Conozco discos arriesgados, puñetazos en el estómago, retos que exigen una voluntad de hierro o una inverosímil predisposición a la osadía. Exceden la consideración de arte para investirse con atributos inefables. No solo es atrevido el que se encomienda la creación, sino quien se persona para desentrañarla. Ese paso, el desprecintado, la adquisición de un sentido, es también un acto valiente. Free jazz, el disco de Ornette Coleman, es la quintaesencia del atrevimiento: hay que pertrecharse de paciencia, hay que querer, con afán ese querer, entrar en esa noche oscura en la que reina el caos, la sublimación absoluta no ya de la improvisación, sino de la libertad considerada como el único lenguaje posible, uno ajeno al encantamiento de la melodía: manda el extrañamiento, la demolición de cualquier patrón de la gramática de la propia música, la cacofonía, la primacía del sonido sobre las notas que lo conforman. Se está dentro o fuera de ese disco, no hay un término medio. Su desobediencia a las reglas del mismo bebop, que ya era insolente y respondón, desconcertaba a crítica, músicos y público. Sigue produciendo la misma incertidumbre o el mismo amor o la misma repulsa. El jazz libre se abría paso con Free jazz, con un Ornette Coleman bendecido, iluminado, Este grupo superdotado de músicos decidieron prescindir de la armonía, del ritmo y hasta de la melodía. Qué insolencia, qué marcianos, qué milagro. Son siete, con Coleman de chamán, los titanes del desvarío: Scott LaFaro, al bajo; Freddie Hubbard y Don Cherry, trompetas; Eric Dolphy, clarinete; Charlie Haden, bajo, y Ed Blackwell a la batería. No retocaron el álbum, se grabó en una sola toma (lo contrario sería un contrasentido) con muy pocas instrucciones previas. No habría nada más que dos o tres melodías (ni melodías serían, fragmentos de fragmenttos de melodía, en todo caso) que servirían como asidero imperceptible, que bien podrían eliminarse sin que el resultado se afectara lo más mínimo y, esto es lo verdaderamente trascendente, cada músico podría tirar por donde le viniese en gana. Para que el desorden prospere hay que tener un sentido mayúsculo del orden. De ahí que este engendro diabólico sea un monumento al ingenio y al talento humano. Los instrumentistas se divididieron en dos cuartetos: uno sonaría en el canal izquierdo y otro en el derecho, cosas del estéreo. A partir de ahí, desde esa desinhibición, solo quiedaba parecerse a Pollock, el pintor que se eligió para la portada, un cuadro suyo llamado The White Light, de 1954. Vamos a tocar como si arrojáramos pintura al aire, podrían haber dicho. Vamos a hacer algo que nunca nadie ha hecho, también. Yo, un paleto de Texas, he venido a contaros que ya nada será como antes, podría haber pronunciado el Ornette ascensorista que tocaba en las azoteas, en la algarabía de los espectáculos de feria en los cuarenta, en cualquier local favorable
Free jazz, el disco marciano, el tótem en la cima de una montaña altísima, el laberinto atonal, demuestra que es posible crear incesantemente. Que haya senderos inéditos. Que sea posible la novedad.También que improvisar pueda ser un acto colectivo, lo cual entraña unas exigencias técnicas sobresalientes. Los intervinientes en esta locura pusieron las bases a lo que algunos años más tarde hiciera el punk con el rock. Coleman era aclamado por cierto sector de público del jazz. Daba igual que el sello que le permitió grabar sus alucinaciones, Atlantic, acabase harto de toda esa malla de sonidos, poco rentables, pero basta escuchar al Ornette tierno, metido en faena sentimental, haciendo Lonely woman. Qué delicia descubrir el corazón entre los escombros. Era un tipo raro, el negro aquel con aquel espíritu tan rebelde. Estuvo en la orquesta de Pee Wee Cranston. Circula la leyenda de que Cranston le ofrecía dinero extra si no hacía esos solos que solía en la restitución de alguna de las piezas tradicionales en los bolos. Coleman debió sentir que era a su adorado Charlie Parker a quien le estaban privando de explayarse a sus anchas. Dexter Gordon, con quien compartía escenario en Los Ángeles, le pidió que dejase de tocar: estaba confundiendo al resto de los músicos. Le decía: "Ornette, siéntate, ten paciencia, cuando toquemos la última pieza y estén recogiendo las mesas puedes tocar tres o cuatro minutos". No sabe uno si es la impostura lo que de verdad subyace o si todo es una tomadura de pelo bebop o hardbop o extremebop, un nadar sin que importe ahogarse. Se me ocurre que no es posible imaginarle un fin, un cese, un propósito, un lugar al que nos dirija o uno desde donde partir. Vas hacia abajo, vas a ciegas, vas loco, y no hay indicio de que exista un bálsamo, un receso, una especie de banco en el que sentarse y tomar aire o permitir que el sol te dore la cara. Se entiende que la hondura (inútil buscarle una topología a este artefacto) es una conveniencia semántica: el jazz se expande, se mezcla, semeja una materia elástica o rígida o líquida o incluso gaseosa y nuevamente regresa a cualquier lugar en el que creamos haber estado, pero no se tiene certeza alguna, no exige que se parta de una disciplina o de una costumbre. La música de Ornette Coleman (más la que precede a Free jazz, jazz libre, aunque él prefería que lo llamaran free music) es un despropósito lúdico absoluto, un arrebatamiento de futuro. Creo que he dado con la palabra: futuro. Un álbum suyo lleva como título Tomorrow is the question. He ahí la naturaleza de su oficio: la cancelación del presente, la prospección del mañana. Ese anhelo va hacia todos lados, accede a todos los huecos, como aire que se encabrita y ocupa el lugar donde antes no hubo nada.
El jazz vive en esa periferia sublime que parece buscar un centro y, al tiempo, se aleja de él, lo rehúsa, hace como que no le incumbe y, finalmente, se rinde a su mágico fulgor, a su imán infatigable. Los músicos de jazz parecen desentenderse de un patrón, pero cuentan con él en cada nota. Creemos que improvisan o que se están ensimismando y olvidando el recado de sonar como un todo, pero hay una argamasa invisible que lo ensambla todo. Es un diálogo entre el cero y el infinito. Ahí se hace vanidoso, ahí se recama de luz, ahí se convida de sombras. Todo está legitimado, todo está pomposa o relamidamente engalanado. No hay un porqué, no hay un prontuario en el que descubrir las razones del prodigio. Su perseverancia es milagrosa. Nada lo aflige, nada le es ajeno, nada lo desdice. Es como un polvo que ocupe la banalidad inocente del aire: de pronto parece irse o invita a pensar que nos está cercando. Cuando acoge una melodía y la apreciamos, se desentiende de ella, como si le incomodara. El hecho de que de la nada surja esa promiscua opulencia es, en sí mismo, un misterio. La nada y el todo son las golosinas metafísicas con las que algunos entretenemos algunas charlas de terraza de bar. No he escuchado nombrar a Ornette Coleman en ninguna terraza. No es costumbre. Ni que suene su música. No hace clientes que el dueño del bar coloque en la bandeja del reproductor The shape of jazz to come, el disco primero que le escuché. Y la verdad es que no entiendo mucho de Coleman, ni de nada de lo que me gusta; solo tengo unas frases a mano. La belleza de la música de Coleman, ese tipo de belleza, es menos apreciable: se precisa una voluntad, un adiestramiento, un rodaje incluso. La de Chet Baker, se me ocurre ahora, es de más fácil apresto, incurre en concesiones que a la larga no terminas de agradecer del todo, pero que te valen para adquirir cierta competencia. Una vez que la posees, en cuanto te sabes en posesión de ese don, Ornette Coleman se abre como una flor hermosísima. Su saxo habla: él mismo deseaba que su sonido se asemejara a la voz humana. Todo lo que tiene de imprevisible su música es lo que luego se impregna más. Cuanto más duele, más permanece. El jazz, en ocasiones, hiere. Se comprende que lo que hay detrás no es de dominio público. No tiene que serlo. No sé la de años que hace que no ponía este disco de Coleman - o cualquier otro - y probablemente tarde en acudir a otro. Qué placer ponerse en el lado oscuro, buscar la melodía debajo del ruido, encontrar la belleza en donde no parece que exista, ver cómo los caballos se desbocan y se alejan y nos ignoran. Free jazz hizo, dicen. Fue un paso más allá del bebop de Parker, al que admiraba. Los adjetivos son importantes. Coleman es la libertad en jazz. El más libre entre los libres. Cuando quiero sumergirme de verdad en jazz sin concesiones, llamo a Ornette. No entiendo de armónicos ni poseo manejo en la nomenclatura pentatónica, leo reflexiones sobre cómo apartaba deliberadamente las concepciones tradicionales para crear un nuevo lenguaje sin alcanzar un entendimiento claro: solo entreveo, rasgo la superficie (extensa, maravillosa) para quedarme ahí, no pudiendo ahondar, llegar al centro, al corazón de la música misma. No me importa, cómo habría de importarme.

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