20.8.22

232/365 Sándor Márai



Salvo cuando se abrió la cabeza de un disparo, Sándor Márai fue un ciudadano a salvo de la amargura y de cualquier otro decaimiento moral. Se condujo por una vida de orden y de sobriedad. No padeció enfermedades que medraran su inquietud y su talento natural para el disfrute de los placeres de la existencia. Se valió del amor, lo cual es una forma de sublimar la inteligencia y la belleza. Ni la destrucción que ocasionan las guerras rebajaron ese ánimo suyo por ver y por agradecer lo observado. No fue, como otros coetáneos, un escritor maldito, un ser aquejado de inextricables quebrantos, un alma sensible a la que la vida lo laceraba con fruición. El hecho de que se forzara a ser escritor por encima de todo marcó una distancia entre la ruina de la civilización y la complacida felicidad de su espíritu. Húngaro de nacimiento y alemán de adopción, Márai se empapó de la cultura de la Europa que le tocó vivir (como Canetti, como Zweig, como Cioran) y asentó en sus escritos un discurso fiero contra todos los opresores, fuesen nazis o comunistas. Cuando Hitler tomó Budapest, anheló que los bolcheviques se la arrebataran y devolvieran la libertad al pueblo. Comprendió el error de ese anhelo cuando se hizo realidad: la ocupación soviética de Hungría y el establecimiento severo del régimen comunista trajo el demonio de la injusticia y, sobre todo, la cancelación de todas las libertades. En 1948 Márai y su esposa Lola, judía proveniente de una familia de prestigio, dejaron Budapest y se afincaron en Italia. Una vez comprobado que ninguna residencia de la devastada Europa les concedía el bienestar que buscaban emigraron a Nueva York y poco más tarde a San Diego, en California, donde permanecieron hasta el final. En los diarios que escribió en su etapa de senectud, ya fallecida su esposa, dejó escrito que la viudedad era un estado grotesco. Un viudo vive insoportablemente en la primera persona del singular. Estuvieron juntos sesenta y dos años y ocho meses (relata). Circunstancias miserables y prodigiosas los curtieron como pareja. Una vez solo, "en un vacío similar al que rodea al astronauta en el espacio, donde ya no actúa la gravedad que lo mantenía sujeto a la Tierra", optó por retirarse. Vivir sin su amor era una anomalía a la que no quiso dar remedio. Es más creíble esa renuncia cuando se advierte que el cuerpo no da testimonio alguno de vigor y los recuerdos cuentan más que el porvenir. Al desamparo del desamor añadía la inclemencia de las atenciones hospitalarias cuando el cuerpo precisa, más que cuidados, la sobria inercia de su descenso hacia el liberador (son sus palabras) fin. Desfallecer en soledad era un tormento que no consintió asumir. 


Toda su agudeza intelectual, la casi quirúrgica manera en la que retrató el rechazo del hombre al fascismo (sea cuales sean sus himnos o sus banderas) se disipó en el momento en que sus preceptos vitales y literarios temblaron y se vinieron abajo. Lector voraz, consciente de que la cultura es la única herramienta para no caer en el vacío, Márai (es lo que más me fascina) escribe en sus últimos años sobre la enfermedad de un modo casi absoluto. No es que le preocupe morir, esa instancia se asume con más o menos presteza, sino que valora y evalúa con estricta disciplina la posibilidad de que sea su mano la que concluya la travesía y todo adquiere la condición de la nada. Un burgués como él, uno culto y consciente de los privilegios de su clase, acaba apropiándose de la más elemental de las máximas aristocráticas: la de no ocuparse de lo mediocre o de lo abiertamente menos elevado, la de refugiarse en las prebendas de su riqueza (moral, estética, pecuniaria) y no saber a quién afecta esa inclinación o qué daño provoca su aplicación, la de acometer la propia existencia con la dignidad antigua de quien no atiende las comunes menudencias del vulgo y se arroga el conducto privado de eliminarse del juego. Tampoco eso es privilegio de ninguna clase social. El suicidio es patrimonio exclusivo de la voluntad privada, en fin... El Márai moribundo es un ser por encima del hombre, una especie de rey de sí mismo, una araña que no cae en la inocencia de la mosca que recala en su trampa. El propósito de su obra fue la reconstrucción literaria de la Europa que amó y de la que partió por imperativos políticos. Su decadencia, que no comulgaba con el espíritu del comunismo, tampoco fue acogida por la utilitarista sociedad del consumo de Estados Unidos, que no fue una tierra de promisión, sino un destino de escape, un punto final de la fuga. La bolchevización de su adorada Hungría natal, arrasada por las hordas nazis primero, gangrenó definitivamente su ideal de patria. Un hombre sin épica escribe sobre su memoria, que es una extensión de la memoria de sus vecinos y la del paisaje en el que creció. Sus dos libros autobiográficos, Tierra, tierra y Confesiones de un burgués, más suculentos (en mi opinión) que la digna obra novelística, dan la idea de un hombre humanista, volcado con afán en la empresa de no perder las raíces, que serían las de un continente entero, a la postre. La tragedia de la existencia lo empapa todo. Asistimos a una función que no es teatral, no la anima la ficción o la representación de la ficción, sino el hedor de los escombros o la implacable sensación de que también estaban derruidas las esperanzas. El triángulo amoroso de La mujer justa, la novela que más recuerdo, comida de traiciones y de una maldad larvada y sinuosa, está contado en tres prodigiosos monólogos, cada uno encomendado a un personaje, se nutre de la misma sustancia que los no afectados por la ficción. Leer a Márai es un ejercicio de lucidez en estos tiempos raros, cuáles no lo son. Hay una dignidad en toda su obra que hace pensar en un autor invariablemente abocado a la franqueza, a la rendición de un mundo literario para explicar el que no lo es. También hay un descreimiento de la labor del escritor, un no excesivo endiosamiento. "En la literatura no existe la democracia; sólo hay solistas. El escritor que decida cantar en un orfeón descubrirá que su voz no se distingue del coro". Su contribución a la hermandad del mundo proviene de esa delicada certeza: la de la palabra escrita como bastión, la de la cultura como insobornable timón. Luego el hombre cae en vicios bastardos, en la barbarie, en creer que se puede vivir sin un pasado y que podemos ignorar las acechanzas terribles de un futuro. Resignado a contar el mundo en libros, sin interferir con ninguna otra herramienta, Márai acabó desbordado por la realidad, aquejado del tal vez dolor más temible, el de no tener nadie cerca con quien avanzar, al que agarrarse, al que confesar en la quietud los dolores de estar vivo, la alegría de estar vivo. Leer a Márai es comprender lo pasajero de este oficio. 


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