12.1.18

El fin de la inocencia


Siempre me fascinó la inocencia, no he dejado de pensar en el mal que hacemos cuando la soslayamos, cuando la consideramos un lastre, cuando nos ofusca que una brizna de ella perdure adentro. La inocencia es una especie de rasgo eludible, una rémora de la infancia, eso queremos a veces que sea, pero es mucho lo que se pierde si la perdemos. Se pierde con ella la bondad y cuesta traerla de nuevo adentro, hacer que se ajuste al nuevo traje con el que nos hemos tapado ante el mundo. El inocente, en cierto modo, es más feliz, se duele menos del daño que se le inflige y cree en los demás de un modo limpio, sin el intermedio de ninguna otra circunstancia. En lo de creer en los otros está el verdadero problema. No hay manera de que podamos inclinarnos a creer cuando a veces ni cree uno en sí mismo. Ojalá creyésemos en nosotros antes que en Dios. Hay quien lo pone delante en el ranking de las devociones; quien considera que creer es una debilidad; quien esconde que cree en los amigos y en la familia y en la literatura y en la música romántica. Parece que somos débiles cuando exponemos abiertamente nuestras debilidades o nuestras creencias. Lo de la inocencia es, con mucho, lo que más celosamente guardamos. Si atisbamos una evidencia de su presencia, nos echamos a temblar. Es así, sucede así. Nos hacemos mujeres y hombres cuando no queda nada suyo o cuando nada está a la vista, ofrecido. De ella, de la inocencia, dijo Camus que era la virtud o la cualidad de quien no precisa explicarse.

Es el hablar (el hablar sin tino ni concierto)  el que lo arruina todo o, en todo caso, hablar sin que existan gestos o miradas que acompañen a lo hablado. Son las redes sociales, en mayor o menor medida, las que están desprestigiando la comunicación. No hay inocencia en ellas. Se zahiere o se daña a sabiendas, se oculta el agresor en la distancia, en la máscara, en el anonimato y está lejos y está oculto y no tiene nombre. Quien lee, el agredido, no sabe cómo filtrar la información, no se plantea ni siquiera que haya que filtrarla, acepta como viene la trama de las cosas, no la cuestiona, ni la contrasta, se deja invadir, permite que su casa sea ocupada, hasta se envalentona, sin que se precise un esfuerzo considerable, y zahiere y daña y se oculta. Es una batalla y los que la acometen están orgullosos de participar en la contienda. El caso es estar en algún lado, no asistir como espectador, formar parte de la obra, aunque el papel sea secundario o irrelevante. La muerte de la inocencia la ha iniciado el vértigo binario de las redes, esa fiebre en la que importa estar, más que contar o que involucrarse. Son tiempos duros, más si uno se esmera en apreciar la deriva de ciertos valores. Hay otros que permanecen e incluso algunos que no decaen y hasta adquieren más presencia, pero la posible estadística que aportemos dará resultados decepcionantes. Sólo hay ruido y hay vacío. Se es inocente hasta que no trae a cuenta serlo, se atesora esa virginidad hasta que se saca tajada de su expolio.

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