14.1.22

14/365 Alicia

 



Siempre llegarás a alguna parte si caminas lo bastante, dice el gato de Cheshire. Antes Lewis Carroll había arrojado a Alícia por el agujero de una madriguera de conejo. Dorothy

había sido izada por un tornado en Kentucky, casa incluida. La literatura abunda en niñas sacadas de su zona de confort, como se estila decir ahora. El juego consiste en amar el juego. Alicia cruzan parajes que existen con más hondura y asiento en la realidad que los paisajes de la realidad, los fiables y registrarles en la fotografía que tanto amó Carroll. El túnel qué hila lo real con lo fantaseado está hecho solo de voluntad: la de Carroll y la de Alicia, la de quien lee y luego se cuestiona la periferia de lo narrado, la trama cartesiana de lo real. 


Alicia en el país de las maravillas es y no es un cuento para niños. Hace estragos si se lee con detenimiento, cuidando con esmero la propiedad que nos regala. Se puede leer ligeramente, con la mirada atónita del niño. No hay ninguno que no quede atrapado en esa turbia y surrealista manifestación de talento. La perversión - el lado oscuro del autor, su inclinación amorosa a la niña que inspiró el personaje- queda para estudios menos relevantes ahora. Importa la fascinación de ese idilio descompensado, en el que un hombre se prenda de una ninfa, un poco a la manera gastada por Nabokov mucho después cuando narró otro idilio pedófilo, el del talludo Humbert Humbert y Lolita, fuego de sus entrañas, pulso de luz en sus tinieblas. 


El camino que debes tomar depende de a dónde quieras ir. Si no sabes dónde quieras ir da igual qué dirección tomar. Siempre llegarás a alguna parte si caminas lo suficiente. Es la lógica contundente del gato blanco, en conversación con Alicia. Importan las palabras. Carroll se envicia en exprimir su lógica puramente léxica, pero impone su lado surreal, el que nos abre los sentidos, predisponiéndolos al asombro. Cualquier pasaje de la historia induce al asombro. 


Mi favorito, por acelerado, es precisamente Cheshire. Memorable el episodio en que la reina desea decapitarlo, no pudiendo cumplir esa voluntad al ser solo cabeza el ajusticiable gato. La presencia continua del reloj en su chaleco impone la normativa del tiempo y la demuele a la vez. Todo en el cuento está ajustado a la pericia del lector. Es una historia exigente, siendo liviana si uno así se la plantea. 


De todas las Alicias que he conocido (la de Carroll, la de Disney, la de Burton) me quedo con la mía: una mixtura caprichosa de todas, una composición aleatoria y frívola, de la que extrae uno enseñanzas continuamente. Hay pocas lecturas más didácticas, aunque esa pedagogía no sea la imperante entonces, ni siquiera la que prospera ahora. Carroll detestaba la historia con moraleja, la que persigue la obediencia y se tasa con el aprendizaje de algo útil para la vida o para no desentonar en exceso en ella. Carroll prefería la disidencia, era más de buscarle los tres pies al gato, aunque fuese de Cheshire, mi favorito, ya lo he dicho.


Disparatada, ocurrente, absurda, Alicia en el país de las maravillas es la historia que uno siempre habría querido escribir, aunque Carroll no sea el autor que se le viene primero a la cabeza cuando piensa en autores de cabecera. Está escrito con un estilo rico y ampuloso, sin caer en el aburrimiento o en la pedantería narrativa. Siempre hay un juego verbal al que acogerse, siempre hay un truco en el que caer. Las palabras juegan a ser palabras de verdad, dispositivos de significado en los que todo está dicho o no está dicho nada, porque al juntarse unas con otras, en ese matrimonio interesado, se produce la zozobra, el desquicio, la sublimación de la imaginación. 


Carroll, el poeta, el reverendo, el matemático, el fotógrafo, hizo un gran homenaje al lenguaje, que fue su verdadera pasión. No hay enamoramiento más correspondido que el de las palabras, ninguno. Es el amor en estado puro, el que nos reconcilia con el universo y con nosotros mismos, que somos una parte fundamental y absolutamente necesaria en ese universo. Uno ama las paradojas porque le hacen cuestionarse el estado lógico de la realidad, que a veces es excesivamente cargante o abrumadoramente exigente. Ambas cosas, con seguridad. Mientras sucede el lenguaje, suceden las historias que trae el lenguaje bajo el brazo. Vivimos de ellas, no seríamos nada de no tenerlas, estamos aquí para escuchar y escuchar otra, incesantemente y cautivadoramente. La de Alicia es de las más recomendables. No importa la edad. Sólo hace falta dejarse caer por la madriguera del conejo. Quizá por eso, ocupado en inducirles a que lean, me permito poner a mis alumnos la versión de Disney, que no es mala, ni mucho menos. Le dejo el inglés original y añado los subtítulos. En otras ocasiones, por amor al arte, por placer sin añadidos que valga, prescindo del inglés y les dejo el peculiar doblaje español. Siempre ha sido un éxito. No ha habido ocasión en que no hayan salido de clase con un poco de vida recobrada o de vida ganada al aburrimiento o al desencanto. 

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