Conmueve la ternura, se apresta a que la bondad irrumpa y permanezca. Luego se desvanece, a pesar de la voluntad de que persista. Duele que sea lo malo lo que perdure. Ahora que los balcones se tapizan de banderas patrióticas piensa uno en el movimiento que hemos consensuado los que apreciamos la cordura y el temple. Los otros no creo que sean insensibles o que se inclinen al desatino a lo loco, sin caer en la cuenta del daño que causan o que, a la larga, se causan a sí mismos y, por ósmosis jurídica, a todos.
Fascina la visión del pueblo echado a la calle festivamente, unido por ciertos valores irrenunciables, sacados de sus casas para exhibir un modo de pensar o de posicionarse en el mundo. Ahora que flaquea la conciliación o la concordia o la armonía, agrada que estemos conscientes. Lo de antes era anómalo: faltaba que uno diese un giro en la rutina de las cosas para que el otro ideara cómo contrarrestar el ruido que hizo la pieza movida.
Contra la persistencia de unos acude la firmeza de otros. Como no sabe uno la letra pequeña y la trascendente de las leyes, se conforma con sentirse esperanzado en la diligencia de quienes sí conocen las obligaciones que emanan limpiamente de esas leyes, que son el asidero fiable y legítimo para que nadie obre a su antojadiza manera, sin acatar el rojo del semáforo o la cerradura que clausura la propiedad ajena. No es un mundo de emociones, no deben ser esos voluntos sentimentales los que escriban las normas.
Sirve la política para despejar estas acometidas inasumibles por todos, aunque algunos, los afines, las esgriman y consideren válidas, sin considerar la dimensión de la tragedia, el flaco favor que se le hace a una sociedad madura, hecha a andar con firmeza, confiada en la gestión de sus administradores e íntimamente feliz por vivir en uno de los mejores mundos posibles, a pesar de las fracturas que produce todo movimiento. Pero nos movemos, avanzamos, afrontamos juntos el futuro, compartimos una casa común, no nos anima la idea de que se extravíe o que se malee esa sustancia humanista de armonía y de confort.
A la larga, si hay extravío, si cunden el apartamiento y la escisión, tendremos que reescribir la plana de obligaciones y de derechos, articular un mapa nuevo en el que vivir. No creo que vaya a más el desatino. No son tiempos de beligerancias obstinadas o fratricidas o cainitas. Lo son de ternura y de cuento la ternura arrastra. Tengo la convicción de que acabará triunfando, aunque me cueste portar esa esperanza a la vista de lo que nos cuentan. Está todo muy embarrado. Escribir sobre el amor es de una temeridad escandalosa.
Habrá quien me censure por cándido, por inocente, por creer en que regresará el concierto o por pensar que se entablará algún tipo de diálogo o por conceder a la política el papel que se le encomienda, el de procurar a sus administrados una brizna de bienestar, aunque algunos no la entiendan o la censuren ásperamente, negados a ver más allá de sus símbolos y de sus juveniles ansias de emancipación. Lo malo perdura, ya lo sé. Quizá estemos hechos para sobrevivir, no para vivir únicamente. Es el prefijo el que bastardea el discurso. Se irán de la casa familiar quienes puedan hacerlo, amparados por alguna ley que les permita salir, sin que nadie les afee el gesto, sin que se amotinen unos y se solivianten otros. Vendrán tiempos mejores, serán nuestros.
13.10.17
12.10.17
Las flores suicidas / Juan Herrezuelo / 9 notas para 5 cuentos
1
Tenemos la enfermedad de las palabras, tenemos el dolor de no tenerlas, tenemos la certeza de que nunca habremos entendido las suficientes. El hecho de escribir alivia esa dolencia, la hace llevadera, produce la sensación de que estamos en el buen camino o de que el oficio de vivir (tan agotador y también tan dulce) se maneja con mayor soltura si sabemos qué palabras usar, a cuáles entregarles una intendencia más firme. Es de las palabras el mundo. Suyo sin fisura, sin que podamos rebajar la certeza de esa propiedad o apostar por la injerencia de otro dueño. Lo que hace Juan Herrezuelo en Las flores suicidas es contarnos el mundo con esa premisa (la de la prevalencia absoluta de las palabras, la de su festejo en el trasegar de lo contado) bien anclada en su cabeza. La cabeza de los escritores es más o menos la misma cabeza. Todos tienen en común la voluntad de ocupar el vacío, todos se obstinan en aplicar cierto rigor en ese volcado.
2
Con la vida viene a pasar como con ciertas películas malas: que sólo entretienen, que aligeran el dolor o lo zanjan en el mejor de los casos y que acaban olvidándose. Lo que hay en Las flores suicidas es vida pura, pero no es un relato ameno de su transcurso, no ofrece un asidero al que confiar el aplomo del viaje. Por más que planee la idea del suicidio, es la vida la que siempre sale a flote. No hay cuento en que no prospere esa idea; ninguno es triste a tiempo completo, aunque la tristeza lo impregne; ninguno desalienta severamente, aunque el desaliento lo ocupe.
3
No sabe uno cuándo un cuento pide que se alargue. Hay tramas que exigen un desplazamiento mayor, una ocupación más sólida del tiempo y del espacio. La esfera de sus plumas (mi cuento favorito) es una novela de la que se hizo un cuento, cuando suele suceder a la reversa y son las piezas cortas las que alumbran las largas. Creo que fue Cortázar quien dijo que había cuentos suyos que podrían haber resultado más eficaces si los hubiese extendido. Hay días que son muchos y vidas que, cuando concluyen, semejan un día largo y agotador.
4
Somos levedad. Si hay una palabra que se queda adentro tras leer Las flores suicidas es levedad. La literatura hace que lo leve posea también su esplendor.
5
Juan Herrezuelo es un escritor prometedor de ciencia-ficción. La esfera de sus plumas es un cuento sobre la destrucción y sobre la esperanza. No sé cuál de las dos vence. Es un cuento duro de leer, que dialoga con la parte de uno mismo que no nunca está ofrecida, la del porvenir, la de la creencia de que el mundo es un ser vivo y que lo herimos a conciencia. Creo que no hay género más útil para contar el presente que la especulación de lo que acaecerá en el futuro. La ciencia-ficción ecológica, que no sé si es género revisado y catalogado, ocupa el cuento que da título al libro, una proeza discursiva. No basta con escribir con oficio (Herrezuelo lo hace sobradamente) sino de escribir con coherencia hacia lo escrito. No es lo mismo dejarse llevar por la inspiración, que prorrumpe justo cuando estamos en la cúspide del trabajo, que investigar sobre lo narrado. La labor documentalista de algunos relatos es abrumadora. Lo verosímil es lo periodístico, la rendición cartesiana de los datos puros y duros. Con todo, no es el mejor relato. Adolece de hondura sentimental. La prevalencia de la trama conspiranoica borra, en parte, la dimensión humana. No son los personajes más labrados los de este cuento cuando lo que más admira este lector es precisamente el tratamiento de todos los personajes que aparecen en los cinco relatos. Y lo humano, lo más acendradamente humano, es el valor que con más esmero traza el autor.
6
Lo que no está es lo que más importa. Una obra vale tanto por lo que elude que por lo ofrecido. Es el perímetro lo que al final queda a la vista. La periferia es el objetivo, pero había que entrar en las entrañas y contar las cosas como si nos afectasen, aunque duelan a distancia y uno pueda referirse a ellas sin que lo lastimen, sin que obren en él un daño del que después no sea fácil salir o del que no haya manera de hacerlo. Eso parece que dice Juan Herrezuelo o eso pongo yo en su boca. Respira con dificultad la literatura cuando su oferente la hace inteligente, la viste con el cuidado de quien reconoce la experiencia del observador. Sigo pensando (después de todos los libros que he leído) que la creación de una obra literaria es un ejercicio absurdo. Ya existen miles de historias que han sido escritas con un talento mayor que el nuestro, el de los escritores noveles, el talento novicio de quien empieza, aunque crea que lleva toda la vida en ese desempeño. Pues Las flores suicidas es un libro necesario, trabajado con el esmero de quien sabe que todo va a ser escrutado y puesto boca arriba, expuesto y manumitido de su condición más íntima. Una vez que acabamos el cuento, cuando cerramos la trama, deja de pertenecer al autor y es propiedad de quien lo lee. Las flores suicidas fue mi libro durante el tiempo que me ocupó despacharlo. Me llenó de orgullo (privado orgullo) sus aciertos y me apenó (cuando acudió la pena) sus fracturas, que las hay, por supuesto. Fue mío de un modo que a veces no alcanza un libro que se espera con más fruición, ya sea porque lo ha escrito un escritor al que adoras y del que lo has leído todo o porque tu olfato literario te inclina a pensar que será disfrustable y muy gozoso. El hecho de contar aquí ahora estas impresiones me parece un acto insensato. Como si todas estas reflexiones (hiladas a bocados, escritas en días distintos, con ánimo diferente) no se precisaran o hasta incomodaran y el libro anduviera a solas por el mundo, yendo de lector en lector, haciendo que sus personajes (Virgina tan paciente y Abel tan heroico o Julio tan apesadumbrado o el tío Isidro tan visionario) perduren, no flaqueen en la memoria de sus nuevos dueños. La literatura entera es un acto de préstamo, pero no pierde uno del todo lo que ha ganado. Eso lo sabe Eduardo padre, personaje de El camino de los aires, el cuento más doloroso, creo. Uno en el que la escritura se hace elástica y va y viene por el dolor de un padre por sacar a su hijo del confinamiento en donde está y de la festividad de los sonidos y de las palabras. Lo que hacemos en la vida es prestarnos, no es enteramente el darnos cristiano, que a veces, sino una especie de extensión de uno mismo, de volcado sentimental hacia lo que amamos. Todo a lo que me entrego se hace rico y a mí me deja pobre, escribió Rainer M. Rilke. Somos ricos, somos pobres, todo juntamente y en el mismo trazo del tiempo.
7
Antes de que las cosas se olviden hay un momento en que pensamos en ellas y las miramos con más detenimiento, como buscando una respuesta que haga que las reservemos o las perdamos. No es posible que todo lo que vivimos pueda ser custodiado a la manera del Funés de Borges, que tenía una memoria del tamaño del universo y no había ruido que escuchara que no fuese escrutado y sometido a la vigilancia obsesiva de su portentosa retentiva. Ese festejo de la realidad no es el más atractivo. Una de las funciones de la literatura es la de crear la ilusión de que algo imposible puede suceder o de que lo real, lo tangible, lo que se aviene al registro de los sentidos, puede esconder en su interior la semilla del desconcierto, la de la perplejidad. Sin asombro no gira el mundo. Por eso Vísperas del olvido es un relato formidable. Porque lo cuestiona todo. Porque dice algo y se desdice después. Porque Eladio, el pobre, está en un lado y en otro del espejo o porque está en los dos a la vez, como el gato de Schrödinger o como Puigdemont cuando declara que Cataluña es independiente (permítanme esta referencia cruzada, hoy que es Día de la Hispanidad, sea eso lo que sea). La realidad gana en hondura cuando no es lineal, cuando serpentea, cuando hace meandros. La credulidad es un obstáculo. La ignorancia, aun mala, crea la posibilidad de que abramos los ojos y agucemos el oído para que todo penetre limpiamente y podamos extendernos sin estorbo en su análisis. El mérito de ese cuento es el ofrecimiento de una realidad boscosa, un poco tramposa también, de la que sólo al final (no spoilers) tendremos un punto de anclaje fiable, una especie de puerta que nos invita a salir. En todo caso fue el primer relato que leí. Abrí Las flores suicidas por ese cuento. Tal vez me gustó el título (todos son buenos, no obstante) o algo en ese día inclinó mi elección o abrí una página al azar y leí un párrafo suelto que me hizo buscar el inicio y acometer después (sin prisa) el desarrollo. Todo lo que cuento es muy de Cortázar. No es ninguna novedad: Julio Cortázar va y viene por los cuentos. "Varias noches he soñado que doy de comer a las palomas", el comienzo de La esfera de sus plumas, es Cortázar. Sin discusión. También la querencia por la mixtura de géneros. Incluso la de formatos: Vísperas del olvido es teatro (diálogos estupendos, lo son) y es prosa.
8
Somos levedad, somos frágiles, somos tiernos. Lo leve, lo frágil y lo tierno es la periferia del apocalipsis, tema recurrente en al menos tres de los cinco cuentos. Esa terminación brusca de la realidad tal como la conocemos es un tema difícil, que ha sido explotado hasta el desmayo, poblándolo de zombies y de carreteras largas que no acaban en ningún sitio. La visión humanista de esos cuentos los salva de la grisura de lo visto. No tienen la etiqueta de apocalípticos, no es la vía fundamental por la que discurren, pero se percibe que existe esa vía. La crónica que hace Virginia es de una lentitud que a veces exaspera. Lo cuenta todo como si ya hubiese reventado el mundo y quedara ella como cronista del cataclismo. Lo cuenta con morosidad, sin ahondar en el caos, pero ofreciendo puntuales referencias a cómo se extendió. Es el cáncer, es la metástasis cainita, es el ruido que hace la hoja del cuchillo cuando se hunde en la carne y la rompe. Creo que al final Virginia sucumbió. La venció la debilidad o el abandono, que es una de sus formas más dulces.
9
He leído dos veces Las flores suicidas. Me gustó mucho más la segunda. Ganó en pesó, se hizo más mía la lectura. La primera vez no fue propicia para que yo disfrutara. Mi padre cayó enfermo, fueron días de hospital. Leí por refugiarme, por abandonar transitoriamente la realidad, por desaparecer a capricho y regresar por necesidad y por amor también. Uno lee cuando puede o cuando le dejan, no hace falta que concurran circunstancias trágicas para que leamos menos o leamos peor. A veces no se encuentra acomodo, no sabe qué tramo del día ocupar con los libros, qué cosa dejar de hacer para que ellos hagan festivo acto de presencia. Compré con entusiasmo el libro de Herrezuelo y lo aparqué hasta que acabara el que tenía, un Murakami que no me llenó, como suele. Acudí a él y lo devoré en pocos días. Lo dejé apaciguarse adentro, pero entendí que necesitaba otra lectura. En cuanto volviese la rutina, lo acometería de nuevo. En cuanto volvió, eso hice. Me dispuse a regresar a un lugar que conocía, me sentí cómodo, invitado por amigos, como quien regresa a la casa en la que ya ha cenado antes y en donde ha conversado y reído y bebido hasta altas horas de la mañana. Esa es la razón por la escribo a bocados, a dentelladas, sin que haya una armazón que lo compacte todo. Tengo la sensación (nuevamente digo esto) de que este libro que tanto me ha gustado requería un texto distinto, pero siento que éste es el mío, el que proviene de esos dos lectores y de conocer a Juan y de sentir que hablo de alguien que me conoce a mí también.
7.10.17
Yo soy muchos
Se heredan de los padres cosas que nunca dejarán de pertenecernos. Por más que agraden o incomoden no hay manera de que puedan borrarse. Uno es esa suma azarosa de registros a los que no puede aplicar gobierno alguno. En cierto sentido, somos muchos en el recinto de nuestra cabeza. Ni siquiera muchos fiables y conocidos, sino muchos espontáneos, muchos impredecibles. De todos ellos uno mantiene la cordura, el anclaje a la realidad, la supervivencia diaria y el traje con el que nos vestimos cada día para hacer frente al correr de las horas. No debe ausentarse ése, precisamente ése, pero hay días en que no nos reconocemos, nos preguntamos dónde andará ese yo previsto por los demás, del que se tiene una impresión favorable, el que lleva años saludando cuando baja a tirar la basura o entra a trabajar con una sonrisa o abraza a los suyos con absoluto entusiasmo. Hay días en que no podríamos ubicarlo, sacar el mapa y decir es este, aquí va, volverá pronto. Hoy vi un gesto mío en mi padre. Fue un destello, de pronto reconocí que él era mi origen y mi provincia secreta. Fue algo tan sumamente íntimo que no podría ser explicado aquí a entera satisfacción del lector, una de esas cosas que ni siquiera uno mismo tiene en claro, pero que una vez que prorrumpen en la realidad no hay manera de apartarlas, de pensar que son de otro. Mi hijo, hace pocos días, confesó que un gesto suyo era de mi propiedad. No era uno pensado, ni considerado siquiera. Lo reprodujo la parte nuestra que hemos recibido en herencia. Quizá sea ésa la verdadera y las otras, las que interponemos al mundo cuando nos abalanzamos sobre él, sean impostadas, un poco mentidas, un poco forzadas. Nada malo, imagino. Todos somos muchos. Uno es tantos. Me marean los números.
17.9.17
Elogio íntimo del infierno
A mi amigo Francisco Machuca
El infierno en el que creo está en Melville, en Ahab, en la ballena blanca.
Está en Conrad cuando dibuja un río y hace que la oscuridad lo atraviese.
En la mentida inocencia de Perrault y de los hermanos Grimm.
En el hombre sin atributos de Musil.
En la primera mañana del mundo para Gregor Samsa.
En el Maelström de la cabeza.
En las ensoñaciones de William Blake.
En la oscuridad de las catedrales.
En los festejos bastardos de la carne.
En el cine negro de la RKO.
En la memoria infinita de Funés.
En el club de los suicidas de Stevenson.
En las resacas de Bukowski.
En el barril de amontillado de Poe.
En la vida cartesiana y triste de Benjamin.
En Derry cuando llueve en 1958.
En el festín de los lobos.
En la cara oculta de la luna.
En la infamia del desquiciado Hyde.
En Mann con asma baviera.
En Beatriz perdida en un círculo concéntrico.
En Morel inventándose una isla.
En el desquicio sin rimar de Leopoldo María Panero.
En el rey del que Shakespeare hizo un dios.
En Dios permitiendo el caos, la miseria,
permitiendo a Shakespeare.
En la crónica del submundo de Orfeo.
En Ripley tomando café en una terraza de Florencia.
En Maquiavelo y Montesquieu, hablando morosamente.
En la soledad de Peter Pan.
En Walter White en una caravana en mitad del desierto.
En las cartas que escribió Bram Stoker
En los dioses primigenios que pueblan las calles de Providence.
En la oreja tirada al césped en Blue velvet.
En el trago de veneno que se aplicó Rimbaud.
En las carreteras secundarias por las que Humbert Humbert huye con su Lolita.
En Pessoa, que reemplazó a Dios, escogiendo al Hombre.
En el veneno en la boca del muerto.
En la carne débil, en su fiebre insalubre.
En el desquicio de Panero antes de que se lo llevasen todos los demonios de la ginebra.
En la absenta a la que se encomendaba Baudelaire.
En todas las derrotas.
En todos los naufragios.
En todas las oraciones.
Está en Conrad cuando dibuja un río y hace que la oscuridad lo atraviese.
En la mentida inocencia de Perrault y de los hermanos Grimm.
En el hombre sin atributos de Musil.
En la primera mañana del mundo para Gregor Samsa.
En el Maelström de la cabeza.
En las ensoñaciones de William Blake.
En la oscuridad de las catedrales.
En los festejos bastardos de la carne.
En el cine negro de la RKO.
En la memoria infinita de Funés.
En el club de los suicidas de Stevenson.
En las resacas de Bukowski.
En el barril de amontillado de Poe.
En la vida cartesiana y triste de Benjamin.
En Derry cuando llueve en 1958.
En el festín de los lobos.
En la cara oculta de la luna.
En la infamia del desquiciado Hyde.
En Mann con asma baviera.
En Beatriz perdida en un círculo concéntrico.
En Morel inventándose una isla.
En el desquicio sin rimar de Leopoldo María Panero.
En el rey del que Shakespeare hizo un dios.
En Dios permitiendo el caos, la miseria,
permitiendo a Shakespeare.
En la crónica del submundo de Orfeo.
En Ripley tomando café en una terraza de Florencia.
En Maquiavelo y Montesquieu, hablando morosamente.
En la soledad de Peter Pan.
En Walter White en una caravana en mitad del desierto.
En las cartas que escribió Bram Stoker
En los dioses primigenios que pueblan las calles de Providence.
En la oreja tirada al césped en Blue velvet.
En el trago de veneno que se aplicó Rimbaud.
En las carreteras secundarias por las que Humbert Humbert huye con su Lolita.
En Pessoa, que reemplazó a Dios, escogiendo al Hombre.
En el veneno en la boca del muerto.
En la carne débil, en su fiebre insalubre.
En el desquicio de Panero antes de que se lo llevasen todos los demonios de la ginebra.
En la absenta a la que se encomendaba Baudelaire.
En todas las derrotas.
En todos los naufragios.
En todas las oraciones.
15.9.17
14.9.17
El cofrade secreto
En cierto modo, el tiempo en que uno escribe es tiempo en el que no lee, pero no hay vez en que escribir no sea también un acto de lectura. Uno escribe y sanciona lo escrito, lo reforma, lo estira, lo desmonta para recomponerlo después. Hace todas esas en la cabeza, no las plasma en la hoja, no las conforma en el texto o no es enteramente necesario que lo haga. Es en la cabeza en donde está la escritura. No sabemos qué hace que elijamos unas y desechemos otras, de qué modo (secreto, íntimo) se ejerce esa censura privada, la que se esmera en cuadrar una idea con el armazón lingüístico que mejor la expresa o el que, según qué intención tenga, la haga más hermosa. El lector, en este sentido, es una especie de escritor perezoso, ajeno a los rigores de la escritura, uno que no precisa del registro de las palabras. Mientras leemos, somos el lector primero, el fundacional, el que hizo el esfuerzo de dejar constancia de lo pensado. Cuando leo a Tolstoi, soy Tolstoi. No hay escritor que haya muerto del todo. Todos existen en cuanto alguien los lee. Ese diálogo (presumo) debe ser la eternidad, una especie de cielo inverso en el que todo permanece, en donde nada se pierde o se reduce.
Cada libro, en cierto modo, es la historia particular del lector que lo abre. No existe como libro hasta que alguien formula el rito maravilloso de imponerlo a la realidad. Antes de ese acto mágico, cuando todavía no existe la voluntad de abrirlo, el libro es un objeto entre los objetos, como diría Borges o un fantasma, como diría Cela. El aburrido trabajo de contable de Kafka o de Pessoa seguro que consentía libros secretos dentro del abrigo. El otoño que se cierne es propicio para esas escaramuzas. El libro se convierte así en un objeto clandestino, en un espejo furtivo de nuestra propia incertidumbre ante la vida. Se trata, al cabo, de nunca ir solo. El lector es una especie de enemigo acérrimo de la soledad. Busca siempre refugios, lugares donde otros desamparados facultaron las actas de una cofradía única, ajena al tráfago de las prisas del mundo vertiginoso que hemos inventado. El cofrade secreto, héroe de sus fugas, flipado con la bondad del botín, no precisa correligionarios que le aplaudan los gestos, los títulos y los pies de página abiertos en cada capítulo, en cada pequeño trozo. Él es ala y él es vuelo.
Cada libro, en cierto modo, es la historia particular del lector que lo abre. No existe como libro hasta que alguien formula el rito maravilloso de imponerlo a la realidad. Antes de ese acto mágico, cuando todavía no existe la voluntad de abrirlo, el libro es un objeto entre los objetos, como diría Borges o un fantasma, como diría Cela. El aburrido trabajo de contable de Kafka o de Pessoa seguro que consentía libros secretos dentro del abrigo. El otoño que se cierne es propicio para esas escaramuzas. El libro se convierte así en un objeto clandestino, en un espejo furtivo de nuestra propia incertidumbre ante la vida. Se trata, al cabo, de nunca ir solo. El lector es una especie de enemigo acérrimo de la soledad. Busca siempre refugios, lugares donde otros desamparados facultaron las actas de una cofradía única, ajena al tráfago de las prisas del mundo vertiginoso que hemos inventado. El cofrade secreto, héroe de sus fugas, flipado con la bondad del botín, no precisa correligionarios que le aplaudan los gestos, los títulos y los pies de página abiertos en cada capítulo, en cada pequeño trozo. Él es ala y él es vuelo.
13.9.17
Cientos de libros más tarde
Hay desórdenes que los causan los libros. Daños a veces poco reparables, fracturas que se acarrean de por vida y con las que trasegamos, sin que se las pueda retirar o hacer que duelan menos. De hecho hay vidas que discurren con absoluta normalidad, nada las importuna severamente. Poseen en propiedad tragedias pequeñitas, cuentos cortos que terminan por sepultarse en el olvido. Nada del otro mundo, ya saben. Se dice de ellas que están más inclinadas a la tristeza que las otras, que las impregnadas de riesgo, las que se visten de tragedia. Son los libros, en algunas ocasiones, quienes se encargan de cubrir esa orfandad. Tuve un amigo escandalosamente feliz, ocupado en ligerezas la mayor parte del tiempo, poco o nada preocupado de los temblores del mundo. El azar le obsequió con una templanza admirable. No se alteraba en público y, a lo que contaba, lo hacía lo justo en privado. Fueron los libros los que le expulsaron de ese paraíso emocional. En ellos descubrió lo mal hecho que está el mundo. Fueron ellos los culpables de que se perturbara. De pronto cayó en la cuenta de que hay amores imposibles o de que la gente se suicida a las primeras de cambio o de que morir no es lo peor que puede pasarte o de que la soledad es un cáncer. Comprendió que la vida, en ocasiones, no rivaliza con la ficción, ni se le acerca. Al menos su vida, la suya pobre y rica a la vez, de tan corto y medido vuelo siempre. De él guardo esa impresión. Ni los años, los muchos que hace que no le veo, han borrado ese desconcierto. Los libros, dicho de una manera brusca, le malearon, lo zarandearon, lo instalaron en un agujero que ni pensaba que existiese, del que salía como si nada, pero del que ya no pudo substraerse. Tienen los libros ese veneno dentro. No todos, quizá muy pocos, pero algunos de esos libros son armas de perversión masiva. Hacen que te cuestiones todo, que a todo le asignes una duda razonable. En cierto modo todos somos, en parte, ese amigo mío deslumbrado (y al tiempo enfermado) por los libros. Quien no haya sentido esa punzada no ama la literatura. Se limita a leer, que es un asunto noble, pero no más relevante que pasear en bicicleta, recoger setas en el bosque o cocinar platos italianos. Cada libro es, en cierto modo, espejo de quien lo lee. Extrae del lector lo que ni él conoce. Hay libros que desasosiegan, libros que conmocionan, libros que destrozan. Cada libro hurga en quien lo lee a la manera en que se le hurga a él. El abismo te mira también. Quizá mi amigo sensible, ése que descubrió a Pessoa en un bar de Cádiz, lea esto ahora, quién sabe, entra en lo posible. Tal vez sepa que es de él de quien hablo, aunque hable de mí y nos incumba a todos. Juan, somos del tamaño de lo que vemos, escribió Pessoa. Éramos grandes entonces, no hay que pensar que no sigamos siéndolo ahora, tantos años después, cientos de libros más tarde. Tengo un par de amigos o tres que, siendo también muy de Pessoa, saben de qué se habla en estas líneas, conocen esa quemazón, han apreciado el desencanto y han regresado, indemnes, al gozo, a la luz, al abrazo limpio de los que amamos. Ellos nos reconfortan, nos rescatan, hacen que podamos volver a dejarnos atrapar por la literatura. En ellos está nuestra casa, por ellos la cuidamos a diario.
11.9.17
Día primero de escuela
Contra la voluntad de perdurar está la de no contener deseo alguno de que nada dure más de lo preciso. He encontrado gente que anhela pasar desapercibida y otros que, a poco que se les incita, hacen valer su firme convicción de que han venido a este mundo para hacerse oír y dejar huella. Gente rotunda cuando manifiesta su voluntad de que se le escuche en todo momento o de producir en los demás cierto tipo de admiración. Gente que cree con vehemencia que han venido a este mundo a dejar huella y se obstina en no desaprovechar ninguna circunstancia que haga medrar ese propósito íntimo e irrenunciable. También la otra, la que hace las cosas sin que se detecte el orgullo que les produce hacerlas e incluso hacerlas muy bien y advertir que los demás lo saben. Imagino que todos enseñan algo. De ésos tengo algunos cerca, por fortuna. Se aprende a diario, se enseña a diario. No sabemos a quiénes les damos algo o los que nos lo dan. A veces, si concurre el azar más propicio o está uno alerta o sensible, percibe que está aprendiendo o que está enseñando. Hay días en los que no se produce ni una ni otra cosa, días que transitan con pereza, como empujados por un viento gris y deshilachado. Los otros son los que importan, los que hacen que cuadre todo. Se trata, al final, de que todo cuadre, es posible. Esa sencilla cosa, una especie de ensamblaje. Uno perdura cuando enseña. No hace falta tener esa certidumbre constantemente en la cabeza. Basta con ejercer el oficio, con disfrutarlo, con poseer la voluntad de enseñar, sí, pero la de aprender también. Se aprende todos los días. No hay ninguno en que algo no te pula, no te forme, no te haga mejor persona. Quizá, en el fondo, baste finalmente con eso: con hacernos mejores personas. Ese es el verdadero trabajo, el más difícil de acometer, el que más obstáculos interpone, también el más gozoso cuando se franquea. Hoy empieza el colegio, se abren las clases. Toca enseñar y aprender. Se espera también, aunque no hay confirmación fiable, ni esperanza certera, que no se nos importune mucho desde arriba, que los que piensan y deciden cómo funciona este asunto estén en lo suyo, en lo nuestro, en permitir que hagamos nuestro trabajo lo mejor posible. No faltará entusiasmo, no tendremos pereza. A ver si de una vez por todas se entiende en esta sociedad nuestra que el futuro empieza hoy, empieza en la escuela y está, en gran medida, en nuestras manos. Que les vaya bien el día.
9.9.17
Mi pequeño sí privado
Cuento entre mis aficiones la de procurar no renunciar a ninguna. Cuando me atiborro de antibióticos, prescindo del alcohol o cuando la alergia me colapsa los pulmones, una vez al año, por mayo, retiro el tabaco hasta ocasión más propicia. Una de las más queridas aficiones, una que no hay médico que rescinda, es la de las palabras. Prueba uno el sabor de la palabras y ya no desea ningún otro sabor. No hay otro que se le parezca. Estrujen un adjetivo y verán cómo sale otro igual que de la panza de John Hurt salía un alien. El lenguaje tiene estas cosas: cree uno que lo tiene dominado y de pronto un adjetivo se resiste o sale díscolo o se pone a roznar como un asno o a balar como una oveja y entonces no tenemos esa certidumbre de saber con qué andamos trabajando. Las palabras son, en este caso, piezas sensibles que no se dejan manosear por cualquiera, ingredientes de un plato delicioso o de un brebaje tóxico. Recuerdo mañanas enteras arañando palabras, buscando cuáles convendrían, con cuáles armaría la frase y la dejaría expuesta, creyendo la mentira de que no sería posible limarla más. Una de esas aficiones que me gusta mantener es la de la curiosidad semántica. No hay mejor libro que un diccionario. Puestos a dejar que se nos desboque la imaginación, podemos asegurar que dentro de un diccionario, ni siquiera del mejor ni del más premiado, están todos los demás libros. Está Lolita, Lo-li-ta, la pieza maestra de Vladimir Nabokov. Están las obras completas de William Blake, que era un visionario metido en letrista de copla de la época. Está Borges y sus laberintos, la rosa de Milton, los tigres en la noche. Dentro de los diccionarios, en su alambique de placeres, están todas esas cosas, las que sabemos, las que nos esperan. Está Conrad, está Lovecraft, está Cortázar. Son atlas en los que perderse. Cogido anoche uno, comprobado su peso, fascinado por lo que tutelaba, reparé en epistolar. Abrí una página por limpio azar y di con ella. Se me ofreció, no sabe uno bien qué la forzó, no hay tampoco necesidad de entender esa gobernanza oscura. Mantuve epistolar en mi cabeza, pensé en todas las cartas que he enviado, en las que recibí, en que ya nadie escribe cartas, ni siquiera de amor. Yo he escrito muchas, tengo memoria para recordar que he escrito muchísimas cartas. Lo hice por amor a quienes las recibían y por amor a la escritura y también por amor a mí mismo. Hay épocas en las que uno se ama con más vehemencia; otras, según qué nos aqueje, en las que renunciamos a ejercer esa querencia doméstica y nada de lo que hacemos nos parece bien y nada de lo que hacen los demás nos parece bien tampoco. No hay gozo que dure, ni dolor. En el diccionario están las palabras que usó Shakespeare. Debe haber una combinatoria mágica que las arracime y de las que se extraiga una composición que exhale belleza. Todas las palabras de amor lo son porque están calzadas con otras que las completan y mejoran. Si releo este texto y lo escribo de nuevo, elegiré otras palabras, será otro texto, no éste. Quizá por eso no releo lo que escribo. De hacerlo, no lo volcaría, no lo expondría, no daría mi anuencia, mi pequeño sí privado. Ha sido un día largo en exceso. Extraño casi todo el tiempo. Tal vez no haya sido el mejor que pueda recordar, pero he llegado a su finiquito con una sonrisa.
5.9.17
El amor
Hay veces en que no aparece nadie, recorres las calles, las mides y reparas en quién las pasea contigo, en quien camina a tu vera, en la acera de enfrente, detrás o delante, te fijas con atención en ese tropel anónimo que camina junto a ti, pero no es nadie , no son nadie, no hay con quien puedas contar, nadie que te asombre ni te moleste, nadie a quien saludar o que salude, nadie del que después guardes un recuerdo, aunque sea uno breve, uno del tipo que dura un instante y luego se diluye entre los demás recuerdos y toma de unos y de otros rasgos y gestos hasta que no tiene entidad alguna y entra de bruces en el olvido. Lo que se registra y lo que se abandona están en ocasiones tan extremadamente cerca que no se entiende el porqué de nuestra inclinación a elegir y salvar y sacrificar. Hay veces en que aparece alguien. No tiene que ser alguien a quien veamos por primera vez, nadie que nos fascine o nos enamorisque. Se puede incluso afirmar que en muchas ocasiones es alguien a quien conocemos bien o incluso a quien conocemos mejor, pero aparece como si fuese la primera vez, lo vemos como si no hubiese nada suyo en nuestro interior, cuando lo tenemos todo o lo ocupa todo. Debe ser el amor, será el amor, vamos a pensar que es el amor.
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