17.8.22

Breviario de vidas excéntricas/39/ Calvin Moran



“Bien, Señor, no habré sido un buen hijo, ni tendrás para mí un pedazo de cielo, pero antes de que mis faltas me manden al infierno, tengo que hacer unas cuantas cosas, y en ninguna estás tú. No hay belleza ni hay amor en la sangre que voy a derramar. Habrá muerte, la hay en todo lo que toque, como una de esas maldiciones egipcias. En el trullo tuve un compadre que lo sabía todo sobre las momias y los faraones. De la muerte tú sabes más que yo, cosa de ser el que manda. Te costó lo tuyo levantar este mundo. Mi padre me leía las Escrituras. Me repitió tanto que fuese un buen hombre que acabé por no serlo solo para contrariarle. Los hijos contrarían al padre por alguna razón que casi nunca entienden, pero a la que obedecen sin rechistar. Siempre fui así, fui de los que hizo daño por salir del aburrimiento, no por sacarme un sueldo o por demostrar quién era el más fuerte. En realidad siempre quise pasar desapercibido. No busqué la riqueza. No sabría qué hacer con el dinero. A lo sumo pagarme una botella de whisky y unas putas. No sé si en el infierno hay putas, pero seguro que en el cielo no hay ninguna. Se hace tarde, siempre se hace tarde para alguien, pero esta vez me ha tocado a mí. Yo soy el que tiene que aparcar el coche en la puerta de la casa, bajarme sin hacer mucho ruido y llamar al timbre. Luego sacaré mi Tokarev y le abriré la frente con un disparo. Si me paro a pensarlo mucho, no lo haré, pero entonces lo hará otro y seré yo al que le hagan un siete en la frente y pase la noche en el Hudson. Se trata de hacer las cosas y no pensar mucho en ellas. El oficio que más me cuadra es el de soldado. No se discuten las órdenes. Se nos asigna un recado y cumplimos. Obedecer es más sencillo que pensar. Si no le doy muchas vueltas a la cabeza será solo un trabajo más. Todos tus hijos venimos a este mundo a quitar de en medio a unos cuantos hijos de puta. Cualquier buen día alguien dará cuenta mía”



Nicky Ferrasolo aparcó el Plymouth Barracuda del 65 en doble fila, comprobó que la Tokarev estaba a punto y apagó el Chester en el cenicero. Tres minutos después, Nicky pensó en el humo. El del Chester, el de la vieja Tokarev y el del boquete que le abriría a Tommy Lugano encima de las cejas. Su mujer salió por piernas. Las tenía largas como una furcia búlgara a la que visitaba cada vez que tenía que hacer un trabajito en la ciudad. Dejó de pensar en la búlgara (quién sabe dónde está Bulgaria) y en el humo cuando el Pontiac del 72 entró en la calle como si lo condujera el mismísimo Lucky Luciano. Poco más tarde, Nicky Ferrasolo tenía tres balas en el pecho y una en la cabeza. Lugano era una cara rota. Se la habían borrado. Al Barracuda se lo llevó una grúa cuando un vecino alertó de que los yonkis del barrio se metían dentro para colocarse. Al detective Calvin Moran le tocó redactar el informe, lidiar con la prensa y hacer correr la voz de que Ferrasolo había caído. No era mal tipo, le gustaba recitar pasajes del evangelio y frases de los dramas de Shakespeare. Un tipo curioso Ferrasolo. Moran era uno de esos polis pluriempleados. Se dejaba pagar bien bajo cuerda, hacia sus trabajos y no se quejaba de la mierda de sueldo que le proporcionaba la placa del Cuerpo. No venían mal los encargos bajo cuerda y era bueno limpiando la escena del crimen. Lo único malo de aquel día es que no había llegado a tiempo. Tendría que buscar otro al que proteger. Tommy Lugano estaba en el infierno, si es que había plaza. Ya daría explicaciones. 



La mujer de Tommy Lugano regentaba un garito de copas al norte del barrio de Chelsea. En sus tiempos fue un templo de los pequeños trapicheos de toda la morralla del barrio. Muchos trapicheos hacen un gran negocio. Muchos grandes negocios son lo que hace que una mierda seca como Lugano lograra ser el Emperador de los bajos fondos. Un barrio como Chelsea es una sucursal del infierno, una residencia para que gente como Lugano no llame la atención más de la cuenta. Una avenida principal que acaba angostada, suicidándose en una serie de polígonos industriales y un puñado de calles escoltándola, el mapa donde la vieja clase obrera levantó este país. América está hecha de gente como la de Chelsea. Viven por América, trabajan por América e incluso mueren por América. Lugano fue un americano ejemplar. Eso pensando que América, en algún sentido, sea ejemplar también. Un trabajo serio y mal pagado, barbacoa en el porche los domingos, timba de cartas con los colegas, béisbol en televisión en las tardes gloriosas de los Yankees. América, la tierra de las oportunidades. En fin, toda esa melodía. Algunas son como una tos terca alojada en el pecho a primera hora de la mañana.



A su viuda, la señora Lugano, se la vio pasear su dolor tanto que alguno creyó que lo estaba repartiendo entre la beneficencia del barrio. La gente discreta, la que no hace preguntas, la que quiere pasar desapercibida pero le puede quedar bien con la vecindad intimó con ella, la consolaron, le dijeron que el mundo seguía girando y que el mal nacido que mató a su esposo estaba en el fondo del río. Calvin Moran la siguió durante unos días. La vio tomar café en Morocco's y comprar vestidos en Metz o en Carter, sitios en los que te cobran por mirar. No supe de ella más de lo que decían las tiendas en las que entraba. Y le decían que tenía gustos caros y que la trataban como una gran señora. Además era la viuda de un hombre respetado en el barrio, temido, alguien bien relacionado, con influencias en la mafia más alta, la que da miedo de verdad, aunque Tommy Lugano, entre la canalla del barrio, fuese un tipo despreciable, que había amasado su fortuna poniendo el pie en el cuello de mucha pobre gente, a la que estrujó hasta que reventaron. El miedo tiene su aristocracia y a veces conviene vestirse para la ocasión y dar la impresión de que el muerto era un alma pura, un contribuyente ejemplar. A Moran no le importaba una mierda quién pusiese el pie y quién lo sintiese en el cuello. Cualquiera que pudiera pagarle podía hacer lo que diese la gana con su pie o con su estómago. El suyo, el de Moran, admitía una copa más, dos si la noche se ponía de cara. El trabajo requería paciencia. Dosis generosas de paciencia. Podía estar una tarde entera metido en su Cadillac sin despertar sospecha alguna. Podía dormir en el Cadillac sin temor a que nadie aporrease la ventanilla y le pidiese cuentas. Era un Cadillac espacioso. Lo prefería al coche oficial de la poli, demasiado conocido. 


La KMW ponía los viernes un maratón de blues del Delta que no se perdía nunca. En una ocasión dejó que se escapara un tipejo irrelevante al que seguía por no salir del coche y no poder escuchar a Sunnyland Slim. El día en que programaban un especial dedicado a Muddy Waters, sucedía con frecuencia, Calvin Moran no patrullaba. Así son las cosas. Si uno infringe estas normas, se puede venir una vida entera abajo. Dejas de ser honesto contigo mismo y terminas perdiéndole el respeto a cualquiera. Puedes ir con un pistolón del demonio en la chaqueta y tener un alto sentido del honor, por decirlo de alguna manera. Puedes haber mandado al infierno a treinta cabrones y sentir que se te muere el corazón cuando Muddy Waters te dice al oído que es un chico de campo y que el amor le destrozó cuando llegó a la ciudad. A Calvin Moran le gustan esas historias íntimas, de las de la América profunda, de gente con los dientes rotos y el corazón estragado que te cuenta la gran pastoral de su vida, la de los golpes en la oscuridad y la de la nostalgia de la infancia, la de la tristeza en las noches a las que se le abre el corazón. En ese momento, cuando el viejo Waters enfilaba el final del blues, Peggy Lugano salía de Harper's con cien bolsas en las manos. Esta historia (su final, más bien) comienza con Muddy Waters en la radio y con Moran, en la acera, ayudando a la viuda a recoger unas cuantas bolsas caídas al suelo. Esas son las cosas que más tarde se recuerdan. Piensa uno en qué habría pasado si hubiese sido honesto consigo mismo y no hubiese interrumpido el blues por estar cerca de un par de gloriosas tetas. Ellas las tenía. Las contenía sin demasiado pudor en una blusa de doscientos dólares. La viuda de Lugano se llama Greta, por la Garbo, pero de rostro más vulgar, más rotunda en las caderas y con ojos de víbora. Una vez vio una en el jardín y su marido le descerrajó un cargador entero. Eran así sus ojos. Pólvora y paraíso. 



Era más baja de lo que le habían contado o de lo que desde lejos, cuando la seguía, aparentaba. Tenía esa distinción que hace en algunas mujeres que no pensemos en nada sobre su altura o sobre si son gordas o están en las guías. No era de una belleza arrebatadora, pero podría enloquecer a un retratista porque en su cara escondía el plano del cielo y el del infierno y solo hacía falta que alguien los sacase de allí y los pintara en un lienzo. Moran no había cogido un pincel en su vida, no había leído un libro jamás y no tenía interés ninguno en cambiar esas dos certezas, pero Greta era la lujuria absoluta, el tipo de mujer que nubla la cordura y hace que un hombre bueno hocique en el barro o abrace sin rubor el pecado o que un hombre en pecado, como el propio Moran, se esmere en él y alcance grados de perversión impensables antes. No cuenta que solo pensase en perder sus manos en aquellas tetas. Eso era un premio posterior. 


-Me llamo Calvin Moran, señorita - dijo


La viuda Lugano no se inmutó, no expresó ninguna sorpresa y tampoco impidió que Moran se cargase de bolsas y se quedase allí enfrente, pasmado, ridículamente útil mientras ella paraba un taxi.


- Me llamo Calvin Moran, señorita...- repitió - Ha aprovechado usted bien la mañana.


- En primer lugar, no soy señorita. Sabe usted mi apellido como yo sé que hace días que me sigue en su Cadillac. Si no quiere perderme para siempre de vista, haga el favor de meter las bolsas en el taxi, meterse dentro y no decir una palabra hasta que yo se lo diga - replicó la mujer al tiempo que detenía al taxi, se componía la falda diminuta y se quitaba las gafas de sol.


Moran cumplió sin chistar. Cuando pagó la subida de bandera, estaba anocheciendo. Era un barrio distinguido, pudo ver, el barrio en donde los clientes pagan grandes cantidades por los trabajos sencillos. Fotos de fulanas chupándosela al marido. Ese era el preferido de Moran. Viejos con mucha pasta que bajaban a la ciudad a emborracharse en los burdeles. La casa era la segunda vivienda de los Lugano. Espaciosa, inclinada a un jardín imposible, semejaba ciertas villas de la corte romana que a veces el cine ofrecía en lujoso cartón piedra. Una criada entrada en años sacada de Tara, más negra que una pinta de Guinness, se encargó de arrebatarle las bolsas. Todo era Greta, pensaba en ella, en la dulce Greta, en sus tetas, en todo el dinero que había en ellas. Como Tommy Lugano estaba bien muerto, Calvin decidió que estaba bien lo de encamarla. Incluso aceptó la idea de malograr su reputación. No habría un marido peligroso y cornudo. Se lo estaba comiendo todos los peces de Nueva York. 



La negra de Tara les abrió una puerta doble, acristalada. Lo que menos esperó Calvin es que acogiera una biblioteca, y no precisamente una endeble, rica en volúmenes. No había una pared que no tuviese un ristra de baldas encomendadas de libros. Solo una chimenea, que a él le pareció fabulosa, como de película de gente distinguida, distraía esa visión pura de lomos arrimados a otros lomos, de libros apilados, todos vacíos y absurdos, pensó. No hay nadie que tenga el tiempo que esos libros requieren. Ni mucho menos el zafio de Lugano, que podría haber sido un excelente hombre de negocios o un estajanovista del crimen de medio pelo, pero no un buen lector.


- El señor Lugano no venía nunca por aquí, ¿verdad? - se atrevió a decir Calvin mientras ojeaba un volumen bien grueso, uno de literatura europea , según apreció en la portada- Y por cierto, ¿quién coño es Kafka?


- Escribió de tipos como tú. Cucarachas. Porque tú eres una bien gorda, Moran. Puedes servirte un whisky para brindar conmigo.- contestó Greta.


- Por el cabrón de Kafka, por tu marido, por las cucarachas - sentenció Moran elevando el vaso redondo, muy historiado, ancho de boca y de un cristal que no él no hubiese pagado ni con su flaca nómina ni con cinco trabajos de gordos del barrio yendo de putas a la gran ciudad.


- Sabes brindar. Todos los detectives saben escoger bien las palabras. No tienen estilo, no han leído nunca a Kafka, pero eligen las palabras mejor que todos los plumillas del New York Times.  


- Pero eso no vale de mucho cuando te encañonan en un callejón. Vale una mierda el puto vocabulario. He visto a compañeros con la barriga abierta a los que no les ha servido de nada hablar mejor que Aristóteles. ¿Se llamaba así? ¿Qué era? Un charlatán romano, ¿no?


- Eres encantador, detective. Era griego, y no era un charlatán. Imagino que llevas razón, pero hoy nadie te va a abrir la barriga. Hoy no, por lo menos. Pero te estás metiendo en un barrizal y llevas los zapatos muy limpios.


- ¿Qué hubiera hecho tu Kafka en mi caso?


- Irse a un hotel barato, encerrarse en una habitación. Pediría con mucho pudor que no les molestasen y se tiraría un mes escribiendo. Sin levantar cabeza. Comería poco. Ni bebería. Un tipo triste. 


- ¿Y las cucarachas? ¿De qué le sirven? Yo las piso si me cruzo con ellas. Solo pensar en ese bicho asqueroso, incrustado en la suela de mi zapato, me da asco. ¿A ti qué te parece?


Las cucarachas siempre sirven en la batalla. Cuando termina el combate, salen de su escondrijo y se pasean por el campo. Huelen los muertos y se ponen encima de sus barrigas abiertas. Allí dejan sus huevos. Así funcionan las cucarachas. Les gusta la tragedia, como a los griegos, los lugares calientes. Ponen catorce o quince huevos o cien metidos en una capsulitas del tamaño de una lágrima de un niño. En los doscientos días que viven, ponen doce o trece capsulas de ésas. Haz la cuenta, detective, dijo la mujer. Una cucaracha, antes de irse al infierno, deja más de cien criaturas hechas a su imagen y semejanza. El mundo es de las cucarachas. Dios se esmero cuando las creó. Kafka lo sabía muy bien. Soñaba con cucarachas. Llegó a pensar que él mismo era una de ellas.


- Sabes mucho de cucarachas. ¿Te has doctorado en alguna universidad cara? No salgo de mi asombro. Una mujer tan hermosa, casada con un cazurro, y tan inteligente. Kafka se enamoraría de ti, seguro.


- He leído. Mucho, ademas. Fui una furcia instruida. Hasta que Tommy me sacó de las barras. Abrí las piernas solo para él, y no creas que muchas veces. Era un pervertido, pero con poco muelle. Cuando mi marido se iba de putas, yo me metía aquí y sacaba un libro al azar. Cuando se metía tres días en el despacho para hacer mil llamadas y cerrar mil negocios, me enclaustraba aquí y sacaba libros. Había días que me ponía al día en arte etrusco o en dramas ingleses. Otros, me empapaba de metafísica. Los días de lluvia, nada mejor que unos cuentos victorianos. Deberías leer, detective Moran. Quien lee, tarda más en morir.


- No tengo tiempo. En mí manda mi barriga. No querrás saber qué rivaliza con ella en autoridad, pero me encanta comer. Antes de que un hijo de puta me abra la panza con un balazo, la quiero contenta. Le doy todo lo que le pido. No hay día en que no le tenga un detalle, una atención, un bocado exquisito. Y además no engordo. Me conservo bien. Tendré buenos genes. 


- Eres un artista de las palabras, detective. Me pregunto si no harías fortuna escribiendo.


- No, preciosa. Se me da mejor vigilar viudas. Tú eres la más feliz que he conocido. Ahora te toca vivir. O matar cucarachas.


- Después de esta charla, me estoy planteando muy seriamente dejar que vivas. Además de leer a Kafka, me gustan las novelas de asesinatos. Yo misma disfruto planeando los míos. Mi favorita es Agatha Christie. Las hay mejores, pero Agatha fue una pasión adolescente, una de las pocas que pude concederme, fui una furcia leída y pobre, ya te lo he contado, y no le he perdido el afecto. No tendré palabras suficientes ni sabré elegir las adecuadas para agradecer que la dueña de esta casa, que compró Tommy en uno de sus negocios sucios, fuese una lectora tan voraz. O quizá ya venía con los libros cuando la hicieron.


- Te vas por las ramas, viuda. Hablas de libros y de muertos. Yo creo que no vale nada todo lo que estás diciendo. Responde, ¿Me van a matar por seguirte?


- Hace mucho tiempo que estás muerto, detective. Solo te estoy poniendo al día. Me has caído bien. Hace tiempo que no me lo pase tan bien hablando con un cadáver. El problema fue ver más de la cuenta


. - También mandaste matar a Ferrasolo? No era mal tipo...Lo conocía bien. Era un poeta, se dice así, poeta. Lamenté estropear ese talento.


-Vio lo que no debía, entró cuando no debía. Está bien que cumpla su trabajo. Cobró su pasta por quitar de la circulación al asqueroso de Tommy, pero no respetó el horario. Si hubiese llegado un poco antes, o un poco después... Pero tuvo que llamar en ese momento, y ver lo que no debe verse. Es una pena que no volvamos a vernos. No queda gente como usted en el gremio.


-Espero tener más suerte que Ferrasolo. Muddy Waters está conmigo. Tú tienes a Kafka, quien coño sea, pero Muddy Waters nunca me ha dejado tirado. Puedes perdonarme y hacerme de tu cuadrilla. Doy buena planta. Tengo contactos. Cuenta con mi discreción también. 


- Tarde. Están aquí.



Ahí es cuando Moran perdió todo el interés en la viuda. Recuperó el sentido común, pensó en la flaqueza del corazón, en lo venenosa que es la carne. Pensó en correr. El resto no duró más de un minuto. Empujó a la gorda de Tara, abrió a patadas la puerta del hall y se perdió en el jardín que se extendía a espaldas de la casa, como un animal al que acaban de perdonar la vida. Volver al coche no era ninguna opción. Habría un par de matones. Él sabe cómo se las gastan. Tenía unas cuantas pistas, tenía una corazonada. Los detectives, cuando están sentenciados por sus enemigos, son gente peligrosa. Las voces de alarma se escuchaban conforme corría. También los pasos. Los gritos. El jardín no es mi medio, logró pensar. Quisiera morir en mi Cadillac. Igual suena Muddy Waters. Una providencia de amor le empañó los ojos y ensayó una mirada al cielo azul, ya oscureciéndose, entrevisto arriba, entre las ramas. El mundo estaba bien hecho. Se sintió cansado. Es mejor decidir cuándo irse, murmuró en un hilo de voz. Los pasos se detuvieron. Oyó toses, risas. Él había tosido y reído antes también. La trama es siempre la misma. Unos matan, otros mueren. Luego se arrodilló, entonó una pequeña plegaria y esperó el balazo en la nuca.

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