No tener que haber estado en Vietnam para saber que Vietnam es la inminencia de algo que no llega a suceder, una especie de milagro imperfecto, una tentativa de milagro. Cualquier viaje entraña un acontecimiento inverosímil que consiste en retirar la costumbre y acoger la novedad, el extrañamiento, la bendita acometida de la perplejidad. Leer esta plaquette deliciosa de Juan Ramón Mansilla concita también el apremio de algo portentoso, se está (dejenme que me explaye) y no se está en la concurrencia de todas las maravillas que contiene, se advierte un pudor al andar el bosque de estas palabras, que sustancian el mero vivir o la credulidad absoluta al reconocer en lo vivido un don, un regalo que se nos hace (al autor, al poeta se le hace, también a quien lee) por la invitación al vértigo de tanto prodigio. Porque hay ríos, desiertos, ruinas, ciudades que "trazan su propia errantía" (Vuelo) y una triple puerta (Pagoda de Thiem Mu / Hue) con su atrio (no lo escribo yo, leo) que lleva al templo donde "te descalzas, y rezas / ante la efigie de Buda. / Yo, por alguna razón, me siento a salvo". Y esa es la sensación que se tiene al acabar este colección de poemas nupciales (son más cosas). Yo me siento a salvo. Como si algo se me hubiese revelado y todavía pudiese hacer que durase su residencia en mi memoria. Porque luego se van las palabras, desaparece el brocal, la garganta, el fondo en el que el agua reposa y nos refleja. No he estado en el aeropuerto de Ho Chi Minh, no he visto un aguacero a través de los cristales, pero he vuelto de países lejanísimos (qué importa la distancia, al cabo) con gratitud infinita, con esa plenitud de quien se ha vaciado, preguntándome si "soy el renacido, el purificado". Será todo cosa del "nước", que es agua, en vietnamita. Nos bañamos en las aguas de un río inédito, sentimos el agua redentora, convocamos la gracia de la renovación.
nước (Cuaderno de Vietnam) es un viaje lírico que prescinde de la obediencia a plasmar una descripción paisajística (habiéndola)y se encomienda un trabajo de un mayor recado espiritual: imbricar el paisaje a quien lo observa, manumitir la mera transcripción de un orden (desorden será, por fortuna) para postularse como una especie de diario en el que el transcriptor se ensimisma y adquiere un don: el de la clarividencia, el de la perseverancia en registrar el caos y mecerlo, con arrobo dulce y pasional, en la generosa ubicuidad de lo maravilloso. Que el fuego deba estar dentro del árbol para que el ábol pueda dar a luz, que no puedan las ramas que frotamos arder, slavo que no haya fuego dentro del tronco, como decide contarnos el poeta con una cita de Khuong Viet, un monje vietnamita del siglo XI que escribía en chino, manifiesta con pulcritud el sentido de este libro, que no es otro que el de decir lo lo que ya estaba dicho, el de sacar la llama cuando no hay indicios de que prenda incluso. Eso hace Juan Ramón Mansilla, ilustre viajero, a partir de ahora: buscar "los rizomas del tiempo" (Vuelo), fluir como esos ríos por los que discurren hacia el delta las barcazas o "el incienso de los templos". He disfrutado de esa delicadeza, que se precave de la rutina y acierta a dar con la pregunta exacta, la que no consiente que se cierre con una respuesta: "¿Es igual un viaje a su destino? (Pagoda del pilar único). Quiere el poeta que su amada no se arrogue la propiedad de la sapiencia ni de la luz, sino que la prefiere permitiendo que los días maduren en ella (qué propósito más difícil, en él reside toda la filosofía) "como una perla en su ostra".
También conmueve que el libro haya sido traído desde el amor. Yo creo que todos nacen de él, pero a algunos se les adivina la plétora de indicios que los construye. Ese amor no es únicamente el estado del corazón, su brincar loco cuando se reconoce ahíto, cuajado de esa locura inasible que invariablemente maneja su espasmo: está la petición de que alguien "tendría que tener piedad de la lluvia"(Lluvia en Honi) o está la nomenclatura minuciosa de la botánica o de la cartografía o de la entomología o de la arquitectura. Un país se puede amar "por losf rutos enormes de las yacas" (Pagoda de Thiem Mu / Hue), por la brisa tejiendo su seda para entoldar las calles (Nocturno de Hoi An) o por los haikus de las ranas, de la luna, de las mariposas, de la sangre o del fuego. Un país es también un no-lugar, una especie de ensoñación que el visitante acepta con humildad y teme que la memoria deshaga y convierta en barro, en arena, en algo que puede pervertirse, desdecirse, alejarse. De ahí la escritura: ella crece del esqueje de los recuerdos, como ese árbol Bo o Bodhi (un ficus religioso) en cuya sombra Buda alcanzó la iluminación. Uno quiere esa luz continuamente. El poeta, por el consuelo de la palabra, no quiere despertar al viejo dragón que protege los templos: anhela tenderse junto a él, subir a la cima desde la que pueda contemplarse a sí mismo y sentirse a salvo. Y no es estrictamente un deseo de trascendencia, no ha venido el numen con su aliento de oro: más que otra cosa, es la mansedumbre, la necesidad de una vida más lenta, de un río que fluya sin estruendo, de una mujer a la que mirar como si ella misma fuese también un río y planeáramos cómo cruzarlo, si nadar en su cauce o dejarnos llevar por la corriente.
Este cuaderno compendia el viaje como transformación, pero no es un mero volcado sensorial, que lo es con colmo. Hay un libro que sucede después de que el libro (el viaje del autor, el que nos regala como lectores) concluya. Esa respiración que escuchamos es también la nuestra, ese flujo de ritmos y de metáforas ocurre inadvertidamente en el trajinar de nuestro mirar occidental, dura un tiempo. Creemos que podremos ver llover monzónicamente o que los huertos que rodean el pueblo son arrozales o que el yo, transverberado por las imágenes, ocupado por los olores, adquiere ecfrásticamente la certeza de que, en efecto, ha estado allí, ha visitado los templos, contemplado el discurrir moroso de los ríos, apreciado el tamaño interior de los mangos, la pitahaya, el albaricoque, el lichi, aromando las calles (Nociones de fruticultura junto al jardín botánico de Saigón), invitando a buscar "úna única fruta" "libre de cumplir los mandatos": la prohibida.
No sabemos mirar, esa tara es nuestra. Se nos ha confiscado la paciencia, no acudimos a ella, prescindimos de la lentitud, hemos perdido la capacidad para encontrar la esencia de las cosas. Nos basta la epidermis, la apariencia, no el destello de su mismidad, no la verdad que tutela. Viajar es un ejercicio de desdoblamiento: una parte de nosotros codicia perderse, renovarse, dar con "una luz más pura" (Aereopuerto de Ho Chi Minh). Otra parte se queda en casa, expectante, cuidando de que el regreso no sea dramático y se puedan ensamblar los trozos separados. "¿Cuánto tardan los recuerdos / en salvarse de nosotros?" (Regreso /álbum de fotos). Descree el autor de que las imágenes puedan devolvernos "la verdad de aquellos días". Algo pasó inadvertido, aclara el poeta. Acaba reinando, hostil o mansamente, la sensación de que "no ha cabido la vida / en el cuaderno". Y debe decírsele a quien escribió que no es cierto, no del todo, al menos: cabe la vida entera, aunque se haya dejado atrás una circunstancia reveladora, un milagro ofrecido, pero al que no supimos aplicar con esmero la mirada. Queda un poemario de amor, múltiple ese amor. Juan Ramón Mansilla es el poeta recién casado, este es su diario visible. Habrá otro, inefable. Un cuaderno ágrafo. Una colección de poemas imposibles. Lo que al lector le satisface es haber viajado a Vietnam, haber tenido el privilegio de asistir a una representación sagrada. Como si hubiésemos estado sentados frente a todos los templos y se nos hubiera entregado algún secreto antiguo que, una vez escuchado y entendido, se difumina, se afantasma, se convierte en sombra, en una inminencia tozuda de algo que no puede expresarse.

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