Qué grande es este señor: su música condujo mi bautismo en el fascinante mundo del jazz. Junto a Coleman Hawkins y Lester Young forman la trinidad del saxo tenor. Ben Webster es el romántico por excelencia, el rey de la balada, el terciopelo en el aire, me dijo Juan Ramón Mansilla, el músico que dotó al instrumento de una voz casi humana. Hay que empezar con Hawkins: él puso al saxo tenor en el escenario, le dio solidez, densidad, autoridad corporal. Young era el músculo delicado de la melodía. Lo que trajo Webster al jazz es la conjunción de todas las tonalidades existentes: era fiero si se precisaba, ardoroso; cálido, untoso, como si el aire reclamara un susurro para manifestarse por el metal del saxo. Webster influyó en Stan Getz, en Dexter Gordon, en Sonny rollins, en Wayner Shorter, en John Coltrane. El saxofonista de Kansas City no revolucionó el fraseo, ni primó a la técnica sobre la emoción: escribió un nuevo patrón que miraba a las raíces (la espiritualidad, la intuición, el brío, la capacidad de conmover y de hacer que se muevan los pies en una misma pieza) y, al tiempo, proponía una encomienda (que algunos aceptaron), basada en respetar escrupulosamente el lenguaje de la melodía. Sofisticación, virtuosismo, ritmo, sí, pero con alma, como quiso también Dizzy Gillespie. Nació el subtone: esa respiración del saxo que parece mecida, acariciada, convidada a pronuanciar con infinito mimo las palabras más relevantes de la música. Parecía imposible que ese hombre con ese corpachón pudiera contener una humanidad tan delicada. Fuera del escenario, Ben Webster era, sin embargo, un tipo enérgico, disruptivo, peleón. Podía beber hasta caer al suelo y no perder la compostura, exhibiendo una afabilidad extrema, y también era conocido por su temperamento irascible, proviniera de estar ebrio o no.
A Webster le dolió en el alma (la que había elevado al centro exacto de su oficio) que no se respetara su trabajo. Como a tantos, le tocó pensar en irse, en buscar nuevos aires, público nuevo, vida después de la vida conocida. A la muerte de las big bands - pongamos a final de los años cincuenta, luego volvieron, siguen aún- se empeñó en pasear su magisterio sonoro por todo el mundo. Tanto fue así que casi muere de pie, tocando Tenderly o Someone to watch over me o Pennies from heaven en 1973 en un club de la ciudad holandesa de Leyda. Dio tiempo a que el corazón se le parara en el hospital más cercano, en Amsterdam, seguro que a disgusto suyo. Fue enterrado en Copenhague, su residencia habitual. Qué feliz debió haber sido caer en el escenario, desplomarse en una octava o en uno de esos solos arrebatadores, susurrado, mecido, tan distinguible. Como otros músicos, su diáspora artística y comercial le hizo ciudadano danés y holandés. De todos sus discos, que son muchos, me quedo con Reunion blues, un sobresaliente repaso a los standards del jazz con la inestimable escolta de Oscar Peterson en el piano, pero en jazz no hay exigencias, ni rankings; tampoco el estimable, en otros géneros, estudio de influencias y de arraigo en listas de éxitos y en radio-fórmulas. Ben The Frog, la rana, Ben Webster, el músico de extraordinario sentido de la balada, capaz de enviarnos al cielo con el fraseo suave de unas líneas de Body and soul o Sophisticated lady, también era un musculoso heraldo del swing, de esos tiempos rápidos. La vida precisa fidelidades absolutas, amores inquebrantables, ajenos al concurso gris de los días. Este señor que sopla su instrumento contribuye a la felicidad de este cronista de sus (muchos) vicios. Uno querría no haber escuchado nunca a Ben Webster y poder tener la oportunidad de abrirse de orejas para que su grandeza impregnara el aire y el corazón de quien escucha. El mío sigue prendado de su música.

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