14.4.18

Dos barbies abandonadas


                                                   Fotografía: Emilio Calvo de Mora

Hay cosas que no te han pasado nunca y de repente se producen. Aprecias lo que tiene de novedad, pero en el fondo te incomoda. Sabes que no volverá a pasar o, al menos, no de la misma forma. Ayer sucedió con las barbies. Pensé: no es ningún mensaje, no hay nada oculto, son dos muñecas que una niña ha dejado sobre la papelera, lo ha hecho porque las tiene muy vistas y desea que su madre, en cuanto se percate de que las ha perdido, le compre unas nuevas, las que han salido anunciadas en televisión, aunque ahora no hay anuncios de juguetes, así que deben ser las que tiene su mejor amiga, ha resuelto tenerlas también y ha obrado maliciosamente, sacrificando a éstas. Pensé: la madre no accederá, se olerá la trama oculta, siempre hay una, las madres saben esas cosas, no se las comprará, así que le niña se arrepentirá muchísimo de lo que hizo, dejarlas, perderlas adrede, le pedirá a su madre que vuelva o que lo hagan las dos. Le dirá: mamá, te prometo que no volverá a pasar, se me fue la cabeza, yo quería las nuevas, vamos a ver si están todavía, yo creo que nadie las habrá cogido, están viejas las dos, las pobres, quién las querría, no las va a tocar nadie, creerán que están rotas, las muñecas se rompen. Crees que todo está bien, crees que van a durar para siempre, pero un día se les sale una pata o se le sale un ojo. A una de ellas la dejé sin ropa. Yo creo que estará pasando frío, mamá. Estos días son de frío todavía. Ha llegado la primavera, lo dijeron en el cole, pero escuché a la señorita decir que hay inviernos que duran toda la vida. No sé qué significa exactamente, pero me pareció que era algo importante, mamá. Se puso muy seria cuando lo dijo. Si vamos ahora, a lo mejor están donde las dejé, en la misma posición. Hoy no hace el viento de ayer, no se habrán caído, aunque es mejor que estén en el suelo, ahí se ven menos, no están tan a la vista. Pensé: la niña convencerá a la madre, regresarán, quizá poco después de que yo hiciera la foto o incluso anduvieran por allí cuando yo pasé. Hay cosas que no te han pasado nunca y de repente se producen, ya sabes. No hay garantía de que no ocurran, siempre hay una posibilidad. El azar tiene de vez en cuando voluntos raros. No hay obligación, ni deber, sólo ocurrencia repentina. Así funciona el azar, me dije.  Tal vez me vean desde lejos sacar el móvil. Ella, la madre, se apresure, crea que tras disparar la cámara del móvil coja las barbies y las guarde en los bolsillos del abrigo. Temerá que no se las entregue y las quiera para mi hija, no se habrá fijado que no tengo edad de tener niñas con afición a las muñecas o que, caso peor, menos habitual, las desee para mí. Hay gente rara en el mundo, pensará la madre. Es uno de esos pervertidos, hay que cuidarse de ellos, tienen un aspecto de lo más normal, pero arrancan con rarezas. No hubo ningún motivo para que las cogiera, ninguno en absoluto. Ni se me cruzó por la cabeza. Seguí mi camino de vuelta a casa. Ya no pensé más en ellas, no me ocuparon más tiempo. Al poco rato abrí el móvil y busqué la fotografía en el carrete del iPhone. La hice con prisas, concluí,  no tuve esmero, podría haber centrado el encuadre, haberle dado un poco de respeto a esa última función de las muñecas. Ahora he pensado qué hacer con la foto y me he puesto a escribir. Si es una madre lectora, quién sabe, podría entrar en mi blog, ver la imagen, interesarse por lo escrito, interrogarse seriamente sobre si al final cogí o no las muñecas. Temo que mañana aparezca un comentario en el que se me pida responder, no sé, explicar qué hice, si finalmente me las guardé en el abrigo o seguí mi camino y las dejé. Este invierno está durando más de lo que convendría, eso es cierto, no se ha ido, persiste, no se arredra como suele, el frío es muy malo.

31.3.18

No hay dos días iguales (y todos los días igual)

Hoy muy de mañana he concebido el plan del día, lo he pensado y le he dado la forma y el fondo propicios, he manejado algunas objeciones, pero finalmente he dado por buena la previsión y he empezado a improvisar como suelo. Hace uno lo que va surgiendo, no sigue un guion, no respeta lo que le pareció correcto, avanza a la buena de Dios, sin más preocupación que ocupar el ahora, no el después, no el fatigoso después. A media tarde, pensando en esto y en lo otro, caí en la cuenta de esa pequeña irresponsabilidad doméstica, no muy importante, hoy he estado en casa la mayor parte del tiempo, así que argüí para mis adentros que no volvería a planear nada, duele más tarde la conciencia, es la palabra que se uno tiene la que flaquea o se cancela sin más argumentos, pero qué placer no saber, ni esperar que nada ocurra, sino verlas venir (suele decirse verlas venir) y, según vengan, actuar, elegir de entre varias posibilidades la que se nos ocurra primero o no hacer nada en particular, nada que otros hicieran, ni nada que tuviese utilidad en adelante, por si en otra ocasión se repiten las circunstancias. Se está ocultando el día, no habrá otro como éste, no se repiten los días, de ahí que valgan tanto y haya que extraer de todo lo mejor, no desaprovechándolo, no arrimándose a la pereza, pero qué placer esa pereza, esa indolencia, esa percepción de que somos dueños de nuestro tiempo. Sucede poco esa propiedad, se nos arrebata, es un oficio complicado tener las ideas claras. Hoy, sin saber bien el porqué, he tenido esa sensación, la de no haber hecho nada en especial y, sin embargo, haber disfrutado muchísimo. Lo decía Rosendo con sus Leño, en los primeros ochenta: "No hay dos días iguales, y todos los días igual". Qué buenos eran los Leño, qué buenas fiestas, qué de brincos habrá uno dado cuando tenía pelo.

27.3.18

El río de Heráclito (en boca de K.)

“Curioso que la gente crea que tender una cama es exactamente lo mismo que tender una cama, que dar la mano es siempre lo mismo que dar la mano, que abrir una lata de sardinas es abrir al infinito la misma lata de sardinas. "Pero si todo es excepcional", piensa Pierre.”

Julio Cortázar, Las armas secretas

Hay ocupaciones banales que incomodan la ejecución de algunas tareas más elevadas, pero habrá quien prefiera poner el lavavajillas o tender la ropa antes que meterse en la faena de recorrer junto a la Maga las calles de Paris o leerse los ensayos de Montaigne (ando enamorado de una edición de Acantilado que caerá en breve). Me confesó K. que la vida mundana (la doméstica, la irremediable) le restaba tiempo para ocuparse de asuntos de más fuste. Las cosas elevadas, añadí yo. Luego está aclarar qué es elevado y qué no. Lo de la elevación está perdiendo prestigio. Barrer la casa, en cierto sentido, no entusiasma como  acomodarse en el sofá y abrir Rayuela por cualquier parte, ya saben que se puede, y acometer la lectura de su trama. Recoger los platos después de comer no se parece en absoluto a meterse la Quinta de Mahler, sobre todo el monumental quinto movimiento. Salir a la calle y esperar una hora de cola en la pescadería no llena, no es el objeto de una vida. Salvo que uno sea un enamorado de las lubinas y no le salga a cuenta ir un par de veces por semana a restaurante para consumirlas. Vivir es tener siempre a mano un plan de evasión. Cada uno formula en su cabeza el que más le conforta. Quien se extasía en la contemplación de una bandada de pájaros sobre unos árboles o quien pasea tozudamente las calles en la creencia de que el amor le robará el corazón y volverá a casa prendado de un rostro o de una manera de andar. Quien se esmera elaborando un arroz caldoso o se viste de forma admirable. Creo que en todas estas formas de realización personal (concluyó K.) hay una intención artística. El arte no sólo se circunscribe a esas disciplinas de las que siempre nos hablaron, las que puede enumerar cualquiera y en la que todos coincidimos

Y sigue K, a lo suyo, desbocado: ayer vi a un carnicero despachar una pieza en su mostrador y quedé hechizado por la soberbia habilidad con la que apartaba los trozos inservibles, extraía los útiles y mimaba su vuelco sobre el mármol, procurando no malograr un ángulo sobre el que el cuchillo entrara más limpiamente, concentrado en no cometer error alguno, como un bailarín ocupado en no perder una nota de la música, mágicamente izado sobre el suelo. No solo está la literatura o la escultura o la música: al arte le concierne cualquier disciplina. Se puede lograr un grado absoluto de brillantez en casi cualquier cosa que podamos pensar. Cortázar lo dejó dicho: no es igual dar la mano que dar la mano. Será otra la mano, la ofrecida y la que la requiere. Creemos que salimos a la calle y paseamos como si fuese algo repetido y no es así. En realidad siempre salimos por primera vez. No hay dos maneras de salir iguales. Lo que hiciste ayer y crees haber repetido hoy es infinitamente otra diferente cosa. Es como el río de Heráclito, pero en trivial y campechano.

26.3.18

Blues oriental con anchoa




Anoche soñé que Milt Jackson me contaba su vida. Hay quien sueña con pájaros que no levantan el vuelo o con hadas que hablan con endecasílabos o con libros a los que les faltan las páginas impares. No sé mucho más de lo que soñé. Estábamos Milton con su vibráfono y yo y Oscar Peterson tocaba Blues Oriental a lo lejos, sin interferir en lo que decíamos. La razón por la que acuden unas tramas y no otras es la misma por la que somos quienes somos y no otros. Como no tengo la facultad de recordar lo soñado, pensé al despertarme en si mi sueño escondía algo de trascendencia que pudiera serme útil, pero no supe rasgar más adentro y retiré de mi cabeza a Oscar, a Milt, hice la cama y me preparé el café y unas tostadas. Luego he ido al médico y ahora estoy sentado en una terraza y despacho una cerveza con una tapa de anchoas con tomate. Es más fácil entender la realidad que los sueños, pero Blues oriental suena en mi memoria como si fuese un bálsamo.

25.3.18

La vida sigue a espalda nuestra

Fotografía: Fernando Oliva

La vida sigue a espalda nuestra. Avanza, no cae en sentimentalismos, ni mira atrás.

El ajedrez

Hay días que se piensan mucho antes de empezarlos y otros en los que no se hace nada y dejamos que las circunstancias fluyan. Los buenos son esos, los de dejarse fluir. Los pensados casi siempre acaban peor de lo previsto. Lo malo es prever, pensar por adelantado, organizar, programar, esperar que lo anhelado se cumpla. Sin embargo, muchos de los logros del género humano provienen de la planificación, de pensar los días antes de que empiecen. En lo personal, que es a lo que acude uno cuando no tiene nada más fiable a mano, hoy no tengo planes, no hay nada que esperen los demás que yo haga o no tengo yo nada que hacer para ellos, por contentarles, por satisfacer algo que me hubiesen encomendado o atribuido. En este hilo atribulado de las cosas, agradezco que haya quien piense mucho sus días y los redacte con antelación y planee en qué se pueden apartar de su estudio. Es esa gente la que hace que el mundo gire, quién lo duda.

Hay dos tipos de personas en ese mundo, me confesó anoche mi amigo K. Están los jugadores de ajedrez y los que no lo son. No es preciso que se conozcan las reglas del juego. Se puede ser, en esencia, jugador de ajedrez y no saber cómo se mueve el caballo o cuándo nos han dado jaque mate. El que juega al ajedrez tiene la facultad de imaginar el futuro, de especular con lo que va a suceder, de imaginar las posibilidades y, conforme a ellas, hacer avanzar una pieza u otra para rebajar el daño que las otras causen o para anular su efecto o para imponer el suyo propio. Los que no saben jugar no llegan tan lejos, no prevén que sucederá, no tienen iniciativa, sólo tienen la propiedad del presente y, como mucho, la del futuro muy cercano.

De toda la gente que he conocido, con la que he tratado y hasta con la que he llegado a intimar, he visto pocos jugadores de ajedrez. No sé si eso explica que uno tampoco se precie de ser uno sólido, que planea sus partidas y piense prospectivamente, digamos. Los que dieron evidencia de serlo me enseñaron (sin pedirlo) movimientos en el tablero que desconocía, maneras de hacer que el juego se incline a tu beneficio, en fin, todas esas cosas. Les escucho con atención, trato de esmerar los sentidos y luego me aplico en practicar lo que me dijeron. He sido un buen alumno, lo juro. Lo que sucede después es que me pierde la improvisación. Son los días de dejarse fluir los que, al final, imponen su criterio. Ellos vencen. No hay nada que podamos hacer. Si todos fuésemos buenos jugadores de ajedrez, el mundo sería más triste, estaría todo más organizado, no habría asombro, no se podría esperar la irrupción de lo extraordinario, la realidad (tal como la conocemos) sería una historia conocida, no tendría puertas que abrir ni ventanas por las que mirar. De algunos de esos pocos jugadores de ajedrez que conozco puedo decir que de vez en cuando sancionan al jugador y dejan que aflore el neófito o el ignorante y se permiten salir un poco a lo loco y ver qué pasa. Es cuando los veo disfrutar más y cuando, sin que se lo propongan, hacen que los demás también disfrutemos. Afortunadamente luego vuelven a su ser, calculan los riesgos, miran con anticipación, velan para que todo cuadre y las cosas funcionen. De no ser por ellos, por esos ratos lúcidos que tienen, esto (ay) sería el bendito caos.

22.3.18

Contra la televisión



1
La consigna es el tedio, el bucle, la desolación del asombro. La cultura que manejamos es inmediata, es canjeable, no se asienta, no perdura, se evapora, apenas es útil, sólo satisface, pero no alimenta. Como el periódico al que los días herrumbran los colores y exhibe ese tono amarillento y da ese olor rancio de nicotina quemada en un sótano con moho, la cultura se indisciplina y es otra cosa, pero ya no es cultura. Busquemos qué palabra le sirve, cuál define el grado de vileza ideológica, su malograda vocación de ocio sencillo convertido en adocenamiento. El que se arrima a la cultura es inmediatamente sospechoso de que la perturba, de que en realidad solo desea aprovecharse de lo que la cultura ofrece, de su camino sin contaminar, al frente de todas las cosas hermosas y de todas las cosas inteligentes. Hay vidas que alcanzan su plenitud en lo precario. Es cierto y quizá está incluso bien. En  lo precario, en el barro, en la solución sin aristas, en el servicio plano, en la seguridad absoluta de no estar exponiendo nada relevante. Por eso me quejo. Por la facilidad con la que los medios, la televisión a la cabeza, malogra y pervierte y finalmente cancela la idea de cultura. Cómo pervierte su sentido fundacional. La consigna es el tedio, es el botín, es el share. Y no ya exclusivamente el tedio, el bucle, la desolación del asombro, sino la soberana creencia de no estar haciendo nada punible y hasta la idea de estar proporcionando un servicio público.

2
Malvadamente los nuevos mercaderes del ocio han descubierto el habitable paraíso de la mediocridad, han evitado así el peligro de costear formatos cultos y se han acostumbrando a ignorar al espectador y a dar paletadas de colores burdos, chillones y altamente inflamables. Niños con el moco caído, abuelos con la próstata belicosa. Películas del año sesenta y ocho. Informaciones interesadas. Pastillitas de colores.

3
Abra el amable lector la pandora del televisor esta noche o mañana. El televisor es el túnel formidable entre la realidad y su negación absoluta. Zapee, indague, hurgue: lo que más desconcierta es la extrema sofisticación de sus programas: apabulla el nivel técnico, su imbatible condición de espectáculo desafectado de hondura, arrumbado al capítulo de la excrecencia rentable, de la caspa sublime. Alta definición. 4K. Todo servido, de verdad, con colores formidables, con una paleta de colores que no caben en el ojo. De perfectos que son, no caben. A uno le aturde la forma, primero. El fondo no puede llegar después, o llega de un modo amortiguado, ya digo, pasado por cien filtros, que lo han ido frivolizando, convertido en una cosa irrelevante. Cultura para todos, en su horario habitual de las dos de la madrugada, proclamaban festivamente mis amados Les Luthiers. En esa travesía hay caminos que no son recomendables. Cadenas de televisión que funcionan como una maravillosa máquina de ingresar dinero. Ignoran, con absoluta conciencia del gesto, toda brizna de cultura. Por pequeña que sea, la ignoran. A lo que encomiendan su share, como lo llaman con pomposo elitismo, es a las pasiones más bajas. Ya está dicho: a lo zafio, a lo burdo, a lo tosco, en ese plan.

4
Debajo de los bits, en ese inframundo de chasquidos cibernéticos, pervive también lo zafio, la cruzada mezquina por suscitar pasiones bajas, apetencias vacías de trascendencia, píldoras que embrutecen el paladar y amodorran la sensibilidad y convierten el usuario desprevenido, el que engulle y no digiere, en un zombi cultural, en un prisionero de los perfumes caros y la carne magra, en el cadáver exquisito que cree gobernar el mundo y ser el emperador de sus vastos dominios cuando únicamente sólo puede aspirar a ganarse la condición de cliente preferente, uno bien alienado, del tipo que ignora la naturaleza perversa de su enfermedad e incluso la crecida infame de la propia enfermedad en su cerebro y sobrevive malamente alimentado, flotando en una voluta estrangulada de mierda presentable, conducido por avenidas de neón, pero huecas, torpe aliño de la mentira con que el negocio crece, perdura y, en última instancia, fascina.

5
El mal atrae. Está registrado en toda la Literatura, en la alta y en la baja, en la noble y en la bastarda. Atrae porque estamos inclinados al mal. El bien es un fin, el alto, el noble fin, pero lo que hace que el mundo progrese es el mal. El mal medido en términos de competencia, de capitalismo salvaje, desmesurado, atroz. La selva en su estado puro. La televisión es la extensión más fiable de la selva. Una comprimida en un monitor, mimada en lo tecnológico y desvergonzada en lo temático. ¿Que dentro de la televisión hay territorios limpios, programas buenos, intenciones altas y nobles? Pues claro. No sé si en su horario habitual de las dos de la madrugada, pero rondándolo. Telecinco es la jungla: una a la que se le ha extirpado el miembro sano, si es que alguna vez tuvo un miembro sano. Luego está la publicidad, que es el motor del ecosistema. Ya ni siquiera los canales de pago respetan al espectador: todos lo someten a tortura. El síndrome de Estocolmo televisivo consiste en la atracción animal por el veneno que nos inoculan. Viva la publicidad. Echen anuncios. Ya estamos insensibles. Además no requieren un esfuerzo excesivo: piden a quien lo ve una actitud neutra, plana, la que lentamente se deja invadir y termina, al final del proceso, anulada. El espectador, en la parte última del negocio, es un cliente. Anoche estuve haciendo zapping. Lo hice con esmero, comprendiendo o intentando comprendo qué estaba viendo. Creo que agoté todos los canales. Me acosté apesadumbrado. Había constatado brutalmente el estado en que están las cosas y el estado al que se despeñan si no se cercena (con contundencia, por favor, quien pueda, quien sepa) el mal, quiero decir, el negocio. Luego piden que haya una ciudadanía preparada o piden que sea la escuela la que forje al ciudadano. No hay modo de que se revierta todo esto. Tenemos al enemigo en el salón. Crece en pulgadas, crece en prestaciones, está conectado a la red, gestiona el twitter, el facebook, el youtube y la madre que parió al spam. Y no es que uno sea un adalid de la pureza, en lo cultural, y viva a salvo de esta desgracia. Todos caemos. A todos nos afecta. Está bien pensado el plan. La vida es un parque temático. Miren la foto de arriba. Es del año 1958. Ahí empezaron a cobrar las primeras facturas. 

21.3.18

Viva la RKO




La pereza es una bruma confortable. Uno se declara un poco Bartleby y cancela toda posibilidad de abordar una empresa. Lo expresa con el mayor tacto posible, pero prefiere no hacer nada, no involucrarse en nada, no sentir que los demás esperan algo de uno mismo y aplicar el esmero esperable. Se dedica a asuntos mínimos, de escasa o nula nombradía. El cuerpo (con la perpleja cabeza al timón) no entiende de penalidades. Tampoco de honduras a veces. Una vez cancelada la metafísica, todo fluye más armónicamente, con mayor desparpajo y oficio. En la superficie, al ras de las cosas, se vive bien. Ha habido tiempo y habrá para la prospección habitual. Quisiera uno pasar desapercibido. Quizá no desapercibido del todo, pero retirado de la rutina, a salvo del vértigo y de la fiebre con la que se manejan los días en ocasiones, conmovido por la pereza, obligado a contarle los secretos, afincado en su territorio pequeño, de susurros, de palabras que apenas se izan en el aire, caen y pierden una parte de lo que desean revelar. La primavera, que todavía no ha llegado, aunque la refrende el calendario, ronda a hurtadillas la ventana. Hoy hace un frío escandaloso en mi pueblo. No sé si siberiano o lapón, pero justamente el tipo de frío que reclama brasero, mesa camilla y una película en blanco y negro de la RKO en el reproductor del DVD. En esa querencia de cosas que ensamblan bien, yo escribo. No me sale nada que me exija mucho. Nada que me ocupe mucho. Está el texto, un poco traído sin gana, como comido también de pereza. No se le van a uno las ganas de escribir con facilidad, pero no importaría perderlas del todo. Viva la RKO. Verdad, Padillo?

20.3.18

Mahler

Últimamente leo más que escribo y escucho más que hablo, pero por la noche, al clausurar el día, las cosas leídas me piden escribir y las escuchadas hablar. Se escribe para leer lo que los demás no escriben. Se habla para escuchar lo que los demás no hablan. En cierto modo lo de escribir y hablar, furiosa y descosidamente como lo hago yo, resta tiempo para leer y para escuchar lo que escriben o lo que dicen los otros. Quien no lee y quien no escribe haría bien en hablar y en escuchar cuanto pudiera. Incluso al que lo hace no le sobra ese proceder enfático, esa voluntad de lenguaje puro. Las palabras, las leídas, las escritas, las escuchadas o las dichas, son lo único que tenemos. Todo lo demás puede traducirse con ellas, son ellas las que organizan el caos, el de afuera y el de adentro, pero hay un lenguaje que lo explica todo y con el que todo puede ser expresado. Hoy, de vuelta a casa, cobijado bajo el paraguas, escuchando en los cascos una sinfonía de Mahler, pensé en que la música es la raíz de todo. Ella es la que conmueve con más ardor, la que nos levanta si caemos o la que nos concilia con el mundo cuando no lo comprendemos. Con ella en mi cabeza, sintiendo cómo me penetraba, no creí que hiciera falta escribir o leer o hablar o escuchar las palabras de los demás. Que los sonidos cuentan lo que el corazón no alcanza. Mañana no sé a qué echaré mano para sentir nuevamente ese fulgor. Tampoco viene cuando uno lo convoca. Es una especie de enamoramiento. Atrapa, anula, ciega. 

18.3.18

La rosa en llamas



En breve hará treinta y un años que participé en este encuentro de poetas. El poema que me publicaron, leído ahora, me parece ajeno. Casi cualquier cosa sucedida treinta años atrás es necesariamente ajena. Uno era otro. Creo que el poema, paradójica y anticipatoriamente, hablaba de eso, del ir y del venir del tiempo. Son papeles que guarda mi padre. Él es mi memoria, ahora que ya no tiene la suya o, por decirlo sin extenderme, no tiene manera de rescatar todos esos recuerdos y compartirlos con quienes lo queremos.

Jazz / 19 / Tete Montoliú

Solía decir que cuando se miraba al espejo veía un pianista negro. También que prefería un músico con el que tocara del que supiera que era ...