6.12.22

340/365 Lauren y Humphrey



Acabo de ver a una pareja besarse en una película infumable. Ha sido cambiar de canal y toparme con la escena de amor. No ha durado ni lo recomendable para que de verdad resplandezca el amor que los ejecutantes deben profesarse. Ni siquiera ha cumplido ese hipotético canon de los besos que los amantes del cine clásico (perdónenme si la modernidad me trae de vez en cuando al fresco) conocemos después de cien películas adorables con cien besos inmortales. Me ha dado por pensar que los besos de antes ya no existen. No están de moda las películas con beso antes de cerrar cortinillas. De hecho no están de moda ni siquiera las cortinillas. Puestos a buscar cosas que ya se estilan poco, echo en falta el The End que me escoltó durante esos años en los que uno se hace adicto al cine. Echo en falta el león de la Metro en una terraza de verano en Córdoba. No está de moda el romanticismo. Todo se construye para que el mercado lo derribe. Las leyes de ese mercado son las que mandan. Por eso no hay besos antes del final. Igual venden menos que antes. Uno puede refugiarse en una habitación oscura, encender la pantalla (grande, a ser posible, pero no es necesario en modo alguno) y prender la belleza de alguna de esas cintas memorables, ajenas a la cinefilia sesuda del Cahiers du Cinema y a los análisis de la inteligencia aplicada al arte. En las habitaciones oscuras los besos ocupan todo el universo, aunque sepamos que son besos de mentira. La ficción misma nos educa para que apreciemos el valor de esa mentira. A veces la realidad, recién descendidos de la ficción que construyen las películas, no nos llena. Buscamos besos en la oscuridad. Creemos que ese beso al final del metraje puede excusar los errores de la trama. Pensamos que el guión de la vida que llevamos es el único posible y que el cine puede abastecernos de las mentiras con las que disfrutar más de ese guion imperfecto. Amo la ficción casi por encima de todas las cosas. Amo los besos en los cines de verano. Amo todas esas cosas que, sin estar de moda, están conmigo, en las estanterías de la habitación en donde alojo los libros, los discos y las películas que me apasionan. Una vez que entro ahí entiendo que el mundo cobra de pronto sentido. Dentro de ese cosmos privado la vida es perfecta. Afuera, en ocasiones, también. No tengo edad ya para exigir que todo sea bonito y alegremente los pájaros endulcen con sus trinos la mañana. La tengo para saber que puedo abrir el cofre del asombro en cuanto quiera y abrevar con mimo hasta el hartazgo y ver a Humphrey y a Lauren besarse hasta que la luz se enciende. Una mala escena en una mala película (no la he visto, pero era mala con solemnidad) me ha hecho pensar en ellos dos: en Bogart, en Bacall. 

Tal vez nunca debamos saber qué hay detrás de la pantalla. La ficción debe bastar. La historia es la que cuentan los fotogramas, aunque en ocasiones se filtra la trastienda, la vida real. El cine crea un desorden luminoso al que debemos conceder la autoría emocional de todos nuestros sueños. Quizá sea bueno ignorar la biografía, no sé, lo estoy diciendo y todavía no lo tengo del todo claro. Deberíamos, lo digo con un resquicio de duda, no prestar atención al vértigo de la fama, a esa rueda de morbo puro que ofrece la cara sucia de las estrellas, su normalidad, la historia interior, tan igual a la nuestra, tan accidentada como la nuestra y, a veces, tan deplorable y punible. La vida de las estrellas enturbia el resplandor que dan en el cine, cuando las luces se apagan y realizan el trabajo por el que se les paga, aunque yo nunca pensé que a Humphrey Bogart le pagaran por decirle a Sam que la tocara de nuevo o que Audrey Hepburn recibiera sueldo alguno por ser esa belleza dulcísima y frágil que desayuna con diamantes.

Actores de perfil bajo o incluso sencillamente competentes dan a veces su verdadera dimensión dramática en casa, en las fiestas, en cualquier lugar en donde no haya cámaras que registren el prodigio escénico. La talla de Errol Flynn era su verga (cuentan) aporreando un piano, aunque luego engolosinara a varias generaciones con su pose juguetona y su muy rudimentaria y efectiva forma de interpretar. Marilyn Monroe murió tan joven y tan divina que es completamente necesario fabular lo que le apetezca a uno y pensar en cómo sería en la cocina o de compras o en un paseo casual por un parque. A Ava Gardner la arrojaron al vicio y fue la diva ligera de cascos, de gañote ancho, libido exigente y fácil revolcón, pero nada de lo que hizo (en Madrid, consta en muchas actas) induce a pensar en que los biógrafos o los rumorólogos quisieran colocarle gratuitamente el cartel de ninfómana. Yo no pienso en eso o no quiero pensar en eso cuando la veo como un gato hermoso (no soy original en esto ni en nada) desplazándose con pasmosa sensualidad en las escenas. En la intimidad, en ocasiones, damos de nosotros mismos un grado de esplendor que no registramos en el desempeño de nuestros trabajos. Me encanta esa idea, a poco que la voy rumiando, añado. 


Vuelvo a Humphrey y a Lauren. Howard Hawks los puso juntos en Tener y no tener en 1.945. Era, en palabras del propio Hawks la peor novela de Ernest Hemingway, y así se lo dijo; también que de esa cosa mediocre él haría una gran película. Ayudó Faulkner en el guion. Betty Bacall ( luego Lauren ) tenía 19 años y esa inocencia felina que nunca abandonó del todo. Era espigada, de rostro huesudo y cara de ángel huidizo. Humphrey Bogart traía veinte años más que su nuevo amor, tres matrimonios rotos en sus curtidos 45 años, una afición desmedida por el sexo (con el sexo se puede alcanzar el mayor grado de diversión posible, sin tener que reírse, dijo)  dos pulmones a medio encharcar por la nicotina y un hígado castigado por todo el bourbon de Kentucky. Se dice que cuando Humphrey fue pillado mirando las tetas de Marilyn Monroe en una foto que ocupó portadas en muchos periódicos de la época, Lauren decidió engañarle. Eligió a Frank Sinatra. Tampoco este pequeño adulterio entre famosos pudo con el matrimonio. Duró trece años y nacieron dos hijos. Humphrey murió de cáncer de garganta a los 58 años. Esos últimos trece estuvieron juntos. En la pantalla podemos verles en Tener y no tener, La senda tenebrosa, El sueño eterno y Cayo Largo. Cuando Lauren Bacall estuvo por España recordó a su marido en el cincuenta aniversario de su muerte. Vino a decir que todavía estaba en su vida. Está en las nuestras, cómo no va a estar en la suya. Lo de las tetas de Monroe y el encamamiento con Sinatra alimenta la leyenda. Y las fotografías en las que Lauren da fuego a Humphrey o en las que se observan, acaramelados, cómplices de un amor que no es posible (ni necesario) entender, me empujan a querer saber todavía menos. No me cuenten que se divorciaron, que él bebía muchísimo y que ella buscaba amor fuera del conveniente reducto conyugal. Nada de esa soportable rendición de datos podrá borrar la magia de todas las películas que hicieron. Ayer escuché a Fernando Méndez Leite en la radio. Dijo que el cine actual no le gustaba porque ninguna mujer viste como Lauren Bacall. 

…and the living is easy

 


A Miguel Cobo Rosa

Si acercan el oído a la fotografía se escucha Summertime cantado por Louis y por Ella. Les juro que he puesto toda la fe del mundo en el empeño y me han salido de la negritud de la foto palabras sueltas (... and the living is easy...) y hasta una trompeta descarrilando notas en ese aire negro y puro. Decía Woody Allen que la única fidelidad que iba quedando era la de los equipos de música. Los de alta gama. Esta fotografía es de una gama altísima. No precisa una restitución audiófila, uno de esos aparatos descomunales que reproducen hasta el zumbido de una mosca que se cruce en el juego de micrófonos del estudio de grabación. A nosotros, los feligreses, nos interesa el alma. Está ahí, precisa, cómplice, pidiendo que se obre el prodigio de la belleza. Louis y Ella ya la han empezado. Si acercan un poco más la cabeza a la pantalla podrán escucharlos. ¿Oyen ya? Cuidado, no vayan a distraerles. Cierren los ojos. No hagan que se malogre por no haber realizado el esfuerzo suficiente. Tengan fe. Si a la primera no lo consiguen, no desistan. Si un variado número de intentos no dan resultado es que no escuchan la música invisible, pero les aguarda. Yo mismo soy incapaz de escuchar cosas que otros, más en sintonía, registran sin aparente trabajo. Uno, al fin y al cabo, sólo escucha la música invisible que quiere. Para casi todo en esta vida hace falta una brizna de asombro, un hilo de extrañeza. Una vez extrañados, embutidos en ese traje fantástico, el corazón está razonablemente capacitado para escuchar la música invisible, el latido más diminuto de las cosas. Como siga así me sale un texto de un Coehlo cualquiera. Lo de elegir Summertime tiene su devoto destinatario. 

5.12.22

339/365 Abel Ferrara

 



Tipos como Harvey Keitel y Christopher Walken están en el límite, justo en el límite. Y están ahí fuera sin red. Sus vidas reflejan la dificultad del viaje a través de la vida, la dificultad de vivir sin pecado. Estos hombres sufren, están atormentados. Sus vidas son un vacío.


(Abel Ferrara)




Siempre pensé que éste era el director maldito. El cineasta que podía escribir sobre el pecado y sobre la sórdida experiencia de la vida. El descarriado. Un hombre excesivo con un don y un púlpito para feligreses afines. Irregular y ensimismado, beligerante, huidizo de cuanto sea plano y cerrado, Abel Ferrara es una anomalía feliz en la industria del cine. Va a su antojadiza bola con sobrado talento, aunque desbarre y dé a veces esa sensación de bucle y hartazgo cuando recrea el mismo cuento y se emperra en vestirlo como si fuese un cuento nuevo. Como una especie de Tom Waits con una cámara. Como un Lynch, un Terry Gillian con ínfulas de profeta  o un Cronenberg menos pagado de sí pero con su sustancia católica, con su biblia siempre a cuestas. También un Peckinpah de matriz urbana. una especie de poeta de la violencia que, a diferencia de Tarantino, privilegiaba la imagen sobre la palabra, lo sordido a secas sobre lo metalingüístico. Antes de firmar El teniente corrupto, obra clave en mi obsesión ferrariana, filmó algunos capítulos de Miami Vice, pero el formato de la televisión estrangulaba su instinto y no permitía piruetas morales ni atrevidas caligrafías de su retorcida  mente. En el fondo las historias de Ferrara siempre son de amor, pero como buen fracasado las impregna de pérdida y de angustia y rara vez consiente algún tipo de concesión a la belleza pura, sin ambages ni puertas falsas. El policía católico que interpreta Harvey Keitel en Teniente corrupto es el Abel Ferrara que más me gusta: el autor obcecado en consolidar su fe a través de experiencias extremas y lugares propicios para el fracaso o para la redención. Se trataría, al fin y al cabo, de llegar a cierto estado de pureza a través de la expiación de la culpa y del pecado o a través del más obsceno exhibicionismo físico y moral. En estos términos Ferrara es un autor modélico, cartesiano en su alambique, uno que cuenta una única y cautivadora historia, aunque la someta a un cuerpo narrativo distinto en cada una de sus películas.  Da igual que hable de vampiros modernos (The addiction) o de exvotos de la fe (Mary), de mafiosos (El funeral) o de parias del mundo (New Rose Hotel). Ferrara films con realismo descarnado el ingreso paulatino en el infierno: no un descenso brusco, ni una de esas adicciones que fomentan las drogas (tan de su espíritu): es el mal concebido como un destino. El propio policía de Teniente corrupto no se cree un mal tipo, a pesar de su desquicio, del sexo animal, de la ingesta de cualquier sustancia que lo anestesie o lo pervierta aún más o lo erija en una especie de dios pequeñito y solitario que imparte su doctrinario salvaje en el nombre de la redención o de la condenación. El cielo al que aspira secretamente el protagonista (tantos suyos, él mismo también) es un infierno o se puede contar a la reversa sin que se rebaje la naturaleza mudable de esas dos instancias inefables. El Ferrara que adoro es el retratista de ese pedazo de gloria a la que cada uno aspira y a la que se arrima con su Osita y su vértigo, con su verdad y su engaño. Al final, es todo su cine una biografía del cuerpo: una glosa lírica y sucia, un desahogo lúbrico, espiritual, enfermizo y probablemente más humano de lo que las imágenes muestran. 

4.12.22

338/365 Robert Mitchum

 

           

                                             Fotografía: Richard Avedon

No sé cuándo me enganché a las historias de suspense. De lo que amamos, de cuanto nos hace más felices, prescindimos en ocasiones del protocolo memorialista de las fechas y de las circunstancias: nos limitamos a reconocer el amor o incluso a proclamarlo sin disimulo. Está muy bien usada la palabra enganchado. Lo estoy de un modo arrebatado. Hay ocasiones en que únicamente admito suspense en las tramas en las que me sumerjo. Leo la trasera del libro o me dejo guiar por las reseñas de la prensa, pero acabo adquiriendo novelas en las que muere alguien o yendo al cine en la certeza de que se va a resolver un asesinato. Estoy fascinado con la muerte. A veces, sin que siente jurisprudencia sentimental, no se me ocurre un entretenimiento mejor que el discernir quién mató a quién y qué le indujo a matarlo. Me da igual que la trama sea de ambiente nórdico, tan de moda, o que el muerto descanse en suelo andaluz. Se me antoja irrelevante la geografía del finado. Solo quiero la ficción que procuran los muertos. No creo que haya sentido jamás pudor en exhibir esta querencia mía. Siempre me gustaron los malos. A mejor malo, mayor enjundia en la trama. Si el malo no está a la altura, se hunde estrepitosamente el montaje. Incluso no importa que el bueno no lo sea absolutamente. Se acepta que el mal triunfe. La vida, en cierto sentido, también muestra en ocasiones debilidad por la maldad. Quien sobrevive es el que se comporta de un modo más despiadado. Pongan, sin no me creen, los documentales de National Geographic. Será que el hombre es, por naturaleza, un ser malvado. El espectáculo está en el registro del mal. El bien no gana adeptos. Nunca se hace épica del bien puro: se construye la leyenda cuando corre la sangre. Todos los bardos antiguos entendieron muy bien esta sutilidad de la quebradiza alma humana. A decir de Noam Chomsky, el activista, el filósofo, el teórico de la lengua,  no hay libro más genocida en todo el canon literario que la Biblia. Quizá sea ésa la manera de contar los preceptos, de ir estimulando el asombro del hipotético creyente que la escucha o que entre en el vértigo metafórico de su lectura. Dios está ahí, embutido en un traje de Robert Mitchum, poniendo cara de póker, repartiendo candela urbi et orbi. De verdad que si a la Biblia le quitamos toda la parte tremebunda no queda nada que surta el efecto deseado: el de la fascinación por la fe, el del asombro por la historia de las grandes esperanzas y de los grandes pecados. O quedan cantos florales, episodios levemente legendarios, la trama previsible de una serie B que no pasará de un fin de semana en un cine de barrio. Lo que me pregunto es cómo no he sido un lector voraz de ese libro (habiéndolo sido de un modo razonable, sin empalago) teniendo todo ese potencia dramático y noir que posee. Luego está la metafísica. Me extraña que no la haya explotado James Ellroy o el mejor Dashiell Hammett. O lo han hecho y yo, tan poco sensible a veces, no he encontrado en sus novelas el enganche que me alumbre. Mitchum fue un malo sublime. Tenía el gesto adusto y hasta el andar exhibía un desamparo, una especie de desencuentro con la realidad. Le buscaron papeles de todo tipo, pero a mí me sigue cautivando el de hombre roto, el del escéptico. De una sobriedad casi emocionalmente plana, Mitchum representa un cine que ya no se hace. No podemos regresar continuamente al pasado, aunque nos emplacemos a que se debe programar en nuestra agenda de cine alguna cosa como Retorno al pasado (una redundancia no buscada) o La noche del cazador. Dijo no tener reparos en meterse en la piel de cualquiera: "No me importa el papel que me ofrezcan. Puedo interpretar desde homosexuales polacos a mujeres, pasando por enanos de circo. Soy capaz de cualquier cosa". La palabra que más creo que se le ajusta es empaque, esa distinción en el porte, en el decir. También el adjetivo "cínico". Fue mujeriego, fumador profesional de marihuana y muy de fiestas. Se le atribuye una inteligencia por encima de la normalidad, no sabemos bien qué significará eso y que su conversación era divertida. Ninguno de los muchos escándalos que lo acompañaron rebajó su actividad laboral. El chico malo de Hollywood se hizo el viejo malo. Yo, al pensar en el cine, pienso en Robert Mitchum. A mi padre le encantaba. Decía que se pronunciaba como se escribía. Esas frivolidades fonéticas le hacían mucha gracia. 

3.12.22

Contra el frío, contra el hambre

 



                                                      Fotografía: Valentín Vega





La consigna tácita era derrotar al frío. Ya puestos, en esa inercia combativa, entraba el hambre. Los soldados, involuntarios y ajenos a la guerra que cubrían, crecieron con la firme voluntad de no regresar jamás al campo de batalla. Los mayores con los que he hablado relatan con desapasionamiento la crudeza de los días. Citan con frecuencia el mendrugo de pan con manteca o las gachas y terminan siempre en la cartilla de racionamiento. No es que fueran malos tiempos, dicen: sólo que no comíamos, ni entrábamos en calor en el invierno crudo. En todo lo demás, recuerdan la bondad del juego, la fortaleza de los lazos que se creaban alrededor de esa crianza tristísima, de poco o ningún alivio, en la que la radio (quien la tuviera) amenizaba los días y amansaba las noches. Quienes no hemos vivido eso, los que nacimos a lomos del progreso, bien izados a su grupa, en el deseo de auparnos más arriba, en los hombros mismos, carecemos de la perspectiva adecuada: no es posible que podamos entender, no hay manera de que sintamos el frío o el hambre o la ilusión de que habrá días mejores. Los de ahora, estos días de google y de hamburguesas, tendrán otros agujeros, se entenebrecerán por otros asuntos, pero ninguno es como aquéllos. De entrada hemos perdido la humanidad del juego, esa sensación de fraternidad con la que se jugaba entonces. Y no hace falta echar la vista tan atrás: basta fijarla en la vida cuando las nuevas tecnologías todavía no habían hecho su brutal acto de presencia. Los niños de la fotografía exhiben la alegría que no corrobora enteramente el decorado que les circunda. Parece que no les duele nada, semejan vivir en un permanente estado de alborozo en el que, a falta de distracciones mayores y de más enjundia, se conformaban con pasear o con azuzar perros o esconderse a ver quién es el chulo que les encuentra. Yo creo haber vivido un poco esa licenciosa existencia, haberme entregado en cuerpo y alma a perderme y pensar que no daban conmigo; haber dado la vida con tal de que la canica entrase en el hoyo; haber pasado mañanas enteras de sábado con las manos en los bolsillos, sentado en un banco de un parque, deseando únicamente que no lloviera; haber regresado a casa con un siete en la pernera del pantalón o un roto inapelable en la punta del zapato por el atrevimiento de confundir una piedra con una pelota; haber intercambiado cromos de la liga de fútbol y brincar, en serio que se brincaba, cuando conseguías la estampa de Gárate o el de Leivinha. Yo, entonces, era del Atlético. Me perdonarán los forofos de toda la vida que cambiara los colores. Mis tiempos fueron ésos, pero seguro que el amable lector pondrá otros jugadores y pensará en otros motivos. Ya no está ese fervor por la rutina, la bendita rutina de hacer siempre las mismas adorables cosas con los mismos entregados compinches. Porque la amistad, si se esmeraba uno en ella, era un asunto de pactos y de secretos, de entregas y de renuncias. La épica consistía en tener en casa la satisfacción de que la verdadera vida estaba en la plaza o en un callejón en donde se congregaban los gatos o en una explanada que permitía echar un partido, uno pequeño, sin árbitro ni excesivo entusiasmo en el resultado, pero maravilloso y trascendente.


Luego estaba la inminencia de que algo extraordinario estaba a punto de suceder. No sé si la chiquillería de ahora razona estas cosas, si presiente esa anomalía formidable de vivir algo por primera vez o de que harás cosas que nunca había hecho antes. La conmoción de la novedad ha desaparecido porque todo está catalogado y en stock. Porque lo tienen todo. Si precisas algo, es cuestión de tiempo (no mucho a veces, la verdad) que lo consigas. Hay incluso más cosas ofrecidas que cosas pensadas. No somos capaces de procesar la oferta masiva de atracciones. Las de antes, no menores, sino infinitamente menores, tenían la calidad ética que muchas veces éstas de hoy no poseen. Se manejaba uno con poco y se las apañaba para que esa minucia maravillosa contuviese el mundo entero en su interior. Y más atrás, en los tiempos del hambre y del frío, los que yo no viví, se contentaban con menos aún. Sentían que todo era un privilegio, una especie de regalo. Ni siquiera tenían el refugio de la lectura. Los libros, los que existían, no estaban al alcance y, de haberlos, no eran fáciles de adquirir ni, en ocasiones, apropiados para que el despertar del ingenio lector se instalase de un modo indeleble, creciente, insobornable. No hacían falta, los libros. El sucedáneo era la calle, el simulacro de ficción no era preciso porque toda la ficción posible estaba en las aceras, en las plazoletas, en el campo para quien pudiera acercarse a él. Todo lo que nos hace sentirnos especiales cuando entramos en la literatura estaba a mano en la calle. Hoy, salvo quien todavía sabe qué milagros alberga y qué felicidad procura, no se vive la calle. Les decimos a los hijos que vuelvan pronto, se la demoniza, se la convierte en un campo minado para la adversidad, cuando es la mejor escuela. Sucede que se la suple en casa: se buscan los sustitutos óptimos, los que hacen que no haga falta vestirse, salir, intervenir en el correr aleatorio de las cosas y modificar el curso de su existencia. Lo hacemos, sí, intervenimos en ese correr, modificamos ese curso, pero en videojuegos, que no son malos en sí mismos. Las redes sociales, a su modo, también contribuyen a que nos encapsulemos. Se vive bien sin que nos amenace el frío, ni el hambre. En facebook, en twitter, en todos esos émulos de la vida a los que, no se salva casi nadie, nos entregamos con fruición, en la consideración de que sabemos frenarlos o de que obedecen a nuestros deseos. Ya se sabe que no es así y de que va camino de que sea aún peor.


Todo se olvida rápido o no se llega ni siquiera a entender para que de pronto nos demos cuenta de que ya lo hemos olvidado. Lo que permanece y se le concede la diligencia más exquisita en su relato merece la mayor de las atenciones. Por eso nunca desoigo a los abuelos cuando cuenta las batallitas del glorioso o del penoso pasado. Escucho cómo se aplican en dar una pátina de humor a lo contado. Citan nombres enteros de amigos que hace sesenta años que no ven, conversan sin desmayo sobre las desventuras que sufrieron y, antes de acabar, piden a quien escuche (alguien habrá, dice el más descreído de ellos) que no vuelvan esos tiempos. Que estos, siendo malos, se sobrellevan bien. Que hay hambre y hay frío, sostienen, pero no es ese hambre, ni es ese frío. A todos nos coge la lluvia a cubierto o a la intemperie. Nosotros vivimos en un mundo en donde yo puedo levantarme, prepararme el café, sentarme en el ordenador y contar una parte del mundo que no viví, pero hay quien no ha podido llegar a viejo y dejar caer, a título narrativo, sin pretensiones heroicas, lo que presenció, toda esa crudeza con la que se crió y que le hizo, a estas alturas del camino, sentir que la vida ha sido cualquier cosa menos aburrida. 

337/365 Gentle Giant

 


Para César Rodríguez de Sepúlveda, para Alfredo J. Ramos, cómplices. 

El rock progresivo

Eran gente sobradamente preparada, pero se decantaron por empeñar su talento en aventuras de escaso fuste popular. Los más atrevidos mezclaron folk, psicodelia, música medieval, rock, jazz, clásica, blues y acuñaron un término que ganó adeptos y hasta creyentes, como si fuese una especie de religión y esos discos contribuyesen a la idea de que había un catecismo, un libro de milagros, una divinidad que custodiara las palabras y un templo en el que ofrecer su crédula gratitud y esperar la unción de los dones y la efusión del espíritu. Eran gente con creencias firmes en la sonoridad de las palabras, en la delicadeza del cosmos, en la bondad del hombre, en las metáforas como herramienta para entender el mundo. La mitología, la utopía, la fantasía, la psicodelia, hasta la ciencia-ficción, irrumpieron en el muestrario de motivos de esa nueva lírica. Había nacido el rock progresivo. No siempre convienen las etiquetas. A veces se adscriben a un interés comercial; otras tan sólo facilitan al neófito un mapa por donde moverse, lo cual tampoco es malo en sí mismo. De cualquier manera, el rock progresivo hizo que el rock adquiera una relevancia de la que carecía, una especie de atributo aristocrático (culto, elitista, falsamente popular y extraordinariamente creativo) que congregó a los músicos más dotados y, con frecuencia, a los más intrépidos. Sus piezas eran largas incursiones en territorios inéditos, pautadas con letras alejadas de la simplicidad, volcadas en un deseo de regreso a un tiempo acabado del que se tenía una añoranza un punto fingida, más literaria o pictórica que otra cosa, recreada con misticismo y absoluto alarde melódico. Bandas como The Moody Blues, tal vez los primeros, aunque luego (como tantas) se afiliaran a un rock más estándar, King Crimson, Yes, Focus (con el extraordinario ThijsVan Leer), Magma, Iron Butterfly, Gong, Caravan, Jethro Tull, Genesis, Camel, Emerson, Lake and Palmer, los primeros Pink Floyd, Caravan o Wishbone Ash facturaron discos fastuosos, experimentaron con todas las licencias que se arrogaron, cumplieron con disciplina un mandato mayúsculo, el de componer una especie de banda sonora de alcances inéditos, arrebolado de un romanticismo experimental (permítaseme la avenencia de esas dos palabras) y, sobre todo, la idea de un todo conceptual, convenido para que engarce a otras piezas de modo que el conjunto dé la impresión de unidad. Frente al punk imperante en esos tumultuosos finales de los sesenta y primeros setenta, el rock progresivo impuso un mensaje de magisterio, un discurso espiritual, sin la acritud de la rebeldía, concluyente, cerrado, exigente. El punk es áspero, no tiene sutilidad, no la precisa, ni se acerca a otro discurso que no sea el de la confrontación. Los Sex Pistols son adrenalina, caos, vértigo, mugre, sangre y desorden. King Crimson es dulzura (con su reverso tenebroso dentro, esquizoide y febril), ambigüedad, desprecio del ritmo, intimidad, inteligencia. Los veintitrés minutos de Supper's ready (la pieza monumental del Foxtrot de Genesis en 1972) representa una cima en el género: se alambican las melodías, se desdicen a poco que se han formulado, importa la teatralidad de la voz principal y el cuidado en los coros, se prestigia el virtuosismo de sus instrumentistas, se reivindica la música por encima de cualquier otra consideración meramente fonográfica. Era la defunción del género en auge, el pop, y era el bautismo de una revolución que acabó devorándose a sí misma, como suele suceder, presa de sus contradicciones y, es la opinión de este humilde escribidor de sus vicios, obligada por los requerimientos que exigía a sus eventuales oyentes, a esa hornada de consumidores de música que prefería la sencillez de lo plano (vigoroso y grácil, no se me entienda mal) a la barroca suntuosidad de lo complejo. Algo parecido sucede con el jazz o con la música clásica: precisan una concentración, solicitan un adepto trabajado en el oficio, que se crezca en la adversidad (escuchen A love supreme de John Coltrane o las sinfonías de Mahler) y encuentre en esa maraña de obstáculos (aparentes ellos) un lugar en el que cobijarse, al que confiar el placer absoluto de sentirse confortado (consolado, reparado, ungido) por la música. Los músicos habían escuchado música, lo contrario es a menudo lo habitual, más en estos tiempos. Yes usaba la Consagración de la Primavera de Stravinsky para abrir sus legendarios conciertos. El sonido beatle de la ELO metió la orquestación elegante en sus piezas. 

La esencia del rock progresivo es la independencia de lo contemporáneo. Se vale del pasado, aunque maneje la tecnología del presente, y se dirige (no fue al final así) hacia el futuro. Paradójicamente, la vanguardia era vintage. Como los grandes poetas malditos, los músicos se abrazaron al mercado lisérgico para extraer aquello sagrado que guardaran y a lo que no tenían acceso. La psicodelia fue un periodo extraordinariamente creativo. No era afín al refinamiento de la música culta que se pretendía hacer, pero inducía al creador a dejarse ir, a esa desobediencia de la que provienen los mayores logros del espíritu. Por añadidura, el rock progresivo desplazó al formato de disco sencillo en cierto perfil del comprador de música: prevalecía la majestuosidad del conjunto sobre la brillantez de una pieza desgajada de él. El rock progresivo tuvo himnos antológicos, canciones que ocuparían la memoria sentimental de un público diverso, no sólo el ya iniciado, el que adquiría un álbum y lo exprimía desde que dejaba caer la aguja en el primer surco de la cara A y procedía con ritual de creyente a repetir la liturgia con la cara B hasta que el brazo se levantaba y caía con suavidad en su alojamiento. El nuevo género abría un espacio nuevo en la industria del disco. A él se acercaron grupos y solistas que, a voluntad propia o ajena, le benefició el marchamo de moda: no todo el rock progresivo lo era con propiedad. El Londres beat no podía alojarse en ese nuevo territorio, ni el rock duro de grandes bandas como Led Zeppelin. Excluyo a Mike Oldfield o a The Alan Parsons Project: coquetean con el patrón de lo progresivo, pero pasean otros rumbos, no fijan un modelo. Es una empresa baldía, en ocasiones, dar un límite a un concepto, acotar su sentido, trazarle una periferia. El verdadero propósito de esa música recién ofrecida era tan vasto que cualquier intento de condenarlo a un recinto estaba de más. Las ramificaciones del rock progresivo, sin embargo, tenía algo en común: partían de un mismo hecho, conferían a sus trabajos un idéntico sello: el de la investigación, el de la sofisticación, el del eclecticismo, el de la vanguardia, el de la literatura, el del esmero en el acabado, en su restitución física y tangible. Y todo envuelto en un aire de contracultura militante, de rebeldía pacífica, de armonía con la naturaleza y con el hombre como centro de toda experiencia sensible. Eran el puente entre la sucia invitación del punk y la consolidación del rock orientado a adultos o incluso el pop más desenfadado y lucrativo. 

Octopus / Gentle Giant

El atento lector habrá observado que he omitido a una banda fundamental: Gentle Giant. Se codearon con los más grandes y alcanzaron (musicalmente hablando) la excelencia en el periodo que ocupó los gloriosos setenta. Los hermanos Shulman (Phil, Derek y Ray), Gary Green a la guitarra, el teclista Kerry Minnear y John Weathers (antes Malcolm Mortimore) en la batería constituyeron una de las bandas más creativas que ha existido, sin afincarla en género alguno, concebida para halagar al oyente inquieto, exigente, apasionado. Sus ricas armonías vocales, la inclusión de pasajes medievales (marca de la factoría progresiva) o románticos o la complejidad formal de sus propuestas los convirtieron en un grupo de culto. El modo en que los descubrí a Gentle Giant tiene algo mágico, tal vez no debió ser de otra manera. El enojado pulpo rojo coronando un mar encrespado de la portada de Octopus ocupó toda mi atención, que entonces era mucha y se aplicaba con adolescente fervor. Podría ser a principios de los ochenta y yo era un modesto comprador de discos. Mi precaria situación económica los elegía con infinito cuidado. Recuerdo el temblor en mi cuerpo cuando entraba en una de mis dos tiendas favoritas de discos con la certeza de que saldría con un disco bajo el brazo. Solía volver a casa andando, evitaba que el trayecto de vuelta fuese rápido por lo que evitaba coger el autobús. Ese paseo era el preámbulo delicioso a sacarlo de su funda y depositarlo con extraordinario mimo en el plato de mi (entonces) también modesto equipo de alta fidelidad, creo que se le podía llamar así. Octopus no formaba parte de mis elecciones previas: solía encaminarme a la tienda con una idea fija, aunque el mayor de los placeres consistía en cambiar de opinión y adquirir algo que no esperaba. Creo que todavía me sigue ocurriendo cuando voy a una librería o a una tienda de discos, que son mis establecimientos favoritos. El amable dependiente del establecimiento (Fuentes Guerra, calle Cruz Conde, Córdoba: mítico local entre todos los míticos locales que yo haya pisado jamás) hablaba con alguien sobre el mejor grupo de rock sinfónico (se decía así entonces) que había escuchado. Yo estaba al tanto de muchos de las bandas a las que se referían, pero no de Gentle Giant. Cuando colocó en el giradiscos (me encanta esa palabra) la pieza que abría un disco con una portada hipnótica (Octopus) quedé en trance, que es el estado primordial de cualquiera que escuche música para que la música signifique algo, proporcione algo, mueva dentro algo, aunque no se sepa bien qué significado será o qué cosa nuestra habrá sido conmovida, rozada por ese halo invisible de la inspiración. Sonó "The advent of Panurge" (El advenimiento de Panurge), con sus connotaciones librescas, de Rabelais y del folclor ancestral de la Europa perdida, disonante y armoniosa al tiempo. No había escuchado nada igual. Provenía de otro mundo. No se parecía a ninguna canción de la que yo tuviera cercana propiedad. Pudoroso, no compré el disco en ese instante. Querría recordar cuál, pero no me llega la memoria. De lo que no me olvido es que el disco (más que el disco, la canción y la portada) me soliviantó lo suficiente para que llegase a casa poco tiempo después. Todo lo que ha hecho ese disco por mí es sencillamente inefable. Creo haber concebido incluso la peregrina idea de que debía aplazar su escucha (obsesiva, un tiempo) para que no se deteriorara en mi cabeza y sucumbiera al cansancio o a la repetición. No sucedió tal cosa. Sucede con ciertos discos (como con ciertas películas, como con ciertos libros) que no se agotan: ofrecen siempre una novedad que no se había percibido, dan de sí con abrumadora eficacia, se extienden, se tiene de ellos la sensación de que no habría manera de que algo que le agregáramos pudiera mejorarlos. 

Octopus juega con las palabras, ya antes de que la música lo ocupe todo. Octo Opus: ocho piezas. Es el pulpo metafísico, la bestia indescifrable que pugna con los elementos. Una opulencia delicada, valga el leve oxímoron, hace que el deslumbrante y exquisito repertorio de Octopus sobreviva al tiempo, que suele comparecer como juez estricto. Polifonías, arabescos de una dulzura que extasía (déjenme explayarme en excesos verbales) y un sentido de la melodía del que a veces mucho del rock progresivo de entonces adolecía. Gentle Giant fueron difuminándose poco a poco. No hay discos suyos tras el antológico Free Hand (1975) que merezcan halagos. Qué nos importa el infinito futuro si tenemos el infinito pasado. La contribución de la banda a la historia del rock (el rock con mayúsculas, sin etiquetas, sin parcelaciones a beneficio de discográficas o de modas) es incuestionable. Ayer volví a escuchar Octopus con la misma perturbación con la que lo hice entonces. Se mantiene en forma, no ha perdido un ápice de elocuencia dramática, de pujanza melódica. Distópicamente, en algún universo paralelo del que nada se sepa de ese disco ni de la banda que lo parió, imagino que no pasaría la criba de estos tiempos convulsos, adobados (maléficamente) con estrago o con desencanto. Gentle Giant pasarían desapercibidos, los engulliría la indiferencia. Soy consecuente y admito que cada tiempo tiene sus héroes y sus villanos, sus filias y sus fobias, su abono dúctil y su veneno fiero. Lo que no sufre desvarío ni degradación es mi rendida gratitud a unos iluminados que compaginaban con maestría el virtuosismo (a veces hueco, pero no es este el caso) y la emoción. Think of me with kindness (Piensa en mí con benevolencia), cantada por Kerry Minnear, nostálgica y de una emotividad incontenible, es una de las melodías más hermosas que este escuchante agradecido ha guardado en su memoria, que no decae en lo que le importa, a la que no ha agredido ninguna inconveniencia y de la que se surte para ir avanzando (en modo progresivo, tiro de chiste fácil) y saber que se puede volver al lugar de donde empezó todo: una tienda de discos, un dependiente sensible, una portada maravillosa, una canción que no parecía de este mundo (The advent of Purnage), una preciosidad en la que el contrapunto de cuerdas y voces hacía pensar que la belleza podía irrumpir en la rutina y hacer que todo tuviese un firme sentido. 



2.12.22

336/365 Eliseo Diego


 El lunes empezó la eternidad. La toqué con mis manos trémulas, la sentí con mi corazón minúsculo, la recogí en mi alma ciega. Luego el día declinó hacia la noche sin tasa y mis manos y mi corazón y mi alma perdieron el fulgor de ese milagro. Me distraigo con las preguntas de antes, pero las respuestas no me confortan. Me conformo con el silencio de siempre, pero hay un ruido que bulle o una luz que me apremia a que no desista y el tiempo no sea penumbra ni oro súbitamente empobrecido. Me obligo a reparar la tristeza, me obstino en habitar la majestad limpia de la memoria, su rumoroso trabajo de fondo, todo ese alarde de rosas que en el vasto jardín no dejan de perfumar esta tristeza. En todos los poetas hay un principio de humildad que le impide abrir mucho la boca y decir las palabras más exactas. No las hay, no es ni bueno que las haya. Va uno trenzando unas, despeñando otras, concibiendo un poema que no se acaba nunca. Vendrá más tarde la muerte, tan callada; acudirá con su exceso de gravedad, con su traje de militar gris que ha visto todas las tumbas de todos los amantes. No será el amor el que galope, ni la soledad compondrá un vals para que baile un hombre solo. De pronto, un río se parece a mi voz. Se aleja, se va difuminando, adquiere la consistencia de la niebla, se puebla de un caudal lejano de rumores, se abisma en una sombra, se sacrifica en un abrazo que la tierra agradece y del que no sabemos nada. 

Toska

   “Ninguna palabra del inglés traduce todas las facetas de toska. En su sentido más profundo y doloroso, es una sensación de gran angustia espiritual, a menudo sin una causa específica. En el aspecto menos mórbido es un dolor sordo del alma, un anhelo sin nada que nada haya que anhelar, una añoranza enferma, una vaga inquietud, agonía mental, ansias. En algunos casos podría ser el deseo por algo o por alguien en particular, la nostalgia, una pena de amor. En su nivel más bajo, se reduce al hastío, al aburrimiento.”


Vladimir Nabokov




Uno no da otra cosa que palabras. Hasta los gestos son palabras. Palabras hechas respuestas. Preguntas. Exclamaciones. Asombro. Palabras que presienten, anuncian, deniegan, imploran, exigen.  Palabras precisas. Palabras huecas. Palabras que fecundan. Palabras izadas. Palabras consternadas. Palabras con adorno. Palabras previsibles. Obscenas. Cautas. Cómplices. Ebrias. Uno da palabras y deja que las palabras nos escolten la vida y nos conduzcan al silencio, que es el mar del que escribía Jorge Manrique.


El cielo carece de gramática. El cielo, en el que no confío, al que miro con perplejidad, es un tosco ardid que incendia la esperanza de quienes, en vida, creen que la palabra se hace carne y la Derecha del Padre ampara y tutela la coreografía de los hijos. Una historia antigua,  milenaria. Pronto los ángeles custodios pedirán royalties. El azar no me obsequió con la fe. Tampoco la educación me abasteció de confianza en que algún día vea la luz y tenga la sensibilidad suficiente como para comprender el dislate de mis convicciones.  


Borges, el inevitable, en este blog, sostenía que la fe - la religión - era una disciplina de la Literatura de índole fantástica: que la biblia entroncaba con Los viajes de Gulliver o con El señor de los anillos. No le creo blasfemo. Borges hurgaba siempre en la estética, más que en la ética. Su Spinoza, su Schopenhauer, su Leibniz (filósofos que le eran particularmente gratos) pertenecían a la nómina de la literatura de creación. La filosofía considerada como una rama de la Poesía. Emboscado en el lenguaje, el ser humano descree. La fe no precisa semántica.


A mayor indagación en lo lingüístico, mayor escoramiento de lo etéreo. Un teólogo es un semiótico, una especie de detective de almas. La prosa del filósofo nunca persigue la verdad sino que la bordea, la falsea y la conduce - inextricablemente - a la loa sin disimulo, a cierta novela de carácter ejemplar que pretender guiar (más que entretener o formar o instruir) a sus lectores. Un teólogo sabe de antemano las conclusiones de su estudio. La fe, en voz de Russell, era la inteligencia sobornada, o chantajeada, no tengo la cita a mano. 


Aquí lo que anda sobrando es gente zafia, gente ruin, gente tosca, gente malvada, gente de mala fe, toda esa gente aburrida que sale a cenar, que va a un teatro, que sube unas escaleras mecánicas y saluda. Unos saludan más y otros menos, pero ninguno deja correr la ocasión de arrimar un buenos días, caballero, buenos días, señora, la familia bien, supongo, aunque luego les da igual que la hipoteca nos ahogue o tengamos el alma hecha trizas o el cerebro comido por el desencanto. Es curioso que haya familias enormes que no puedes meter en un convite o en un álbum de fotos porque acaban de bronca, pero que caben en la estricta orografía acústica de un saludo. En el de dos. Ahí cabe la infancia, los años compartidos en el patio de la escuela. Mi amigo J.M. no tiene que preguntarme si estoy casado o soltero, si llevo una empresa de caramelos sin azúcar o rebaño limosnas entre los amigos para pagarme tres o cuatro vicios infernales. Le basta traer a la conversación el sábado aquél en el que fuimos a un descampado, hicimos una candela y quemamos unos libros del Instituto. Latínes sobre todo a cambio: cosas que ahora no creo que hiciera, lo juro, pero que ahí están, en algún compartimento de mi memoria, que es ampulosa y sabe guardar pecadillos y grandes faltas. Tendremos sesenta años (pongo por caso) y me parará el tal J.M. en la calle en busca del detalle curioso, el dato simbólico que nos unirá para siempre. El delito o la falta o el pecado con el que nuestra vidas se entrelazaron en un todo compacto inseparable sin usar la fuerza.


La vida es siempre una cosa prestada llena de descampados y libros de instituto mutados en ceniza. La vida es una cosa oxidable, ya lo dicen los científicos. La gente ruin, la gente zafia, la gene tosca, toda esa gente escasamente educada que toma café en los bares, asiste a misa o no pisa una iglesia en su vida, lleva a sus hijos a la escuela y luego trabaja abnegadamente hasta que cae derrumbado en el sofá para ver el partido de Champions de los Miércoles en el plus tiene un corazón, un alma sensible, pero los años amputan la ilusión y ácidos terribles queman las buenas intenciones. Gente con exceso de vocabulario que gobierna países y monta conferencias de prensa para contar al mundo su idea del mundo (Schopenhauer dixit). La gente con vara de mando y un sinfónico amor propio a prueba de corrupciones, de extracciones de capital ajeno o de la prebenda infame de los trajes caros.


Yo soy el ruin, el mezquino, el zafio, el tosco, el invadido por todos los cánceres. Yo seré el aburrido, el amigo del júbilo a ráfagas, el amante feliz, el concurrido inventario de todas las palabras que me han enseñado y que, fatigosamente, hilvano en cuentitos, en entretenimientos de viernes por la noche, en trozos pequeños de júbilo con sintaxis, cuando todos duermen en casa, mientras afuera el mundo mata y se muere, sueña y olvida, pero nada estraga en exceso. Nada perdura. La vida puede confundirse con un único y vago avistamiento de un barco. El náufrago contempla la lentitud sentenciosa de la quilla, que se hunde, advierte la morosa lejanía de las velas, pero no acierta a conmover el azar y la espuma quebrada engulle la esperanza. La vida es esa visión nítida del descalabro sentimental. La vida es ese milagro de ver cómo, incluso en la tragedia, podemos razonar la tragedia. Darle sintagmas, verbos copulativos, conjunciones, todo ese alambicado andamiaje lingüístico que nos hace humanos, conscientes, al abrigo de nuestros decisiones y cabalmente responsables de todos los actos que ejecutamos para alcanzar la felicidad, aunque sea en un descampado. Literatura, querido lector, literatura, al cabo. Ni eso siquiera. Palabras turbias. Palabras en vértigo. El abrazo partido de los años. La visión hedonista del barco en la distancia. Ahora, si me disculpan, voy a poner adornos navideños en casa. La semana ha sido larga. Tengo la toska. La tengo bien fuerte. Qué día no acude. Quién, a su término, no la siente abrazándole, aunque sea sin esmero, por hacerse ver, por constatar que no anda lejos. 

1.12.22

Poética de la nieve

 


                Pieter Brueghel el Viejo, Cazadores en la nieve (1565) Museo de Historia del Arte de Viena

En la condición de la nieve está el mismo aliento del aire. En su fría residencia, la llama que lo anula. También nosotros somos de nieve. Un fuego lento o un frío viento nos aquieta y adormece hasta que la luz palidece y el alma se difumina. 


335/365 Guillaume Apollinaire

 


No querremos que ningún marino japonés se rasque el ojo izquierdo con el pulgar del pie derecho; ni que un capitán inglés se fume su última pipa de opio antes de que su navío naufrague; ni que mi boca tenga ardores de averno;  ni que yo siga esperándote y muera con esta nieve en mis manos, con esta leve brizna de nieve que no te conoce ni te espera; ni que mis versos sean pan para las buenas gentes como la esbelta langosta fue alimento del santo Juan; ni que la primavera permita que los novios perjuros erren mientras el piadoso ciprés sacude plumas azules de pájaros azules como si fuesen hojas; ni que acabe muriéndome sin contar a toda la vecindad que te amé entre el rumor de las campanas, perdidamente, sin que nadie nos viera, por desgracia; ni que esté mi vaso sin colmar de vino ni el viejo Rin transcurra sobrio hacia el temblor ebrio del mar; ni que las moscas se prodiguen en verano bajo todos los puentes de París; ni que las canciones checas que escuchamos ayer se pierdan cuando cierren todas esas tabernas en las que declarábamos nuestro amor enloquecido por la saliva de los dioses; ni que los ángeles muerdan botones de nácar con manchas de semen de gárgola; ni que el fuego obedezca al fuego y la tierra se cubra de moho y de monedas de los siglos de la barbarie; ni que la sangre de los césares laven la sangre de los payasos; ni que tus nalgas de oro vuelquen en el Sena cuando desfilan los tristes con sus ropas de ceniza; ni que amanezca sin que un graznido de ave estinfálida se estrelle contra las vidrieras de Notre Dame; ni que la hija del camarlengo del Papa Pío XI dé a luz a un ángel con la piel ungida en vivo oro. 

Un cuento antiguo

 L as máquinas de coser Singer, retratos de un abuelo que muere cada noche en el frente, la patria grande, unitaria y libre, una virgen cosi...