la cultura popular del siglo XX. Y tampoco sé qué pensaría sobre ese anuncio televisivo en donde le cogen prestada la voz y la incrustan en un atrezzo ajeno, en un discurso al que no se arrimaría. Igual mañana encuentran una hoja manuscrita por Chesterton donde confesara, en ese estilo suyo entre lo ameno y lo maravillosamente protocolario, su adicción a literatura de más baja estofa. O leemos, entre el asombro y la fascinación, que en sus últimos años se hizo incrédulo y se dio de baja en las filas cristianas. Seguro que Juan Manuel de Prada se queda de piedra.

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27.4.10

La bella y la bestia



Errol Flynn le inyectaba vodka a las naranjas: así vencía la prohibición expresa, registrada en el contrato, de beber alcohol en los rodajes. Aquí le da a una Brigitte Bardot de dieciocho años un brebaje del que desconocemos la mezcla. No sabremos nunca qué bebía en estas fotos, tomadas en Cannes, en 1.956. Algún brebaje sobradamente comprobado. Elixires que el alma agradece. Licores sublimes.
Uno sabe la historia escondida detrás de las historias que se ven: imagina al mujeriego Flynn, el que tocaba Star spangled banned, ese arrebato patriótico de un país que no era el suyo, en el piano de las fiestas, sin manos, a calzón caído, entrando a la Bardot con sus mejores armas, contándole la vida escondida debajo de la vida, toda esos abordajes con el puñal en la boca y las mallas ajustadas, marcando paquete. Pero igual estaban en otro giro de la trama y el galán quemado le confesaba a la diva en ciernes el precio de los excesos. Tres años más tarde no habría más vodka en las naranjas, más fiestas suicidas. El médico que le practicó la autopsia dijo no haber visto nunca tanto destrozo adentro.

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España


Oigo esta mañana en la radio, en la voz de un columnista hertziano, la palabra guerracivilismo. Me afeito pensando en trincheras, en dos frentes, en iglesias quemadas y en fusilamientos al alba. Cuido el pulso, me esmero en que la cuchilla rasure sin sobresaltos, me miro en el espejo y confirmo que no sangro. No están hablando de política. Ni siquiera el muy andaluz, en la fonética y en las formas, comentarista está hablando sobre Historia. Le está dando un repaso informativo a la cogida que José Tomás ha tenido en Aguascalientes, en México, y por la que le han tenido que soplar ocho litros de sangre. Más cornadas da el hambre, que diría el castizo. Lo cierto es que de pronto, en un quiebro, en una finta asombrosa, el comentarista se arrima a la España corneada en su base, a las provincias dividadas por las lenguas, enfrentadas por los toros, empujadas sin tiento a una especie de versión nanotecnológica del guerracivilismo, término que me acompaña mientras desayuno en el bar y entro en la ficción de que los allí presentes abramos la barra libre del odio y en un plisplás nos metamos en faena bélica, por no apartarnos del mundo del rejoneo. A ver quién le mete a España veinte bolsas de plasma, con sus leucocitos y sus plaquetas, y la saca del punto muerto, sentencia el comentarista. Sospecho que no le está pidiendo a ZP nada: está solicitando al oyente que vaya pensando ya, a dos años vista, el voto fundamental; le está diciendo que espabile, coño, que se desangra el país, que se nos muere en los pies a no ser que hagamos algo. A Tomás le meten sangre azteca y vuelve nuevo. Los toreros están hechos de un material distinto.
A los países le metes sangre extranjera y te crucifican en los bares, en las tertulias de la radio, en los escaños del Congreso. Aquí todavía tenemos ese amor por la causa propia, la que no entiende de mezclas, la que se engrandece en la pureza misma, la que se alimenta de mitos ancestrales y no precisa de la presencia del otro, del extraño, de quien no comparte ideario, crucifijo, églogas, bucólicas y danzas del terruño.
España se parte en antigarzones y en prozejas, en merengues y en culés, en laicos y en fieles, en quienes escriben panfletos y en quienes los queman. Se nos da perlas eso de militar en los extremos. Los bares de España son tribunas domésticas en las que los acuertelados se desacuertelan y se explayan en soflamas, el incendio de la palabra entre pinchos y cañas. Vamos de las puyas a Tomás en Aguascalientes a la lesión histórica de Raúl en La Romareda y caemos, en la travesía de las frases, en la cuenta de que toda la tragedia se vacía en una barra de bar, en buena compañía.
Pienso en esto, en la España abierta y en su mitad hendida, la España problemática que los del 98 inventaron por unas colonias y por unas metáforas, mientras salgo a la calle y me envalentono lo que puedo. Dame, señor, coraje para elevar al cumbre de este día. Así rezaba a diario el buen Borges, el incrédulo, el metafísico. En ese temple semántico me meto yo y rezo, a mi manera, para que la sangre no se pierda en los caminos y sigamos pendiente de que Raúl evolucione a bien y salga por la puerta grande del Bernabéu y Tomás venga a España en vuelo directo y regrese a los ruedos a Córdoba, mi pueblo, donde se le espera con júbilo y donde el público agreste ha sentido como propia la cornada al maestro. Y no sé si hay guerracivilismo, pero no estamos desenterrando muertos y volviéndolos a enterrar, levantando epitafios, leyendo la letra pequeña de los huesos, buscando razones para la sinrazón y exponiendo los argumentos en las columnas de los diarios, en las tertulias de las radios, en las barras de los bares, en los bancos de los parques, en todas esas tribunas en donde el español, que es especie verbal y se enciende en sintagmas, se siente más a gusto.



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20.4.10

El cementerio marino



Leí El cementerio marino en español, en unas vacaciones en Fuengirola, a pie de playa, emboscado en una sombrilla Schweppes, a salvo del rigor de la canícula, bien pertrechado de latas de cerveza y camuflado bajo unas generosas gafas de sol y una gorra de visera. La leí en español a pesar de saber que estaba perdiéndome mucho de lo que Valéry había consignado en sus versos. Recuerdo una profesora universitaria que exhibía su manejo en el francés recitándolos fuera de contexto. Anoche, veinte años más tarde, volví a leerlo completo. No me asombró lo que entonces. Me sentí cautivo de aquel verano en Fuengirola, pensé en el mar, en la posibilidad de que la cercanía del mar condujera mi lectura al modo en que ciertos olores guían nuestro paso por una calle o cómo algunas palabras resucitan recuerdos y sentimos, en ese instante preciso, sensanciones alojadas en el remoto limbo del olvido, allá donde abandonamos fotografías de nuestra vida a la espera de que algo, qué sé yo, un verso, una melodía, una caricia, las reviva y las haga cercanas e íntimas. Leí a Valéry tan mal, a juicio de algún pureta de esto de las poéticas, que ahora no encuentro el atrezzo preciso. La playa está bien para leer a Dan Brown, me dice K. Para leer prensa deportiva. Para hacer sudokus, crucigramas, esas retorcidas formas de combatir el tedio. Este verano pienso echar a la maleta a Valéry. Lo leeré como entonces. Transformado. Convertido en un turista de mí mismo. Mirándome desde lejos. Comprobando que ese yo rudimentario y eventual es tal vez el yo verdadero y éste de aquí, rutinario y formal, responsable y duradero, es impostado, es una convención que simplemente se maneja por los días y se refugia en el sueño por las noches.

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Dios es inalámbrico...






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El íntimo cuchillo / El oro de las palabras

  Ars poética / La palabra contiene el futuro. Lo que hace Pedro López Lara, en adelante el poeta, es tantear el fuego con el que fatigan el...