12.5.23

Elogio de la alegría

 



Creo firmemente en la alegría. Creo en la alegría por encima de la felicidad. A la felicidad le encomendamos excesivos oficios. En ocasiones malvivimos porque estamos empecinados en ser felices y, a la menor contrariedad, en cuanto se nos tuercen un poco las cosas, nos afiliamos a la tristeza, al desencanto, al gris como color favorito. Vivir, a pesar de algunos contratiempos, es maravilloso. Una vez que aceptamos la alegría y la buscamos con denuedo, lo demás viene por añadidura. Ninguna recomendación más higiénica, de más sano interés que ésta: buscar la alegría, inclinar el alma y el cuerpo a su centro exacto y sorberla sin decoro, abrevando la testuz, perdiendo las formas, caso de que tuviésemos y en alguna ocasión hubiesen sido útiles en algo.


Creo firmemente en la alegría. Creo en la alegría por encima de la felicidad. La alegría está ahí sin un motivo oculto: está para ensancharnos el pecho y hacernos creer que éste es el mejor de los mundos posibles. Alegres, somos invencibles. En la tristeza, en la pobreza del ánimo, somos frágiles. Las guerras las pierden los débiles en alegría: las ganan incluso cuando pierden. Sucede este contrasentido porque el derrotado, en su alegría, desestima la posibilidad de darle importancia a esa derrota. Será verdad eso de que toda pasa en el cerebro. Que fuera de lo que pensamos nada existe. Fuera de este texto el mundo es irrelevante. Me iré esta noche a la cama pensando, pasillo abajo, que soy el tipo más feliz del mundo. Y sonreiré  en mi engaño. Me acostaré  engañado y satisfecho. Como un tonto que ignora su condición y se emboba admirando la tontura del resto. Tengan ustedes un día bonito y sean felices en lo que puedan. O alegres.

9.5.23

Elogio y refutación del fuego

 


No sé a qué velocidad morimos. Hay por quien no pasan los años y hay quien por quienes pasan sin pudor los de todos los demás. Quienes mueren habiendo aprovechado el tiempo y habiendo visto todo muchas veces, quienes han vivido todo una triste o festiva única vez y quienes no han vivido absolutamente nada. Se tiene una idea rudimentaria e imprecisa de cómo se va uno muriendo. La misma de la que disponemos para razonar la velocidad con la que vivimos. Algunos, atropelladamente, ya saben; otros, con morosidad. 


Hay hasta un inasible término medio, aséptico, neutro, gris, sin excesos ni atrevimientos. Son más las cosas que ignoro que las que tengo por ciertas. En esa certidumbre, sobre ese pequeño avituallamiento de verdades, se vive infinitamente mejor. Ardo, pero no conozco el fuego. Nos consumimos imperceptiblemente sin percatarnos de la voluntad de la ceniza. No hay indicios registrables a diario, transcurren los días con lenta exactitud. Apreciamos el desquicio de la piel o el atropello salvaje del olvido cuando vemos fotografías antiguas, advertimos las dentelladas del tiempo, pero son conceptos esquivos. El dolor del tiempo no es tangible, no se puede medir bajo los criterios con los que valoremos todos los demás. Estamos en un desamparo terrible, si se piense esto un poco a fondo. 


Del pasado se posee una impresión enteramente frágil y huidiza. Sabemos que hemos vivido porque la memoria nos restituye los datos cabales, las imágenes precisas, las emociones puntuales, pero del mismo modo aceptamos la ficción, que es una extensión de los deseos o del mismo futuro. Podríamos inferir que la vida que hemos dejado atrás es una ficción más. Que todo lo que no es ya visible ni se puede evaluar con el rigor de los sentidos no existe. Yo no fui a Galicia hace algunos veranos. Yo no jugué al fútbol, siendo niño, en la plaza de Zaragoza, en el Sector Sur de Córdoba. Yo no compraba discos de jazz de segunda mano en una tienda cerca de la Corredera. Yo no leí con fascinación los cómics de la Marvel. Yo no amé a una niña de ojos azules. Ninguna de esas cosas sucedieron verdaderamente. Algo me dice que sí, que ocurrieron, pero no debo fiarme de la memoria. La memoria, las más de las veces, es un juguete roto, el único del que tenemos una propiedad fiable. Es la misma memoria falible que altera a su antojo la vida. 


No sabemos nada. No tenemos registros de lo que ocupa los días y ocupa las noches de la existencia que atesoramos. Porque vivir, a pesar de todo, es un prodigio, es uno de esos tesoros inviolables, inargumentables, inasequibles al desencanto, inefables, por más que haya quebrantos que lo fracturen, por más que el olvido lo vacíe de nombres y de gestos, de lugares y de caricias.

8.5.23

Una conversación

  Leer es un camino de ida y vuelta. Como la vida. Leemos para aligerar el trajín de la realidad o para acrecentarlo, según convenga, a expensas del estado de ánimo que nos ocupe. Saber que tienes libros a los que acudir para cada tumulto del alma es, en esencia, un salvoconducto hacia la felicidad, que nunca llega, pero está más a mano con los libros. En ocasiones, cuando entro en la biblioteca de casa, comprendo que mi vida es un festejo. También irrumpe esa epifanía cuando entro en una librería o en una biblioteca. Somos viajeros de curiosidades, como escribió el grandísimo Rafael Pérez Estrada. Vamos de un confín a otro de nosotros mismos. Visitamos parajes que, por más que nos pertenezcan, quedan excluidos de algún acta de propiedad. También uno es una biblioteca. Los libros nos conforman, nos componen, hacen que tengamos en ellos órganos periféricos, corazones disponibles ajenos al corazón principal, pulmones que dan un suplemento de aire al que ya aspiramos. Ojalá también cordura más allá de la cordura prevista. 


Leer es un acto de riesgo, también es cierto. Algunos leen mal y creen acertados sus desquicios. Gente que se satisface con una visión de las cosas, sin contrastar, ni pretender la modesta operación de poner en duda sus pesquisas y, caso de que no prosperen, eliminarlas. Hay quien no sale de esa estancia feliz en sus conclusiones: leen los periódicos que van a confirmar sus teorías y se rodean de quienes van a aplaudir sus argumentos. Un poco como todos, claro está, pero a veces hay más énfasis del debido, una especie de devoción ciega a una causa inalterable. Como una religión sin fe, como una habitación que palpamos a oscuras. Leer es traducir lo que otros pensaron, entablar un diálogo con alguien a quien nunca veremos. Decir es un festejo, pero la lectura permite un diálogo fastuoso e infinito. Hay conversaciones que he entablado con Borges o con Machado o con Cernuda que únicamente podrían haber ocurrido en las páginas de un libro. Yo estoy ahora hablando contigo. Eres tú con quien converso. Quien escribe no está solo. Al final, cuando todos los argumentos han sido contados, es ése el que prevalece.

7.5.23

100 canciones / 24 / You are so beautiful, 1974,

Para Ana María Díaz, que me la recordó 

En lo que está a punto de romperse hay una belleza que no poseen ni la firmeza ni la templanza. Cada error es un anticipo de un milagro. A algunas baladas les ocurre que amenazan con venirse abajo y malograr toda su elocuencia o su ternura. Tienen precisamente en esa anomalía lo que las hace aventajar en emoción a las todas las demás, las previsibles y perfectas, las que parecen orquestadas por la pureza o por la más inefable armonía. You are so beautiful es la constatación de que la imperfección es lo verdaderamente humano. Lo quebradizo como columna. La voz de Joe Cocker contiene la cantidad exacta de quiebra y, al tiempo, no hay nada que la iguale en recogimiento, en desmadejamiento, como si a cada momento anunciara un accidente melódico o vocal o una rotura absoluta que la arruinara. El accidente es precisamente su verdadera condición de obra de arte. No entiendo esta canción en otra garganta que no sea la de este señor. No hubo, a poco que se piense, otra como la suya. Van por el mismo hilo de negritud descompuesta la de Eric Burdon o la de Van Morrison, pero el castigo que Cocker infligió a la suya la hace única. Se aman canciones por lo que mismo que se tiene fe en el aire o en flujo loco del corazón cuando lo arrullan. 


El vampiro plateado

 


En cuanto me desprenda del quebranto místico al que he confiado el ocio de mis noches, vuelvo a las novelas de Curtís Garlando, vuelvo a todas esas novelas pulp de intenso aroma lúbrico, impregnadas de dulces peligros, que salvaban el alma del peso de la responsabilidad de saberse elegida por los dioses. Ah la feliz travesía de la ignorancia, ah el vértigo sin dueño, ah la fiebre invisible. No saber ya perderse en la serie B en las enormes tardes de verano. Mirar siempre con lupa nihilista la coraza de las cosas, indagar en su corazón sin motivo. Despertarse todas las mañanas con la secreta esperanza de que se obre el milagro y regrese el vampiro plateado. Me confortará cuando flaquee. Yo con mis ojos entornados, yo con mi pecho balbuciente. Yo ya ágrafo y feliz. 

5.5.23

Elogio del pregón

 El pregón es una promulgación iniciática que tuvo su predicamento más alto a finales del siglo XIX y comienzos del XX. Declinó su carácter callejero para confinarse a los templos. Su aparato solemne se mantuvo, pese a todo. El pregonero, ocupado en divulgar las bondades de su credo, desempeñaba el oficio del barro cuando se arroga la consolidación de una construcción y contribuye a que no se venga abajo ni la cuarteen los rigores de los elementos. Es esa cualidad la que más admiro en todos los pregoneros convencidos de la naturaleza espiritual de su trabajo. Al pregón lo atraviesa de parte a parte la poesía, que es una emanación de la belleza. Se recurre a ella para que las metáforas expliquen lo que la razón no podría. Su cometido es exaltar la naturaleza proteica de lo divino, pero también acude lo humano, nuestra gratitud hacia lo que no conocemos y, sin embargo, amamos. Está el espíritu en horas bajas en estos tiempos. A todo se le procura una tasa práctica, en todo luce un apresto orgánico, de cosa grata a los sentidos. La fe es una invención maravillosa. Ha sostenido imperios, ha hermanado pueblos, ha erigido catedrales. La poca o la mucha que cada cual tenga no afecta al hecho capital de que la sociedad, la europea en particular, ha crecido en el ejercicio de esa fe y, en cierto modo, ha padecido también a cuenta suya. El hombre es un animal espiritual. Hoy mi amigo Pedro del Espino dará un pregón en su casa, en la iglesia que ama. Aun no siendo yo creyente al uso, lamentaré no poder escucharle, acompañarle, sentir el oropel de su fe, por si hace llama en el corazón de quien escucha. Hará ejercicio de encomio y de contención, de metáfora y de vida. El único pregón que le escuché fue una manifestación sensorial de esa belleza a la que uno, en ocasiones, se acerca y de la que, en ocasiones, quién sabrá las razones, se aleja. Hará que su voz trence arabescos en el templo, permitidme el vuelo de la palabra. Templará las herramientas de las palabras, convocará en ellas la convicción y el respeto, la emoción y también la gratitud. Su Virgen le escuchará, quién podría dudar de eso. Lo mirará con arrobo, le guiará para que todo resplandezca y la alegría, la suya, la de los que lo tienen entre los suyos, ocupe un lugar en esta noche de viernes. 

Nuevo elogio encendido de la lectura

 Se me ha conferido la virtud de la bilocación y ocupo la paradoja de la ubicuidad. Una de las ventajas es la de poder compaginar una vida principal con otra de rango alternativo sin que el desempeño de una malogre el de la otra. Hay situaciones delirantes que he incorporado a mi rutina y a los que ya no concedo ninguna consideración extraordinaria, pero es pensar en ellas para que de pronto sienta una especie de punzada en el pecho y se me desboque el alma, que sale de mi entidad corpórea y adquiere la facultad del vuelo. Ver el alma propia izarse sobre el propio cuerpo es una actividad altamente recomendable, Sin ser una entidad enteramente volátil, se desplaza con convicción en el aire, hace sus cabriolas, se esmera incluso en trenzar unos arabescos que, a poco de exhibirse y convocar el asombro de quienes lo observan, declinan toda inclinación artística y desaparecen sin estruendo. Quien no ha sentido esa epifanía es porque no ha leído. 




4.5.23

100 canciones / 23 / Tubular bells, Mike Oldfield, 1973

 



Hay canciones que no son canciones, piezas sujetas a un minutaje discreto, sino que se extienden y ocho o diez o treinta melodías las atraviesan. Más que canciones, son sinfonías: las ejecutan una cantidad discreta de instrumentos, se construyen en torno a melodías que se van anudando y desanudando, adquiriendo una consistencia apreciable, sujeta a un sentido, pero desprejuiciadamente anulado, convertido en herramienta, más que en producto. Uno de esos discos que desatienden las canciones y se extienden en una sola, que las contiene todas, es el Tubular bells de Mike Oldfield. 


Tramado en la cabeza de Oldfield cuando era un adolescente, la obra no tenía manera de abrirse paso entre las discográficas de la época (principio los setenta). Era sistemáticamente rechazada. Se argüían motivos comerciales, casi nunca creativos. No tenía letra, una sola pieza ocupaba las dos caras del disco, su viabilidad económica era ruinosa. Los instrumentos suenan unos encima de otros, se desplazan para regresar al lugar del que partieron, enhebran una melodía que se abraza paulatinamente a otra que transcurre a la par suya, sin que se atropellen. Lo fascinante es que el propio músico toca casi todos esos instrumentos. Lo milagroso es que dieran con el modo de grabar aquellas revolucionarias ideas musicales sin que intermediara la computación. Lo apadrina un joven Richard Branson, que dispone de la fortuna que comprometer en aventuras financieras de improbable éxito. Le entrega a Oldfield una mansión que es un estudio (The Manor, la primera de muchas para que posteriormente graben Queen o Peter Gabriel o Emerson, Lake and Palmer, que recuerde) para que el músico trastee con las máquinas y dé con el sentido exacto del disco. Ya no está únicamente en su cabeza: puede restituirse con más o menos verosimilitud. Tubular Bells es el primer producto comercial de la discográfica Virgin. Un afamado DJ de la época (John Peel) se hizo entusiasta del disco y se atrevió a reproducir toda la cara A en su programa de radio: nunca una pieza de más de veinte minutos había ocupado tanto tiempo en una sesión de radio comercial. William Friedkin hizo el resto: acogió la reconocible melodía de inicio para su película "El exorcista". 


Se le tiene a Mike Oldfield el afecto suficiente como para que no se vea comprometido por ninguna de las flojedades que ahora despacha y sigamos adorando sin retraimiento los discos primeros. En mi caso, se lo perdono todo. Da igual que haga un disco de cumbias o uno de tradicionales irlandeses tocados con ukelele o que se autoplagie sin que exhiba una brizna de rubor y haga campanas trapezoidales o en forma de dodecaedro. De hecho, no hay ningún disco suyo que no haya escuchado con reverencia, apreciando los destellos de genio y, en la misma medida, repudiando las partes blandas, las blasfemas, todo lo que nunca debería haber hecho. En lo personal, sigo en ese hilo de las cosas, Mike Oldfield fue una especie de sacerdote en esa religión primitiva y sensorial en la que uno entra cuando deja la adolescencia y acomete la edad adulta. Hubo una época en que existía este disco en un lado de la balanza y todos los demás, por buenos que fuesen, en el otro. 


Creo haber escuchado cien veces (cien son pocas) Tubular Bells. Cuando joven, teníamos los feligreses nuestra liturgia. Cara A cara B. Respiración honda al levantarse el brazo del disco y volver a su quietud. Nos sentábamos en la mesa camilla de mi dormitorio (era amplio, tenía sitio para ese esparcimiento) y poníamos el disco. Mi amigo R, dijo en cierta ocasión que el final de la parte primera debía haber sido colocado al final de la segunda, asunto de la mayor importancia al que yo asentí sin que me temblara la devoción ni flaqueara mi adoración absoluta. A mí incluso se me ocurrió promover la idea de que la parte 1 fuese la única disponible. La segunda es un descenso a la calma que dura lo mismo que el ascenso. La densidad melódica e instrumental aminora hasta que el folk británico tradicional irrumpe con el final vertiginoso; en realidad, la única parte que no es compuesta por el propio Oldfield. 


Se adoraba (se adora, iba a escribir) a Mike Oldfield por razones que no pueden explicarse. Fue la primera obra completamente instrumental (hay graznidos y grullidos, hay carraspeos y sorbidos pero eso no entra en el capítulo vocal, con letra y peso lírico) que yo escuché fuera de la música clásica. Todavía no conocía a Stravinski ni a Mozart. No tenía ni idea de que existía Beethoven, salvo las obligadas escuchas en el instituto, cuando la profesora de Música nos ponía fragmentos de la novena y se exponía en el entarimado, entre arrebatado de éxtasis puro y comprometida con el orden de la clase, que no comprendía los fulgores del discurso sinfónico, ni falta que hacía en aquella edad dorada, tan revolucionaria e ignorante. Mike Oldfield fue el primer Mozart o el primer Shostakovich. Todavía hoy pienso en esa idea cuando se me ocurre escuchar Tubular Bells. Lo hice con frecuencia durante un tiempo, no dejaba mucho tiempo entre una escucha y otra, y en todas se producía esa anuencia agradecida, la de la pedagogía, como si Mike Oldfield hubiese sido la puerta que me hiciese acceder a otras muchas. como si Tubular Bells hubiese sido el principio del amor a la música. 


El disco era inagotable, no se cerraba por más que se lo obligara; no cansaba, por más que se forzara. Hay veces en que uno entra en un disco o en un libro como el que entra en una catedral o en otro cuerpo y se deja abrumar por la piedra o por la altura incontestable de las bóvedas o por la calidez entusiasmada de la carne. Tubular Bells es una catedral del siglo XX. Una a la que se accede con la reverencia de lo sagrado. No hay año en donde yo no peregrine a su interior y me postre al modo en que el creyente lo hace ante la cercanía prístina de sus dioses. La liturgia no precisa una disciplina excesiva. Ninguna que provenga del corazón la precisa. A mí, en los cuarenta que llevo escuchándolo con absoluta devoción, no se me ha presentado jamás esa necesidad. El disco, a diferencia de tantos que se ajan con el tiempo y exhiben sus malas costuras, a pesar de lo buenos que nos parecieron de primeras, se ha mantenido maravillosamente íntegro en estas convulsas décadas. No me interesan (o lo hacen a título de curiosidad) las campanas posteriores, todos los discos que el zorro de Mike Oldfield hizo para que las monedas siguiesen tintineando en el fondo del cuenco. No me interesan más allá de la memorabilia a capricho de coleccionismo. Ninguna de las razones con las que se pueden componer el elogio perfecto entran en las que convoco para justificar mi amor por las dos caras de este disco pletórico, inmarcesible, catedralicio, celestial y eterno. Amor puro al que no se puede sobornar. Gloria al órgano Farfisa, a la mandolina, al honky tonk, al bendito glockenspiel.

3.5.23

100 canciones / 22 / Space oddity, David Bowie, 1969

 Planet Earth is blue and there’s nothing I can do

(Space Oddity, David Bowie)

Los astronautas deben sentir una ternura infinita cuando están en órbita y ven la Tierra a lo lejos. Comentarán cuando bajen que lo que da a esa altura es una gana enorme de cuidarla. Como a un hijo al que observaras con la ternura de quien sabe qué es, en parte, una extensión nuestra. Parece ser que la conciencia adquiere una dimensión cognitiva o emocional (irán saber y sentir juntos) superior que hace irrelevantes las rencillas de los gobiernos o los conflictos fronterizos o las injusticias o el odio o la dureza de los días cuando se levantan hoscos y todo se deshace y se pierde. A riesgo de citar o de parecer al mismísimo Paulo Coelho, Dios misericordioso lo impida, uno imagina que el cosmos habla con nosotros y nos muestra lo que tenemos de pequeño y lo insignificantes que son nuestros problemas o incluso nuestras humanas felicidades. Viene a ocurrir un poco como sucede con las catedrales: el hombre se rebaja al tamaño menor del que dispone (el que cada uno disponga) ante la grandeza de sus arcos y la altura de sus columnas. El universo es una catedral, podríamos decir, concebida para que sus moradores precisen por fuerza la injerencia constructora de una divinidad. Cómo podrían si no, nos preguntamos en mitad de la noche, existir el agua o las criaturas o los árboles o los sonetos de Shakespeare. 


El astronauta, allá en esa privilegiada atalaya, toma consciencia de la parte que le tocó en la trama con mayor claridad que si se desplazara a ras de suelo. Todos, una vez izados, si observamos la Tierra desde la distancia, somos un poco teólogos. La contemplación de la realidad es más limpia y es más hermosa cuanto más nos alejamos de ella. A las personas nos sucede lo contrario: la ternura y las ganas de cuidarnos sobrevienen cuanto más cerca estamos. La distancia reduce el interés, incluso lo cancela en ocasiones. Debe ser así, no hay otra manera de entender ese desquiciamiento que tenemos  y que nos impulsa a lastimar al semejante o en herirlo o en borrarlo del mapa, en última instancia. Lo tenemos tan a mano que no nos fijamos en él: quizá haga falta el concurso de la distancia, la posibilidad de verlo evolucionar a sus anchas, sin que se note que estamos observándolo, apreciando lo que hace, entendiendo el porqué de su rutina. No sé yo, pero igual daban ganas de cuidarlo y nuestra dimensión cognitiva (o sentimental o moral) puede así entrar en un rango superior en el que no sería posible hacer daño a los de nuestra propia especie, al modo en que esos robots de las historias de ciencia-ficción tienen programado en su libro interno de algoritmos y no pueden perjudicar a su dueño o a su creador.


Se cree en la astronomía porque lo explica todo. También porque es la suma de todas las incógnitas o porque es un secreto al que se le ha dado consideración de ciencia. Hace de oráculo de lo invisible o de indicador topográfico: usted está aquí, esta es su casa, el resto es lo insondable, no le dé más vueltas, no somos el centro de la creación, nuestra residencia es la más pequeña de todas las residencias, nuestra presencia en el universo es anecdótica, ridícula. No importa que a la ciencia no le afecte que se cree o no en ella: conviene de vez en cuando tomarla como si fuese una religión y obrar a su beneficio a la manera en que lo hacemos con la fe, que no es cuestionada nunca y sale airosa de todos los obstáculos que se le presentan cuando es sincera y nace de adentro. 


No teniendo yo las inclinaciones científicas que tuve antaño, ni teniendo las religiosas ahora, ninguna de esas aseveraciones son fijas, recurrentes. Quizá tenga poco que decir en los asuntos de la teología y de la astrofísica, pero entrevé uno la rendija por donde discurre la luz entre ambas disciplinas, como si tuviesen un hilo que las arrimase, un territorio compartido en el que de cuando en cuando entablan un diálogo. Falta conocer el lenguaje que usan, esmerarnos en entender qué dicen, si algo de lo que se cuentan nos concierne con más hondura y secreto predicamento , si al final va a ser que las dos cosas son la misma cosa y sólo se diferencian en la melodía que las hace sonar, pero usan el mismo y delicado instrumento. Tenemos las manos precursoras y los oídos abiertos, tenemos el alma ofrecida o por ofrecer, tenemos la ciega esperanza de que no todo acabe cuando la trama primera, la de los árboles y la del azul del cielo, concluyan. Nos forzamos a creer en que allá arriba, en el éter cósmico, habrá lluvia, habrá amaneceres, habrá música. Can you hear me, Major Tom?






1.5.23

Sobre la muerte de la poesía y cuatro poemas

 Dice hoy Manuel Vilas que la poesía ha muerto. Hasta si es de tinieblas adoro su oficio, su cuidado en atenderme, su empeño en mejorarnos. He vuelto a escribir poesía hoy. La pulo, me obligo a que no sólo brote, sino que haga residencia y me conmine a que sea yo el que la atienda y la mejore. Yo creo que Vilas es más provocador que poeta o novelista. Si mañana salta con que la novela ha muerto, empiezo otra. Me durará cinco años, siete, pero será mía y yo, si nos llevamos bien, seré suyo. Al final la literatura es un acto de amor. Aquí unos poemas de hace tres años. Leídos hoy de nuevo, están pidiendo una poda, un lifting, un no quedar así para siempre.


4 poemas cortos


ALMA

Antes que incendio o vértigo o fuga,

el alma fue cáliz,

ala abundante,

júbilo en plenitud,

un desmayo dulcísimo. 

BIOGRAFÍA

La caligrafía es siempre el cuerpo.

Su pulso herrumbrado.

La sangre demolida.

HERÁLDICA

Mirar atrás y advertir que nunca alentamos

otros prodigios sino los más sencillos.

En estas libaciones frívolas de la razón,

en esta herida pura, encontrar el silencio

dulce como labio que galope y escarbe

y fecunde todo este entusiasmo,

las tardes sin épica en las que es posible todavía

conducirnos sin vacilación ni miedo

por todos los venenos ciegos del mundo.


ESTANCIA

Ser feliz

salvo en lo verdaderamente importante.

Dejarse

patria, cordura, fe

en discutir si Dios es quien dicen

y reparte las causas, el manso azar

y la estricta pena de dejarnos morir

sin habernos instruido

en los avatares íntimos del juego.


Jazz / 19 / Tete Montoliú

Solía decir que cuando se miraba al espejo veía un pianista negro. También que prefería un músico con el que tocara del que supiera que era ...