27.9.11

Baudelaire en bytes / Fragmentos previstos


En un país en el que se lee tan poquísimo, escribir es una frivolidad. Aquí escribe todo el mundo. Todos tenemos una historia que contar y ganas enormes de contarla. Así que publicar un libro, más que una frivolidad, es una temeridad. En breve, un amigo, Conrado Castilla, publica un libro de poesía. Es un temerario. Uno al que aprecio, por supuesto.

El libro es un objeto incómodo que amenaza siempre la cordura de su dueño. Si lo lee y se lo cree y lo mima como algo jubiloso puede caer en el error de hacer girar el mundo alrededor suya o, mucho peor, excluir ese mundo y centrarse únicamente el descrito en las páginas.

El libro arroja al lector a una tiniebla perversa de incertidumbres. Lo deja maltrecho, letraherido, que se dice, inhabilitado para vivir con la conciencia tranquila. Tal vez por estas oscuras razones la derecha rancia y montaraz y la jerifaltía eclesiástica siempre han procurado que su feligresía no se ilustre en exceso. No vaya a ser que se vuelvan majaras. Que confundan la vida con el más allá, la belleza con la mediocridad y decidan por sí mismo en lugar de confiar el objeto de su dicha a quienes, más cumplidamente preparados, saben elegir mejor. Si, en cambio, no se lee y el libro se abandona al rigor matemático de las estanterías el mal también es mayúsculo.

El lector en potencia se siente culpable de no acceder al libro, de no obligarse a paladear sus capítulos, sus apéndices, el aroma lujurioso de sus índices. Mi amigo K. sostiene que en esto de la lectura lo ideal son los extremos: o se lee todo lo que cae en nuestras manos o no se lee nada en absoluto. El término medio, virtud en otros asuntos, es aquí equilibrio romo, limbo estéril en el que nada contribuye a enriquecernos o a embrutecernos.

Durante un tiempo, por razones que no vienen al caso, me limité a leer sólo prensa. Y además los titulares y alguna columna esporádica. Abandoné las novelas decimonónicas, la poesía surrealista, el cuento corto, el ensayo dulcemente espeso. Todo lo hice por las circunstancias. Volver fue una felicidad absoluta. Me embriagaba de libros: ocultaba los pequeños en los bolsillos anchos y profundos de los abrigos de invierno y salía a la calle pertrechado de placeres, consciente de que cualquier momento podría depararme la dicha de un verso o el hallazgo de un pensamiento.

Y no podemos olvidar la belleza. Me sabía portador de la belleza que otros habían inventado para mí. Lo sigo pensando. Todavía hoy, recuperado de ese receso literario, me dejo llevar por el enamoramiento que produce abrir un libro sin saber qué nos va a traer. Si esperanza o si tristeza. Si el amor absoluto o el desencanto total. En mi experiencia como lector, he entrado en un capítulo nuevo.

Me he agenciado una de esas tabletas mayúsculas que guardan en sus tripas libros. No estoy todavía hecho al prodigio tecnológico, ando en la tarea de aprender a manejarme con la pantalla, con ese marcapáginas rojo, con el listado fabuloso de libros tan al alcance de la mano. No sé qué me deparará esta nueva etapa. Supongo que nada en especial. Cambia el formato, cambia incluso mi disposición ergonómica, pero seguirá el placer de la extrañeza, el descubrimiento, los indicios de placer libresco. Sí, ahora los libros no huelen. Pero ayer entré en la Biblioteca de mi pueblo, saqué el cacharro, bien apoltronado en uno de los silloncitos del vestíbulo y me metí entre pecho y espalda al señor Baudelaire y sus flores del mal. Oh sustancia de mi gozo, oh centro exacto de mi júbilo.

posdata: la portada del libro de Baudelaire no es la que manejé ayer, obviamente. Lo era pero de un modo digital, inaprehensible, desafectado de tacto, vulnerable al olvido. Ay qué perdida soportable.

5 comentarios:

Miguel Cobo dijo...

Tengo un pendrive con 20.000 libros (no se incluyen los de la Biblioteca de Alejandría): A tu disposición. Preparamos el asalto a los "abrigos" de invierno. Mi "papiro" está en Vietnam (generosidad paterna), pero puede volver

Miguel Cobo dijo...

Y a propósito de las flores del mal y de(bo)(de)leer, veo en tu blogroll: "Ustedes que no han leído a Claudio Rodríguez me van a comer la p..." ¡Y uno escribiendo cursiladas! Si es lo que tu dices al principio...
Visto lo visto yo no asalto nada: Me retiro a mis "abrigos" de invierno, que ya no tengo 20 años y va a hacer mucho frío.

Joselu dijo...

Yo he llegado aquí siguiendo un enlace que me prometía un texto sobre El árbol de la vida, un catecismo del siglo XXI. Me he quedado un tanto decepcionado. Volveré en otro momento. Supongo que habrá alguna razón, pero me ha dejado con ganas de conocer tu opinión al respecto.

Emilio Calvo de Mora dijo...

No es la cantidad, Miguel, sino la novedad. Y estamos en proceso de cortejo los dos. El pendrive es un tesoro, reducido, de bolsillo, pero tesoro. ¿habrá vida para leer todo eso?

Joselu, el post fue publicado, pero salió (oh fatalidad del blogger) manga por hombro, o como se diga. Está en la sala de máquinas, terminado. Falta colgarle alguna fotito y publicarlo. Ha sido un parto, pero el niño (con sus pies, con su carita de recién llegado) está en la sala de equipajes. Uno no controla todavía bien los engranajes de estas cosas informáticas...

Abrazo grande a los 2.

Francisco Machuca dijo...

Hacía tiempo que necesitaba leer un artículo de estas magnitudes.Vasos comunicantes,ya te digo,mi queridísimo amigo,ya te digo.Tengo a algunas experiencias relacionadas con presentaciones de libros.Odio las presentaciones de libros,pero he tenido que asistir por ser el prologista de ellos.Anoté en mi fiel cuaderno todo lo que he podido observar sobre una nueva tendencia enfermiza,un síndrome todavía no reconocido.Aquí está.Desde luego,no estás obligado a leerlo.

Un fuerte abrazo,amigo.

http://fmaesteban.blogspot.com/search?q=Notas+de+una+investigaci%C3%B3n