23.6.23

Elogio del baile

 


Sombrero de copa (1935). Imagen: RKO Radio Pictures


Nunca tuve alas en los pies como Ginger Rogers y Fred Astaire. Pese a sentirla en plenitud, la música nunca me elevó ni me meció, no pudo hacer gráciles mis movimientos, construir una coreografía, responder al recado de bailarla. Tuve de ella el arrullo de lo sublime y la caricia de lo tierno, pero ningún ímpetu hizo que mi cuerpo se balanceara a su compás, ni se me ocurrió jamás considerar la posibilidad de que hacer que cimbre o se contonee o se sublime el cuerpo expresara algo del amor que yo profesara a la música que escucho. Todo sucede en mi cabeza. Bailo en lo invisible. Doy perfecta cuenta de la coreografía en esa ensoñación privada. Cuando bailo, si me envalentono, las veces justas en que esa cosa extraordinaria sucede, soy la criatura risible sujeta al escarnio popular. Mi sentido del ritmo no es que sea precario, ni que se aturulle con el ritmo: sencillamente se declara insolvente, no da pie con bola. Admiro a quien se expresa con su cuerpo. Poseen la elocuencia de lo orgánico, prescinden del lenguaje verbal y confían toda la gratitud de su espíritu a la intendencia de los músculos o a la plenitud de la sangre. Tal vez no se precise alcanzar algún tipo de brillantez y baste llevar el ritmo, subir o bajar las manos, entornar los ojos cuando la melodía nos conforta, balancearse sobre la cuerda de ese milagro sutilísimo que consiste en hacer que los sonidos nos empapen y transcriban sin palabras toda la verdad que recibieron.

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