20.8.08

Cortázar habla sobre Borges


I
"... Borges pronunció una conferencia en Córdoba sobre literatura contemporánea en la América latina. Habló de mí como un gran escritor, y agregó: 'Desgraciadamente nunca podré tener una relación amistosa con él porque es comunista'. Cuando leí la noticia en los diarios, me alegré más que nunca del homenaje que le rendí en La vuelta al día... Porque yo, aunque él esté más que ciego ante la realidad del mundo, seguiré teniendo a distancia esa relación amistosa que consuela de tantas tristezas. Me temo que esa posición no sea entendida por los que cada vez pretenden más que el escritor sea como un ladrillo, con todas las aristas a la vista, el paralelepípedo macizo que sólo puede ajustarse a otro paralelepípedo. No sirvo para hacer paredes, me gustan más echadas abajo..."


de carta a Fernández Retamar del 20 de octubre de 1968

II
".... En principio soy -y creo que lo soy cada vez más- muy severo, muy riguroso frente a las palabras. Lo he dicho, porque es una deuda que no me cansaré nunca de pagar, que eso se lo debo a Borges. Mis lecturas de los cuentos y de los ensayos de Borges, en la época en que publicó "El jardín de senderos que se bifurcan", me mostraron un lenguaje del que yo no tenía idea (...) Lo primero que me sorprendió leyendo los cuentos de Borges fue una impresión de sequedad. Yo me preguntaba: '¿Qué pasa aquí? Esto está admirablemente dicho, pero parecería que más que una adición de cosas se trata de una continua sustracción'. Y efectivamente, me di cuenta de que Borges, si podía no poner ningún adjetivo y al mismo tiempo calificar lo que quería, lo iba a hacer. O, en todo caso, iba a poner un adjetivo, el único, pero no iba a caer en ese tipo de enumeración que lleva fácilmente al floripondio..."


de "Los cuentos: un juego mágico", entrevista por Omar Prego Gadea; La fascinació;n de las palabras; 1982/83

III
"El humor de Bioy, por ejemplo, me gusta mucho porque, al igual que el humor de Borges, es de directa raíz anglosajona (...) Bioy y Borges, rechazando como rechacé yo eso que los españoles llaman humor y que no es nada más que el chiste macabro y, en general, de muy mala calidad, han sabido meterlo en la estructura mental y lingüística del español y darle una especie de derecho de ciudad que le quita, digamos, el fondo anglosajón y lo vuelve perfectamente argentino y latinoamericano. En ese sentido yo encuentro una gran afinidad de mi propio humor con el de Bioy y con el de Borges."


de "Julio Cortázar, lector"; entrevista por Sara Castro-Klaren; 1976

IV
"... en la actualidad, cada vez que se menciona a Borges inmediatamente la gente se divide en bandos perfectamente diferenciados... En América latina, diría yo. En otros lugares se lo conoce como escritor; y lo que pasa en América latina es que en estos últimos años, además de su trabajo como escritor, hemos conocido los puntos de vista geopolíticos de Borges. Esto ha creado con respecto a él un antagonismo manifiesto de parte de mucha gente que no puede aceptar cierto tipo de declaraciones hechas por alguien cuya palabra tiene tanta repercusión en el interior y en el extranjero. Yo personalmente no puedo aceptar que diga, por ejemplo, que el único defecto de Estados Unidos es haberle dado educación a los negros. Sin embargo, Jorge Luis Borges ha escrito algunos de los mejores cuentos de la historia universal de la literatura. El escribió también una Historia Universal de la Infamia."


de "La vuelta a Julio Cortázar en 80 preguntas"; entrevista porHugo Guerrero Marthineitz; 1973

V
"... La gran lección de Borges no fue una lección temática, ni de contenidos, ni de mecánicas. Fue una lección de escritura. La actitud de un hombre que, frente a cada frase, ha pensado cuidadosamente, no sé qué adjetivo ponía, sino qué adjetivo sacaba. Cayendo después en cierto exceso que era el de poner un único adjetivo de tal manera que usted se caiga un poco de espaldas. Lo que a veces puede ser un defecto."


de "Cita 4" del especial de La Maga

18.8.08

Love over gold



»Me gusta el entretenimiento de masas. Yo mismo he escrito entretenimiento de masas. Pero es lo contrario del arte, porque la función del entretenimiento de masas es seducir y adular a los consumidores, para transmitirles la idea de que aquello que consideran cierto es realmente cierto, y que sus gustos y su gratificación inmediata son la máxima prioridad para el proveedor. La función del artista, por el contrario, es decir: ¡Un momento! Al contrario, todo lo que habíamos pensado es incorrecto. Debemos revisarlo.»


David Mamet

17.8.08

Los trabajos de Hércules




Alguien escribió una vez que Dios inventó las guerras para que aprendiésemos geografía. Kosovo. Osetia del Sur. Lo malo es que la lección termina cuando aparece el hombre del tiempo y proclama su vaticinio digital. No queda después casi resto de la barbarie que nos han programado para el almuerzo. Si terminamos el plato en la mesa es porque sabemos mantener una distancia con lo que no nos afecta. Y Osetia del Sur nos afecta poco, a qué engañarnos. Puede que las campanas, como decía el novelista, doblen por mí, pero me pilla lejos el tañido y sólo me van a reclutar cuando salpique mucho el desastre. De momento, vivimos a salvo, refugiados en la lluvia de medallas de los chinos y los americanos, al amparo de la sonrisa boba de Michael Phelps y la proeza titánica de Rafa Nadal. Ahí residen los héroes de la patria moral de cada uno. Ya no quedan patrias de las otras. Todas las banderas del mundo las manufacturan en China, como escribía una vez El Roto. Precisamente en China. No sabemos cuándo murieron realmente. La cosa de la globalización ha fundado el territorio mancomunado de la alegría indiscriminada. Importa escasamente que el atleta sea armenio o de las Antillas Holandesas. A vimos el prodigio de Usain Bolt, ese jamaicano de 21 años que carece de picardía y todavía bromea con las cámaras y se toma correr como un juego. El que emula al viento, brazos abiertos, mirando a la platea para ver qué cara pone el respetable con su hazaña. Su récord del mundo en la prueba de cien metros testimonia el triunfo del talento natural. Todos quisiéramos que existiesen superhéroes. El mundo espera que alguien se marvelice, adquiera poderes ultraterrenos y flanquee las limitaciones del tiempo y del espacio, impartiendo justicia y creando (sin la parafernalia y la liturgia habituales) una religión, una más pop que mística, fundamentada en cuatro o cinco verdades incontestables. Una de ellas podría ser la necesidad en creer en alguien al que admiremos profundamente. Sin argumentos. Sin interponer entre las fascinación y la cordura ninguna trinchera. Luego veremos si hay moral o hay ética o hay devoción pura y dura. De momento interesa la fe. No tenemos fe en Osetia del Sur, en sus gentes, en su dolor ametrallado en prime time, pero somos capaces de notar una oleada mágica de satisfacción cuando Phelps se cuelga el octavo oro o Gasol se cuela por la defensa yankee y hace dos puntos inservibles.
El resto de la historia no difiere del resto de las historias de todas las guerras que hemos leído o nos han contado. El villano se confundirá con el oprimido. El derrotado siempre encuentra en el fragor de la contienda argumentos para justificar el dolor y las pérdidas. El hombre es capaz de sobreponerse siempre y es capaz de hacerlo con portentosa eficacia. Por eso existe Phelps: para que de alguna forma entendamos que la esencia del ser humano, allá donde esté, es noble y está bendecida por los astros. Que debajo de la costra de miedos y de odios con la que las milicias del mundo se embadurnan el rostro y los gestos sobrevive el genio del hombre, su inmarcesible voluntad de superarse y franquear, aunque sea a base de rebajas en un ridículo cronómetro, barreras antaño imposibles. Me imagino qué estupendo sería que los gobiernos imitasen a los atletas y se impusiesen empresas de esa envergadura moral. Porque el deporte es un asunto de una moralidad absoluta y establece, con sus reglamentos y sus pequeñas guerras simbólicas, escenarios espléndidos para practicar el desarme total. Al fin y al cabo, Phelps, Nadal, Gasol o Bolt son superhéroes, pero no lo saben y siguen desafiando a Hércules.

15.8.08

La momia: la tumba del emperador dragón: El cine convertido en parque temático


Sería injusto vapulear un sencillo, aunque bien untado de presupuesto, proyecto como éste: la franquicia de las momias se puede convertir, al paso, en un lindo pack en alta definición que entusiasme al comprador compulsivo en las navidades o que satisfaga el espíritu coleccionista de cualquier cinéfilo con ínfulas pulp. Mientras tanto la idea de Stephen Sommers continúa siendo un producto rentable, entretenido y válido para ocupar un segmento de la cartelera que, cuando falta, se echa de menos y que siempre suele apalizarse cuando está. Así que aplazamos hasta mejor ocasión ese acto noble de reducir el cine comercial a cine vacuo (puesto que en ocasiones así se escribe) y toca hurgar las bondades del género. La momia: la tumba del emperador explora con solvencia el territorio lúdico de las ensoñaciones infantiles y lo adorna con los prodigios de la técnica infográfica para ocultar carencias a base de trallazos de hi-tech.
El tiempo ha borrado la frescura de la primera entrega y ha fatigado el arquetipo: ya no entramos en el juego como antaño porque el modelo ha quemado sus hallazgos y transita (como un zombie vestido de Armani) por la oferta veraniega con confianza en el éxito. Esta tercera andanada no aporta nada nuevo: se limita a reformar el atrezzo de las dos anteriores y forzar un exotismo oriental vistoso, fascinante en ocasiones, que hace que el metraje (sin alcanzar ningún entusiasmo) se deje ver y disculpe la indulgencia narrativa, la flaqueza en el discurso. De hecho, inevitablemente, uno mira la última obra de Spielberg, su flamante Indiana Jones, y comprende la diferencia que existe entre el artesano que maneja con primor los elementos del imaginario fantástico (Steven) y quien maneja los hilos con mediocridad, sin que su personaje (Rick O'Connell) logre fidelizar al público al modo en que Indiana Jones lo hace. A lo que Rob Cohen, director de este capítulo, aspira es a desentonar lo menos posible. A lo dicho, forzado este cronista a buscar el lado amable de lo que debe ser amable, cómplice del efecto balsámico/refrescante del cine como inyector de evasión, entiende que la cinta encantará y desilusionará a partes iguales. De lo que se resiente este paquete de palomitas dinámico es de su falta de riesgo. Eso de apostar por un modelo contrastado puede provocar el delirio del espectador menos exigente, el que lampa porque pasen los dos veranitos de rigor y la productora se ponga en marcha para la siguiente historia. Perú, a lo visto, espera...

11.8.08

Gente poco corriente: Te lo juro por mi Aston Martin


I
Siempre sostuve que la literatura nos procura el privilegio de asistir al sobrio espectáculo de las vidas ajenas. El cine indaga el mismo propósito. Lo hacen con el magisterio del talento ajeno, al que nos inclinamos con la devoción de quien, desposeído de la voluntad y de la valía para inventar historias, necesitamos las extrañas. Hasta aquí, el amable lector no pondrá objeción alguna. Se trata, bien en el fondo, de que la máxima de la heroína de las mil y una noches no pierda fuelle y el fluir armónico de los cuentos ocupe el aire y distraiga la mente de (tal vez) asuntos más graves. El Arte consiente, entre sus muchos oficios, el del distraimiento. Armonizar esa vocación con la belleza o con la inteligencia es lo que el espectador (goloso, cómplice, agradecido) nombra como Obra Maestra. En cine veo yo pocas obras maestras últimamente. No se concilia la semilla de lo lúdico con el abono de la honestidad. Se deja ver en muchísimas películas (ingrato este trabajo de escribir sobre lo que hacen los demás, pero ahí estamos y eso es lo que nos gusta) que el planteamiento ya flaquea por ese flanco. Ignoro la razón por la que Steven Spielberg factura mejores películas que Stephen Sommers (pongan ustedes en la balanza el último Indy, incluso defectuoso en su textura, con el cansado ya modelo del sacamomias en sus ya quejumbrosas franquicias) pero imagino que Spielberg posee un adiestramiento creativo extra (digamos), un recurso allá donde los recursos de los demás no existen. Por eso está Woody Allen y está Michael Bay, cineastas ambos. Que sí: que el público del de Manhattan no precisa la tralla pirotécnica del relamido y autocomplaciente director de Transformers. Que está la ópera y están las charangas de las comparsas de mi pueblo y ambos géneros son música. Discurriendo por este camino nos podemos alargar infinitamente y hay siempre muchas cosas que hacer aparte del noble ejercicio de las letras, aunque sean digitales.
II
Al grano: Gente poco corriente está en un término equidistante entre el genio y la mediocridad. Transita con suficiencia por esos márgenes del numen creativo y, puestos a dejarnos querer por uno, casi estaría por decir que salva el escollo y merece un rinconcito (escrito así, con minúscula) en la memoria de cualquier cinéfilo. O al menos el cinéfilo hastiado de bodrios, el cinéfilo asfixiado por memeces, el cinéfilo quemado por la apatía ajena o el cinéfilo (stop) converso en aficionado al cine. Casi que es mejor, en estos tiempos de gazmoñería industrial, ser un aficionado al cine, qué me dicen. Lo de cinéfilo es un oficio que pide mucho, y luego todo son decepciones. Es como si quien nunca ha tenido novia anda buscando una con formas macizas, cara de anuncio de cosméticos y dotado de la misma fina inteligencia que él considera su única virtud, pobrecito. No puede ser. No podemos pensar que todo artista es un artesano. Ni siquiera que todos los que crean son artistas. Griffin Dunne, a bordo de este irregular trabajo, pervierte todo empeño de romanticismo y escora su trabajo a un fatigoso terreno en el que se alía el drama a lo indie (con un arranque más que prometedor) y el pedestre informe de la extravagancia de unos personajes falsos que convendrían a cualquier teleserie tipo Dallas o Falcon Crest.
En esta fractura, se pierde Gente poco corriente. Ahí naufraga lo artesano o lo creativo, y se manifiesta (con incluso un punto de frescura) la opereta circunstancial, el amaneramiento de las formas clásicas. Si un Douglas Sirk hubiese cogido este asunto tras la cámara tendríamos (a beneficio de Almodóvar y otros cuantos locos más de este genio del cine) un profundo drama de clases, una de esas historias sin tiempo ni espacio en la que los actores se fatigan en cada plano y el espectador, arrebujadito en su butacón, sufre los embites del dolor de lo humano. Aquí nada humano duele.
La tropa de hedonistas que fatiga su aristocrática existencia entre buganvillas, sesiones de masaje tailandés, esnifadas del Magreb y sofisticadas fiestas en el jardín (al más puro estilo inglés) exhibe el corazón, deja entrever un poso de sentimentalidad, pero terminan arrastrados (como si fuera una novela de Balzac o de Zola), descarriados, arrumbados al limbo perfecto del dinero, entretenidos en escaramuzas libidinosas más que ocupados en bosquejar una cartografía del corazón, conscientes de que la vulga pasta ocupa plaza allá donde tal vez deba reinar el alma. A todo esto, el film arranca portentosamente: da cuenta de los razonamientos de las clases sociales que luego va a enfrentar, esto es, la madre frágil, toxicómana, lírica en su belleza tardía, y el hijo intelectualizado, pequeño artista de su abandono, que comprende que el nuevo mundo al que han sido invitados (la mansión del amigo de la madre) puede analizarse bajo el prisma antropológico con el que la cinta abre su metraje y al que no abandona ya nunca.
Los ricos maduran de forma distinta, se deja oir de fondo. La obra de Dunne no se hace responsable de sus personajes: hay una distancia de seguridad en la que el director (que también escribe) formula su asepsia narrativa. No hay juicios; tampoco tregua en el limpio proceso de disección de la moralidad de sus hijos. Al final, derrumbando el buen tono, se enfanga en un aburrido capítulo de venganzas, lances de honor e investigaciones privadas que lastran el conjunto o, si se quiere, lo arruinan casi completamente. En todo caso, así me lo pareció. Asistir a las vidas de los otros no garantiza que discurran como uno quisiera, salvo que sea uno mismo quien las escriba, las mime y las airee al mundo a beneficio de ociosos. Yo sigo siendo uno enorme.

Funny games: El ataque de los clones

I
Toda la película está ya resumida en sus primeros minutos: una pareja burguesa con un hijo se dirige con su Range Rover hacia su casa a orillas de una lago. Arrastran una barca de dimensiones obscenas. El entretenimiento consiste en ir adivinando, gozosa, lúdicamente, qué piezas de ópera van sonando en el reproductor de cd. De pronto la música clásica deja de sonar y la banda sonora del film apabulla con una machacona apisonadora de hard rock industrial, ruido reposado sobre dudosas bases melódicas. El resto es un desasosegante thriller cuya consistencia reside en las implicaciones morales y en las justificaciones sociales de una pareja de psicópatas que abordan la plácida vida aburguesada de una familia con la inexcusable tarea de matarlos sin que en ninguna circunstancia del film se nos informa sobre la naturaleza del crimen o sobre las consecuencias de su ejecución. A tal efecto, Funny games (ahora da igual qué versión) se reviste de provocación y va transitando, sin apenas recursos estrictamente cinematográficos, por lugares trillados por otros films, pero que aquí están ampulosamente llevados a un extremo brutal, aunque jamás nos escandalice ninguna escena porque lleve aparejado un componente violento explícito: aquí no se el pornográfico y truculento gore de otros adalides de la provocación como el Tarantino de Pulp Fiction o de Reservoir dogs o el pseudointelectual Oliver Stone de Natural born killers.
Haneke obvia el regodeo: se instala en los planos larguísimos, estáticos casi, de personajes varados en la tiniebla de la inmoralidad ( los yuppies que asaltan la casa y ejecutan su siempre absurdo plan ) y personajes lastimosamente anclados en la incomprensión y en la impotencia de no saber el objeto del juego al que han sido empujados. El episodio de la ópera mutada en ruido metálico es la referencia: ahí está, aunque leí que Haneke no lo tenía claro del todo, la línea argumental de todo el film: cómo la vida se sustenta en muy frágiles cimientos y cómo el azar ( qué si no ) puede variar el acomoditacio y merecido ocio de estos burgueses amantes del bel canto hacia la tragedia sin paliativos.
Lo que la cinta no plasma con alguna elocuencia es la razón de estos cabrones que usan la violencia como juego, un juego divertido, como dice el título. Kubrick hizo La naranja mecánica con una muy clara idea de qué pretendía esa aparente apología de la violencia. La novela de Burguess ya principiaba un sólido alejamiento de toda idea frívola de la violencia. Drugos y nadsat fatigaban las calles en busca de diversión como estos niñatos de Funny games. Incluso hay un tributo a ese film en éste: Alex ( Malcolm McDowell ) es lenguaraz, vivo, culto y refinado, y tiene a un adlátere lerdo, fofo y primitivo, su “drugo”. Igual sucede aquí. Los dos personajes están construídos con idénticos mimbres psicológicos si es que alguna psicología pueda usarse para razonar el comportamiento de ese tipo de gentuza.
Haneke deconstruye la gramática del thriller con psicópata y prisionero que sabemos que va a morir antes de los títulos de crédito: lo hace eliminando todo signo de gratuidad erótica: la mujer es obligada a desnudarse pero nunca hay más piel enseñada que la necesaria . Tampoco se ensaña en las muertes que se van produciendo: las retrata asépticamente, casi sin un empeño en denunciarlas. Es significativa la última, que parece un accidente de la climatología más que la pérdida trágica de un ser humano.Los secuestradores o los asesinos o los yuppies tarados ( qué importa ) juegan también con el espectador, que es una pieza más en la trama: lo implican en el juego, le obligan a determinar una postura o a razonar con ellos la lógica de lo que está sucediendo. Hay incluso una escena en la que la película se autorebobina: lo que parece un final feliz o, al menos, el camino para que ese final feliz se produzca es violentamente censurado por el asesino. Cuando su amigo es escopeteado, busca nerviosamente el mando a distancia de la televisión para echar atrás lo que acaba de suceder ( nosotros vemos como la cinta va hacia atrás efectivamente ) y borrar esa incomodidad ( que su amigo muera ).
Lo que esta agresiva e incómoda cinta promete es un espectáculo transgresor como pocos: la exquisita educación de los asaltantes va aditamentazo su comportamiento esquizoide, su impulso criminal. Duele pensar que una mente lo suficientemente despierta y culta como para pedir huevos por favor y excusarse por parecer maleducado luego sea capaz de disparar a un niño o reventar un futuro con esa pasmosa facilidad.Esta turbia constatación de que el mundo va mal y de que todos los que en él andamos fagocitamos las mismas débiles promesas de que quizá algún día va a ser mejor no puede sustraerse de ser catalogada como la película insoportable que reposa en nuestra colección de películas a la espera de que un amigo con ganas de emociones fuertes nos pida algún entretenimiento nocturno.
Hablando exclusivamente de cine, Funny games no es cine: es una especie de experimento basado en las técnicas del cine, pero se escapa de esa categoría conceptual cuando Haneke contradice todo sentido lógico de la narración y se queda dos minutos parado en un fotograma, que bien pudiera parecer un cuadro. Yo me sentí desasistido, ajeno de pronto a todo cuanto había visto antes. Deseé ( y lo hice vehementemente ) poder rebobinar la cinta hacia delante. Lamenté no tener a mano un mando a distancia ( ¿ el de la película ¿ ) para poder avanzar unos minutos y perder de vista el plano fijo, reventón, exasperante, tedioso, abusivo, de un hombre con la pierna destrozada en una silla o una mujer cerca del cadáver de su hijo, al que han matado, pero no lo hemos visto.
En muy concisas palabras, hay que tener muchas ganas de pasar un mal rato para dejarse atrapar por Funny games. Caso de que esas ganas existan o de que uno no tenga no puñetera idea de qué va el asunto ( cosa que me pasó a mí ), hay que apencar luego con el mal rato. Saber llevar el resto del día. Dormir a pierna suelta después de verla sin que pesadillas tenebrosas sobre la maldad y sobre la mala leche de muchos, algunos de los cuales igual están irremediable y lamentablemente cerca de nuestra plácida vida.
Parece que Haneke va a volar a Hollywood para hacer allí un remake de su Funny games con estrellas del celuloide ( Tim Roth y Naomi Watts ). Ignoro por completo si he visto una película buena o mala. No caben aquí calificaciones, jerarquías, sometimientos a una escala que a veces no es fiable. Aquí hay que desconfiar de todo. Hay que tragar saliva. Hay que cerrar los ojos. O abrirlos mucho. O no pensar. O pensarlo de golpe todo y a una velocidad muy rápida.Qué mundo. Qué mierda.


II
Vista la clonación, repito la crítica. Obvie el lector la parte que desee y piense como se le antoje para ubicarse en una o en otra. Si Haneke ha hecho un calco (plano a plano) de su obra, me permito yo un texto paralelo al antiguo. O es el mismo. Pierre Menard, autor del Quijote, estaría orgulloso de mí.

9.8.08

Olimpismo, censura y globalización


A la vista del estruendo mediático que las Olimpiadas de Pekin han generado, parece un apunte frívolo decir que la ceremonia de inauguración fue esplendorosa. De fondo, al tiempo que los fuegos artificiales esplenden el cielo chino y Zhang Yimou registra el dinamismo, la festividad de los colores y la impresionante puesta en escena de esas imposibles masas de seres humanos movidos con matemática belleza a beneficio del capitalismo moderno, la población del mayor país del mundo se esconde para no desentonar mucho. Lo ideal hubiese sido que las Olimpiadas de Pekin se hubiesen celebrado en Tokyo. Japón, a los ojos occidentales, es más presentable. A los chinos les falta un hervor en derechos humanos, un par de actas que firmar para finiquitar la censura y tal vez dos decenios de capitalismo salvaje para que el turista no tenga un alijo de miedo incrustado en el pecho no vaya a ser que cualquier imprevisto lo meta entre rejas o le convierta las vacaciones en un infierno amarillo. A salvo de las estampas rurales, que son las que hacen decaer la imponente puesta de largo de China para el mundo, las Olimpiadas 2008 van a ser un éxito. No habrá contaminación que las doblegue; tampoco las revueltas de las etnias humilladas podrá vencer el escudo militar que tutela el buen funcionamiento de los atletas, su puesta en acción, el brillo del sudor bajo las cámaras de alta definición. Las revueltas populares, las demandas del pueblo ahora que hay público que los contemple, serán asfixiadas por el ejército, que no es de terracota, pero dará la talla y sofocará el motín. Así que nada que objetar a Pekin 2008. En lo deportivo, una fiesta. Pero afuera, a ras de calle, el país bascula entre los planes quinquenales del comunismo infame y los destellos de néon de los McDonalds y de las tiendas de Louis Vuitton en las calles aristocráticas de Shanghai. Ayer, no obstante, el espectador doméstico, el que se pide el sillón favorito y se pertrecha de refrescos, frutos secos y patatas chips para sobrellevar las cuatro horas de arrullo olímpico, disfrutó del show y aceptó que los chinos son únicos a la hora de mover masas y asombrar a base de sincronismo atlético, trajes hermosísimos de leyenda del siglo XII y colores infinitos ahogándonos la retina en placeres.
Detrás (siempre acudimos a la trastienda para enseñar los trapos sucios, la infamia escondida) está la dictadura, está la pena de muerte ejecutada sin pudor, está la censura digital (aunque las Olimpiadas parezcan abrir nuevas vías y demostrar que va en serio la occidentalización del gigante asiático), está la pobre legimitad de la carta de los derechos humanos, conculcados sistemática y expeditivamente. Detrás está la pantomima de la ceremonia de la aceptación pública. Luego está Bush, el saliente, que ha dicho bien alto que China debe mirar al futuro y fomentar una política de bienestar, que no censure, que no confisque la libertad en nombre de la vigencia y la prosperidad de un partido político único. Él debe haber olvidado el gulag de Guantánamo, ese infierno patrocinado por los votos ciudadanos, que no baja la guardia y prosigue su incendiaria búsqueda del enemigo, su prospección en los límites del aguante humano, su negación de una justicia democrática, su desprecio por la legalidad internacional. Así que todo esto, a pesar de las medallas y del brillo del músculo, tan legítimo, tan noble, es un espectáculo artificial. Podrían haberlo hecho en Tokyo, digo yo. O en Talavera de la Reina, aunque igual estos dos sitios tan alejados y tan distintos también, puestos a hurgar, exhiban totalitarismos, infamias del tamaño de mi perplejidad.

8.8.08

Venganza: Bauer II o el fracaso de la sutileza


Mientras que una película me entretenga, estoy dispuesto a sacrificar que no la dirija John Ford o Fritz Lang. Algo así venía a decir un viejo amigo mío, al que todavía veo y disfruto, cuando salía exultante de ver Terminator o Conan el Bárbaro, versión John Milius. En el fondo de su alma entendía que aquél, a los ojos del cinéfilo en potencia por el que me tenía, no era el cine más digno ni tampoco al que se le encomendaba la salvación del séptimo arte en una época (los ochenta) en la que abundaban castigos a 24 fotogramas por segundo que sonrojaban al espectador mejor pertrechado de mal gusto. Mi amigo habrá disfrutado horrores con Venganza. Le habrá parecido una obra maestra por varias razones que alcanzo a entender. La primera apela a ciertos mecanismos muy primarios de identificación con un justiciero, un héroe de acción sin excesiva carga psicológica que arrambla (literalmente) con todo cuanto le estorba en la sacrosanta misión de salvar a su hija de un red de albanokosovares. La segunda está fundamentada en el vértigo que provee este tipo de espectáculo. En Venganza hay tralla visual como para terminar exhausto en la butaca. Eso de notar las pulsaciones trompicarse y sentir el corazón cual jinete en una montaña rusa agrada. Diré que agrada sin más, sin que luego ese júbilo adrenalítico ofrezca al alma remansada alguna golosina intelectual. Jean Claude Van Damme es el rey de estos atropellos que aceleran el salto sináptico y dan al feligrés de las altas emociones y de los vacuos contenidos alegría pura y dura. En Venganza resuena el cine de acción de los setenta, de vengadores urbanos a lo Bronson que marcan perimetro (Bauer dixit) y se entregan con desparpajo cuasifascista a la demolición del paisaje. En este sentido, la película de Pierre Morel, otrora subalterno de Luc Besson, que también produce, surpervisa y tutela este blockbuster estival irrefutable, acude al muestrario de tópicos sin pudor y celebra la sangría de los malos con fanfarria y trompetería, con la cabeza puesta en la caja y el corazón dividido entre el bochorno de hacer un bodrio veraniego y la certeza de que, entre el caudal de bodrios cortados con similares tijeras, éste es el mejor, el que más se deja ver y menos incomoda al espectador exigente.
Liam Neeson, nuevo héroe local, se acomoda con pasmosa eficacia en el papel de padre coraje con "ciertas habilidades" que acude al salvamento de la hija. En noventa minutos escasos el bueno de Liam le ha quitado la hegemonía a los Seagal, Van Dammne y Norris de turno, e imprime al papel una dureza dramática y una contención que no está al alcance de estas marionetillas de testosterona y músculo reventón.
Ahora la película en sí: floja hasta la anorexia mental, exenta de ningún giro argumental que eleve su textura simplista, Venganza se deja muchos cabos sueltos para ser una buena película. No escarba lo que debe en la premisa fundacional que la justifica: la corrupción policial que permite las mafias del Este y su trama de extorsión, drogas, trata de blancas y otros hitos de la infamia delictiva. Los malos son esquemáticos (tal vez quisieron dejarlos así, huérfanos de fondo, alojados en dos dimensiones, expuestos al jaque del americano infalible) y apenas ocupan (melodramáticamente hablando) diez asquerosos minutos. Los buenos se resumen al padre investido de héroe, que va consumiendo cartuchos, golpes de kárate y recursos tecnológicos como si el espíritu del ya citado Jack Bauer y el olfato de Grissom le hubiesen convertido, por fuerza, por los imperativos del guión, en un pequeño dios de la venganza, incruento, desalmado, convencido de que la tortura (una escena que me remite otra vez a 24) y los expeditivos disparos en el vientre de todo ser humano que se le cruce al paso están justificados. Algo así deben pensar todos los mercenarios del mundo. De alguna forma basta un pensamiento noble (de nobleza íntimamente asumida) para ser un ejecutor total y carecer de moral para lograr un objetivo.
Da igual que el vengador provenga de la CIA o de algún secreto grupo de élite capaz de encontrar el paquete de kleenex de Bin Laden: lo explícito es la violencia, la que sustituye a la palabra y embota toda posibilidad de reflexión. Claro, mi viejo amigo dirá que también Michael Mann (santo de mi devoción) acude a la violencia. O que Sam Peckinpah la llevó al paroxismo de la belleza. O que Quentin Tarantino, ese genio de la provocación, no disimula su amor por las armas (magnums, espadas, coches). Todo eso no tiene nada que ver con Morel, que no siendo un mal director (la cinta está montada con brío, no hay espacios en blanco, la acción discurre con eficiencia) tampoco aspira a crear un cosmos particular. Su encargo (aceptemos que es un divertimento veraniego con estrella hollywoodiense a la vista) no difiere de otros irremisiblemente abocados al estrépito del olvido. Los videoclubs se alimentan de este material innoble, pero necesario. Pienso ahora en Shoot 'em up, esa joya de la adrenalina, ese chiste alargado dos horas que me hizo disfrutar muchísimo en la butaca. Venganza no está a su altura porque parte de premisas más serias, y marra en esa mescolanza, en intentar matrimoniar la película de denuncia y la de acción. ¿Que si disfruté? Cuando estuve lo suficientemente insensible, cuando advertí que podía aceptar el vértigo y el tsunami de cine B (qué es, al cabo) y me colé en mi papel de espectador infinitesimal, sí. Y mucho. Luego tal vez el corazoncito cinéfilo, que anduvo agazapado, convertido en un objeto nostálgico, pida platos más fuertes. Por eso, por la noche, en casa, enchufé el home cinema, cerré ventanas, enchufé al aire acondicionado )recordad que vivo en Córdoba) y me coloqué el DVD de Pozos de ambición. No hubo ni una hora entre un trallazo y otro. Sesión doble pura. Como si después de ver una de Pajares y Esteso o de Alvaro Vitale uno decide ver Fresas Salvajes. Coño. Viva la sutileza

5.8.08

Escondidos en Brujas: El peso del mundo es amor


A menudo la figura del sicario que mata por dinero, el asesino a sueldo tan prolífico en la historia del cine, se aureola de glamour, empatiza absurdamente con el espectador que detesta su modus vivendi, pero que queda hechizado por el malditismo de su vida, por su metódica puesta en escena, tal vez por su desprejuiciada manera de abordar los problemas universales como la muerte, la soledad, el destino o la dignidad. Seres desafectados de moral alguno, albergan, no obstante, implacables códigos de justicia, contratos íntimos con algún dios caprichoso y rudimentario al que profesan una fe de una liturgia muy rudimentaria también, fácilmente escorable a la tragedia y a la escritura épica, forjada a golpe de muescas en un invisible libro de faltas. La historia que cuenta Escondidos en Brujas ronda el romanticismo crepuscular de un par de singulares asesinos a sueldo a los que podemos colocar todos los tópicos del género, pero que se comportan como dos turistas inefables y hasta simpáticos. Uno entregado a disfrutar del encanto monumental de una ciudad hermosa, Brujas; el otro, asqueado por esa belleza que él no pide y que se le cae encima debido a su escasez de interés y a su absoluto desperpajo en otros asuntos mundanos como beber cerveza sin descanso, ligar con chicas belgas o buscarse problemas sin excesivo esfuerzo. Los dos fatigan la ciudad, la recorren y hacen que nosotros, estupefactos asistentes a lo que parece habérsenos vendido como thriller, pero que deviene en su segundo tramo en un trepidante (aunque melancólico al tiempo) ejercicio de incontinencia visual para compensar quizá la mesura con la que el director, Martin McDonagh, nos ha colado la primera, que es poética en un sentido literal del término, y es también profética, porque establece, sin estridencias, los ritmos y las maneras que luego exhibe el film hasta su abrupto cierre.
Más interesado en describir los mecanismos de la redención del pecador que en montar un thriller al uso, McDonagh escamotea al espectador goloso de sensaciones fuertes la sangre previsible y le obsequia, a cambio, con la mansedumbre de quien no precisa de exhibiciones plásticas para contar con estilo, sobriedad y contundencia la historia que se propone. De hecho la película fija al final el tono violento que antes no requería para rubricar la tragedia como es debido. Los mismos griegos, los que inventaron todo esto, no lo habrían hecho con mayor legitimidad. Se trata, en el fondo, de ir aplazando el concurso de la muerte hasta que el argumento no puede exprimirse más o no debe exprimirse con más líneas inservibles. Me asombró que la película fluyera con esa quietud para luego desembocar en el fuego de artificio en donde se cierra lo narrado. La ironía con la que el guión va ofreciendo las claves de su naturaleza tragicómica se mezcla con la tristeza hermosa de una ciudad ocupada por turistas, enanos y un elenco de criaturas irracionales a las que no se les deja crecer, siendo únicamente piezas de un mecano portentoso, lírico y portentoso, que no da enigmas al modo en que otros thrillers edifican su mecánica narrativa: Escondidos en Brujas es el anti-thriller, se abastece de pequeños tics, de escenas de una atonía manifiesta, pero que conducen con pasmosa eficacia a la conclusión inaplazable, a la escenificación de un guignol de lo humano que entronca con el teatro más que con el cine, que no suele ser tan explícito en lo simbólico, en lo que todo es justamente lo que parece y, en cambio, los significados ocultos, la medida exacta de los personajes y su rol preciso en esta maquinaria de sentimientos y de culpas, son los que planean más tiempo en la memoria del espectador. De fondo, a pesar del drama y de la vocación negra del film, hay un humor fino, que cala al punto de distraernos de materias mayores, pero Bélgica, para un inglés, es un país mofable, dicho esto con la experiencia de haber tenido amigos ingleses que así me lo confirmaron.


1.8.08

Espuma de agosto, uno

I Is there life on Mars?
Hay que decírselo a David Bowie: a falta de vida en Marte, hay agua. Incluso a juicio de uno de los obreros de este prodigio sideral, agua potable. Tal vez el duque blanco duerma esta noche con la certidumbre del trabajo bien hecho. Julio Verne, de estar vivo, dormiría así todas las noches. Pero no podemos asegurar nada. A lo visto, a lo leído, la NASA ha metido las pinzas de sus máquinas cinco centímetros en el suelo de Marte y allí, rutilante, tesoro de ociosos, la capa primordial de hielo marciano. Yo creo que todo es un bluff veraniego, una de esas noticias que equidistan entre lo fascinante (vida extraterrestre, oh my God) y lo mitológico. Se cruza en el agosto terrestre la épica de la ciencia-ficción, tan alicaída desde que la realidad se la come a golpe de nanotecnología pura y dura, con la maquinaria fabulosa de la imaginación, que es capaz de anular el dolor y sacar del rastro que deja una serpentina de colores. A nivel de calle, Marte queda siempre excesivamente lejos. No hay forma de que ninguna noticia del planeta rojo alcance la relevancia de algunas de las que manejamos en la madre tierra. De Juana Chaos, confinado en Marte, habida cuenta del apaño del agua, podría ser la noticia del verano. Además allí no tiene vecinos y no tendrá que sufrir el mal rato de toparse con la madre de uno de sus ajusticiados. Eso que gana. Aunque sale mañana. He aquí uno de los resquicios (hay muchos) del Estado del Bienestar y de la fiabilidad de sus Instituciones. Una especie de hueco legal por el que es fácil que, al reptar, quepa un cuerpo. Más si está en huelga de hambre. Lo de la huelga confirma que Marte es un destino óptimo. Allí no hay tentaciones con las que traicionar tus propósitos.
II Butifarra entre nubes
Entra en lo razonable que un avión alemán (Air Berlin) que aterrice en Barcelona procure que su personal de a bordo domine el idioma de sus clientes. En Cataluña, un avión alemán debe, además, incluir el catalán. Este expolio de la razón, este pequeño resquicio de la inteligencia (emocional o disquisitiva o sensorial) no lo es tal para los directivos del Barcelona, que han cancelado su vuelo de Pisa a Chicago con esa línea por este asuntillo lingüístico. Será que la empresa es de éas de bajo coste y entonces se acepta que el encaje de las cuentas no consiente clases de catalán o de vasco o de cualquier lengua cooficial de la reinante en los países con los que se trabaja. Ha sido de tan enorme y sentido calibre que hasta han renunciado a recuperar el dinero invertido en el viaje o, al menos, un cincuenta por ciento del mismo. Lo anómalo es que quienes dieron luz a esta manifestación del enamoriscamiento patrio quieran ir a los Estados Unidos a hacer unos bolos. Allí, que se sepa, desconocen el catalán. Por desconocer, el grueso de la gleba yankee desconoce incluso la existencia de una cosa llamada Cataluña. Llevado el argumento al extremo, que es una de las ventajas de escribir a vuelatecla en una tórrida tarde de agosto después de haber dado una cabezadita en el sillón, me pregunto cómo es posible que a estos embajadores plenipotenciarios de lo suyo se les ocurra el absurdo de jugar con el Huelva o con el Gijón, recién ascendido. O con la Juventus en la Liga de Campeones, en la que todavía (de facto) no están. Serán ajustes de caja, pequeñas cesiones para que las discrepancias con la honorable vecindad nunca exceda ciertos límites plenamente asumidos en el protocolo, en ciertas reglas del juego que casi siempre (he ahí el avión alemán para evidenciarlo) se cumplen a beneficio de la idílica globalidad. De ahí a que Laporta cree su propia aerolínea hay un trecho oceánico, nunca mejor dicho. Caso de que la bienaventuranza pecuniaria, los triunfos del balón y los arrestos nacionalistas así lo dictaminen, butifarra a cinco mil metros de altura, folclor en el hilo musical y TV3 en la pantalla del pasillo central.
III Tres personajes
Zapatero le pide a Rouco Varela que amarre a Losantos, pero el obispo hertziano, el que le da vuelos semánticos y desoye la admonición de todos los augures, sonríe con ese estiramiento de emocionalidad nula que acostumbra ante las cámaras. La curia domina los modos televisivos. Mi amigo K. sostiene que gente criada entre libros, intelectuales de lo suyo, hecha a capear dos milenios de zarandeos, cruzadas, milagros y persecuciones de toda condición no se amedra ante una cámara, ante un micrófono. Es más: ahí se aúpan y exhiben sus destrezas más laureadas, aquéllas que les han conferido el status del que gozan y del que ningún gobierno, por socialista, laico y de progreso que sea, les va a quitar. De eso se trata, al cabo: de buscar los flecos de la concordia entre los rizos del enjundioso sol de agosto. A ver si el verano, época de placidez mental y de esparcimiento de lo lúdico, esparce sus rayos salutíferos por el orbe y algo les pilla a estos dos prebostes de la sociedad. Lo de Losantos se escapa a mi torpe forma de hilvanar argumentos. Me veo en la obligación moral de colar alguna reflexión (me explotan cien en el pecho, otras cien la cabeza y todas me parecen espuma, aire leve de estío frente al monstruo deslenguado que las alienta) pero no voy a dejar escapar ninguna. No es día. Es hora de remansar los ánimos. Lo exige la epidermis, azotada por la canícula. Lo pide la delgadez antológica de los periódicos en estos días. Se devoran en tan escaso rato que hace falta comprar dos o tres para ocupar lo que antes te daba, amplificado, uno. A pesar del esfuerzo, no sé conciliar mi incontinencia sintáctica y mis iras ideológicas. Por eso cierro capítulo y me voy al cine a ver con la familia La momia 3. Un clásico del verano, no crean.

El íntimo cuchillo / El oro de las palabras

  Ars poética / La palabra contiene el futuro. Lo que hace Pedro López Lara, en adelante el poeta, es tantear el fuego con el que fatigan el...