27.5.08

Sidney, bye




El día acompaña al deceso. Está gris, amenaza lluvia y estoy noqueado por haberle robado demasiado tiempo al sueño anoche. He oído esta mañana, mientras salía el café, que ha muerto Sidney Pollack. Borges contaba en un cuento que un día esplendoroso, jubiloso, alumbrado de prodigios, no podía albergar fatalidad alguna. Que era imposible que el sol, la luz y el ritmo invisible de las estrellas en el lejano firmamento escondiera alguna forma, aunque fuese diminuta y frágil, del mal. Quizá no debiéramos morir y lo único que hacemos es buscar argumentos a ese absurdo cierre de programa. Pollack se quedó sin terminar su obra. Lumet todavía la perfila, a los ochenta y tantos, pero hay gente que se va antes y por causas menos épicas que un cáncer cuando ya has vivido lo suficiente. No podemos llorarle en exceso. No intimamos nunca con él, pero disfrutamos mucho con Memorias de África, Tal como éramos (que gusta especialmente a mi mujer), Las aventuras de Jeremías Johnson, Danzas, malditos, danzad, Los tres días del cóndor o Tootsie, muchas de ellas interpretadas por un imagino dolido hoy Robert Redford, pero yo le recuerdo como actor, dirigido por Woody Allen en Maridos y mujeres. Esa es la imagen que guardo. No descansará en paz: nadie lo hace nunca.

26.5.08

El disco de hoy: Mike Oldfield: Music of the spheres


Reconozco que Mike Olfield ocupó parte de mi educación musical. Compré en vinilo Tubular Bells (parte primera solamente), Ommadawn, Incantations, QE2 (etc) y llegué a la parte popera de Moonlight Shadow, Family man y demás arrebatos populares con voz cristalina y punteo arrebatador. El vinilo buscó al CD y ahora poseo casi toda la discografía del otrora genio. Reconozco también que no regreso a él como debiera. Me deslumbré tanto y tan joven que ahora, más talludito, me cuesta involucrarme en aquella orgía cromática de campanita, guitarras épicas y violínes salpimentando de galaxias flotantes el diseño armónico. Y dejé al amigo Mike hace bastantes años. Lo escucho en el coche, distraídamente, aceptando que en esa bizarra colección de himnos (algunos) estuvo mi crecimiento como oyente.
El jazz (la música que ocupa casi el completo de mi ocio) llegó al tiempo que Mike Oldfield se perdía en sus cascadas sinfónicas. Digamos que Thelonius Monk y el autor de Platinum se vieron en un rincón de mi cerebro, se saludaron y cada uno rehizo su camino. Uno hacia la luz. El otro a la sombra. Hace pocos días lo he recuperado. La culpa la tiene este pedazo de disco: Music of the spheres. Es un regreso con mayúsculas a la mejor música que este hombre ha facturado. Se ha deshecho del síndrome tubular y ha compuesto la mejor colección de canciones imaginables. Llevo un par de días oyéndolo en mi bendito Ipod y no voy a dejar de hacer tal vez en un par más. Tal vez se ha dado cuenta de que la industria no le precisa y hace su trabajo con otro desparpajo: como cuando en sus tierna adolescencia compuso el inmortal Tubular Bells, que todavía sigo considerando uno de los mejores discos que pueda escucharse, uno de esos de isla desierta y todo ese rollo metafísico. Sorprende, fascina, aturde.

Cosas que perdimos en el fuego: Besado por Dios


A uno le incumben tres o cuatro empresas en el transcurso de una vida y todas acaban por arrimarse a la felicidad o a su búsqueda. A ella conducimos empeños, gestos, palabras y hasta olvidos. La fatalidad azuza fatalidades. La tristeza busca tristezas. Un dolor pequeño alumbra un dolor grande. La débil línea que separa la luz de la oscuridad, la plenitud y la miseria, puede ser un mero gesto, un chasquido del universo, un verso diminuto en la música del azar. Y la muerte atraviesa los huecos de esta tosca trama inevitable. Lo que perdimos en el fuego no es después ceniza, el resto humeante que vemos: de esa pérdida trata la película de la directora danesa Susanne Bier, que ha entrado en Hollywood de la mano del influyente todavía Sam Mendes.
Cosas que perdimos en el fuego es la historia de una ausencia y de cómo hay que buscar con qué rellenar el vacío, una especie de teorema de Arquímedes a la inversa, un puzzle infame al que nunca querríamos entregarnos.
Halle Berry, la oscarizada, es Audrey Burke, quien pierde a su marido en un evitable accidente callejero. El marido ausente (un recuperado David Duchovny) interrumpe involuntariamente una vida familiar plena, dichosa, únicamente afectada por la amistad que éste profesa con un amigo de la infancia al que han devastado por completo las drogas, Jerry Sunborne(Benicio del Toro, oscarizado también, cómo no). La forma en que Audrey debe sobrevivir a la tragedia impone que rehabilite a Jerry a la vida ordinaria. Historia de adicciones físicas y emocionales, la cinta, en su balbuciente grandeza, revela cuestiones que nos atañen indefectiblemente a todos, pero no invoca clichés ni se ata las manos con la imprudencia de escarbar caminos ya conocidos. Bier huye del melodrama adocenado y desliza una visión frágil de lo que es, en verdad, frágil, un punto de vista dramático que podría haber tirado por otros derroteros más efectistas (y eso que hay aquí materia prima suficiente como para poner el vello de punta a más de uno).
Morosa en ocasiones, cercana en su textura a un telefilm sobresaliente, bien orquestado, la cinta no es de fácil digestión: no es sensiblera, pero se escora al tenebrismo sentimental; no es lacrimógena, pero propicia un principio de llantina. Sus encuadres heterodoxos, su intimidad física (hay muchas tomas en macro puro de manos, ojos, perfiles que dan a la historia una cercanía considerable) y su difusa sensación de obra inconclusa (como si supiésemos que no va haber un final feliz y que tan sólo asistimos a una magna ópera documental)
Las recaídas de Jerry, su bizarra personalidad, sostiene gran parte del metraje, pero Halle Berry borda un papel inconmensurable, por el que batalló ante la productora para que retirasen del diseño de producción la idea de que la protagonista fuese blanca.
Poco previsible, escorada a una didáctica representación de la muerte, Cosas que perdimos en el fuego es una estupenda película, un tour de force interpretativo, un abigarrado muestrario de sentimientos y, sobre todo, una evidencia de que la aflicción, convenientemente presentada, sigu siendo un suculento plato cinematográfico. Y si al lector poco cómplice de estos empalagos le parece demasiado dramática esta retahíla de emociones humanas que vaya al videoclub y se saque la última de Steven Seagal, que igual todavía pega patadas zen sin desbaratarse el meticuloso peinado.

Antes de que el diablo sepa que has muerto: Crónica de la miseria del alma



"Más vale que estés en el cielo media hora antes de que el diablo se percate que estás muerto"
(Adagio irlandés)


Advertencia: No lea el amable lector esta reseña caso de que desee que en la inocencia absoluta de su argumento.


No sabremos nunca si hay cielo. Caso de que lo haya tampoco ganamos respuestas que nos certifiquen su existencia. Aunque esta vida pida otra a veces tenemos que soportar estoicamente la que vemos con los ojos y tocamos con las manos. Esa vida, azotada por infamias como hipotecas, deudas, desfalcos e impagos a tu ex-esposa, no les gusta a los hermanos Hanson. El mal les acecha, pero no saben escuchar y se enfangan en una epopeya clásica donde no es posible que ningún júbilo triunfe. Así que asistimos a una desoladora exhibición de lo más ruín del espíritu humano, un repaso a las miserias del alma más a la vera de la narrativa rusa del XIX que del thriller de Hollywood, aunque el cine negro (esa idea hermosa del mejor cine negro posible) sobrevuela la trama y deja en el espectador goloso el poso más firme de los clásicos, ésos que se ahuecan en la memoria y permanecen por encima de las modas y de los vaivenes del gusto.
Pocas proclamas tan virulentas sobre la demolición de la familia que este thriller del maestro Lumet. No importa que se acerque a los noventa o que ya haya facturado algunas de las mejores películas del último tercio del siglo XX: Antes de que el diablo sepa que has muerto es una obra madura, que relata a golpe de flashback (la vida es un flashback largo, la memoria es la espoleta de sus diferentes sketches) el robo de una joyería familiar y las (previsibles) consecuencias que la chapuza en que la convierten arrastran.
Nada de esto sería posible sin un elenco sobresaliente: Philip Seymour Hoffman borda el papel de hermano arrojado, amateur en sus planes de saqueo, pero tozudo en sus vicios, en sus adicciones y en el deseo de un nivel de vida alto que contente a una mujer (Marisa Tomei) que lo engaña con su hermano y que sólo pide volver a Río de Janeiro a vivir la buena vida en las playas de Ipanema. Ethan Hawke es el fracasado, que malvive en un pub, en un cuartucho de alquiler lejos de una hija adolescente que le exige justo lo que no le puede entregar: cordura, éxito, fachada. De fondo, hacia la mitad del metraje y hasta su imponente final, un Albert Finney en estado de permanente gracia (ya trabajó con Lumet en 12 hombres sin piedad), que recita los mejores versos de la trama y gesticula y adorna su paso por la tragedia con maneras de iluminado.
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Antes de que el diablo sepa que has muerto hurga en el thriller desde el melodrama o, expresado a la inversa, expone un melodrama (uno lo suficientemente llamativo como para no pensar en otra cosa) a través de la estructura formal de un thriller clásico de robo perfecto.
Dice Andy (Philip Seymour Hoffman) que ninguna de sus partes forman su yo completo: lo dice antes de enchufarse una dosis de heroína, antes de saber que su mujer cabalga a su hermano todos los jueves, antes de percatarse que su fechoría (una elemental, nada fuera de lo normal) ha conducido a que su madre muera accidentalmente, antes de que su padre le confiese (entre sollozos) que le quiere muchísimo y él le pregunte si es de verdad su hijo, antes de que una vulgar discusión entre camellos y chantajistas lo tumbe, antes de que el mal (el mal considerado como un fleco del azar o el mal considerado como un filamento inteligente de la oscura trama del universo) le ofrezca la más infame y bárbara de las evidencias en su catre postrer, como diría algún poeta antiguo despertado para asistir a esta función deprimente y devastadora.
Planificada con exquisito mimo, construída en efectistas y reveladores flashbacks, la cinta abruma por su caligrafía precisa del fatalismo, por su honda inteligencia, por su magistral dibujo del desplome de la familia en la sociedad de la opulencia y de las apariencias.
La crónica de estos perdedores se abastece de materiales nobles, conocidos, pero todavía vigentes: el mérito de Lumet, a su edad, o tal vez por su edad, es distanciarse de la historia, someterse a un tratamiento de asepsia moral para filmar sin involucrarse en demasía, sin ingresar en la historia toda la mala baba que la vida (tiene ya el hombre muchos años, ya hemos dicho) le ha ido inoculando. Mérito también formidable el del guionista novel, una jovencísima Kelly Masterson, que formula en muy pocos trazos una coreografía abrupta y honrada de personajes al borde siempre del cataclismo moral, enganchados a la vida por mera casualidad, que se entregan a su propia destrucción con pasmosa naturalidad (véase la escena en la que Andy va deshaciendo el inmaculado mobiliario de su casa moderna, cómo va arrojando a la mesa de cristal las piedrecitas, cómo va desmontando la cama, arrojando al suelo los adornos de los muebles)... Inmorales, los personajes atraviesan muchas estancias y en todas van dejando huellas de su perversión ética, de su escaso apego a la bondad inherente de las personas. ¿ La hay? Tal vez Lumet, en su ocaso, argumente éso: que no somos buenos, que el mal acecha como un virus invisible y que lo tenemos dentro a falta de que la miseria y los problemas nos lo devuelvan íntegro, cabronazo y asesino.

25.5.08

Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal: Elvis, ovnis, Lenin y magia

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A la educación sentimental de muchos modestos cinéfilos que nacimos a mediados de los sesenta la imagen de Indiana Jones nos pilló en una adolescencia tardía en la que no era posible todavía ingresar en un cine más adulto ni tampoco regresar a la infancia untada de dibujos animados y de obras de Disney en prodigioso technicolor. Ahora la factoría Marvel ha encontrado el Eldorado en la explotación a destajo de su arsenal de héroes, pero entonces (finales de los setenta, primeros ochenta) apenas Superman surcaba el cielo y ni la tecnología podía ir más lejos ni el espectador soñaba con llegar al territorio increíble al que hemos llegado hoy. Por todo eso, la historia de Henry Jones Jr. fascinaba tanto. Todavía hoy engolosina al público ya fajado en decenas de historias a partir de ésta, pero que no que la alcanzan en magia y en belleza. El inventario va de la reciente La búsqueda a Tras el corazón verde (hecha sólo tres años después del boom del Arca) pasando por La momia (viene la tercera este verano) o Lara Croft's tomb raider.
Indiana Jones es tal vez el último gran héroe del siglo XX. De hecho Lucas y Spielberg se atiborraron de seriales televisivos de los años 30 y 40 y en la triunfal viñeta pulp (Doc Savage, del que guardo todavía algunos cómics) que ocupó la larga Guerra Fría que asoló la ingenua vida aburguesada de los Estados Unidos. Hollywood había alumbrado ya obras clásicas cuyo protagonista anunciaba, aunque muy parceladamente, la quintaesencia heróica y homérica de Indiana Jones: recuerdo ahora un arrogante Charlton Heston en El secreto de los incas o el propio Humphrey Bogart en El tesoro de Sierra Madre. Matrimonar entretenimiento, épica e historia nunca tuvo bazas tan espectaculares: Steven Spielberg se apropia como nadie del cine como fastuosa fábrica de sueños y da la receta mágica del aventurero intrépido y culto, irreflexivo y honrado, a salvo de la maldad y, por encima todo, un icono de la modernidad.
Daba igual que el enemigo fuera nazi o soviético o que anduviese tras el Santo Grial o una calavera amazónica de cristal estelar: la saga resiste el paso implacable de los años porque acude al proppiano concepto de cuento. Basta un viaje: una búsqueda, un hallazgo, la representación del mal enconada con la fidelísima y arquetípica idea del bien. Los mitos y las leyendas se cuelan con más facilidad en nuestra retentiva y propician el asombro, que es (no se dude) el motor sináptico del posible júbilo que nos da el cine. Si no hay asombro, no hay cine. Que se lo pregunten a Billy Wilder o a Howard Hawks, que hubiesen sido fans ardorosos de la saga de Spielberg.
Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal (precioso título: ninguno hubo malo) retoma al valeroso profesor en mitad de una misión (al modo en que vemos a James Bond) y ya no va a haber tregua hasta los títulos de crédito. Lo que el amable espectador va a encontrar en esas dos horas de entretenimiento circense es una adaptación del universo retro de los años treinta y cuarenta de las primeras entregas a la paronoia soviética que ilustró los cincuenta y llenó la imaginación del pueblo americano de alienígenas con la cara de Lenin tatuada en el brazo y el atrezzo fabuloso del esplendor pulp (otra vez) fijado en el tupé de Elvis y en los chalecos pijos de mangas.
Con todo, a pesar de los elogios sinceros de este cronista y la sensación de que ha disfrutado muchísimo sentado en la butaca de un cine, la nueva entrega del franquiciado Jones no es una obra maestra como lo era En busca del arca perdida, pero da lo mismo. Tampoco exuda la frescura iconoclasta de La última cruzada, pero da igual. La historia de la calavera de cristal es exigua, se soporta veinte minutos: el poderío narrativo de Spielberg alarga ese escaso metraje hasta el delirio. El maestro es el primer fan de la saga y mima su hijo con arrobo y ternura infinita. Las proezas físicas del antaño vigoroso Harrison Ford están aquí muy inteligentemente maquilladas tanto a nivel visual como de libreto: se nos dice que Jones está viejo, que hubo otros tiempos y que fueron mejores y hasta que puede tener ochenta años. Tretas de tahúr, artimañas de cuentista sabio. Spielberg establece un diálogo cómplice con los viejos degustadores de su plato preferido: nos da incluso un hángar en donde una caja rota por azar muestra la propia Arca de la Alianza. ¿Qué mayor evidencia de la humildad de su obra? Hay muchos más guiños, pero también ése es el cometido del espectador: invocar la semiótica interna de la película, montar en su cerebro un mecano enorme en donde las piezas van encajando a la perfección por obra de un metalúrgico del ingenio absoluto, consciente de su magisterio y también de la lupa gigantesca con la que va a ser mirada esta nueva incursión en el universo de Indiana Jones.
Nos quedan trepidantes escenas de acción concatenadas a ritmo de rock and roll incendiario con un Indiana Jones Senior, un Indy en pequeñito, un cada vez más consistente Shia LaBeouf y una galería de malos perversos genialmente representados por una irreconocible (y atractiva) Cate Blanchett.
Jack Sparrow, Rick O'Connell, Ben Gates o John McClane, otros héroes de la reciente hornada de franquicias fidelizables, tienen hechuras de personajes duraderos, pero veinte años son muchos años y el público, que a pesar de querer siempre más raciones de circo puro y duro, también exige limpieza ética, la capacidad del creador de saber poner punto y final a la gallina de los huevos de oro.
Aún con todo, admitiendo la endeblez argumental, Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal (qué título más bonito) es una más que digna continuación (¿finiquito?) de la saga, una película estupenda, golosina pura para los ojos. La carnicería de la crítica más salvaje puede esperar a rebañar el cadáver de La momia 3, que está a punto de llegar a las pantallas. Dejen quieto a Indy. Ha estado veinte años en reposo y ha vuelto en excelentes condiciones. La vida es muy corta y no siempre tenemos la oportunidad de volver en el tiempo y estar dos horas perdidos en la dicha completa de no parpadear durante ciento veinte minutos. Yo lo hice. Luego no me pidan que razone mis vicios.

24.5.08

Sentencia de muerte: El club Bronson


1
El espíritu insomne de Charles Bronson sobrevuela todavía la cartelera del mundo. Su gesta se escribe con retales de vendetta y si tienes la mala suerte de ser un desgraciado que lo ha importunado puedes ir despidiéndote de tu hipoteca y de tus hijos porque va a por ti en forma de justiciero urbano y te dará lo tuyo, lo que tu imprudencia merece, en el subterráneo de un edificio gris de los arrabales.
2
Cabe también la posibilidad de que seas un padre de familia íntegro, un hombre alicatado por la bondad y finamente perlado por el espíritu navideño a lo Frank Capra, pero si el azar, que es un bichón cabrón, te pone obstáculos y una pandilla asquerosa de rufianes te destroza la mañana puedes ingresar sin rubor en el otro lado, en el club Bronson, y repartir caña por la ciudad hasta que la obra de Dios (seguro que hay un Dios que te va guiando a través de la sangre hasta el objetivo final, que suele ser un jefecillo intocable, otro desgraciado que ha firmado la sentencia de muerte) se ha cumplido. Entonces, oh hijo mío, podrás dormir tranquilo, aunque sea tras unos barrotes. No importa. La vida a veces pide venganzas de estas dimensiones, y si naciste para ser martillo del cielo no dudes que te caen los clavos, como cantaba (ay) la Orquesta Platería.
3
Kevin Bacon es Charles Bronson: hasta les unta de argumentos el mismo escritor, el que daba ideas al héroe de los setenta y el que ha puesto a James Wan, el que arrancó la luego nefasta Saw, una nueva pica en el Flandes apoteósico del cine mainstream, pero mainstream adulto, con raciones de miembros amputados y coreografías de coches que vuelan cinco pisos hasta empotrar su chasis en el asfalto. Por lo demás, Sentencia de muerte, esta absurda y nada bucólica sesión de adrenalina en vena, no conmueve lo más mínimo. Se acepta que el director tenga oficio para no hacer un ridículo espantoso, faltaría más, pero se ha limitado a rodar un videoclip larguísimo (como suele pasar) que va de la lágrima fácil al tiroteo hiperbólico, todo en un programa de actos rubricado por el signo de los tiempos, que está representado por un imponente JOhn Goodman en un papel corto y de contundencia larguísima en la memoria.
4
Este cine no fascina; ni siquiera entretiene al modo en que uno quisiera, sin trucos, sin la necesidad de maquillar la obra con esas ínfulas de aroma adulto que lo único que consiguen es arrastrar la intención al triste saco del tedio. Ahora me voy al cine a ver la sesión de Indiana Jones.


23.5.08

Dharma experience




Emilio, los osos polares que aparecen en Lost son mcguffin narrativos, me dice K. La experiencia televisiva pugna por abolir la literaria, le contesto. Sí, pero hace falta un disco duro con muchas gigas para poder acceder al texto, concluye. Zapping semiótico, añado.
Error 404.

22.5.08

Indy


Tenía que haber sido hoy. Causas mayores, sin duda. Mañana comulgo con la imaginación, con mi infancia, con el cine como lo inventaron.

Estrellas y parches


Quedan dos días para que España renazca de sus cenizas imperiales en el cutreshow comunitario con el bufón Chikilicuatre. Tom Waits, en el otro lado del sentido común, recala este verano aquí por obra de las estrellas. La constelación Eridanus "conocida por su camino de giros salvajes" es semejante al dibujo que forman las ciudades europeas por las que va a dejar caer su genio. San Sebastián y Barcelona son cómplices de esa arquitectura estelar así que podemos estar agradecidos al numen cósmico o a la creatividad espléndida de este trovador incansable. Hace poco (2.006) sacó Orphans, un disco triple editado por una compañía independiente. Sin ser su mejor material, al menos a mi gusto, es sin duda el más personal, el que refleja el estado anímico, sentimental y aséptico de un músico apasionado que concibe el arte como una paleta gigantesca de tramas y de texturas donde cabe la literatura y la pintura, el vaudeville y la vía láctea como panteísta escenario de comunión con su público. La gira se llama Glitter and Doom. Lo del Chikilicuatre carece de argumentaciones ontológicas y no despierta ningún interés cultural salvo la sensación de que, en el fondo, el negocio es un hilo lo suficientemente gordo como para que todos los demás no se aprecien. Algún telediario nocturno ofrecerá una reseña de la visita de Waits. Le dedicarán un par de minutos y se limitarán a ofrecer el lado casquivano, el producto comercial del artista, su espesura salvaje: todo lo que sus seguidores más odian y más pronto olvidan. Por algo se empieza. Quedan dos días para el chikichiki y dos meses para la utopía. El asunto primerizo, el que ha abierto este post emocional, será retomado posteriormente. España vuela alto, no lo duden. Hasta Tom Waits se ha dado cuenta.

20.5.08

Cien años, James


Tendrían cien años y juntos cuentan la historia del cine americano que es tanto como decir casi (pongamos tan sólo un casi) la historia del cine. Hoy precisamente uno de ellos, James, cumpliría esos cien años simbólicos y rotundos.
A James no le debemos más que a los otros dos, pero es fácil admitir que tiene cara de buena persona y nunca dejó de tenerla en los cientos de films que hizo. Esta noche me he regalado Caballero sin espada y así le he rendido humilde (sencillo, doméstico) tributo. Dudé entre la obra maestra de Frank Capra y ésta de la foto, que caerá (nunca se puede asegurar nada) mañana.


El íntimo cuchillo / El oro de las palabras

  Ars poética / La palabra contiene el futuro. Lo que hace Pedro López Lara, en adelante el poeta, es tantear el fuego con el que fatigan el...