Richard Starkey es el tipo detrás de la batería Ludwig que sale en todas las canciones de los Beatles. Era el zurdo que aprendió a manejar la diestra y echó a Pete Best de la banda. Parecía estar siempre de paso. No se podía hacer nada sin él, pero no tenía ni voz ni voto. Su labor era asentir y hacer su trabajo. Pura disciplina inglesa. También no desentonar con Paul y John, que eran los dicharacheros, los verdaderos capos, los que hacían que la máquina no parase. George era el etéreo, el silencioso, el manso, un espíritu puro, un ser de las profundidades del cosmos, un poeta en una ferretería. En cierto modo el beatle Ringo Starr era el beatle más listo. No ganaba en talento a ningún otro e incluso tampoco gana en talento a muchos otros baterías de muchos otros grupos de inspiración infinitamente menor a la de los fabulosos Beatles, pero Ringo Starr, ahora que han pasado tantos años, sigue indemne, refugiado en su carisma sin carisma, completamente a salvo del cáncer de la fama, pero ufano de su sublime mediocridad y exento del patetismo inevitable al que abocaron sus vidas los otros tres genios, pero estoy dispuesto a comerme todas mis palabras y rebuscar entre los discos hasta dar con A day in the life, una de mis canciones favoritas de la banda, y disfrutar con la forma de golpear la batería (aquí casi a trompicones, casi sin tocarla) de este orfebre del ritmo, feliz en esa cara de bufón de pub a las dos de la mañana. Hace poco cumplió ochenta y dos años. Todavía hay algunos exégetas de la obra más grande del rock del siglo XX (llévenme la contraria) que se preguntan cómo ingresó en ese club tan exclusivo, qué ocurrencias tenía, cómo sostenía el inevitable juego de las comparaciones. Y además tenemos a Hitchcock dándole uno de los más divertido de los homenajes que yo haya visto. Dos iconos del siglo XX en una sola fotografía.
25.7.22
24.7.22
205/365 Conde Vronsky
Hay algo a lo que no pienso renunciar en literatura: al asombro. No creo que exista otra adicción mayor que esa en las páginas de un libro o en las horas de un día. En eso, las novelas son fragmentos del tiempo, trozos extraídos de una trama de la ficción que se incrustan en la malla durísima de los días. Por eso amamos la ficción; porque nos permite abandonar el rigor de lo real y deambular sin pudor por la periferia, hocicando en lo que no nos incumbe, alambicando néctares al ras mismo de la palabra. De las novelas amo precisamente esa sensación de pérdida que producen. Perdido, en ese limbo perfecto, comprendo asuntos que, contados de otra manera, se me escapan, huyen de toda posibilidad de que me pertenezcan. Leyendo Anna Karerina (que un hermoso texto de Andrés Neuman me ha recordado hoy) entendí que la familia, a su manera, es un veneno, uno grato, al cabo, administrado con morosa delectación, carcomiendo sin entusiasmo (aunque inapelablemente) la felicidad pura que se trae en el momento de venir al mundo. Algo parecido hizo decir Roald Dahl a su Willy Wonka en la maravillosa fábrica de chocolate: la familia es un entorno difícil para ser creativo. Anna Karenina tiene el comienzo más rotundo que recuerde: “Todas las familias felices se parecen, pero cada familia desgraciada lo es a su manera”. Y no hay ocasión en que un quebranto en su peculiar ecosistema (el mejor, pese a sus rotos) no me haga pensar en el dolor que producen los seres que amamos y en el conde Vronsky, tan mediocre y tan perturbador y fascinante al tiempo, capaz de hacer enloquecer sin que en ningún momento se atisbe, en su comportamiento, mérito para que esa locura ajena prospere y conduzca a Anna al final que conoce incluso quien no ha leído la novela de Tólstoi. De no haber condes Vronsky, una parte sólida de la trama de la literatura se resquebrajaría, no daría de sí lo que el placer lector invariablemente exige. De no existir la promisoria estación de tren en la que Anna espera un tren con la madre del conde, no tendríamos una de las novelas fundamentales de la literatura. Hay venenos gratos, pócimas que se ingieren a sabiendas del daño que producen. Conozco varias y no entra en ningunas de mis planes de vida racionarlas. Me las administro con absoluta fruición y aprecio, a cada pequeño chute, las hermosas heridas que producen. La herida más dulce es el asombro. No creo que exista otra que me atraiga más. Por eso amamos la ficción: por la imprevisibilidad que promete, por toda la promiscuidad que tan alegremente nos vende. Como billetes dorados escondidos entre las páginas. Como momentos de felicidad alojados en la costura siniestra de las horas.
23.7.22
esta bicicleta vietnamita
este suicidio brevísimo que exige apurar los días y fatigar las noches
este simulacro galante de palabras que se abren y palabras que se cierran
esta orfandad atroz que mira desde el fondo del vaso
esta memoria alerta que se deja incendiar y me incendia
este hermoso escándalo de lagartijas trepando al sueño
esta inacabada obra de lágrimas sorprendidas en un rapto de ternura
este goce más hondo que no sabemos nombrar nunca
esta quietud crédula que conforme a sí misma se engalana y sacrifica
este desnudo sin sombra de cuarenta años precipitándose en un verso
esta pequeña evidencia de tragedia que anuncia mi carne cada vez que el deseo la codicia
esta savia dulcísima de adolescencia sin desmayo
este rumor que se agazapa en las sílabas del tiempo
esta voluntad de huésped incómodo que pide prorrogar la estancia
este ghetto digital que no se sacia jamás
este ala que festeja vuelo
este blues con sudor en el verbo
este lento derribar pétalos
esta ausencia que acato sin más y me aturde
esta ebriedad absoluta de temblor ardiendo en el sexo
este esplendor súbitamente abismado en mis recuerdos
esta blonda de luz que vibra en el pecho
esta infancia sin enigmas que todavía canta y me escucha
este misterio más dentro
esta levedad caída desde muy arriba que ha hecho un roto en el folio
esta quieta celebración de la lujuria frente a un cuerpo al que sembrar de tedio
esta alquimia perfecta de espejos que embriagan la luz y la convierten en días
este dios en desorden
este imposible reloj que me mide
este vals con acuse de recibo que en el aire va resbalando como un hijo muerto
este mapa de sombras
este ardor con el que cierro un miércoles
este cómputo infame de abrazos partidos
esta gracia voluble
este armazón de mentiras
este anuncio de cierre
esta bicicleta vietnamita que me escolta al sueño
esta vigilia teológica
esta dulce penumbra sin dios
este espejo de los sueños
esta clausura sin fulgor ni himno
este lupanar de sombras
este parlamento de tarados
esta agujero sin motivo
este pie en el cuello que me nombra
esta gracia sublime de mentirnos
este azul de arriba como un endecasílabo
este pecho mío que me explota en cien alejandrinos
204/365 Ernesto Sabato
Incluso Sabato precisó de Borges para que yo le leyera, pero disfruté de ese escritura precisa, rica como pocas, que indagaba en lo existencial, en lo espiritual, en la vida contemplada como lo haría un científico, pero expresada en boca de un obrero de la palabra, un chamán loco y lírico, uno que mimó el lenguaje y le dio calidez y un humanismo muy provinciano, como de andar por casa. Se fue a los 94 años y parece que activo y comprometido con su trabajo. Con la vida.
En realidad, pasa siempre igual con los muertos ilustres que no conocemos. Nos pertenecen sin que importe que estén o no en este mundo. No se me ocurre pensar en Neruda sin que piense en sus poemas. Ni en Cortázar sin que obre sus extravagancias La Maga. En Sabato estáEl túnel y Sobre héroes y tumbas: los tengo aquí detrás mía, en un anaquel alto. Quizá (ahora lo compruebo) cerca de Ficciones, de El Aleph. Cuadran bien. Parecen hechos a estar juntos. No sé si Ernesto y Jorge Luis se encontrarán en la eternidad y discutirán sin estorbo (como si se hubieran suicidado para comprobar si hay vida más allá de la semiótica) sobre Heráclito o sobre el eterno retorno. He escuchado a Sabato como escritor y como autoridad moral de un país (Argentina) precisado (como todos) de quien modele y difunda un pensar al margen de las modas o de los fantasmas (vivos o muertos) que pueblan la cultura y atrofian la vida en común de quienes la practican, si es que alguien se escapa de ese mandato primero. Era hombre de formación intelectual científica (era físico de profesión), pero lo deslumbró el surrealismo cuando esa música loca de las cosas hacía furor en París y Breton era un semidiós o una divinidad entera. Se puede inferir que con Sabato se forma un arquetipo de escritor que no sólo factura novelas (tres hizo y eso bastó) sino que se encomienda la labor de contar a la conciencia de cada uno lo que sucede en las calles o en los casas, en donde haya una pugna entre lo honesto y lo que no lo es, entre la belleza (la de la literatura, la de la convivencia entre las personas) y la fealdad. Porque eso fue a lo que aspiró siempre: a desemborronar las cosas feas. Creería (con razón cartesiana y con aliento lírico) que debajo, en ese palimpsesto grueso de conductas que se van amontonando, de palabras que se van diciendo y luego se olvidan o se reemplazan por otras, que todavía era posible mirar al ser humano de frente y apreciar la franqueza y la rectitud, el pundonor y la inteligencia. Leí a alguien una cita de Sabato en la que se erigía el váter como lugar metafísico de la casa. Igual lo estoy imaginando, es cosa de buscar en los algoritmos de la máquina, ya saben. Imagino al bueno de Ernesto leyendo a sus héroes griegos o los cuentos de su amigo Borges sentado en la taza, imprimiendo a la lectura un apresto orgánico (físico hasta tocar la misma alma) que es posible no se encuentre en ningún otro lugar, permitidme el exabrupto.
En las fotografías a Sabato se le ve siempre cara de buena persona, aunque había un poso de tristeza visible. Tiraba a melancólico el gesto que la ocupaba. Una especie de honda preocupación parecía desquiciarla. Algo así (melancolía, preocupación, desquicio) había en El túnel, la historia del pintor que debía matar a la única persona que podría dar a su vida un sentido, o Sobre héroes y tumbas, la historia de un joven irremediablemente solo en un país (Argentina) irremediablemente enfermo. No he leído Abaddón el exterminador, aunque ahí está en una balda a mi espalda, quizá feliz al saber (quién sabe cómo funcionan los libros en sus adentros) que estoy hablando de sus dos hermanas mayores, tan queridas. Una sola obra (una especie de milagro sin continuación) bastaría para que adoremos a un escritor. Lo prolífico no es señal alguna, aunque se la mire con agrado y nos contente saber que tenemos montones de libros que leer de alguien que acabamos de conocer. Como si acabáramos de nacer y supiéramos de cuajo que tenemos una vida entera por delante, cuándo no se tiene. Hay una luz en la literatura que a veces coincide con la progresiva o abrupta ceguera del escritor. Borges llevaba casi toda la vida ciego cuando murió. A Sabato le sobrevino la sombra al final de su vida, pero decidió cegar también la escritura. Dijo escribir para no morirse, pero debía estar mintiendo, en el fondo. También que pintar era tan hermoso como inventar cuentos. La escritura es menudencia, cosa que se extrae poco a poco y se va imponiendo a la realidad, pero la pintura es algo grandioso, que se acepta y se conoce en una única mirada, deslumbrante esa mirada cuando el objeto mirado rebosa en belleza o en significado, a lo mejor son las dos cosas la misma. Borges no escribió nada sobre pintura, que yo sepa. O, al menos, no con entrega y ardor. Sabato era consciente de la solemnidad de lo plástico. Las imágenes tienen la elocuencia suficiente como para que no haga falta traducirlas en palabras, herramientas menores, artefactos con un error de fábrica ya de antemano: el de contar, no el de ver. Sabato sabía eso muy bien. No intervenía ninguna circunstancia religiosa que lo hiciera temblar o sentir algo parecido al disfrute de lo puro espiritual. "Pero dígame, Borges, si no cree en Dios, ¿por qué escribe tantas historias teológicas?", le preguntó. "Creo en la teología como literatura fantástica. Es la perfección del género", le contestó el maestro. Yo les creo. Digan lo que digan.
22.7.22
203/365 Jorge Guillén
Qué claridad preludia la sombra
al precipitarse en la
tarde
como un pájaro ya entero
ala.
Todo es fulgor en la
caricia
en la que el cuerpo
existe.
Asombra que no
aturda
lo sublime
contemplado.
Es clamor la luz si se
la nombra.
La palabra apenas
percute el aire.
Está ofrecida la verdad
en puro goce.
Cunde, avanza, se abisma
y clausura.
Se desdice el ocaso.
Cierras los ojos.
Oh tú, júbilo pleno,
acaece el amor
con blondas de nieve
pura,
con terco embeleso de
íntimo arrobo.
El amor de pronto
horizonte
para que los días broten
y nos tengan.
21.7.22
202/365 Kingpin
Soy de la Marvel donde otros dicen ser de derechas o de la cofradía de su barrio, de su equipo de toda la vida o de la pasta italiana. Lo soy sin estridencias. Las andanzas de Peter Parker por Nueva York amenizaron las mías por la plaza Zaragoza y la calle Jaén cuando era pequeño e impresionable. Se me podía preguntar por todos los malvados que atizaban a Spidey en los callejones y los nombraba sin error, uno a uno, relatando sus poderes y el atuendo que llevaban, pero me gustaba Kingpin por encima de los demás. Lo que nunca hizo Stan Lee fue darle cancha a Kingpin. Le relegó a números sueltos cuando se merecía una franquicia para él solo. El Duende Verde, el Doctor Octopus, El Lagarto, El Hombre de Arena, El Buitre, Electro, Rhino, Misterio, Venon o Kraven El Cazador eran villanos de segundo orden. A mi hijo le extraña esa pasión mía por Kingpin, ese mafioso de doscientos kilos de puro músculo y dos metros de altura, carente de superpoderes, trajeado con chaqueta blanca, bastón, inflexible, locuaz, instalado en el confort de la alta sociedad, ejerciendo el mal con cierta elegancia aristocrática, emperrado en derrotar a su archienemigo (cómo adoro esa palabra comiquera) Daredevil. Kingpin es un ser depravado y un mafioso refinado y con esmero en el decir. Tiene Wilson Fisk un año menos que yo así que le puedo tutear, contar con él como si fuese un amigo de la infancia, tenerle al tanto de cómo fue todo entonces y de cómo va ahora, creo que puedo permitirme esa cercanía. Se le forjó a imagen y semejanza de Sidney Greenstreet, al que se recuerda sobre todo por sus papeles en El halcón maltés y en Casablanca.
A la juventud de hoy, entre la que me incluyo cuando me conviene, le fascina un mal distinto al que yo me inclinaba cuando era joven. La culpa la tiene la MCU o la tienen los blockbusters repartidos por todo el mundo, serán la misma pecuniaria cosa. En los últimos setenta, cuando yo compraba los cómics del trepamuros, el cine todavía no había descubiertos las bondades financieras de los superhéroes. A mí, Superman, el primero de un amortizado elenco, nunca me entusiasmó. Era de la Marvel como otros son de la DC Comics. Me da igual que Nolan haya salvado a Batman del olvido (lo único soberbio que ha hecho desde Memento) y su trilogía sea fantástica en casi todo (la última flaquea en narrativa). Uno es de Peter Parker y de Kingpin por respeto a la memoria y ya está. Le importa escasamente que este reflotamiento reciente de la figura de Spiderman no haya cuajado lo más mínimo y se balancee entre el cine de héroes para adultos y el palomitero sin pretensiones que mueve masas de adolescentes a los centros comerciales para ponerse hasta los ojos de hamburguesas después de la proyección. Viva Sam Raimi, dije al salir de su Amazing Spiderman. Luego vino Kafka y vino Borges, la poesía renacentista y Humbert Humbert recorriendo los moteles de la América profunda con su preciosa Lo-li.ta, pero antes de todo eso, antes de que me atrapara y me atrofiara, la edad hace eso, yo gritaba por las calles del Sector Sur en Córdoba: “viva Stan Lee, viva John Romita Sr., viva Kingpin"
20.7.22
201/365 William Faulkner
–¿Entonces cuál sería el mejor ambiente para un escritor?
– El arte tampoco tiene nada que ver con el ambiente; no le importa dónde está. Si usted se refiere a mí, el mejor empleo que jamás me ofrecieron fue el de administrador de un burdel. En mi opinión, ése es el mejor ambiente en que un artista puede trabajar. Goza de una perfecta libertad económica, está libre del temor y del hambre, dispone de un techo sobre su cabeza y no tiene nada que hacer excepto llevar unas pocas cuentas sencillas e ir a pagarle una vez al mes a la policía local. El lugar está tranquilo durante la mañana, que es la mejor parte del día para trabajar. En las noches hay la suficiente actividad social como para que el artista no se aburra, si no le importa participar en ella; el trabajo le da cierta posición social; no tiene nada que hacer porque la encargada lleva los libros; todas las empleadas de la casa son mujeres, que lo tratarán con respeto y le dirán "señor". Todos los contrabandistas de licores de la localidad también le dirán "señor". Y podrá tutearse con los policías. De modo, pues, que el único ambiente que artista necesita es toda la paz, toda la soledad y todo el placer que pueda obtener a un precio que no sea demasiado elevado. Un mal ambiente sólo le hará subir la presión sanguínea, al hacerle pasar más tiempo sintiéndose frustrado o indignado. Mi propia experiencia me ha enseñado que los instrumentos que necesito para mi oficio son papel, tabaco, comida y un poco de whisky.
Jean Stein Vanden Heuvel – Entrevista a William Faulkner (1956)
1
Borrada la confidencia periodística, tomado como boutade, bastaría una máquina de escribir Underwood. A beneficio memorialístico, esa máquina está en Rowan Oak, la casa de los Faulkner, una especie de Tara libresca, en Oxford, Mississippi. El Faulkner rural, ebrio, emprovinciado, demiurgo de Yoknapatawapha, el que reivindicaba la bondad de la escritura pero renunciaba a la importancia del escritor. Porque hay muchos escritores dentro del escritor o muchos lectores dentro del lector. No hay ocasión en que no vuelva a Faulkner sin que me descubra absorto en un pasaje que pasé por alto o en el que no entreví nada relevante. Faulkner es a la literatura como Charlie Parker al jazz. A los dos les encantaba lucirse con sustancias milagrosas. Faulkner amaba el bendito éter de los alambiques tanto como una página en blanco. De hecho, las palabras iban saliendo a medida que el whisky iba menguando. Ya lo dice bien a las claras: papel, tabaco, comida y un poco de whisky.
2
19.7.22
200/365 Jesús Franco
Siempre pensé que Jesús Franco (Jess, en muchos títulos de crédito, en los más libertinos) fue un talento que prefirió, como el Bartleby de Melville, no dar de sí más de lo necesario o, llegado el caso, iluminado en una toma, demostrar quién era, hasta dónde podía llegar, pero sin alharacas, sin que se fijase en adelante un modo de hacer las cosas que le venía largo y al que no le prestó mucha atención. Me lo imagino como un enfermo de cine. En el desquicio de su trastorno, filmaría sin orden ni esperanza, comido por esa fiebre de registrar en celuloide esa cabeza suya sin guion ni pudor, como sus películas. Su cine es una sesión de historias salvajes que podrían verse en una maratón y no saber si es todo una misma película y el cansancio o el estupor han convenido que parezca una sola, pantagruélica. Grabó casi 200 y no hay ninguna que concite el aplauso unánime de la crítica, aunque el conjunto suponga un hito en la historia del cine.
De su trabajo dijo que no tenía más importancia que la de cualquier otro obrero de cualquier disciplina. Lo imagino feliz rodando, haciendo que Drácula o Fu-Manchú no pareciesen ni Drácula ni Fu-Manchú sino algo que bulliría en su imaginación y cuyo grado de verosimilitud con el original dependía las más de las veces de que el presupuesto de la película fuese holgado, cosa que no ocurriría con frecuencia. Su incontinencia visual no tenía nada que ver con el dinero, ni le quitaba el sueño que sus cintas tuvieran una difusión pequeña ni que se le diera un reconocimiento público. Hasta que Franco partió a peor vida, el tío Jess hizo su trabajo en Suiza y en Francia, mayormente, países de una moral a prueba de señoritas desnudas y de terror de baja intensidad, pero truculento y (en ocasiones) casi risible. Llegó a hacer nueve películas por año. Ninguna fue de su agrado, dijo. Prefería las de John Ford o las de Alfred Hitchcock. Quentin Tarantino prefería las suyas. La serie B es la que siempre tuvo más tirón en las estanterías de los videoclubs. She killed in Ecstasy es Tarantino puro. De ahí bebió hasta aturdirse. Consta que Fritz Lang vio su Necronomicón y la aplaudió.
Orson Welles, que recorrió algún tramo del camino con Jesús Franco, hubiese querido para sí la imagen que su joven pupilo español, ya muy anciano y muy traqueteado por la vida, dio en la ceremonia de entrega de los Goya en la que se le homenajeó. Lo sacó en silla de ruedas su musa, su mujer, su ángel de la guarda, Lina Romay. Hubiese deseado que Rita Hayworth le colocara el micrófono, condujera con mimo su silla y estuviese siempre detrás, paciente, solícita, vigilando que nada estropease ese momento especial en el que los compañeros de profesión le tributan el homenaje por toda una vida dedicada al cine. Lina Romay no es Rita Hayworth, pero las dos levantaron pasiones en parecida medida. La suma de sexo, hemoglobina y cutrerío vario dan otra dimensión del mito Franco. El tito Jess, el icono de muchos cine-fórums de barrio, el elemento distanciador entre el cine elegante y culto y el cutre-exploitation system, visitó esa noche de celebraciones un buen puñado de casas españoles y abrió la interrogante que hasta ese momento no estaba: ¿Y quién este señor tan viejo? Generaciones nuevas, ávidas de referentes, abrirán (en adelante) los ojos...
18.7.22
199/365 Tom Sawyer y Huckleberry Finn
Ilustración: Norman Rockwell
17.7.22
198/365 José Lezama Lima
Hay palabras que se usan adrede, con entera conciencia de que se está cometiendo una especie de osadía o de imprudencia y que, más que el mensaje que se desea transmitir, lo que cunde es la construcción misma del mensaje, las herramientas interpuestas, todo ese léxico que ha ido perdiendo apostura y ganancia entre los usuarios de la lengua y que, si no se maneja, caerá en un lamentable (triste y penoso) olvido. A veces esas palabras surgen en lecturas y causan un revuelo apreciable, pero cuando de verdad conmocionan (déjenme tirar de épica) es al concurrir en la conversación, da igual que sea propia o la escuches, casi más si la pillas al vuelo, en un paseo, si alguien la esgrime como natural y el desprevenido, el inocente eres tú. Cuando leo a José Lezama Lima soy el inocente, el desprevenido, el conmocionado, el revuelto, el que de pronto ha descubierto que lee por primera vez y que la literatura es un estruendo en la sangre, en la memoria, en las manos que no saben cómo coger el libro y lo sueltan junto a la taza de café y miran el cielo por si hay alguna señal que nos aprovisione de entereza y permita que sigamos avanzando por el paraíso hasta que recibamos la unción de la dicha. La palabra en Lezama Lima es de un barroquismo luminoso, no sabiendo bien si casan esas palabras. La escritura de Lezama Lima es gongorina porque el humo de sus puros enormes crea, a falta de capitel corintio en donde afincarse, volutas en el aire y la voluta es por naturaleza asunto barroco. Detrás del humo, el hombre: el chaleco infatigable, la corbata a rayas, la cara como de desencajado de algo, los libros apilados sin gobierno de su biblioteca, que sería un aleph desde el que asomarse a sus poetas franceses o a su amado Don Luis.
Leer a Lezama Lima es una experiencia musical, por lo que no se precisa en todo momento que se entienda cada nota del texto. Basta encomendarse al arrullo de las palabras, a cómo se hacen carne y hasta parecen poder tocarse, apreciar si reclama que se la acaricie o rehúye el tacto. Leer Paradiso es un acto de valentía que no va a ser reconocido por nadie que no haya estado allí, en su poética novelada, en ese insólito lugar en donde no dudamos que el autor ha puesto su vida (así lo refirió) sino donde nosotros ponemos una parte (la más sensible, la de mayor intimidad tal vez) de la nuestra. No creo haber leído casi nada que me haya supuesto un gozo mayor que Paradiso y, en menor medida, su continuación, Oppiano Licario. Se sale indemne, pero convencido de que fue un viaje la lectura (cuándo no lo es) del que no se tenía idea del trayecto ni, las más de las veces, la conveniencia del destino: era mucho más aprovechable el ir un poco a ciegas, deslumbrado por las palabras, obligado a leer y a releer trozos y convenir que la vida de José Cemí y la de sus amigos en esa época de la Cuba de finales del XIX y parte del XX es la voluptuosidad del lenguaje (carnal, lento en la frase, sinuoso, musical) que Lezama Lima urde para que la poesía, la gran vencedora del texto, fluya y explique lo que por lo común no se le exige, que es hacer un mapa fiable de las cosas, una especie de tabla periódica de la misma vida. Están el cielo y el infierno (en los que no creía, a pesar de su temprana educación católica) en esa divina inspiración que le hacía mover la mano y escribir. Parece decirnos que si la vida es compleja, a qué hacer sencilla la literatura. Porque la suya no lo es: no lo pretende, no valdría, no estimularía como lo hace.
Creo que hay una desatención enorme a la figura de Lezama Lima. Se la aparta por la velocidad de los tiempos en los que vivimos. No se le lee porque habría que aplazar algo de lo que hacemos cuando no lo leemos. Más que por la impericia, no hay tal, no leemos Paradiso porque nos aturde la ferocidad de su lenguaje. Queremos que las palabras nos acompañen, no que nos invadan. Las de Lezama Lima, la manera en que las coloca para que suenen o para que provoquen o para que aturdan, son mágicas. Es magia lo que se produce: un tipo de hechizo del que no hay brebaje disuasorio. Hay lecturas que nos atrapan y otras que, agradando, pasan, discurren en el tiempo en que las usamos, no más. Sucede con algunas libros como con algunas palabras, que resplandecen y conmocionan más (de nuevo me ha venido el verbo) cuanto mayor es el grado de dificultad que nos acarrean. No hay nada anterior a Lezama Lima que se parezca a Lezama Lima, ni nada posterior. Lo que creó fue creado por él, no hay palimpsestos, aunque podamos encontrar retazos de modernismo o de ese arabesco del barroco que tanto le he pesado para que su literatura no florezca como merece. Leer Paradiso, dejad que me centre en ese libro, el que me deslumbró, es adentrarse en una espesura. Sorprende (fascinar es más legítimo) que no viajara. Habitó dos casas en sus años de vida. Una, la del 162 (temo equivocar el número) de la calle Trocadero, mítica. No salía de La Habana y recurría a Gide para justificarlo: "Toda travesía es un pregusto de la muerte, una anticipación del fin. Yo no viaje: por eso resucito". Cuando murió, de gordo que estaba, no pudieron sacarlo por la puerta. Usaron una ventana para que saliese la camilla.
En sus diarios, escribe: "Yo nunca he pretendido darle dolores de cabeza al lector. Escribo así porque escribo así. Poesía clara y poesía oscura son ya conceptos trasnochados. Todos aceptamos que existe el día y la noche, el agua y la tierra. Hay que aceptar también que existe una poesía clara y otra oscura que es anterior a mí, anterior a Góngora, anterior al barroco. Lo claro y lo oscuro poco importa en verdad. Lo que cuenta es el reverso enigmático de lo lejano y lo cercano a lo que Pascal hizo referencia". Es estúpida la madurez poética, recoge en otro aparte de ese diario. Lezama Lima escribe para todo el que desee leer. Habrá quien encuentre penoso el camino y quien el anhelo de acabar (de saber cómo acaba, eso tan literario) no suceda. Lo venturoso (lo que hace festiva la lectura) es que suceda y haya habido quien la ha transcrito. Como una mano invisible, como un dios ocurrente, como un demiurgo sublime. Veo a Don José fumando sin interrupción. Las persianas están entornadas. Se tamiza una luz alegre y profunda. Está sentado en un butacón amplio. Era un hombre grande. Lo que no entiendo (no hace falta) es el momento en que la página en blanco empieza a enmarañarse y la palabra lo ocupa todo. Son de ella todos los festines por venir. Apenas ha empezado a desentumecerse y gustarse, avanza con un remolino de voces y de afectos. Unas piden otras. Lo hacen adrede.
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