5.8.22

217/365 Vicente Núñez

 



Dejó dicho que para amar se empieza por no saber y se acaba olvidando. De ahí que, más que amor, él hiciera pugnar en su alma cierta idolatría, una pasión que deja al amor en poca cosa. Como si de verdad el tiempo lo hiciera flaquear, desmembrarse, adquirir la consistencia de la niebla, pujar y perderse después en una fuga de aire que nadie ve, pero de la que todos hablan. Fue Vicente Núñez poeta de corazón hondo, turbio también. Lo torvo, lo desangelado o lo gris, le hacían asquearse de la realidad y refugiarse en la prenda de las palabras, que son siempre fieles y cuajan en el cielo al que se las encomiende la más alta residencia y el más benigno destino. Era de la poesía de la que hablaba continuamente, aunque en ella citara a la muerte y a la agonía de esperarla y que no acuda. El amor que se tienen los que aman los salva de la tragedia, pero el mismo amor es tragedia mientras avanza y late en el pecho de quienes lo esgrimen. Un puñal ardiendo, un beso de una hondura que hace pensar en sedas a las que el fuego hace gemir o en arcanos donde la ceniza es una máscara o donde la luz, al reconocerse, torna sombra y se gusta en esa celebración del olvido. Vicente Núñez fue un ángel prendado de sí mismo, aunque no lo animara vanidad alguna y, puestos a que algo favorable sobre sí mismo vertiera, quedaría en ocurrencia, en clarividencia de viejo que sabe qué va a pasar después porque ya lo ha visto muchas veces con anterioridad. Soledad la suya que no es un infierno irreparable, como hizo constar en unos versos de su deslumbrante Ocaso en Poley, Premio Nacional de la Crítica, sino soledad abierta y robusta, necesitada de que se la abrace y luego (por barruntos del corazón) se la aparte. Esos esponsales de la luz y de la sombra ocuparon su cabeza de poeta cautivo de un propósito: el de hacer no ver la arcilla con la que se construye el mundo, aunque se tenga delante y hasta se huela su argamasa sucia. Donde se vive bien es en el error, cinceló. Quería mentir con la verdad en la mano o quería que la vida le dejase vivir. Amaba sin sintaxis, moría sin presagios. Amaba cuanto nombraba, decía. Tenía, en su enorme rendición de sofismas, el don de la concisión, esa virtud de hacer que lo pequeño brotase con un caudal inaplazable de vida, de pensamiento, de belleza. Le debía fascinar ser ese dios de andar por casa que concebía el saber y el pensar como raras gemas de notable estorbo. Jugaba a despreciar la herencia de la cultura y conseguía que toda ella, la suya era enorme, floreciera como una promesa o como un simulacro de verdad. Porque la sabiduría es inculta, proclamó. Se puede aprender tanto leyendo a Vicente Núñez que uno cree estar asistiendo a una especie de bautismo continuamente. Erraba adrede para cometer después la osadía de atinar sin proponérselo. Formulaba (sigo conjugando) pesquisas académicas en un mundo para él adorablemente pagano. Citaba con promiscua verdad la provinciana universalidad de los cuerpos y la tragicomedia insobornable del alma, que contendría versos, palabras ungidas de luz en un tiempo oscuro y maledicente. Qué vida más completa la suya, tan comprometida con la belleza, tan ocupada de metáforas y de imágenes eternas como las teselas de un 

A veces cuando escribo en un bar en el que esté solo (cosa frecuente y buscada) me acuerdo de Vicente Núñez. Sucede con frecuencia que yo haga eso: dejarme llevar por el tumulto de la gente, por el ruido de la vida que se congrega ahí. No es El Tuta nunca, el bar de la Plaza Octogonal de su Aguilar de la Frontera natal a donde el poeta acudía a diario y en donde pasaba parte del día, en donde le visitaban los amigos como quien lo busca en casa, pero hace la misma festiva función. No cuento con nada más que nos iguale a los dos. No recibo visitas, no hago residencia en la mesa de terraza o de interior. Apuro el café, fumo un cigarrito, interrumpo la escritura cuando alguien conocido me saluda o se acerca y se da a que charlemos o se sienta e interrumpe su quehacer para tomar un café conmigo. Mi vida no es excéntrica ni extravagante. No soy histriónico en el decir como lo era Vicente, según lo leído. Tenía una genuina manera de expresarse a la que hacía concurrir balbuceos, precipitaciones, pausas. El lugar idóneo era su bar, era El Tuta, al que acudía nada más abrir, tras haber desayunado en casa y escuchado la radio (música clásica, que amaba). Allí era donde "enhebraba la cháchara" hasta que a mediodía regresaba a casa, almorzaba, daba una cabezada. A media tarde volvía al bar y permanecía invariablemente en él hasta que cerraba. A su mesa, siempre la misma, la llamaba colmena, observatorio o cuadrilátero de bohemia. Como el que va a despachar una ópera en Paris, Vicente Núñez vestía con pulcritud, se interesaba mucho en la ropa, en el aseo (manos, uñas y afeitado perfecto). No todo era un camino de elegancia sin fractura. Su condición declarada de homosexual le granjeó en su pequeña localidad algunos contrariedades, pues se hacía mofa suya y se imitaban sus modales afeminados. Eran tiempos difíciles, cuándo no lo son. Ninguna ofensa le movió a marcharse del pueblo. Se afincó en él como una parte reconocible, casi como un detalle mobiliario de sus calles o de sus plazas. Un hijo predilecto, eso fue. Literalmente. Qué vida tan comprometida con la belleza, qué ocupada de ella. Con qué hermosas teselas decoró el mosaico de su días en la tierra. Extraviado en una epifanía perfecta, de la que probablemente no deseó salir, se puede invocar la gracia de la serenidad, ese anhelo de permanencia en la que el hombre baila la música que únicamente él escucha y se sumerge en el trenzado de los pies y en las volutas de las manos, como un danzante loco o como un sabio súbitamente compenetrado con su cuerpo. Ninguna mano humana, de arcilla roja, como a él le gustaba, lo forzaría a que interrumpiese su dulce embriaguez. Tenía en su memoria la palabra de todos los poetas. Con ella, con su fluir lento y sutil, salvaje y precipitado otras veces, había compuesto una obra para la posteridad. Su vasta cultura lo preservó del caos, pero tal vez quiso (como Luis Cernuda, como García Lorca, como tantos) evitar la deriva sabiendo de primera mano cómo manejarse en ella. No hará falta entender a Vicente Núñez como no se precisa arrimar un significado al sortilegio de la belleza que exquisitamente ofrecía su poética. "Si estamos condenados al incendio /será con el divino rayo de lo eterno". La lírica es una bandera: la engalana con el léxico de su terruño y hace cercana la eclosión de lo erudito. Esa virtud es la que matrimonia lo culto con lo popular, si es que una no va con la otra. Que ser feliz consista en saber engañarse uno es ocurrencia suya. No sabemos si la aplicó a conciencia o la mantuvo a distancia, como el que acaba de descubrir algo maravilloso y teme que sea verdad. 


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