19.12.10

Bryan Ferry: Olympia


Crecí con algunas portadas de discos. Me han acompañado después sin que hayan perdido ese deslumbramiento primario y único. Sigo disfrutando con lo que muestran y con lo que ocultan. Me transladan al pasado, me conducen al paraíso íntimo de la nostalgia, me acunan, me siguen aturdiendo, me hacen evadirme de la realidad. Esa fuga interior es voluntaria, asequible y gozosa. El placer, si cabe, se acrecienta cuando uno interrumpe el viaje interior y regresa a la realidad de la que se evadió y disfruta con lo que esa realidad ofrece. Crecí (insisto) con portadas de discos en la época en que la música se vendía en vinilo y la presencia física de la música que uno compraba intimidaba, creaba un vínculo entre el dueño del objeto y el objeto mismo y construía un lazo sólido con ese objeto, un lazo perdurable, inagotable de algún modo. Por eso recuerdo la lujuria visual de las portadas de Roxy Music en los setenta, toda esa elegancia aristocrática del pop que la banda de Ferry esculpía en las notas con la artesanía que se exige a otros géneros mayores, pero no a la ligereza de la música popular, la que se destina al consumo y luego se sentencia al olvido.
Bryan Ferry dejó a su banda y produjo discos también impecables, exquisitamente grabados y producidos, concebidos con el apasionamiento y el mismo buen gusto que caracterizó a Roxy Music. No ha dejado desde el glorioso Avalon (la última perla de la banda) de hacer discos tangenciales, inofensivos en apariencia, que jamás venden millones de copias pero que perduran al modo en que perduraba la obra mayor de la banda que dejó. Olympia es Roxy Music. De hecho está dentro del disco, en sus manejos, parte de la banda. Está Phil Manzanera y está Brian Eno, con el que no contaba desde For your pleasure, en el lejano 1.973. Hoy Ferry se acerca a los setenta años y no parece que hayan pasado casi cuarenta años. Canta igual, exhibe la misma pose impoluta y se mueve en el escenario como un showman perfecto, como el actor que sabe su papel de memoria y procura pequeñas variaciones en cada interpretación, pero sin abandonar el control absoluto del texto, el dominio sin alardes de las posturas y de los gestos. Ferry, en este caso, no sobreactúa: hace canciones de las de siempre, limpias historias de amor con una base instrumental sofisticada, elegante y, sobre todo, arriesgada.
En Olympia hay riesgo, a pesar de discurrir por terrenos retro, por incluir versiones de Traffic (No face, no name, no number) o de Tim Buckley (Song to the siren). El elemento que saca a Ferry de su atalaya contemplativa de la música que se hace ahora es la electrónica de consumo (Groove Armada) o el pop desenfadado y puro que ejecutan Scissor Sisters. Luego metemos en los créditos a David Gilmour o a Flea de los Red Hot Chili Peppers.
Olympia requiere una escucha adulta, un saber buscar hacia adentro, un no dejarse manipular por la efervescencia de algunas piezas y maniobrar hacia el interior que es donde Ferry ha dejado el poso de la sabiduría y ha volcado toda su experiencia en la manufactura de un determinado tipo de sonido. Ése es el asunto primordial: Bryan Ferry es identificable. Posee una singularidad, una marca única que trasciende, un sello que ya está manifestándose en la propia portada. Ésta es otra más de la épica de Roxy Music. Desde For your pleasure a Country life pasando por el genial toque medievalista de Avalon.
Extravagancia, exhibicionismo, vanguardia, glamour, art pop: Bryan Ferry es el gurú de una banda irrepetible, que promete siempre un regreso (al modo en que regresan las grandes bandas, hacen caja, mueven la añoranza y después desaparecen) y lanza, en su lugar, un disco fabuloso si estás acostumbrado a escuchar muchas veces Flesh + Blood o Stranded o Avalon. En ese aspecto, Olympia es un regalo para los fieles. Los nuevos y los descreídos, pueden abstenerse. Hay veces que Ferry aturde. De tan perfecto, aturde.
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2 comentarios:

José Alberto Muñoz dijo...

Hablas tú de crecer con portadas. Es justo eso. Yo he crecido con las de Roxy Music. De verdad que me he sentido absolutamente identificado con loq ue escribes. Me da lo mismo que el disco este de Ferry sea una plasta. De hecho no he escuchado algunos de los discos en solitario que ha hecho, pero Roxy Music, aquellos Roxy, elegantes, perfectos, todavía los llevo en el corazón. Mi primer tocadiscos se estrenó con Avalon y amigos míos venían ac asa a escuchar More than this o Avalon que daba título al dsico. Mi favorita era The space between us. La ponía una y otra vez. Los vinilos se rayan, pero la memoria no. Me ha parecido formdiable el comentario. Me has hecho casi llorar, sr. Calvo.

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Qué bien ser entendido de esta manera, José Alberto. The space between us es una de las mejores canciones de Avalon y de esa década maravillosa. Perdida, pero maravillosa. Los vinilos son un objeto sentimental. Uno más. Fetiche puro. Llorar es buenísimo. Yo lo practico en cuanto la realidad me enternece. Un abrazo. Feliz Navidad.