5.1.18

El oro, el incienso, la mirra...


Carezco de fe por lo que no puedo considerar la navidad como una festividad espiritual. Manejo con comodidad la efusión ajena, me emociona y aprecio la liturgia de los creyentes y disfruto con moderación la ornamentación bíblica, el portal, el árbol, los villancicos y la generosidad con la que abrazamos y besamos a los cercanos, justo a los que no abrazamos ni besamos en otras ocasiones, por cierto. pero no son (hace que dejaron de serlo, si es que alguna vez calaron en mí y fueron algo relevante) nada que eche de menos, ningún festejo mío. Sé que me pierdo lo que otros tienen para ellos, sé también que mi incredulidad hace que flaquee cualquier pequeño atisbo de acercamiento a Dios. Todo eso es porque carezco de fe. Hay quien la tiene y no alardea de ella. Yo tampoco alardeo de esa carencia mía, no es algo ni bueno ni malo, sucede y constato que es así, sin más. No soy el único, no soy el apartado singular, hay una más que visible escisión entre lo divino y lo pagano, de modo que el personal descreído coloniza la fiesta del que cree y más parece que celebremos la sublimación absoluta de los apetitos que el nacimiento de Jesús, sustancia narrativa primordial, por otro lado. Debe sentir consternación el que crea seria y apasionadamente y observe esta colonización bastarda, esta ocupación ilegítima. Consternación que no mengua, sino que prospera, se afianza en las casas, en las calles, en la propaganda de la sociedad del bienestar, que no es más ni menos navideña, que se apropia de lo que le conviene por el bien mayor, por la preservación del sistema de compra y venta, no es otra cosa, es el negocio, son las finanzas, es el dinero presidiendo todos los desfiles. Queda un resquicio de esperanza, supongo; siempre hay una puerta por la que entrar y un refugio en el que guarecerse. El que acabo de ver, en mi pueblo, en Lucena, es el infantil, el de todos los niños y toda su bendita inocencia admirando a sus Reyes Magos por las calles, en la creencia de que esta noche entrarán en sus casas y les concederán todos los deseos que anhelaron. En el otro lado, no habiendo felicidad completa, lamenta uno que no haya deseos concedidos para todos los niños, no tendremos la satisfacción de que este mundo esté bien hecho y, al menos esta noche, sea un mundo de luz y de magia. Mañana finalizarán los festejos, los religiosos y los paganos, los que alumbra la fe y los que maquina el dinero. Al final todo es extensión suya, es el dinero el que escribe casi todos los guiones. Quizá por eso interese preservar una pizca de esa fe y sentir todo lo bueno que tenga y hacer que los demás compartan esa bondad y la extiendan, cada cual como pueda o como mejor le cuadre. Lo de ser cristiano se podrá practicar durante todo el año, estajanovistamente si se desea, sin que un calendario marque que se haga con mayor empeño, sin que se sospeche que todo volverá a su anodina normalidad cuando la navidad expire (lo hará en breve) y tengamos que esperar un año (largo a veces su decurso) para que incendie de amor y de armonía nuevamente nuestras almas. Una pena que ese fuego sólo prenda a veces cuando El Corte Inglés nos recuerda que podemos sacar nuestras tarjetas y darles uso en sus establecimientos. Consuela que las tradiciones subsistan, aunque uno no las siga. No hace falta creer en algo para que nos llegue adentro. No se precisa la fe para desear que la navidad (lo que la navidad invita a hacer) no acabe cuando guardamos en el trastero el portal de Belén y el frondoso y hoy agasajado árbol.

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