25.7.22

206/365 Ringo Starr



 

Richard Starkey es el tipo detrás de la batería Ludwig que sale en todas las canciones de los Beatles. Era el zurdo que aprendió a manejar la diestra y echó a Pete Best de la banda. Parecía estar siempre de paso. No se podía hacer nada sin él, pero no tenía ni voz ni voto. Su labor era asentir y hacer su trabajo. Pura disciplina inglesa. También no desentonar con Paul y John, que eran los dicharacheros, los verdaderos capos, los que hacían que la máquina no parase. George era el etéreo, el silencioso, el manso, un espíritu puro, un ser de las profundidades del cosmos, un poeta en una ferretería. En cierto modo el beatle Ringo Starr era el beatle más listo. No ganaba en talento a ningún otro e incluso tampoco gana en talento a muchos otros baterías de muchos otros grupos de inspiración infinitamente menor a la de los fabulosos Beatles, pero Ringo Starr, ahora que han pasado tantos años, sigue indemne, refugiado en su carisma sin carisma, completamente a salvo del cáncer de la fama, pero ufano de su sublime mediocridad y exento del patetismo inevitable al que abocaron sus vidas los otros tres genios, pero estoy dispuesto a comerme todas mis palabras y rebuscar entre los discos hasta dar con A day in the life, una de mis canciones favoritas de la banda, y disfrutar con la forma de golpear la batería (aquí casi a trompicones, casi sin tocarla) de este orfebre del ritmo, feliz en esa cara de bufón de pub a las dos de la mañana. Hace poco cumplió ochenta y dos años. Todavía hay algunos exégetas de la obra más grande del rock del siglo XX (llévenme la contraria) que se preguntan cómo ingresó en ese club tan exclusivo, qué ocurrencias tenía, cómo sostenía el inevitable juego de las comparaciones. Y además tenemos a Hitchcock dándole uno de los más divertido de los homenajes que yo haya visto. Dos iconos del siglo XX en una sola fotografía.

24.7.22

205/365 Conde Vronsky


 


Hay algo a lo que no pienso renunciar en literatura: al asombro. No creo que exista otra adicción mayor que esa en las páginas de un libro o en las horas de un día. En eso, las novelas son fragmentos del tiempo, trozos extraídos de una trama de la ficción que se incrustan en la malla durísima de los días. Por eso amamos la ficción; porque nos permite abandonar el rigor de lo real y deambular sin pudor por la periferia, hocicando en lo que no nos incumbe, alambicando néctares al ras mismo de la palabra. De las novelas amo precisamente esa sensación de pérdida que producen. Perdido, en ese limbo perfecto, comprendo asuntos que, contados de otra manera, se me escapan, huyen de toda posibilidad de que me pertenezcan. Leyendo Anna Karerina (que un hermoso texto de Andrés Neuman me ha recordado hoy) entendí que la familia, a su manera, es un veneno, uno grato, al cabo, administrado con morosa delectación, carcomiendo sin entusiasmo (aunque inapelablemente) la felicidad pura que se trae en el momento de venir al mundo. Algo parecido hizo decir Roald Dahl a su Willy Wonka en la maravillosa fábrica de chocolate: la familia es un entorno difícil para ser creativo. Anna Karenina tiene el comienzo más rotundo que recuerde: “Todas las familias felices se parecen, pero cada familia desgraciada lo es a su manera”. Y no hay ocasión en que un quebranto en su peculiar ecosistema (el mejor, pese a sus rotos) no me haga pensar en el dolor que producen los seres que amamos y en el conde Vronsky, tan mediocre y tan perturbador y fascinante al tiempo, capaz de hacer enloquecer sin que en ningún momento se atisbe, en su comportamiento, mérito para que esa locura ajena prospere y conduzca a Anna al final que conoce incluso quien no ha leído la novela de Tólstoi. De no haber condes Vronsky, una parte sólida de la trama de la literatura se resquebrajaría, no daría de sí lo que el placer lector invariablemente exige. De no existir la promisoria estación de tren en la que Anna espera un tren con la madre del conde, no tendríamos una de las novelas fundamentales de la literatura. Hay venenos gratos, pócimas que se ingieren a sabiendas del daño que producen. Conozco varias y no entra en ningunas de mis planes de vida racionarlas. Me las administro con absoluta fruición y aprecio, a cada pequeño chute, las hermosas heridas que producen. La herida más dulce es el asombro. No creo que exista otra que me atraiga más. Por eso amamos la ficción: por la imprevisibilidad que promete, por toda la promiscuidad que tan alegremente nos vende. Como billetes dorados escondidos entre las páginas. Como momentos de felicidad alojados en la costura siniestra de las horas.

23.7.22

esta bicicleta vietnamita



este suicidio brevísimo que exige apurar los días y fatigar las noches

este simulacro galante de palabras que se abren y palabras que se cierran

esta orfandad atroz que mira desde el fondo del vaso

esta memoria alerta que se deja incendiar y me incendia

este hermoso escándalo de lagartijas trepando al sueño

esta inacabada obra de lágrimas sorprendidas en un rapto de ternura 

este goce más hondo que no sabemos nombrar nunca

esta quietud crédula que conforme a sí misma se engalana y sacrifica

este desnudo sin sombra de cuarenta años precipitándose en un verso

esta pequeña evidencia de tragedia que anuncia mi carne cada vez que el deseo la codicia

esta savia dulcísima de adolescencia sin desmayo

este rumor que se agazapa en las sílabas del tiempo

esta voluntad de huésped incómodo que pide prorrogar la estancia

este ghetto digital que no se sacia jamás

este ala que festeja vuelo

este blues con sudor en el verbo

este lento derribar pétalos

esta ausencia que acato sin más y me aturde

esta ebriedad absoluta de temblor ardiendo en el sexo

este esplendor súbitamente abismado en mis recuerdos

esta blonda de luz que vibra en el pecho

esta infancia sin enigmas que todavía canta y me escucha

este misterio más dentro

esta levedad caída desde muy arriba que ha hecho un roto en el folio

esta quieta celebración de la lujuria frente a un cuerpo al que sembrar de tedio

esta alquimia perfecta de espejos que embriagan la luz y la convierten en días

este dios en desorden

este imposible reloj que me mide

este vals con acuse de recibo que en el aire va resbalando como un hijo muerto

este mapa de sombras

este ardor con el que cierro un miércoles

este cómputo infame de abrazos partidos

esta gracia voluble

este armazón de mentiras

este anuncio de cierre

esta bicicleta vietnamita que me escolta al sueño

esta vigilia teológica

esta dulce penumbra sin dios

este espejo de los sueños 

esta clausura sin fulgor ni himno 

este lupanar de sombras

este parlamento de tarados

esta agujero sin motivo

este pie en el cuello que me nombra

esta gracia sublime de mentirnos

este azul de arriba como un endecasílabo

este pecho mío que me explota en cien alejandrinos


204/365 Ernesto Sabato

 



 Incluso Sabato precisó de Borges para que yo le leyera, pero disfruté de ese escritura precisa, rica como pocas, que indagaba en lo existencial, en lo espiritual, en la vida contemplada como lo haría un científico, pero expresada en boca de un obrero de la palabra, un chamán loco y lírico,  uno que mimó el lenguaje y le dio calidez y un humanismo muy provinciano, como de andar por casa. Se fue a los 94 años y parece que activo y comprometido con su trabajo. Con la vida. 

En realidad, pasa siempre igual con los muertos ilustres que no conocemos. Nos pertenecen sin que importe que estén o no en este mundo. No se me ocurre pensar en Neruda sin que piense en sus poemas. Ni en Cortázar sin que obre sus extravagancias La Maga. En Sabato estáEl túnel y Sobre héroes y tumbas: los tengo aquí detrás mía, en un anaquel alto. Quizá (ahora lo compruebo) cerca de Ficciones, de El Aleph. Cuadran bien. Parecen hechos a estar juntos. No sé si Ernesto y Jorge Luis se encontrarán en la eternidad y discutirán sin estorbo (como si se hubieran suicidado para comprobar si hay vida más allá de la semiótica) sobre Heráclito o sobre el eterno retorno. He escuchado a Sabato como escritor y como autoridad moral de un país (Argentina) precisado (como todos) de quien modele y difunda un pensar al margen de las modas o de los fantasmas (vivos o muertos) que pueblan la cultura y atrofian la vida en común de quienes la practican, si es que alguien se escapa de ese mandato primero. Era hombre de formación intelectual científica (era físico de profesión), pero lo deslumbró el surrealismo cuando esa música loca de las cosas hacía furor en París y Breton era un semidiós o una divinidad entera. Se puede inferir que con Sabato se forma un arquetipo de escritor que no sólo factura novelas (tres hizo y eso bastó) sino que se encomienda la labor de contar a la conciencia de cada uno lo que sucede en las calles o en los casas, en donde haya una pugna entre lo honesto y lo que no lo es, entre la belleza (la de la literatura, la de la convivencia entre las personas) y la fealdad. Porque eso fue a lo que aspiró siempre: a desemborronar las cosas feas. Creería (con razón cartesiana y con aliento lírico) que debajo, en ese palimpsesto grueso de conductas que se van amontonando, de palabras que se van diciendo y luego se olvidan o se reemplazan por otras, que todavía era posible mirar al ser humano de frente y apreciar la franqueza y la rectitud, el pundonor y la inteligencia. Leí a alguien una cita de Sabato en la que se erigía el váter como lugar metafísico de la casa. Igual lo estoy imaginando, es cosa de buscar en los algoritmos de la máquina, ya saben. Imagino al bueno de Ernesto leyendo a sus héroes griegos o los cuentos de su amigo Borges sentado en la taza, imprimiendo a la lectura un apresto orgánico (físico hasta tocar la misma alma) que es posible no se encuentre en ningún otro lugar, permitidme el exabrupto.

 

En las fotografías a Sabato se le ve siempre cara de buena persona, aunque había un poso de tristeza visible. Tiraba a melancólico el gesto que la ocupaba. Una especie de honda preocupación parecía desquiciarla. Algo así (melancolía, preocupación, desquicio) había en El túnel, la historia del pintor que debía matar a la única persona que podría dar a su vida un sentido, o Sobre héroes y tumbas, la historia de un joven irremediablemente solo en un país (Argentina) irremediablemente enfermo. No he leído Abaddón el exterminador, aunque ahí está en una balda a mi espalda, quizá feliz al saber (quién sabe cómo funcionan los libros en sus adentros) que estoy hablando de sus dos hermanas mayores, tan queridas. Una sola obra (una especie de milagro sin continuación) bastaría para que adoremos a un escritor. Lo prolífico no es señal alguna, aunque se la mire con agrado y nos contente saber que tenemos montones de libros que leer de alguien que acabamos de conocer. Como si acabáramos de nacer y supiéramos de cuajo que tenemos una vida entera por delante, cuándo no se tiene. Hay una luz en la literatura que a veces coincide con la progresiva o abrupta ceguera del escritor. Borges llevaba casi toda la vida ciego cuando murió. A Sabato le sobrevino la sombra al final de su vida, pero decidió cegar también la escritura. Dijo escribir para no morirse, pero debía estar mintiendo, en el fondo. También que pintar era tan hermoso como inventar cuentos. La escritura es menudencia, cosa que se extrae poco a poco y se va imponiendo a la realidad, pero la pintura es algo grandioso, que se acepta y se conoce en una única mirada, deslumbrante esa mirada cuando el objeto mirado rebosa en belleza o en significado, a lo mejor son las dos cosas la misma. Borges no escribió nada sobre pintura, que yo sepa. O, al menos, no con entrega y ardor. Sabato era consciente de la solemnidad de lo plástico. Las imágenes tienen la elocuencia suficiente como para que no haga falta traducirlas en palabras, herramientas menores, artefactos con un error de fábrica ya de antemano: el de contar, no el de ver. Sabato sabía eso muy bien. No intervenía ninguna circunstancia religiosa que lo hiciera temblar o sentir algo parecido al disfrute de lo puro espiritual. "Pero dígame, Borges, si no cree en Dios, ¿por qué escribe tantas historias teológicas?", le preguntó. "Creo en la teología como literatura fantástica. Es la perfección del género", le contestó el maestro.  Yo les creo. Digan lo que digan. 

22.7.22

203/365 Jorge Guillén

 



Qué claridad preludia la sombra 

al precipitarse en la tarde 

como un pájaro ya entero ala. 

Todo es fulgor en la caricia 

en la que el cuerpo existe.

Asombra que no aturda 

lo sublime contemplado. 

Es clamor la luz si se la nombra. 

La palabra apenas percute el aire. 

Está ofrecida la verdad en puro goce. 

Cunde, avanza, se abisma y clausura. 

Se desdice el ocaso. Cierras los ojos. 

Oh tú, júbilo pleno, acaece el amor

con blondas de nieve pura, 

con terco embeleso de íntimo arrobo.

El amor de pronto horizonte 

para que los días broten y nos tengan. 

21.7.22

202/365 Kingpin


 


Soy de la Marvel donde otros dicen ser de derechas o de la cofradía de su barrio, de su equipo de toda la vida o de la pasta italiana. Lo soy sin estridencias. Las andanzas de Peter Parker por Nueva York amenizaron las mías por la plaza Zaragoza y la calle Jaén cuando era pequeño e impresionable. Se me podía preguntar por todos los malvados que atizaban a Spidey en los callejones y los nombraba sin error, uno a uno, relatando sus poderes y el atuendo que llevaban, pero me gustaba Kingpin por encima de los demás. Lo que nunca hizo Stan Lee fue darle cancha a Kingpin. Le relegó a números sueltos cuando se merecía una franquicia para él solo. El Duende Verde, el Doctor Octopus, El Lagarto, El Hombre de Arena, El Buitre, Electro, Rhino, Misterio, Venon o Kraven El Cazador eran villanos de segundo orden. A mi hijo le extraña esa pasión mía por Kingpin, ese mafioso de doscientos kilos de puro músculo y dos metros de altura, carente de superpoderes, trajeado con chaqueta blanca, bastón, inflexible, locuaz, instalado en el confort de la alta sociedad, ejerciendo el mal con cierta elegancia aristocrática, emperrado en derrotar a su archienemigo (cómo adoro esa palabra comiquera) Daredevil. Kingpin es un ser depravado y un mafioso refinado y con esmero en el decir. Tiene Wilson Fisk un año menos que yo así que le puedo tutear, contar con él como si fuese un amigo de la infancia, tenerle al tanto de cómo fue todo entonces y de cómo va ahora, creo que puedo permitirme esa cercanía. Se le forjó a imagen y semejanza de Sidney Greenstreet, al que se recuerda sobre todo por sus papeles en El halcón maltés y en Casablanca. 


A la juventud de hoy, entre la que me incluyo cuando me conviene, le fascina un mal distinto al que yo me inclinaba cuando era joven. La culpa la tiene la MCU o la tienen los blockbusters repartidos por todo el mundo, serán la misma pecuniaria cosa. En los últimos setenta, cuando yo compraba los cómics del trepamuros, el cine todavía no había descubiertos las bondades financieras de los superhéroes. A mí, Superman, el primero de un amortizado elenco, nunca me entusiasmó. Era de la Marvel como otros son de la DC Comics. Me da igual que Nolan haya salvado a Batman del olvido (lo único soberbio que ha hecho desde Memento) y su trilogía sea fantástica en casi todo (la última flaquea en narrativa). Uno es de Peter Parker y de Kingpin por respeto a la memoria y ya está. Le importa escasamente que este reflotamiento reciente de la figura de Spiderman no haya cuajado lo más mínimo y se balancee entre el cine de héroes para adultos y el palomitero sin pretensiones que mueve masas de adolescentes a los centros comerciales para ponerse hasta los ojos de hamburguesas después de la proyección. Viva Sam Raimi, dije al salir de su  Amazing Spiderman. Luego vino Kafka y vino Borges, la poesía renacentista y Humbert Humbert recorriendo los moteles de la América profunda con su preciosa Lo-li.ta, pero antes de todo eso, antes de que me atrapara y me atrofiara, la edad hace eso, yo gritaba por las calles del Sector Sur en Córdoba: “viva Stan Lee, viva John Romita Sr., viva Kingpin"

20.7.22

201/365 William Faulkner

 





–¿Entonces cuál sería el mejor ambiente para un escritor?

– El arte tampoco tiene nada que ver con el ambiente; no le importa dónde está. Si usted se refiere a mí, el mejor empleo que jamás me ofrecieron fue el de administrador de un burdel. En mi opinión, ése es el mejor ambiente en que un artista puede trabajar. Goza de una perfecta libertad económica, está libre del temor y del hambre, dispone de un techo sobre su cabeza y no tiene nada que hacer excepto llevar unas pocas cuentas sencillas e ir a pagarle una vez al mes a la policía local. El lugar está tranquilo durante la mañana, que es la mejor parte del día para trabajar. En las noches hay la suficiente actividad social como para que el artista no se aburra, si no le importa participar en ella; el trabajo le da cierta posición social; no tiene nada que hacer porque la encargada lleva los libros; todas las empleadas de la casa son mujeres, que lo tratarán con respeto y le dirán "señor". Todos los contrabandistas de licores de la localidad también le dirán "señor". Y podrá tutearse con los policías. De modo, pues, que el único ambiente que artista necesita es toda la paz, toda la soledad y todo el placer que pueda obtener a un precio que no sea demasiado elevado. Un mal ambiente sólo le hará subir la presión sanguínea, al hacerle pasar más tiempo sintiéndose frustrado o indignado. Mi propia experiencia me ha enseñado que los instrumentos que necesito para mi oficio son papel, tabaco, comida y un poco de whisky.


Jean Stein Vanden Heuvel – Entrevista a William Faulkner (1956)


1

Borrada la confidencia periodística, tomado como boutade, bastaría una máquina de escribir Underwood. A beneficio memorialístico, esa máquina está en Rowan Oak, la casa de los Faulkner, una especie de Tara libresca, en Oxford, Mississippi. El Faulkner rural, ebrio, emprovinciado, demiurgo de Yoknapatawapha, el que reivindicaba la bondad de la escritura pero renunciaba a la importancia del escritor. Porque hay muchos escritores dentro del escritor o muchos lectores dentro del lector. No hay ocasión en que no vuelva a Faulkner sin que me descubra absorto en un pasaje que pasé por alto o en el que no entreví nada relevante. Faulkner es a la literatura como Charlie Parker al jazz. A los dos les encantaba lucirse con sustancias milagrosas. Faulkner amaba el bendito éter de los alambiques tanto como una página en blanco. De hecho, las palabras iban saliendo a medida que el whisky iba menguando. Ya lo dice bien a las claras: papel, tabaco, comida y un poco de whisky.


2

Escribió: "Algunas personas nacen para creer las mentiras de otras". Y hay quienes vinieron al mundo para mentir. Quienes cuentan mentiras como si no lo fuesen en absoluto y creen el texto de esa infamia y lo elevan a plegaria. Quienes son incapaces de mentir, pero se engañan a sí mismos porque la verdad, alumbrada al mundo, les hiere, les aturde, les niega la secreta esperanza de ser felices. Una parte infantil de nosotros (adulta quizá también) echa en falta la prodigiosa literatura de la mentira. Por eso mucha gente se dedica a escribir: porque escribir legitima para pervertir la realidad y crear un territorio idílico en el que importa más la belleza de las cosas (o su extrañamiento o la forma en que se revela) que su veracidad. Faulkner es el mentiroso profesional. Faulkner miente estos días para mí al releer (qué placer) El ruido y la furia, en ratos, sin aplicarme como lo hice hace muchos años. El lector, el crédulo, es el feligrés, el que consiente la cortesía fantástica de aceptar el engaño. La historia contada por una lado o por otro o sentida o presentida, pero la historia a trompicones, que es la historia como ha sido entendida. En ésas estamos, créanme.

3
Ser lector es, ante todo, vivir en esa fértil incredulidad. Escribir es una forma razonable de envalentonarse con la realidad y, a la manera de un pequeño dios, uno rudimentario y caprichoso, concebir otra que la corteje, fornique y preñe. O que la niegue y la arrumbe en el más sórdido de los olvidos posibles. La literatura segrega imposturas. La imaginación es una tentativa de felicidad que no se fía del apero de la realidad, aunque después, conforme el escritor se acomoda a su oficio y adquiere estilo, precisión y confianza, la literatura no recluta fingimientos ni acude a falsedades consentidas, pero hace falta ser Faulkner, y expresar sin aderezo estilístico, ideas formidables en un envase modestísimo.

4
Faulkner escribe muy bien, hay que dejar eso claro. Describe la turbiedad como si no hubiese otra cosa que turbiedad. Que al leer a Faulkner veas mugre quiere decir que hay mugre. Tiene también un amargor que se abre paso hacia la dulzura. Hay pasajes que se releen por el gusto de emboscarse en las palabras, pero la recomendación para quien no haya leído nada suyo es dejarse ir, avanzar como si se estuviese participando en una carrera. Puedes respirar, mirar el paisaje, comprender la motivación del paisaje para importunarte o para arruinar tu desempeño, pero la consecución de la meta es formidable. Hasta crees estar corriendo con todos esos personajes inocentes y malvados, solitarios y enamorados, desencantados y entusiasmados, mediocres y sublimes con igual nobleza. Hay un párrafo que se extiende hasta que te agota. Como una cuesta arriba desde cuya cima se ven otras y no se tiene noticia de la llegada. No importa llegar. Hay que escuchar el ruido de las cosas que suceden mientras corres. Si se comete la imprudencia de cobrar aliento y hacer una parada, cuesta retomar el impulso. Ayer dejé el libro por no sé qué página y esta mañana, al abrirlo, tuve que echar atrás. 

5
Faulkner hace pensar en Joyce, que hace pensar en uno mismo cuando divaga a solas y de pronto se ve discurriendo en voz alta (pensada a veces la voz tan sólo) sobre las exigencias de la vida o sobre las penurias por las que uno pasa hasta que el sueño lo derrota y cree poder empezar de nuevo mañana como si nada. 

6
Hay una cita de Faulkner que abre un libro del Vázquez Montalbán poeta, el que suele ser considerado menor frente a su producción periodística o de prosa, qué dislate eso. He tardado en dar con el libro en las baldas (Memoria y deseo, una espléndida antología poética). Dice así: "Porque - me dijo- jamás se ganó batalla alguna. Ni siquiera se dan batallas. El campo de batalla no hace sino revelar al hombre su propia estupidez y desesperación, y la victoria es una ilusión  de filósofo y de locos". Pertenece a "El ruido y la furia" precisamente, la historia decadente y pesimista (hay mucho pesimismo en Faulkner) de los Compson, su declive, la evidencia de que es el tiempo, tratado con maestría, mezclando (voy recordando según escribo) personajes que cuentan una parte de la trama o, en cierto modo, una visión de toda la trama. Faulkner sale en la película de Cuerda "Amanece que no es poco". También se le cita ahí, más hilarantemente. Se le adoraba en todo el pueblo, creo recordar. "Aquí somos muy de Faulkner". Estaría bien que un pueblo entero adorase a Faulkner o a Catulo o a Proust o a Neruda o a Kundera. 

19.7.22

200/365 Jesús Franco

 



Siempre pensé que Jesús Franco (Jess, en muchos títulos de crédito, en los más libertinos) fue un talento que prefirió, como el Bartleby de Melville, no dar de sí más de lo necesario o, llegado el caso, iluminado en una toma, demostrar quién era, hasta dónde podía llegar, pero sin alharacas, sin que se fijase en adelante un modo de hacer las cosas que le venía largo y al que no le prestó mucha atención. Me lo imagino como un enfermo de cine. En el desquicio de su trastorno, filmaría sin orden ni esperanza, comido por esa fiebre de registrar en celuloide esa cabeza suya sin guion ni pudor, como sus películas. Su cine es una sesión de historias salvajes que podrían verse en una maratón y no saber si es todo una misma película y el cansancio o el estupor han convenido que parezca una sola, pantagruélica. Grabó casi 200 y no hay ninguna que concite el aplauso unánime de la crítica, aunque el conjunto suponga un hito en la historia del cine. 

De su trabajo dijo que no tenía más importancia que la de cualquier otro obrero de cualquier disciplina. Lo imagino feliz rodando, haciendo que Drácula o Fu-Manchú no pareciesen ni Drácula ni Fu-Manchú sino algo que bulliría en su imaginación y cuyo grado de verosimilitud con el original dependía las más de las veces de que el presupuesto de la película fuese holgado, cosa que no ocurriría con frecuencia. Su incontinencia visual no tenía nada que ver con el dinero, ni le quitaba el sueño que sus cintas tuvieran una difusión pequeña ni que se le diera un reconocimiento público. Hasta que Franco partió a peor vida, el tío Jess hizo su trabajo en Suiza y en Francia, mayormente, países de una moral a prueba de señoritas desnudas y de terror de baja intensidad, pero truculento y (en ocasiones) casi risible. Llegó a hacer nueve películas por año. Ninguna fue de su agrado, dijo. Prefería las de John Ford o las de Alfred Hitchcock. Quentin Tarantino prefería las suyas. La serie B es la que siempre tuvo más tirón en las estanterías de los videoclubs. She killed in Ecstasy es Tarantino puro. De ahí bebió hasta aturdirse. Consta que Fritz Lang vio su Necronomicón y la aplaudió.

Orson Welles, que recorrió algún tramo del camino con Jesús Franco, hubiese querido para sí la imagen que su joven pupilo español, ya muy anciano y muy traqueteado por la vida, dio en la ceremonia de entrega de los Goya en la que se le homenajeó. Lo sacó en silla de ruedas su musa, su mujer, su ángel de la guarda, Lina Romay. Hubiese deseado que Rita Hayworth le colocara el micrófono, condujera con mimo su silla y estuviese siempre detrás, paciente, solícita, vigilando que nada estropease ese momento especial en el que los compañeros de profesión le tributan el homenaje por toda una vida dedicada al cine. Lina Romay no es Rita Hayworth, pero las dos levantaron pasiones en parecida medida. La suma de sexo, hemoglobina y cutrerío vario dan otra dimensión del mito Franco. El tito Jess, el icono de muchos cine-fórums de barrio, el elemento distanciador entre el cine elegante y culto y el cutre-exploitation system, visitó esa noche de celebraciones un buen puñado de casas españoles y abrió la interrogante que hasta ese momento no estaba: ¿Y quién este señor tan viejo? Generaciones nuevas, ávidas de referentes, abrirán (en adelante) los ojos...

Siempre se consideró un músico de jazz antes que un cineasta, y en cierto modo su filmografía se rige por la inspiración, por el arrobo extático del momento. Tosco y chapucero, entregado con ardor adolescente a exhibir hirsutos pubis de féminas que parecían amazonas (muchas veces lo eran), hay en Jesús Franco una voluntad siempre lírica, de poeta industrial, que factura películas como el que opera en una cadena de montaje y produce ventiladores. Soledad Miranda (bellísima, críptica, heroína fugada precozmente) y luego Lina Romay fueron sus musas absolutas, a las que desnudó, hizo fornicar con carceleros, camioneros y escandalosos machos de cantina y elevó a los altares de la mitología casposa patria. Y al modo en que a Russ Meyer le encantaba meter jacas de melones hiperbólicos en parajes naturales (como bodegones lúbricos) a Jess Franco (Jess afuera, aquí Jesús) le gustaba envolver a sus divas en aureolas de misterio, hacerlas correr (desnudas, inevitablemente) por bosques y desiertos (normalmente tras fugarse de una cárcel) o vestirlas con todo el vestuario que iba dejando la Hammer para después destrozárselos a zarpazos hasta exhibir (ahí estaba su verdadera esencia) la naturaleza pura de sus carnes. Delante de sus ojos de voyeur han desfilado ninfómanas, sádicos, pervertidos, lunáticos, aberrados, tarados, psicópatas, dictadores, nazis, reyezuelos, monjas salidas, violadores y un elenco surrealista de parias de la sociedad unidos muy fatalmente por la muerte y por el sexo. Nunca hizo un western: si me da a mí la risa ver a un tío de Almería hacer de pistolero, imagina el espectador, dijo en una entrevista. En esto, Jess Franco no deja de ser una especie de Woody Allen al que Franco (el del NODO) le sesgó (en la temprana edad en la que uno abre los ojos a la libertad) las alas. Sí, Jesús Franco voló a la Europa benévola y hasta allí condujo su retorcida y febril manera de entender el arte del cine. De caspa y ensayo, el suyo, probablemente. Mil sexos tiene la noche, Sexo caníbal, El sexo está loco, Sexorcismo, Gemidos de placer o Macumba sexual son piezas de un mecano lúbrico y divertido, que no hará las delicias de un cinéfilo, pero Franco no hizo cine para la élite. Justine y Las vampiras (la película que más aprecio, la que tiene a Soledad Miranda, la vampiresa por antonomasia del género) es cine sin esa cosa bastarda en la que se privilegia el exhibicionismo, aunque todas sus producciones lo agoten sin ambages. 


A Jesús Franco le gusta que le confundan con Peter Lorre. Son, bien observados, muy parecidos. Ojos saltones. La expresión entre inocente y perversa. A los dos los despreciaron. Por unas causas y por otras. El cine low-cost del maestro tiene ese punto de furia adolescente que fue promiscua hasta que el cáncer o la muerte de su segundo amor, Lina Romay, le impidió seguir rodando. Lo hubiera hecho a ciegas. Tenía el cine en la cabeza. Le ocupaba cada plano de la realidad. Infames algunas de esas obras, imposibles de acabar si no nos anima un insano espíritu de curiosidad o de demencia, todo lo que hizo Jesús Franco fue admirable. Las historias que contaba eran de lo menos: se privilegiaba más el brochazo gordo, la irrupción imprevista de un erotismo atávico, consciente de sí mismo, casi paródico. El tiempo no tiene compasión, como dejó escrito en su blog mi amigo Álex Herrera en su Antártida. Lina Romay y Soledad Miranda son iconos de un cine ya extinto. Da igual que fuese arrebatadoramente malo cuando se lo proponía o que, en tramos, cuando la inspiración sacudía al obrero Franco, fuese maravillosamente lírico. Jesús Franco no es Ed Wood ni John Waters, artífices de un cine pésimo. El suyo parece ser que era cine de serie Z. Esa es la última letra del alfabeto. Detrás de ella, nada. Franco cierra las nomenclaturas. 

18.7.22

199/365 Tom Sawyer y Huckleberry Finn

 


                                                         Ilustración: Norman Rockwell


Yo quise ser Huckleberry Finn. No a tiempo completo. Tampoco con frecuencia. Mi Huck Sawyer sería de árbol y de verano, de juego y de río. Una vez crecido, cuando se ha visto un poco de la vida y se sabe qué hacer o dejar de hacer para que funcione más o menos bien, he pensado que tal vez debiera haber sido Tom Sawyer el personaje que buscaba. Uno va olvidando estas frivolidades del alma lúdica y las va sustituyendo inconscientemente por asuntos serios, por obras mayores, por todo lo que nos dijeron que era útil para hacerse una criatura de provecho. Nada de eso que se nos ha contado está en el momento en que te zambulles. Ni en lo profundo del río, en el silencio turbio del agua, ni en las escaramuzas por el campo, improvisando fuertes, discurriendo la posibilidad de que de verdad mueras en el juego, pero luego resucitas. Entonas unas palabras aprendidas o las dices sin pensar, a sabiendas de que habrá otra oportunidad. Todo lo malo que nos aguarda se fija en ti cuando te vas alejando del río. Donde no hay juegos. En los templos de la cordura. Este es uno de esos templos paganos a los que la memoria regresa en cuanto pueda. Se tienen muchos, se tienen bien guardados. De su registro completo, sin pérdidas, sin que el olvido les saquee una brizna de hermosura y de emoción, depende que en la edad adulta, a pesar de las obligaciones y de todas las máscaras que nos encasquetamos, vivamos felizmente. Cuento con que eso no se consigue, pero el río de Tom Sawyer y de Huckleberry Finn continúa por algún recoveco de la memoria. Aparece sin que lo reclames. Surge con fiereza. Hemingway dijo que los personajes de Mark Twain eran el punto de partida de la moderna literatura norteamericana. Eliot, casi más generoso, decía que Huck y Tom eran "una de las grandes figuras imperecederas de la  ficción", mereciendo un lugar junto a Ulises, Fausto, Hamlet o Don Quijote. Huckleberry, más que Tom, es definitivamente el hombre hecho a sí mismo. El río, el bautismal Misisipi, es el escenario de la aventura. No puede haber mejor hilo que ese. Las aventuras de Tom Sawyer son un fresco de la inocencia y de la diversión, del tiempo en que todo se centra en entretenerse, en no saber qué es el tiempo, aunque el propio río lo explique continuamente. Las de Huckleberry son las aventuras de la experiencia. El río es un elemento peligroso: hay fantasmas, hay soldados esclavistas. Tom Sawyer no necesita huir para ser feliz: ni siquiera le preocupa la idea adulta de esa felicidad. Le basta la alegría y el gozo inmediato del agua fresca al zambullirse o la caricia del sol cuando amanece. Huckleberry es el explorador sin entusiasmo, el que huye para alejarse del padre borracho o de la educación que le intentan calzar a golpes. Es el pícaro clásico, fajado en mil combates, portador de mil argucias, soñador de mil paraísos. No leí ni a Tom Sawyer ni a Huckleberry Finn (uno tras otro, en el orden de los libros de Twain) cuando debí hacerlo, en la edad en que esa lectura hubiese sido un tesoro. Leer libros de infancia cuando no eres niño tiene un punto de asombro adulto que conviene. Lo único que uno lamenta es no haber podido abrir mucho los ojos y desear que las páginas no acabasen. Corrijo: con libros como esos las aventuras suceden dentro de su trama y también afuera, cuando no lees y corres por ahí y haces que el juego sea lo único verdaderamente importante en tu existencia. Todo lo demás, cualquier cosa que se interponga, se aplaza, se le da un lugar secundario o incluso, quién negaría eso, se cancela definitivamente. Hay un punto de luz al que nos dirigimos sin saber cómo ni si lo alcanzaremos. Muchas veces está en el pasado, en la memoria, en un paraje boscoso en el que las sombras son enemigos a batir y un río (majestuoso, mítico) lo atraviesa. Ahí lo juegos. Ahí la vida. 

. 

17.7.22

198/365 José Lezama Lima

 




Hay palabras que se usan adrede, con entera conciencia de que se está cometiendo una especie de osadía o de imprudencia y que, más que el mensaje que se desea transmitir, lo que cunde es la construcción misma del mensaje, las herramientas interpuestas, todo ese léxico que ha ido perdiendo apostura y ganancia entre los usuarios de la lengua  y que, si no se maneja, caerá en un lamentable (triste y penoso) olvido. A veces esas palabras surgen en lecturas y causan un revuelo apreciable, pero cuando de verdad conmocionan (déjenme tirar de épica) es al concurrir en la conversación, da igual que sea propia o la escuches, casi más si la pillas al vuelo, en un paseo, si alguien la esgrime como natural y el desprevenido, el inocente eres tú. Cuando leo a José Lezama Lima soy el inocente, el desprevenido, el conmocionado, el revuelto, el que de pronto ha descubierto que lee por primera vez y que la literatura es un estruendo en la sangre, en la memoria, en las manos que no saben cómo coger el libro y lo sueltan junto a la taza de café y miran el cielo por si hay alguna señal que nos aprovisione de entereza y permita que sigamos avanzando por el paraíso hasta que recibamos la unción de la dicha. La palabra en Lezama Lima es de un barroquismo luminoso, no sabiendo bien si casan esas palabras. La escritura de Lezama Lima es gongorina porque el humo de sus puros enormes crea, a falta de capitel corintio en donde afincarse, volutas en el aire y la voluta es por naturaleza asunto barroco. Detrás del humo, el hombre: el chaleco infatigable, la corbata a rayas, la cara como de desencajado de algo, los libros apilados sin gobierno de su biblioteca, que sería un aleph desde el que asomarse a sus poetas franceses o a su amado Don Luis. 

Leer a Lezama Lima es una experiencia musical, por lo que no se precisa en todo momento que se entienda cada nota del texto. Basta encomendarse al arrullo de las palabras, a cómo se hacen carne y hasta parecen poder tocarse, apreciar si reclama que se la acaricie o rehúye el tacto. Leer Paradiso es un acto de valentía que no va a ser reconocido por nadie que no haya estado allí, en su poética novelada, en ese insólito lugar en donde no dudamos que el autor ha puesto su vida (así lo refirió) sino donde nosotros ponemos una parte (la más sensible, la de mayor intimidad tal vez) de la nuestra. No creo haber leído casi nada que me haya supuesto un gozo mayor que Paradiso y, en menor medida, su continuación, Oppiano Licario. Se sale indemne, pero convencido de que fue un viaje la lectura (cuándo no lo es) del que no se tenía idea del trayecto ni, las más de las veces, la conveniencia del destino: era mucho más aprovechable el ir un poco a ciegas, deslumbrado por las palabras, obligado a leer y a releer trozos y convenir que la vida de José Cemí y la de sus amigos en esa época de la Cuba de finales del XIX y parte del XX es la voluptuosidad del lenguaje (carnal, lento en la frase, sinuoso, musical) que Lezama Lima urde para que la poesía, la gran vencedora del texto, fluya y explique lo que por lo común no se le exige, que es hacer un mapa fiable de las cosas, una especie de tabla periódica de la misma vida. Están el cielo y el infierno (en los que no creía, a pesar de su temprana educación católica) en esa divina inspiración que le hacía mover la mano y escribir. Parece decirnos que si la vida es compleja, a qué hacer sencilla la literatura. Porque la suya no lo es: no lo pretende, no valdría, no estimularía como lo hace. 

Creo que hay una desatención enorme a la figura de Lezama Lima. Se la aparta por la velocidad de los tiempos en los que vivimos. No se le lee porque habría que aplazar algo de lo que hacemos cuando no lo leemos. Más que por la impericia, no hay tal, no leemos Paradiso porque nos aturde la ferocidad de su lenguaje. Queremos que las palabras nos acompañen, no que nos invadan. Las de Lezama Lima, la manera en que las coloca para que suenen o para que provoquen o para que aturdan, son mágicas. Es magia lo que se produce: un tipo de hechizo del que no hay brebaje disuasorio. Hay lecturas que nos atrapan y otras que, agradando, pasan, discurren en el tiempo en que las usamos, no más. Sucede con algunas libros como con algunas palabras, que resplandecen y conmocionan más (de nuevo me ha venido el verbo) cuanto mayor es el grado de dificultad que nos acarrean. No hay nada anterior a Lezama Lima que se parezca a Lezama Lima, ni nada posterior. Lo que creó fue creado por él, no hay palimpsestos, aunque podamos encontrar retazos de modernismo o de ese arabesco del barroco que tanto le he pesado para que su literatura no florezca como merece. Leer Paradiso, dejad que me centre en ese libro, el que me deslumbró, es adentrarse en una espesura. Sorprende (fascinar es más legítimo) que no viajara. Habitó dos casas en sus años de vida. Una, la del 162 (temo equivocar el número) de la calle Trocadero, mítica. No salía de La Habana y recurría a Gide para justificarlo: "Toda travesía es un pregusto de la muerte, una anticipación del fin. Yo no viaje: por eso resucito". Cuando murió, de gordo que estaba, no pudieron sacarlo por la puerta. Usaron una ventana para que saliese la camilla. 


En sus diarios, escribe: "Yo nunca he pretendido darle dolores de cabeza al lector. Escribo así porque escribo así. Poesía clara y poesía oscura son ya conceptos trasnochados. Todos aceptamos que existe el día y la noche, el agua y la tierra. Hay que aceptar también que existe una poesía clara y otra oscura que es anterior a mí, anterior a Góngora, anterior al barroco. Lo claro y lo oscuro poco importa en verdad. Lo que cuenta es el reverso enigmático de lo lejano y lo cercano a lo que Pascal hizo referencia". Es estúpida la madurez poética, recoge en otro aparte de ese diario. Lezama Lima escribe para todo el que desee leer. Habrá quien encuentre penoso el camino y quien el anhelo de acabar (de saber cómo acaba, eso tan literario) no suceda. Lo venturoso (lo que hace festiva la lectura) es que suceda y haya habido quien la ha transcrito. Como una mano invisible, como un dios ocurrente, como un demiurgo sublime. Veo a Don José fumando sin interrupción. Las persianas están entornadas. Se tamiza una luz alegre y profunda. Está sentado en un butacón amplio. Era un hombre grande. Lo que no entiendo (no hace falta) es el momento en que la página en blanco empieza a enmarañarse y la palabra lo ocupa todo. Son de ella todos los festines por venir. Apenas ha empezado a desentumecerse y gustarse, avanza con un remolino de voces y de afectos. Unas piden otras. Lo hacen adrede. 


El íntimo cuchillo / El oro de las palabras

  Ars poética / La palabra contiene el futuro. Lo que hace Pedro López Lara, en adelante el poeta, es tantear el fuego con el que fatigan el...