Fotografía: Jo Scwab
No conozco al dios en el que confían los americanos. Tampoco hay ninguno aquí en el que deposite mi confianza. Poseo una incredulidad lúdica que me hace disfrutar de su búsqueda más que gozar con su encuentro. Digamos que soy una especie de creyente inconstante. Uno que se arrima y se desarrima a voluntad y que no espera nada en ese juego de metáforas en el que no siempre hay un ganador. Yo soy el ganador, el que encuentra un campo de cavilaciones fantástico. También quiero pensar que soy el que pierde. Cavilo por vocación. Por las incertidumbres que sugiere el camino. Resulta estimulante esa prospección hacia dentro de uno mismo. La jalea el mundo, pero soy yo quien la administra. Está en mí la posibilidad de darle curso, de mimarla, de desoírla si me place. Me agrada irme pidiendo que deje la cosa divina y me centre en lo más acendradamente humano. Que no indague en lo que no conozco. Y es precisamente el no conocer lo que me empuja. El desafecto que le tengo a las instituciones que abanderan a Dios (ahora bien con mayúscula) no tiene nada que ver con el afecto que le profeso a las personas que lo buscan y narran las peripecias del trayecto. Me atraen las que no lo encuentran. Quienes se topan una y otra vez con un muro y no dan con la vía que lo sortee. Mi muro es poroso a veces. Otras es inexpugnable. El dios en el que confían los americanos, el que se pronuncia en las homilías del mundo, el que se cita cuando uno está solo y sospecha que alguien pueda estar escuchándolo no es el dios en el que confío. No sé si este creyente voluble que soy precisa de un ajuste desde el que mirar de otra manera. Tal vez sea cosa de mirar con otra graduación. La mía, hasta hoy, ve ángulos muertos, figuras borrosas, paisajes sin bondad, páramos que solo hollan de vez en cuando mi asombro y mi paciencia. La silla de la fotografía de Jo Schwab es la mía. Es la de todo el que se sienta a esperar y se levanta, al rato, por cansancio, por aburrimiento a veces. Por absoluta incertidumbre. Por todas esas distracciones que te apartan del cometido que emprendiste y te convencen de que no hay otro mundo y de que este es el único posible.

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