7.5.10

Quemar antes de leer...






Quemar libros siempre fue cosa de quienes los leen mucho o de quienes no los leen en absoluto. En realidad son armas de destrucción masiva. O de construcción masiva. Según quién los abra o quién, a capricho de su barbarie, los arroje al fuego y vea cómo arden. Sabemos que arden bien. En la fotografía, fechada en 1.935, no deja ver si los operarios de la pira se alegran del trabajo o si, al contrario, obedecen en plan mecánico, asienten y proceden con tal de que les siguen pasando la nómina a final de mes. Cosas peores que quemar libros se hace bajo la consigna de obedecer órdenes o de mantener a una familia. Lo terrible es que todavía haya gente cazurra a la que unas urnas o un enchufe o un golpe perverso de suerte les coloca en un despacho o en un ayuntamiento o en un ministerio y desde ahí, comprendiendo el alcance de su vara de mando, administran el porvenir ajeno. Un desletrado es más manipulable que uno leído. El ágrafo, el pobre que no ha sentido la llama viva del saber ni le han enseñado a sentir su orfandad libresca, sólo pide pan y circo. En esa fractura del sentido común reside la vigencia de estos cafres que insisten en su delito. El que quema los libros es un delincuente, el que priva a otro de la riqueza infinita de los libros es un delincuente: uno presentable, incluso uno razonablemente honesto con su oficio, pero malvado, perverso, siniestro en el fondo.



Han quemado libros gente de iglesia y gente sin Dios. Freud se alegraba de que fueran sus libros, a ojos de los nazis, los que merecían fuego y no él al modo en que siglos atrás quemaban a los impíos, a los blasfemos, a los heterodoxos. No sé si hoy está a la baja la quema de libros. Sé que hay países que prefieren cerrar páginas incómodas que la Red ofrece más cómoda y democráticamente que los libros. La peor censura es la que se ejerce a la vista, sin que el catón se cuide de disimular su trabajo, la que incluso se exhibe orgullosa y se erige como aviso. La máquina de la propaganda de un régimen cuenta con operarios dúctiles: no saben qué hacen, ignoran que están colaborando al embrutecimiento del pueblo. Pero se pueden aplicar normas censoras similares de forma sibilina. Vemos a diario libros quemados sin que se vea una llama cercándolos. Se queman ninguneándolos, reduciéndolos a frivolidad, escondiéndolos en los rincones más reservados de la cultura oficial, considerándolos innecesarios, poco recomendables. Y se puede fomentar desde los despachos del Poder (en esta tierra, en otra) la presencia activa de unos libros y la invisibilidad (interesada) de otros. Formas modernas de la pira literaria. Somos más discretos, admitimos lo incorrecto de algunos gestos, pero no nos resignamos a controlar el conocimiento de los demás. No vayar a ser que sepan, no vaya a ser que aprendan. En todo caso, a conciencia, en plan exhibicionista, o en privado, subrepticiamente, siempre es bueno contar con obreros que hagan el trabajo sucio. Quemar libros es de una suciedad absoluta. Hasta los que ordenan la quema saben lo terrible de ese acto.




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4 comentarios:

Anónimo dijo...

Estás fino, Emilio, pero ya no se queman libros ni se queman herejes. La modernidad manda en la red como dices, que es un foco de rebeldes para los gobernantes del mundo.
El problema es inherente al ser humano. Si no me gustas, te quito de enmedio. Si no quiero que tengas lo que yo tengo, no te ofrezco lo que yo tuve para conseguirlo. Ahí es dondeestán los libros. Rafa

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Los libros están en donde está la inquietud. A partir del asombro nace todo. El hombre culto es sobre todo un hombre inquieto.
Se queman libros cuando no hay libertad para que otros disfruten y aprendan de lo que antes otros disfrutaron y de lo que aprendieron.
Saludos, Rafa.

alex dijo...

Aquí toca hacer referencia a la hermosa paradoja de Bradbury en la que los bomberos se convertían en piromanos. Pero lo que realmente me viene a la mente (lo que prefiero pensar), es el Bill Murray de "El Filo de la Navaja" quemando libros en lo más alto del Tibet por no morir de frío. Hace cuatro año, muy digno yo (imbuido por yo que sé qué espíritu), le dije a un conocido que acababa de tirar un periodico derechón a la basura sin leerlo, que la letra impresa siempre merece el beneficio de la duda. También vi, no hace mucho, a un conocido escritor vistiendo papeleras con libros de Dan Brown. Así son las cosas.

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Cualquier letra impresa merece ser leída, aunque sea para aborrecerla, para criticarla, para negarla, para combatirla.
Yo quemé unos libros de latín cuando gozosamente aprobé esa asignatura. Me arrepiento.
La quema, no obstante, fue un raro rato de felicidad que todavía recuerdo nítidamente.
Las conjugaciones arden muy bien.
No me hagas caso.
Buen día.