28.5.19
El alfabeto invisible
Conocí a alguien que compraba libros con
alegre frecuencia. Observado el hecho de que no fuese lo libresco asunto
escogido en sus conversaciones y, cuando terciaban por voluntad ajena,
no participara nunca, le pregunté sin disimulo si le gustaba leer,
curiosidad mía que zanjó con entusiasmo. No leía. Adujo una razón
convincente y otra peregrina. Alegó que los libros requerían el tiempo
del que raramente disponía, no se arredró en restar importancia al hecho
fundamental de que ese ingente puesto de libros no fuese usado, ni
tampoco se desprendió que se afanara por encontrar el modo y la
biblioteca mudase de espléndido objeto decorativo a fuente de uso y
disfrute. Siendo esto lamentable, más lo fue constatar que no tuviese
propiedad alguna de esos libros. Un volumen reciente y costeado de
Rayuela, no más esplendoroso que mi amada y vieja edición de Alianza, se
exhibía entre Bucay y un volumen que animaba a conocer tus zonas
erógenas. Busqué con interés si tuvo la ocurrencia de agenciarse algo de
Borges, pero no lo encontré. Sentí un raro alivio. A una perplejidad le
suele acompañar otra que rivaliza con ella. Un pasmo trae uno de más
asombro. Se envalentonó, una vez ofrecida su colección de libros, a
mostrarme la de discos. No tan abundante, era también numerosa. Estaba
ordenada en orden alfabético. Cien o tal vez más vinilos. Era esa época,
no la posterior, la del disco compacto, mucho menos atractivo, huérfano
del encanto del tamaño y del romanticismo de los discos. Los escuchaba,
confesó. Esa intimidad revelada me recompuso. Lo malo (lo terrible, debo añadir) es que lo hacía en ese orden, el alfabético. No sé en qué mes fui
invitado a su casa. De ser enero estaría escuchando Abba y en junio quizá maniobrara con King Crimson, que están a mitad del abecedario. No podremos saber qué alambicada locura le obligaba a respetar estas rudimentaria mecánica, la de las audiciones tasadas, previstas, concebidas como una cadena en la que un engranaje promueve el funcionamiento de otro. Hace muchos años que no lo veo, no tuve con él excesivo roce, pero era de trato fácil y se prestaba a todo con agrado. Lo que hiciera en su ocio no tendría mayor relevancia si no hubiese escuchado anoche en uno de esos programas de radio en los que la gente se confiesa y airea su rica o pobre vida interiora una mujer que hacía exactamente lo mismo. Razonaba que era peajes, lugares que le esperaban, satisfacciones más amadas cuanto más previstas. En realidad, yo soy así, si me detengo a pensarlo con calma o usted, amable lector, si considera pensarlo también. Sé que el viernes a mediodía, cuando salga del trabajo, iré a tomar unas cañas con los amigos. Casi estoy por asegurar qué tapa pondrán o si leeré el periódico deportivo si a los demás se les ocurre retrasarse. Sé cómo se organizan mis días. Con cierta frecuencia, cambio una ficha en la dinámica de las cosas, tiro hacia donde ni yo mismo espero, por hacer otra cosa, por contrariar a la rutina, por no parecerme demasiado a lo que antaño me pareció ajeno a mí, alejado de lo que sea que sea mi modo de proceder, mi ir y venir por las letras de un alfabeto invisible al que le debo ineludible obediencia y hace que me levante y haga las mismas cuatro o cinco cosas hasta que irrumpe el almuerzo y más tarde otras cuatro o cinco (seis, siete, hay días intensos) hasta que toca la cena. Así que lo extraño sería escuchar a Led Zeppelin antes que a Bill Evans. El pasar del tiempo no ha hecho que levante mi pequeña amonestación moral al hecho de que aquel individuo (pongamos M.T.) no desprecintara los libros, los dejara expuestos con la clausura del plástico. Eso sí que me duele todavía. El afecto o hasta el amor a una biblioteca no se ejerce únicamente en la propia, se extiende a otras, que se dan por nuestras, en un acto de bondad cultural como la sentida cuando te agrada un cuadro que ves o una novela que has leído y crees que el autor (el pintor, el novelista) ha pintado o ha escrito para tu exclusivo goce, como si fueses el único que va a apreciar la pintura o a enredarse en las letras de la novela. La vida es una novela en la que no sabes la evolución de su trama. Si una mañana el tenido por protagonista es en realidad un personaje enteramente secundario o si la enfermedad, que no aparecía en las pongamos primeras doscientas setenta páginas, se instala en la doscientos setenta y una y enmaraña todo lo que sucede a partir de ahí, lo emborrona y entenebrece. También puede suceder que la novela prospere en festejos, en esa alegría sencilla de las cosas que no percibes de inmediato, mientras concurre su efecto, sino más tarde, de noche, un poco antes de irte a la cama, mientras ves la televisión, y luego de una manera más reveladora al acostarte, mientras tratas de conciliar el sueño. Que tengan ustedes un buen martes.
20.5.19
Una invitación al amor
No estamos hechos de otra cosa que de dolor: el dolor mueve
las palabras, ensucia el pensamiento, atrinchera su garfio cabrón en las dulces
estancias del sueño y te levantas con el pecho abierto, encallecida el alma,
notando el peso inconmovible de la sangre rota; el dolor acompaña las fiestas
de cumpleaños, escolta la juventud al tedio, se manifiesta en la música y troca
el arpegio más emotivo en ruda música de fondo; el dolor cubre los cuerpos de
los amantes mientras se entregan a la celebración horizontal de la carne; el
dolor empuja el feto a la luz; el dolor mueve el corazón y también las
estrellas; el dolor es el itinerario exacto de las horas; el dolor discute con
el tiempo la autoría de nuestros quebrantos; el dolor zanja a cuchilladas las
pasiones; el dolor se anuncia en el neón fugaz de las once de la noche; el
dolor acude sin que se le llame; el dolor azuza la tristeza; el dolor corrompe
las metáforas; el dolor amarillea los recuerdos; el dolor percute la noche como
un taladro melancólico; el dolor mancha el traje del domingo; el dolor asfixia
la luz en los rincones; el dolor es un blues.
Como escribía aquí un amigo "el dolor mueve más hilos que el amor, y eso sí que duele". Eso es: la letra de un blues. Voy a llamar a Robert Johnson antes de que algún marido afrentado lo defenestre. Voy a contar hasta tres y esperar al dolor con respeto; vendrá fiero, vendrá firme, vendrá ciego: será el dolor telúrico, el dolor místico, el dolor cósmico, el dolor esdrújulo que la vida exhibe en su travesía de tiempo. Pero no es un dolor que amengüe ni es un dolor que frene: es el dolor del parto y el dolor del muerto, el que se atrinchera en la carne y vuela el pensamiento; es el gran dolor sin protocolo que estimula al que crea. No hay gozo sin dolor: lo ponían todos los azulejitos de souvenirs en las calles de Santiago de Compostela, lo cuenta el trovador en su letanía de pueblos, lo sabe el poeta cuando da con el verso exacto al que acecha desde años y nunca se muestra puro. Es el dolor de la carne cuando nace y el dolor con el que crece y hasta el dolor con que se vence. Y no es un dolor triste ni éste es un texto que duela: se trata de contar de qué está hecho el mundo y entender entonces la razón por la que besamos la alegría y nos entregamos con ardor al júbilo sencillo de irnos queriendo los unos a los otros, sin aristas, sin cordajes, sin brida ni retorcimiento. Querernos para sobrellevar el dolor, que es miedo y es tiempo. Irnos (ya lo he escrito) queriendo mansamente para estar fuertes para cuando el dolor acuda. No estamos en otro oficio que éste: el de distraer las horas para evitar el duelo. Y van los años cerrando su viejo trabajo de rueda, y van las palabras semillando el tiempo venidero con besos limpios, con abrazos tiernos, con todo lo que no huela a dolor y con cuanto no traiga miedo. Porque estamos hechos de amor y es el amor el que todo lo despeja. Ya ven, un blues de lunes, nada, un arrebato de verbos.
Como escribía aquí un amigo "el dolor mueve más hilos que el amor, y eso sí que duele". Eso es: la letra de un blues. Voy a llamar a Robert Johnson antes de que algún marido afrentado lo defenestre. Voy a contar hasta tres y esperar al dolor con respeto; vendrá fiero, vendrá firme, vendrá ciego: será el dolor telúrico, el dolor místico, el dolor cósmico, el dolor esdrújulo que la vida exhibe en su travesía de tiempo. Pero no es un dolor que amengüe ni es un dolor que frene: es el dolor del parto y el dolor del muerto, el que se atrinchera en la carne y vuela el pensamiento; es el gran dolor sin protocolo que estimula al que crea. No hay gozo sin dolor: lo ponían todos los azulejitos de souvenirs en las calles de Santiago de Compostela, lo cuenta el trovador en su letanía de pueblos, lo sabe el poeta cuando da con el verso exacto al que acecha desde años y nunca se muestra puro. Es el dolor de la carne cuando nace y el dolor con el que crece y hasta el dolor con que se vence. Y no es un dolor triste ni éste es un texto que duela: se trata de contar de qué está hecho el mundo y entender entonces la razón por la que besamos la alegría y nos entregamos con ardor al júbilo sencillo de irnos queriendo los unos a los otros, sin aristas, sin cordajes, sin brida ni retorcimiento. Querernos para sobrellevar el dolor, que es miedo y es tiempo. Irnos (ya lo he escrito) queriendo mansamente para estar fuertes para cuando el dolor acuda. No estamos en otro oficio que éste: el de distraer las horas para evitar el duelo. Y van los años cerrando su viejo trabajo de rueda, y van las palabras semillando el tiempo venidero con besos limpios, con abrazos tiernos, con todo lo que no huela a dolor y con cuanto no traiga miedo. Porque estamos hechos de amor y es el amor el que todo lo despeja. Ya ven, un blues de lunes, nada, un arrebato de verbos.
18.5.19
Una invitación a la alegría
Hay un momento en el que uno debe elegir entre la realidad y el deseo. Como coinciden en menos ocasiones de las que se quisieran y el tiempo no tiene criterio ni corazón, urge la elección, apremia postularse, afiliarse con convicción a un lado de la balanza, incurrir en el riesgo, afrontar seriamente el modo en que vivir sea lo más parecido a un festejo. No recuerdo a quién leí que la memoria es un truco para no perder lo que se ha vivido.
También es estimable zafarse del pasado, acometer con el más fiero anhelo el presente y esperanzarse en que el futuro no nos arruine ninguno de los planes urdidos para andar esa travesía incierta. El truco podría consistir en prendarse de la belleza, cubrirse con ella, contar con ella para perderse o para encontrarse, apreciar su plenitud y su esplendor. No sé si ésa es la vía para sanar los rotos que vivir produce. No sé mucho o sé bien poco, la verdad. Sólo poseo algunas certezas y ni siquiera las considero una propiedad fiable. Suelen mudarse, viran a su contrario, lo cual es una manera lúdica de reinventarse a diario y no caer en esa autocomplacencia dañina del quien lo tiene todo claro.
Ahora que abundan las terapias del yo, los prontuarios sentimentales de escaparate y conferencias de psicología exprés, dudo que haya un resurgimiento sincero de la humanidad sensible, si es que alguna vez existió tal cosa. Utopías calzadas al pie del discurrir de la Historia. Hay infinidad de formas que describen la felicidad y dudo que ninguna quepa en un texto. Son muchos los textos. Muchos los argumentos, las tramas de lo vivido y de lo ocupado en vivir. La realidad y el deseo son paradigmas complementarios, logaritmos de una ecuación cuyo propósito nos es ajeno.
La religión planea las respuestas, pero la fe tampoco obra siempre a carta cabal los prodigios. Marra en lo fundamental, no responde a todas las preguntas. Quién las responde, me interrogo. Los que de verdad la profesan son afortunados, poseen una bola extra en el cajón de la máquina.
No se puede solicitar, no hay un método. El deseo es la sublimación del amor. Se puede amar a Dios y desoír el amor profano, el pedestre y diario.
Se repite uno sin viciado entusiasmo estas instrucciones, las protege del arbitrio infame de la barbarie que nos asola, cree falazmente en su bondad, pero decae el ánimo, no funciona al antojadizo capricho de la voluntad. Por eso hoy al comprar poesía (Manuel Vilas, Raymond Carver) he sentido el alborozo de esa felicidad. Soy un lector de poesía más que su débil obrador, soy un feligrés al acecho de la inminencia de la epifánica irrupción de la belleza, que es un trasunto tangible del deseo.
Arde lo que importa, así que no nos vence el fuego, ni nos intimida; camina con nosotros, como pedía Lynch, nos escolta, nos da esa comisión de pérdida que va indisolublemente de la mano de cualquier evidencia de ganancia. El juego premia al que comprende que no hay ganadores ni vencidos. Que únicamente importa estar en el elenco de elegidos. Que vivir es construir el templo y derribar los altares. Que morir no es una consideración relevante. Que la naturaleza de la trama es inasible a la razón. Que la realidad es un festín. Que el deseo, se aplace o se pierda o se alcance, es la sublimación pura de la existencia. Que hoy sábado, con mis libros en la bolsa, volviendo a casa, estoy celebrando la belleza, hocicado groseramente en ella, feliz por el milagro de las palabras, convencido de que esta luz de la terraza en la que escribo es una extensión de mi cuerpo, una invitación a la Alegría.
En mis cascos, de fondo desde que empecé a escribir en el recurrido iPhone, escucho la tercera sinfonía de Górecki. Paradójicamente una de las piezas más tristes (y hermosas y liberadoras) que he escuchado nunca. Canta Beth Gibbons, alma de mis adorados Portishead. Ahora voy a poner pop. El sol de hoy en Córdoba huele a música pop.
5.5.19
Espidifunk Show en Lucena
Fotografía propia
El funk es un combo de géneros. Adentro suya cabe el soul lento, el rhythm and blues desatado, la sincopa del jazz o el músculo del rock. Se le puede salpimentar con su brizna vacilona de reggae o con la calentura de la música disco. Del agitado de esa argamasa de cosas sale Espidifunk. Funk y circo, su primer disco, rebosa talento, pero sobre todo, en lo que más sobresale, es en amor al oficio de tocar. Algunas de las cosas que no se perciben en un disco se aprecian en la restitución de sus piezas en directo. Uno no puede hacerse una idea fiable de la música hasta que se escucha en vivo, sin la ingeniería de los estudios. Viene a suceder con esto como con el cine y el teatro. Es en un escenario en donde con más hondura se percibe el genio de los que actúan. De ahí que a un buen músico le engolosine tocar, hacer giras, democratizar el repertorio, presentar las canciones, nombrar a los músicos, venirse arriba y explicar al público el porqué de cada número, pedir a la parroquia que se acerque y baile y al final dar las gracias, secarse el sudor y respirar hondo por el trabajo bien hecho. El de hoy ha sido impecable. Salvo algún descuido, el sonido era limpio y se entendía qué decía cada instrumento sin que el concurso de uno tapara la irrupción de otro. Suele pasar en los conciertos que la música, que está hecha de capas, se alambica, se ensucia y la música se asemeja a una pasta grumosa de la que no eres capaz de extraer los ingredientes que la componen. La voz de David Salas estaba bien aireada, se comprendían las letras, que en Espidifunk no están descuidadas, sino que tienen su función y acompañan a la diversión de las piezas y dan que pensar. Manuel de Lucena es un batería extraterrestre, pero en este caso mi elogio, aunque plenamente fundado, viene de la amistad y el cariño que le tengo. Ahí estaba el hombre, brincando, haciendo sudar a su locura de platillos, címbalos, cajas y pedales. El viento en Espidifunk merece atención aparte, pero no esto no es una crítica pensada, ni seria, de las que no pueden dejar nada en el olvido y a todo se le debe hacer apunte. El trombón (Rafa Guillen) y el saxo (Cristobal Agromonte) han estado brillantes. Las pocas piezas en las que no hubo viento me parecieron las más flojas, pero esa opinión puedo rebatirla sin que me importe lo más mínimo contradecirme. No hay funk si no hay metales. Si a James Brown le quitas las trompetas y los saxos parece que estás escuchando a Barry Manilow. La elegancia en el funk la pone el teclado (Jesús Arcos) y la contundencia, esa especie de arnés que hace que todo el peso de la música no flaquee ni se desmorone es cosa del bajo (Javier Quero). Parece que no está, pero no hay manera de que el conjunto funcione sin su intervención. El arranque de Sal de la celda, un bajo elocuente, una introducción inmejorable al disco entero, lo llevo incrustado en la cabeza desde que compré el CD de Funk y Circo y le di en casa al play. Hoy nos han hecho esperar a que sonara, pero ha merecido la pena. Carlos Pino (guitarra eléctrica) ha hecho virguerías. Es precisamente eso lo que uno saca en claro cuando los ve tocar: que son buenos, que se ensamblan bien, que saben lo que hacen, que hay felicidad en el escenario. Hoy El Coso se ha vestido de funk. Brilló el corte primero del disco y último del concierto (Sal de la celda), que es un temazo lo escuches como lo escuches, pegadizo, enérgico y tarareable. Repasaron todo el disco, no les faltó una. A mí me siguen pareciendo insuperables Contracorriente, Carnaval y Hasta cuándo, que fue la canción estrella, con unos desarrollos magníficos, tirando de experiencia y de virtudes. Había unos cuantos negros debajo de las luces haciendo música negra. Porque el funk es negritud, como el blues o como el jazz. Así que anoche todos negros, todos en danza, privilegiados, aunque el aforo no se ocupara, asunto el del aforo que uno no acaba de entender del todo, pero esa no es cuestión a debatir ahora. Estos reyes del funk (del swing y del punch y del groove y del oh yeah) dieron anoche la talla. Se les agradece. Hay que agradecer el trabajo ajeno cuando nos hace felices y se nos mueven los pies.
4.5.19
Ronda de los Tejares
Arrecia ese frío indeciso que a mediodía vuelca en calor. El camarero me sirvió en la terraza en la que estuve hace una hora un café con mucha espuma y poca temperatura. Anoche fue una caña sin cuerpo, ida, a poco de ser otra cosa, pero no cerveza. La tapa acompañante, un trozo tímido de tortilla con un baño de mayonesa, me hizo pensar en Santos, un templo gastronómico que sirve ese manjar a satisfacción plena. Unas cosas llevan a otras. La realidad es dispersa por naturaleza. Sorprende que la escritura enhebre un hilo lógico de toda esa trama etérea y antojadiza. Se le exige coherencia, pero no la hay afuera suya. Ahora mismo, sentado en un banco en una céntrica calle cordobesa, dudo de que nada tenga ese sentido cartesiano. Entendemos a medias o a tercias o no entendemos en absoluto, pero hacemos la vista gorda, acatamos sin titubeo la zozobra y decimos buenos días con una sonrisa a la anciana que se ha sentado y ha sacado el móvil. No cuesta darse a quien no exige la entrega. Se hace a sabiendas de que no la volveremos a ver, saludamos como si no fuese posible eludir el saludo. Córdoba en mayo es un negocio, oigo decir a un transeúnte. Va cargado de bolsas y tiene toda la pinta de que puede cargar algunas más. La única propiedad son las palabras, he podido decirle, pero me ha parecido que no procedía ese inserto emocional y lírico. Tal vez hubiese valido la pena. La razón por la que nos retraemos nunca es convincente. Es mejor decir lo que se piensa, lo primero que se te ocurre, da igual si procede o no. Ganaríamos con esa transacción lingüística. Lo contrario es el silencio, que es una extensión tácita de la muerte. Se acaba de levantar la señora del móvil. Está entrando en la tienda de ropa en la que está mi mujer. Su marido está escribiendo en el móvil, podría decirle. No se le ve apurado. Hay gente que pasea y gente que no. Eso se aprecia a poco que te fijas. Luego están los turistas. Esos se delatan con absoluta transparencia. No saben dónde van y, sin embargo, tienen claro de dónde vienen. La vida es un poco así. La incertidumbre es la medida de todas las cosas. No le afecta el frío sobrevenido sin aviso ni la inminencia certera del calor. Las terrazas de los bares están llenas. Huele a café y a gasolina. Echo en falta a mi amigo Antonio. Él tiene el plano del laberinto. Nadie como él se sienta en un banco a verlas venir. Luego hace lo acontecido suyo y se pone de pie. Joaquín me ha mandado un par de whatssaps: fotos que precisan su semiótica. Una pareja conversa sobre la posibilidad de ir de tapas a mediodía. Comer de restaurante es más caro, dice ella. Escuchar es un oficio difícil. No tienes gobierno sobre la trama. Quizá por eso escribe uno. Es una enfermedad la escritura. Una muchacha más abrigada de la cuenta lleva un libro y un periódico bajo el brazo. No he visto el título. Joaquín me escribe sobre una exposición que ha montado. Lienzos, fotografías de lienzos. El arte es pedestre. Al iPhone se le cae la batería a chorros.
3.5.19
La huella luminosa
Se vigila qué rastro digital vamos abandonando, evidencia de lo que hacemos en la red, si nuestra inclinación o nuestras apetencias son exhibibles o alguna pudiera, a beneficio propio, mantenerse a resguardo, por no delatar al público perfil o rango sobre el que redactar una biografía improvisada y sobrevenida, consentida por quien la vierte, soslayando el pudor de que otros sepan qué nos atrae o repulsa, si pecamos en lo que todos o es singular y extraordinario el pecado del que damos noticia veraz, cabal y masiva. Se procura retirar las miguitas de pan o, en el extremo del cuidado, no arrojar ninguna para no tener que buscar el modo de retirarlas. En cambio, no se vigila el rastro analógico, el constatado y manifiesto. No se le concede la atención merecida, no se piensa en las acciones que acometemos a diario y de la que los demás guardan memoria exacta; parece que, por su naturaleza objetiva, no debe inquietarnos o causarnos la zozobra y las preocupaciones del otro territorio, del binario y, en apariencia, del confiado al ámbito digital.
Conozco gente con un rastro analógico deplorable, gente impresentable como la de la canción de Serrat. De las que hacen ruido cuando no conviene, de las que no te echan una mano cuando hace falta, de las que no dan el paso ni los buenos días cuando es lo correcto y lo que se espera, de las que miran por encima del hombro o ni te miran siquiera, de las que no te echan una mano salvo que vaya al cuello, de las que hablan a gritos y no escuchan. Gente de intención segunda, si no tercera, que a todo le hace examen de ganancia y sobre cualquier cosa hace caja. Toda esa gente sin educación que camina junto a los que la tienen y se confunden con ellos y parece que todos son de la misma condición. Les delata el rastro analógico, se les adivina el proceder a poco que los miremos con un poco más de atención. Son los demás los que guardan con más o menos celo ese rastro que hemos ido dejando a lo largo de nuestra vida. Saben de qué pie cojeamos o si, llegado el caso, cojeamos de ambos. También si actuamos con rectitud las más de las veces (nadie actúa con rectitud todas las veces, nadie tiene un rastro digital sin mancha, no hay tal cosa) y tenemos, por lo general, buen corazón. Por otro lado, nadie tiene buen corazón a tiempo completo. De vez en cuando se nos envenena el tino y la sangre campa con alambicada inquina por sus cauces naturales de modo que el latido del corazón sale turbio y sin armonía. El otro, el corazón de la red, tiene ahora un predicamento extra, sobrevenido por imperativo tecnológico, caído en gracia a beneficio de estar todos comunicados y gozar de esta nueva Arcadia democrática en la que nos exhibimos, sin considerar si lo expuesto nos pasará factura a corto o largo plazo. Debiéramos revisar esos contratos tácitos: los reales y tangibles y los fiados al escrutinio del aleatorio y eventual público congregado en la función.
Decimos en esos púlpitos digitales lo que en ningún caso diríamos en los analógicos. Nos mostramos en ellos sin el pudor con el que transitamos los otros. Los indicios ofrecen la certidumbre de que uno y otro no tienen terrenos comunes. Se es uno adentro y otro afuera. Jekyll y Hyde. Somos el bifronte Jano en este siglo febril y veloz. Igual que no es posible del todo borrar las huellas que hemos ido dejando por la red, pero hágase uno cuenta de que tampoco podemos hacer que desaparezca las que hemos ido dejando por la vida. Lo que fascina es que tengamos empeño en eliminar el bagaje digital y poseamos el justo, por no decir ninguno, por proceder con idéntico entusiasmo en retirar de la circulación el analógico. Cuesta menos impedir que otros vean el comentario que no debimos decir o la fotografía que no debimos hacernos o, una vez hecha, volcar a beneficio de elegidos o casuales que hacer que quien nos haya visto meter la pata retire de su memoria el modo en que lo hicimos. Se nos valora por lo que hacemos o dejamos de hacer y habrá por ahí alguna especie de libro en el que toda esa construcción moral o sentimental o cultural ha ido registrándose. Seguro que hay un escriba (uno secreto e invisible, uno que no obedece al desmayo ni a la tergiversación) que deposita en ese libro nuestro pasar por este mundo y hace constar las cosas buenas y las que no lo son, las remarcables y dignas de eco y cuantas no tuvieron necesidad de suceder o, ya consumadas, únicamente afearon nuestra conducta, la emborronaron. Seguro que al escriba invisible no se le pasó el dato y lo consignó en alguno de esos renglones ocultos.
Uno de esos renglones es el botón "like" del Facebook, donde probablemente el lector leyendo ahora. Hacen acopio de todos ellos y saben de nosotros mucho más de lo que nosotros verdaderamente sabemos. Es el negocio de los datos. Valen más que el oro de las ciudades perdidas en la jungla amazónica. Somos mercancía. Lo somos queramos o no entrar en esa consideración financiera. Somos carne de mercado bursátil, somos incesantemente un producto que se vende y se compra. Estamos en el escaparate. Sin saberlo somos el muñeco vestido o a medio vestir o desnudo que se ve tras el cristal. Lo peor es que estamos ahí sin que nadie nos haya reclutado a la fuerza. No se puso una pistola en el pecho o se nos chantajeó para que accediéramos al juego. En la vida pasa algo parecido, no hace falta pensar mucho para llegar a esa conclusión. También somos datos, somos cada uno de esas pequeñas miguitas que hemos ido dejando caer aposta o no y que marcan una ruta, un camino reconocible por el que avanzamos. A veces un camino por el que retrocedemos. A veces el paso es firme y otras no lo es en absoluto. Lo de actuar embozado en la invisibilidad es un viejo deseo de la humanidad, pero todo deja marca, no hay nada que hagamos de lo que no pueda extraerse una firma personal. A veces sucede en Instagram o en el twitter y otras, más veces de las que se piensa, en la cola de la charcutería, cuando conducimos un coche en un atasco urbano o en las conversaciones que tenemos con las personas que incluso amamos. Cada pequeña cosa que hacemos (o que dejamos de hacer también) contrae una rúbrica. Parecemos decir: hey, que he sido yo, esto es mío, no vayan a creer que es de otro, he sido yo el causante, me pertenece, no le den la autoría a alguien equivocado. En ese plan.
La otra opción es no mirar atrás, no hacerlo bajo ninguna circunstancia; ni guiados por la satisfacción de haber procedido bien ni tampoco por la seguridad de que hicimos daño a alguien a sabiendas o sin maquinarlo adrede, da igual, pero el daño está hecho y de pronto se tiene conciencia de él. La otra opción es darle poco aprecio a que un logaritmo sepa de qué pie cojeamos o si son los dos los que lo hacen, no preocuparse de las huellas y avanzar ajeno a ellas. Porque no dejamos de dejarlas. Las miguitas con nuestra marca personal ocupan más renglones en ese libro secreto de los que podemos imaginar. Decía mi abuela algo parecido a "no la hagas y no la temas". Y bien pudiera valernos como máxima para navegar por la red (no decir lo que no se debe decir, no hacer lo que no se debe hacer) así como la realidad, materia igualmente navegable y sobre la que se puede aplicar con absoluta convicción esa máxima también. No hacerla para no tener que enmendarla. En la hipótesis de que se tenga que producir enmienda, hacer la consideración que cada uno desee. Se va a hablar de nosotros de una u otra manera. Dejemos o no un rastro, exista de verdad o no, los demás van a juzgarlo a su santa voluntad, sin que podamos intermediar y hacer que la sentencia sea benévola. Da lo mismo que uno haya sido un santo varón o una santa hembra (seamos correctos, que luego todo consta y perdura) para que otro especimen de nuestra bendita raza proclame que una vez pecamos o pecamos muchas veces y los demás acaten y difundan esa mentira interesada.
1.5.19
Vértigo
Tengo la mirada perdida y Kim Novak baila con un discreto tumor en los ojos.
Tengo la mirada turbia y Dios no ha venido a darme consuelo.
Tengo la mirada rota y el aire quema como un salmo en la sangre.
Están mis ojos sin propósito y ese fuego humilde no me consume ni hiere.
Estoy frente al puro infinito y esta quietud no alienta prodigios.
Es la plenitud o es el vacío y un ángel me invita a que lo abrace.
Kim Novak bajo un cielo de números primos respira adentro mis palabras.
Kim Novak cuando todavía no se teñía el pelo ni subía a campanarios.
Dios respira Kim Novak y pronuncia a lo lejos el vértigo de mi carne.
Estoy con Dios en los pulmones pero mi voz tiembla y se desquicia.
Mi madre observa el insomnio y un cansancio dulce me invade.
Los años acaban por delatarse y el amor tiene esta noche vocación de desagüe.
Mi madre con un zapato en la boca y olor a gasolina.
Mi madre tiene cien años y habla con endecasílabos.
Habla como si la escuchara Dios.
Habla como si la escuchara Dios.
Jimi Hendrix suena desde unos Yamaha en el Tempo.
Siempre que escucho a Jimi Hendrix me viene a la cabeza Charlie Parker.
No hay quien se crea de verdad que Jimi Hendrix pudiera morirse.
No hay quien se crea de verdad que Charlie Parker pudiera morirse.
La vida dicta severas instrucciones de uso.
La pasión escancia su lenta orfebrería, su palabrería viciada y sus febriles besos.
La vida jadea en conciencia su libro de pétalos, su luz mordida, su eco trémulo.
Un tren de algodón descarrila en un sueño.
Nubes tocadas de tragedia cubren los ojos de los muertos.
El aire es una voluta barroca de lágrimas.
Al alma la astilla el tiempo.
Solo se puede amar a Kim Novak cerrando los ojos.
Queda noche para beber más bourbon.
30.4.19
El día del Jazz
No sé si hubo antes y hubo un después, pero la irrupción del jazz en mi vida, aunque no sepa consignarle una fecha, es tan relevante como otras fechas a las que les doy la más alta importancia y a las que acudo cuando debo contar lo bien que me va en ella y lo feliz que soy. Las tres cosas son singularmente ciertas: la vida me ha tratado bien, soy feliz y amo el jazz. De hecho hay días en que uno admite la incertidumbre y se apesadumbra y consiente que el desánimo le derrote; hay días en que eso de que es feliz no es cierto del todo, pero quién podría decir sin sonrojarse (las mentiras sonrojan) que es feliz a tiempo completo, feliz como quien dice que es asmático o hincha de su equipo de fútbol favorito o alegre consumidor de cerveza checa. A todo soy capaz de adjudicarle una traba, pero el jazz es fiel, sé que está cuando lo preciso, no me contradice, me conforta cuando los ánimos flaquean y los iza con mayor pujanza incluso cuando se encabritan y parece que no hay nadie que rivalice conmigo en bienestar y en armonía. Al jazz le tengo esa devoción que otros le tienen a su religión, sin que esta osadía reduzca lo más mínimo el valor que tiene la religión en sí, aunque yo no la tenga a recaudo en mi alma y, en ocasiones, tenga la certeza de que no la tendré nunca, por más que sienta el impulso de abrazarla y de hacer que me acompañe los años que me resten de vida. Con lo que no titubeo en apasionamientos es con el jazz. Lo escucho a diario, siento que si no lo tengo a mano los días son incompletos, no están revestidos de la misma confortable prestancia. Así que tengo que escribir algo sobre jazz en el día en que se festeja su existencia. Juro por la trompeta de Chet Baker o por el saxo de Coleman Hawkins o por el piano de Bill Evans o por las baquetas de Art Blakey o el contrabajo de Charles Mingus que no tenía constancia de que la fecha señalada fuese la de hoy. Mi amigo Ramón me la ha recordado. Me ha dicho: Emilio, yo te doy la entrada y tú empiezas la melodía. Nos llevamos bien los dos. Tanto Ramón y un servidor como el jazz y un servidor también. El año que viene tengo que explayarme más. Me he quedado corto. El día del jazz ha sido un día muy largo en otras consideraciones y tengo más cansancio que otra cosa. Me voy a preparar un disquito para redondear el festejo. Creo que Kind of blue valdrá, valdrá Miles Davis. Ya sé, siempre cogemos los mismos discos, pero es tan bueno.
28.4.19
Los buenos días
Hay personas a las que nada más conocer se les concede la más alta estima. Se festeja esa concesión festiva, hasta se alardea de ella a terceros, por el placer de expresarla, sin que se busque confirmación ajena ni aplauso. También sucede a la reversa y es el impresentable el que conoces, paradójicamente presentado; concurre entonces la voluntad inversa, la de no contarlo, no caer en ese regalo, no difundir nada de cuanto supimos, no dar vuelo a quienes nos perturbaron o nos molestaron o nos insultaron. Es más sano hablar de la bondad, dar ese vuelo a los que nos agradaron, evitar en lo posible dedicar tiempo a difundir el lado dañino. Así el mal no tiene recorrido, no hacemos de transmisor de su discurso enfermo. Hasta sienta bien hablar únicamente de lo bueno. Nota uno que respira mejor. Aprecia el aire entrando y saliendo gozosamente por los pulmones. Se sonríe a lo bobo, no teniendo noticia fiable de la causa de nuestra repentina alegría, pero convencido de que le ha sido confiado un secreto precioso, una especie de confidencia que nos enriquece. La bondad debe incluso hacernos más longevos. Damos los buenos días a los demás con agrado porque una parte de ese saludo la guardamos nosotros y nos conforta. Cedemos el paso o damos las gracias en absoluta convicción de que somos nosotros los agasajados, los invitados al festín de las buenas maneras. De las otras nada queremos saber, no nos conciernen, se las deberían desoír, no darles ni crédito ni asiento. Cuanto más se repiten, más verdad poseen; si se omiten, cuando se silencian, se les cancela la posibilidad de que se explaye su mensaje (se viralice, dicen ahora). No siempre puede uno cumplir esta condición. Hay veces que nos sobrepasa la mala educación ajena, la que en ocasiones también es nuestra. Caemos en lo que criticamos, se da con infortunada frecuencia esa circunstancia no buscada, ni alentada. Cuenta la concurrencia favorable, de la que nos abastecemos, con la que se avitualla el alma. En estos tiempos de zozobra espiritual (no es religiosa mi observación) deberían prestigiarse las buenas formas. Ellas nos salvarán de la barbarie y de todas sus franquicias cotidianas. Ellas harán que no proliferen los odios. En ellas depositamos la esperanza, que es un trasunto de la felicidad. El día de hoy es festivo, es el día de las buenas maneras, el día de la confianza en la esperanza, que también es una extensión de la armonía. Se emplea poco la palabra armonía. Hoy es el día de la armonía. Salgan a votar, expresen su conformidad o su disconformidad, no se queden con ninguna historia dentro, manifiéstenla. Cojan el papel y métanlo en la urna. Es una manera de hacer que prospere el bien. Cada uno elige el suyo, no puede ser que uno sea el legítimo en el escrutinio de la razón, pero no se puede quedar uno en casa, no hay celebración más maravillosa para la ciudadanía que la de hoy y, probablemente, la de darse por las mañanas los buenos días y hacerlo con el gesto sincero y la voz firme.
24.4.19
En campaña
Declino la oferta electoral, la repruebo, no me siento representado, ninguna cabeza de cartel tiene cabeza ni atisbo en lo que dice ningún cartel, no me considero a salvo, ni hay en todos esos discursos televisados garantía de que la falta de educación que exhiben vaya a ser retirada cuando las urnas les den las carteras y los sillones. Dicen lo que un opositor cuando se la juega en un examen. Fingen la vocación, se ve a las claras, se constata a poco que uno afina la atención el desajuste entre lo que manifiestan y lo que se desprende de su trabajo. No coinciden. Si no tuviéramos memoria, seríamos felices, seriemos crédulos, pero a la vez que uno escucha, rumia lo sabido, pone frente a los discursos de estos días la labranza de todos los otros días, todos los que se malograron y todas las cosas que no se acometieron, bien por ineficacia o por pereza, bien por desinterés o por chulería. Estamos a expensas de cuatro (cinco, a fuer de precisos) experimentados oradores (iba a escribir charlatanes) que se ganan la soldada hilando oraciones complejas, repitiendo mecánicamente consignas de partido, eslóganes de los creativos que tienen a sueldo. El desafecto gana estos días: estaba larvado, oculto, hibernado, pero irrumpe cuando se ponen en campaña y alardean de la bondad de su causa y de la males de la ajena. Hacen eso. Deberían prohibir que un partido cite a otro. Que no lo nombre. Ahí estarían en el elemento idóneo, el de la proclama de sus aspiraciones para que tengamos paz y bienestar y no ándenos tan enojados (iba a escribir encabronados) cuando abren la boca y recitan el cuento de la lechera o el del lobo o el de la criada. Por mucho que desista uno, por más que no se vea representado, no se quedará en casa, irá a votar, expresará su opinión, la que más le cuadre aunque ninguna tenga la cobertura completa. No hay ninguno que me lleve donde quiero, pero alguno deja más cerca que otros. Tampoco podemos confiar en que unos cuantos minutos de iluminada retórica (la de anoche y la anterior en televisión) nos fidelice o nos haga de pronto adeptos, súbitamente convencidos. La convicción es diaria, se sustenta en el transcurrir de los días, en el depósito de las esperanzas y en cómo se cumplen, se aplazan o sencillamente se eluden, por inalcanzables, por utópicas.
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